Ago 23 2009
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Sociedad

Migrantes: Cómo entrar en la Argentina y no morir en el intento

Juan Diego Restrepo*
Haciendo fila, uno tras otro, ocho migrantes peruanos, mis compañeros de viaje, alistan sus maletas y se despiden de sus familiares. Abordan un bus que les promete llegar a la Argentina en cuatro días, para asegurar el futuro y cambiar sus vidas para siempre.

“¿Argentina? No me la imagino. La verdad en eso no he pensado todavía, nunca me figuré hacer este viaje. La decisión la tomé a última hora, pero pienso que es un buen país”, dice Inés, quien se acaba de sentar a mi lado.

Son las dos de la tarde. El bus de la empresa CIAL parte del centro de Lima dejando atrás los círculos de pobreza que rodean la capital peruana. Casas y casas de madera construidas de cualquier manera al lado de la ruta, en medio del desierto. Atrás queda la jarana, la pollada, el lomo saltado, el cielo limeño siempre gris, sus amigos, su familia.

Compré el viaje Lima- Buenos Aires en la agencia “Claros Tours”. Me prometieron llevarme hasta la capital argentina en “cómodos buses, con baño y alimentación incluida”, mejor dicho, todas las comodidades necesarias para un viaje de semejante magnitud.

A mis acompañantes les prometieron lo mismo, soy testigo, estábamos juntos en la fila para comprar el boleto. Insisto, nos lo prometieron.

“Una cuñada me ofreció trabajar en una casa de familia en Buenos Aires. Se cocinar y parece ser que la cosa allá está buena”, dice Inés, cabello negro, tímida la mirada, después de contarme que es madre cabeza de familia y que tiene un par de niños a su cargo.

Segundo día de viaje. Hacemos una parada dos horas después de la blanca ciudad de Arequipa, estamos a 4.400 metros de altura.

“Mi hermano y yo vamos a visitar a mi mamá. No la vemos hace cinco años”, cuenta Jhoselyn, de quince años, mientras tomamos un poco de té de coca para combatir el mal de altura.

“Claro que recuerdo a mi mamá, ya no es la de las fotos. En lo que más ha cambiado es en la voz, es otra”. Jhoselyn viaja con su hermano de catorce años. Ella maneja el dinero, viajan con dólares: “Mi mamá estaba bien preocupada por el viaje, pero nosotros sabemos cuidarnos, viajamos con los permisos en regla y bueno, estamos juntos”.

A mi también me preocuparon los dos chicos. De todos, eran los que más cómodos viajaban, jugando con sus “ipods” y comprando chucherías en las paradas, pero eran chicos al fin y al cabo.

Llegamos al hermoso lago Titicaca, me doy cuenta que algunos de ellos están tan mareados como yo. Durante el último tramo, el bus acelera la velocidad para llegar a Desaguadero, frontera con Bolivia, y la altura nos comenzó a afectar.

Bajamos del bus, nos descargan de cualquier manera, las maletas tiradas en el pantano, en una calle sin pavimentar. Comienza a llover.

“No se preocupe seño, acá hay un centro médico para atender a su tía”, le dice un chico a Franchesca, quien tiene a su madre y a su tía vomitando, sentadas en una vereda, quejándose de dolor de cabeza.

Viajan con la casa encima, un montón de maletas de todas las texturas y colores, que llevan no se qué. Los esperan en una pensión en Almagro, en la ciudad de Buenos Aires; toda su familia está allá. Franchesca espera entrar a la universidad, su tía va a trabajar en alguna casa, como sirvienta.

Estamos con las cosas en la calle, el encargado que nos embarcaría en otro bus para La Paz no aparece.

El mal de altura impide que podamos reclamar la primera promesa incumplida. Nos hospedarán en un hotel esa noche pero tenemos que esperar en la calle, de dos a tres horas hasta que llegue el encargado, y no nos darían ni comida ni desayuno, eso no lo incluía el tour, la señorita de ventas se habría equivocado.

Un par de mellizos de unos cuatro años que no paran de llorar. Las condiciones son dictadas mientras la mitad de nosotros vomita el aperitivo que nos dieron en la mañana de ese día sin paradas. Era lo único que teníamos en el estómago. El hotel incluía el baño, pero la ducha había que pagarla aparte.

“Mi enamorada está en embarazo, el niño va a ser argentino. En mi casa no saben que viajo con ella” me cuenta Omar, de unos 25 años, “Mi pata de toda la vida, mi amigo, me envió el dinero necesario para el viaje, pero yo no contaba con tanto gasto extra, por eso tomé el tour, porque lo incluía todo. Menos mal ella no está mareada”.

Son las once de la mañana del tercer día de viaje. Llevamos esperando desde las ocho a que llegue el chofer de la camioneta que nos llevará a La Paz. Hicimos los trámites de migraciones a la hermana República de Bolivia y cambiamos el dinero necesario. Nuestros ya devaluados soles, perdieron un poco más de poder adquisitivo al comprar los bolivianos.

Son las tres de la tarde y acabamos de llegar a La Paz. Nos recibe Jesús Claros, el dueño de la agencia. Nos invita a un almuerzo y nos ofrece disculpas, lo que pasó en Desaguadero no volverá a pasar y de ahí en adelante se cumpliría con lo prometido: un buen viaje con comida incluida. Llueve en la capital boliviana.

Cuarto día de viaje. Llanura de Tupiza. Para hoy debimos haber llegado a Buenos Aires. El bus en el que nos embarcaron ayer no tiene baño ni despacho de agua, y está varado en medio de la nada, no hay casas, ni señales de vida.

Llovió la noche entera, un río cambió de curso y se metió por la vía no pavimentada, entonces el bus, estilo rally, tuvo que andar por el lecho barroso.

Hace un día que salimos de La Paz y no hemos comido nada. Paramos en Potosí y cada uno tuvo que comprar su comida. El bus lleva chanchos y gallinas que imagino en una olla cocinándose, algunos niños duermen en medio del pasillo. Entra agua por algunas ventanillas. Ninguno se ha bañado, no hay agua para hidratarnos. ¿Dónde están las promesas señor Jesús Claros?

Uno de los viajeros se llama Mateo, muy callado él, solo supimos que iba a trabajar; subió en Arequipa, y apenas hablaba castellano. Le confesó a Omar que viajaba sin un solo sol. No lo vimos consumiendo nada hasta ese momento en el que Jhoselyn le convidó unas frituras.

Fin del día y llegamos a La Quiaca, frontera Bolivia-Argentina. El bus entero hizo el trámite para entrar al país. La mayoría eran trabajadores bolivianos y peruanos, acompañados por un par de turistas uruguayos y un periodista colombiano.

Cada día, decenas y decenas de peruanos, bolivianos y paraguayos entran a la Argentina, tierra prometida, para ser parte de la fuerza laboral de este país. Desde el 2002, los países del Mercosur reconocieron el derecho a la libre residencia y trabajo en sus Estados miembros.

El gobierno de Néstor Kirchner puso en práctica el Plan Patria Grande, para conceder la residencia a los inmigrantes de los países fronterizos y de Perú, que estaban en situación irregular. Se calcula que entre 2006 y 2008 el gobierno benefició con documentos a 714.907 inmigrantes.

Seis de la tarde, por fin entramos a la Argentina. Los trámites los hacemos orientados por hombres uniformados que nos hablan como a subalternos. Me doy cuenta que ni Mateo ni la novia de Omar saben leer y tardan en entender las indicaciones de los hombres. Hacemos el cambio a la moneda argentina. No nos favorece en lo más mínimo. Hay un letrero en migraciones que dice: Usted merece la mejor atención…

Terminal de transporte, nos recibe un funcionario de Almirante Brown, la empresa argentina que nos llevaría a Buenos Aires. Y ahí fue lo último: que no había reservaciones, que él no se había comunicado con Jesús Claros, que la mitad se tendría que viajar después, que no nos iban a dar comida, que llevábamos muchas cosas y que la gendarmería decomisaría nuestros bultos, que ellos nos los podrían guardar o comprárnoslos a bajo precio, que había que pagar una tarifa extra por acomodarnos a última hora. Lo peor: nos convencen de que la Gendarmería podría devolver a alguno de nosotros, que pareciese sospechoso de tráfico de drogas.

Finalmente, último tramo del viaje. Buenos Aires es inmensa. Parada en la estación de Retiro después de 28 horas de viaje, son las tres de la mañana. La despedida se opaca con el tema de los billetes falsos que le cambiaron a Jhoselyn.

“Es linda la ciudad, sí, no me emociona, estoy un poco asustada. Yo ni siquiera conocía Lima, soy de un pueblo que se llama Virú, lo que a mi me importa es comunicarme con mis hijos, tengo la mente allá”, me despide Inés. Argentina, la tierra prometida.

*Periodista de la Agencia de Prensa del Mercosur

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