Jul 1 2006
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Opinión

México, Bolivia – LA TRAMPA Y EL CERROJO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Mientras en Bolivia la ciudadaníae se encuentra polarizada –y según informaciones dividida– por el asunto de las autonomías y su alcance, en México la abstención electoral podría ser mayor de lo que se piensa; algunos analistas sostenían el viernes 30 de junio que podría llegar hasta más del cuarenta por ciento de los más de 71 millones de inscritos en los registros electorales.

México y su tortuoso destino

En la primera mitad del siglo XIX, en 1848, México perdió –parcial o completamente–, por guerras y ocupaciones, un inmenso territorio; nada menos que los actuales estados de la Unión Norteamericana de California, Nuevo México, Texas, Arizona, Utah, Colorado y Nevada. En ellos todavía viven descendientes de los antiguos pobladores –españoles, aborígenes y la resultante del mestizaje–. La sociedad mexicana –más allá de los vaivenes políticos de su clase dirigente– nunca se ha repuesto de la brutal cercenación.

Buena parte de la vida social mexicana, durante más de un siglo desde la anexión de esos territorios por Estados Unidos –cualquiera que haya sido la forma jurídica como se perfeccionó– giró en torno del eje propuesto por la pérdida, de la que los gobernantes de aquel período tuvieron su cuota de responsabilidad.

Cuando Pancho Villa cruza la frontera –ya en el siglo XX– y sus Dorados del Norte galopan al otro lado del Bravo no sucede otra cosa más que la simbólica reivindicación de los propio; y cuando la marinería estadounidense ancla frente a Veracruz y desembarca, no sucede más que la reiteración de lo ocurrido tierra adentro poco más de medio siglo antes.

Se reconocen en México contemporáneo alrededor de 60 lenguas indígenas, la mayor parte probablemente en estado próximo a la extinción, si no ya extintas por falta de hablantes. Como en Guatemala, Bolivia, Ecuador y Perú –países con alto porcentaje de población aborigen y mestiza–, los sectores dominantes y otras capas ilustradas se negaron a lo largo de la vida republicana a reconocer la misma existencia de esas culturas; tuvo que venir el “zapatazo” –puntapié– del EZLN y la hermosa retórica del sub Marcos para que en la última década del siglo XX al menos parte del país levantara la vista hacia el sur a lo evidente.

El México moderno es creación del Partido Revolucionario Institucional luego de la guerra civil por la democratización de las instituciones y el justo reparto de la tierra que desataron y protagonizaron dos caudillos: en el norte Villa y Emiliano Zapata al sur de la capital, generales de a caballo por su valor personal y mandato de sus tropas. Sólo que la reinstitucionalización priísta es un proceso manchado de sangre, por la sangre de ambos guerreros asesinados.

Es un error tildar a Zapata y Villa de campesinos revoltosos, de rebeldes sin mayor mira. Se forjaron rápido a sí mismos, supieron escuchar –para bien o para mal– a hombres ilustrados (ahí están los hermanos Flores Magón, por ejemplo), tuvieron una increíble capacidad de organización y liderazgo, liderazgo real: el que da el pueblo cuando se organiza a sus dirigentes, no el sentido vergonzante e inexacto que dan al término los políticos atrincherados en sus escritorios y manejos de encuestas contemporáneos.

La existencia de los territorios liberados por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que ha podido evitar a lo largo de más de una década la confrontación abierta con el ejército federal mientras los municipios se estructuraron y organizaron en las Juntas de Buen Gobierno, trascendiendo lo zonal para convertirse en referente político incluso internacional sin la emergencia de “cultos a la personalidad” es un fenómeno que merece estudiarse.

El momento de gloria del PRI fue cuando, en la década de 1941/50, el presidente Lázaro Cárdenas nacionaliza el petróleo, acto soberano que poco antes había realizado en peronismo en la Argentina y que hace semanas cumplió Evo Morales en Bolivia. Pero el PRI, su dirigencia, no estuvo a la altura de su tarea histórica; tras la palabrería nacionalista y populista en rigor de “europeizó”, y sus presidentes fueron, finalmente, lo que no pudieron ser los emperadores del pasado.

Con las guerras de la Independencia de la Nueva España, en efecto, hacia el inicio de la década de 1821/30, se autocorona emperador Agustín Iturbide, con dominio desde los bosques de Oregón por el norte, hasta el istmo de Panamá, en el sur. No dura mucho, pero el prurito imperial permitirá que Antonio López de Santa Ana –el que perdió, entregó o, según el caso, vendió los territorios a Estados Unidos, fuera ungido presidente una docena de veces.

Después de caído López de Santa Ana, hacia 1860, un miembro –menor, Maximiliano– de la familia Hasburgo, a petición de un sector de la sociedad y la política mexicana, resulta con la corona del imperio, bastante recortado en sus límites territoriales. De esa aventura europea en América queda una delicia culinaria de la ciudad de Puebla el chile en nogada. Benito Juárez, elegido presidente en 1858 derrota a las tropas francesas soporte de Maximiliano I y el flamante emperador es fusilado en 1867.

El abogado don Benito Juárez permanecerá en el poder, reelecto, hasta 1872, año en que muere en medio del ambiente levantisco propiciado por Porfirio Díaz y sus huestes. Díaz accede a la presidencia en 1878, tras derrotar al sucesor de Juárez, Lerdo de Tejada. Su gobierno durará hasta 1911. Es derrocado por las armas.

El PRI hereda, así, una historia rica en logros, pero también en autoritarismos. Durante décadas, 71 años para ser exactos, hasta la elección de Vicente Fox en 2000. Durante siete décadas los compromisos y balances de fuerzas internos en el partido hicieron del presidente de un país federal y autócrata que designaba “a dedo” a su sucesor. El PRI concluye la modernización y peculiar democratización de México, contribuye al sostenimiento financiero de la oposición política …hasta tanto ésta no le sea peligrosa, y amplifica el abismo de la corrupción porfirista.

Menos astuta que Odiseo –que se hizo amarrar al mástil de su barca– la ciudadanía mexicana actúa según le ordena el cántico foxiano y su palinodia –en el sentido de reconocer errores– y promesa de cambios en el modo de gobernar el país.

Nada de eso en serio ha ocurrido. López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática y Calderón, del oficialista Partido Acción Nacional, disputan la posibilidad de un nuevo despegue para México; muy atrás, según los sondeos, Madrazo del viejo PRI se apresta a una saludo a la bandera confiando en no retroceder el partido una vez que se conozcan los nuevos integrantes del parlamento bicameral federal.

López Obrador izó la bandera de los pobres –que aumentaron en número en el sexenio foxista–, Calderón la de un impulso al desarrollo económico merced a la iniciativa privada y la inversión internacional. Se da por hecho que un gobierno de López Obrador compondrá la relaciones con Cuba y estrechará aquellas con Venezuela, extendiendo su mirada hasta Bolivia, Brasil y la Argentina; Calderón, se dice, es mejor carta para el diáloho con EEUU respecto de la migración mexicana a ese país –que levanta nuevas barreras físicas para impermeabilizar la frontera.

Ninguno de los dos pretende, al parecer, tocar los cimientos del sistema. En ambos se advierten visos del legendario autoritarismo de los dirigentes políticos. Es compleja y difícil la decisión que enfrentan los mexicanos. Por ello, tal vez, muchos esperan que en realidad gane la señora abstención.

Bolivia en la encrucijada

La firma del acuerdo energético con Argentina, que considera un aumento notorio del suministro de gas a este país, marca una suerte de luna de miel en las relaciones bolivino-argentinas. Sobre todo porque, además, se sumaron otros importantes convenios agropecuarios, de cooperación y asistencia laboral, relacionados con infraestructura fronteriza y control migratorio –un importante número de bolivianos vive y trabaja en la Argentina. No se lee en estos documentos la temida –por los chilenos– prohibición de vender gas a Chile por parte de este último país.

El hecho de que, luego de la firma, Morales haya señalado de que el MERCOSUR es para Bolivia “una tarea pendiente”, refuerza la inserción del país altiplánico amazónico en el juego político y económico suramericano en calidad de protagonista.

Con elevados índices de aprobación a su gestión, Morales espera con cierta confianza el resultado de la elección de la Constituyente; menos fácil podría ser el asunto de las autonomía regionales. La derecha, fuerte en Santa Cruz –capital de una zona rica en recursos– apuesta a una autonomía que pudiera convertirse en el primer paso de la segregación territorial si el gobierno del MAS llegara amenazar sus privilegios. La prueba de fuego será la implementación de la política agraria de La Paz y la vieja consigna de “la tierra para el que la trabaja”.

De unas semanas a esta parte, mientras se dan por hecho los rumores del enfriamiento de las relaciones boliviano-brasileñas, aumentan aquellos referidos a diversas conspiraciones contra Evo Morales. Si existe tal enfriamento, ello no impide que continúen las conversaciones con Brasilia sobre los precios del gas, sin que haya trascendido impasse alguna en ellas.

Sobre las habladurías sobre la desestabilización del gobierno, puede que algunas sean las propias de los enfrentamientos políticos, pero otras, más graves y no desmentidas, vinculan al gobierno de Estados Unidos en maniobras que podrían llegar tan lejos como aquellas que más de treinta años atrás se produjeron contra la chilena Unidad Popular.

Santiago de Chile permanece callada ante la hipotética futura a corto plazo inestabilidad que, si sacude a Bolivia, tendría réplicas en el resto de América Latina. La Moneda al parecer carece de una política continental más allá de referida acuerdos comerciales y la “inmovilidad de los tratados”. El sueño de Chile desordena su lecho con imágenes mundiales –o mundialistas–, no siempre soñados con nitidez y en ocasiones próximos al surrealismo literario.

Unos tres millones setecientos mil ciudadanos elegirán a los 225 constituyentes que, según Morales, tendrán como misión “refundar el país”. La asamblea iniciará sesiones en agosto de 2006. Paralelamente decidirán los grados, formas y niveles de autonomía para las nueve regiones, lo que equivale a una reorganización nacional de tipo federal a una república en la actualidad unitaria.

Para ciertos delirantes trata este proceso electoral de de una muestra de la certeza en el plano local de la teoría de Hungtinton sobre la guerra de civilizaciones, y oponen la occidental, progresista y cristiana en un encuentro con la antigua, animista, conservadora e indígena. Todo proceso político avanza sobre muestras de lucidez y el lucimiento estúpido.

Lo concreto es que Bolivia de cualquier modo como redefina su existencia como Estado no olvidará –más bien acentuará– su necesidad de salir al mar; no porque lo haya perdido hace 130 años, sino porque es un imperativo para el desarrollo de un vasto territorio que no sólo a ella en la actualidad incumbe. La visión estratégica de los gobernantes chilenos y en menor medida peruanos, ahora y en futuro inmediato, determinará la velocidad y características de ese proceso.

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