Nov 10 2004
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Cultura

Mauricio Achar: un triste alto en la lectura

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Para una mentalidad de esas que produce el dios Mercado, el mérito mayor de Mauricio Achar fue conseguir vender millones de libros a lo largo de tres décadas en un país -como cualquiera en América Latina- que no se caracteriza por sus altos índices de lectoría.

De ancestros sirio-libaneses -esos árabes horro de letras y luces, dirían esos intelectuales-lectores de un país vecino a México- Achar logró construir un espacio para el diálogo (también las confrontaciones) adyacente a sus librerías. Más de una pareja de constituyó enlazando los dedos de sus manos con un libro y una taza de café en “la” Gandhi.

Amante del teatro desde la pubertad, abrió también espacio para la experimentación y la novedad teatral, y facilitó el contacto con el público de figuras talentosas no identificadas con el sistema, que con el tiempo tendrían todo el prestigio que merecían.

Su sistema de ventas era simple: acercar el libro, los libros, a los interesados. Desde el comienzo los volúmenes estuvieron a disposición de quién quisiera hojearlos, u ojearlos. Muchos desaparecieron en los bolsos y bolsillos de estudiantes pobres -y de clientes no tan pobres-, pero al final salió con la suya (aunque, prudente, estableció una discreta vigilancia).

En los primeros años de la década 1971/80 -Gandhi se abrió en México, si mal no recordamos, en 1972- entrar en la librería era signo de una cierta sofisticación que identificaba a quienes lo hacían: eran tiempo de discusión, los modos de pensar que hoy se llaman alternativos entonces eran simplemente de izquierda.

Había aun guerrilla en el estado Guerrero, México, la Universidad Autónoma era un lunar en la católica Puebla de los Ángeles, se escuchaban los ecos estupefactos de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas. Y América tampoco se estaba quieta: Allende se tambaleaba en Chile, la Argentina parecía despertar, Brasil luchaba sus contradicciones, Venezuela creía en el Pacto de Punto Fijo, sucedían cosas en América Central…

Eran años violentos; entonces -como ahora- a la dirigencia protoimperial no le hacía ninguna gracia la existencia de Cuba socialista; África se estremecía (¿cuándo no se estremece África?); Europa ya pensaba dormilonamente salir del escenario, pero pasaba sus vacaciones en las playas yugoslavas -además de en el Mediterráneo español, francés, griego, italiano o libanés-. Casi 20 años después, incidentalmente, jugó aun una carta como de primer plano: bombardeó miserablemente, entre otras ciudades, a Belgrado -por más que no lo haya hecho de buen grado ni por propia iniciativa: ¿alguna vez se hablará en serio del holocausto provocado en la ex Yugoslavia?-.

No sólo libros de política, de filosofía para el cambio, de marxismo, anarquistas vendía Achar en Gandhi, pero todos sabían que ahí se podían comprar, muchas veces incluso con descuento o a precios rebajados. Tal vez para evidenciar su apego a la paz, su sentido de fraternidad, llamó Gandhi a su librería y sucursales.

Su muerte agrega un poco más de tristeza al luto del mundo que viciosamente se encarga de esparcir la despreciable elite del imperio naciente.

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La fotografía se tomó del diario mexicano La Jornada.

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