Feb 20 2006
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Cultura

MOISÉS VICENZI: EL PENSADOR OLVIDADO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

“Moisés Vicenzi Pacheco es… juzgando el conjunto de su obra impresa, el filósofo más maduro, completo y original que ha producido Centroamérica; y es ciertamente más estimable que muchos valores del continente que han gozado de más amplia caja de resonancia” .
(Constantino Láscaris, 75: 283-284).

Breve introducción con biografía.

Nació este filósofo costarricense en Tres Ríos de Cartago. Fue maestro normalista, profesor de Estado, licenciado en Filosofía y Letras y profesor de Filosofía e Historia en la Universidad de Costa Rica (1942-1948).

Además fue profesor visitante en la Universidad Nacional de México (UNAM), director de la Escuela Normal de El Salvador, director de la revista La Escuela Costarricense, director del Instituto de Alajuela, director de Archivos y Bibliotecas, miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, presidente de la Federación Costarricense de Fútbol, y doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Nicaragua (UNAN).

En 1962 se le otorgó el Premio Nacional de Cultura Magón. Este breve currículo es más impresionante si se piensa que Vicenzi fue un verdadero autodidacta.

Tanto Constantino Láscaris como Luis Barahona y Abelardo Bonilla, lo conciben como un Hombre de Letras, como un escritor. Claro, dentro de los cánones literarios actuales el término “escritor” no encajaría en tanto consideremos a Vicenzi, fundamentalmente, como un pensador. Láscaris entiende en este caso por escritor al “hombre que utiliza el idioma para decir”. Pero, ¿cuál hombre no utiliza el idioma para decir? Por supuesto, Vicenzi incursionó en la literatura, especialmente con las novelas: Atlante (1924), La Rosalía (1931), Pierre de Monval (1935), La señorita Rodiet (1936), Elvira (1940); también lo hizo en la poesía: Las Cumbres desoladas, poesía modernista al estilo dariano.

Sin embargo hoy lo recordamos y lo reconocemos por sus trabajos filosóficos, especialmente en el terreno de la estética, fundamentalmente de crítica literaria y teatral; no por sus narraciones o sus poesías, las cuales, y según el mismo Láscaris y el historiador literario Abelardo Bonilla, no llegaron a cuajar por la preponderancia del análisis y de las ideas sobre la ficcionalización y el fluir de la vida. Son más cerebrales que emocionales y “el lirismo está demasiado racionalizado para ser poesía”.

Ahora bien, Moisés Vicenzi dedicó mucho de su obra a la pedagogía del idioma y al uso riguroso de la lengua. Tal vez por ello Láscaris lo celebre como “escritor”. Es importante señalar sus once obras en la serie La Enseñanza del Estilo (1939), donde no solo se interesa por la gramática, sino por la lógica de las estructuras gramaticales, es decir, por el cómo expresar de buena manera nuestras ideas y emociones. Pero es en la crítica literaria y teatral donde el filósofo va alcanzar sus mayores alturas.

Vicenzi escribió biografías críticas de autores latinoamericanos, como Froilán Turcios, José Vasconcelos, Roberto Brenes Mesén, entre otros. Acá se destaca la tesis de Vicenzi de que no se puede hacer crítica, o biografiar a un literato, pensador o intelectual, sin una amplia base filosófica.

Tres estadios en la obra filosófica de Vicenzi

Constantino Láscaris describe tres estadios de elaboración en la obra filosófica del pensador: El primero incluye Mis primeros ensayos. Prueba de una filosofía personal (1915 1917) hasta Preceptos (1934), comprendiendo sus libros Valores fundamentales de la Razón (1919), Diálogos filosóficos (1921), Mi segunda dimensión, Principios de crítica filosófica (París, 1928). Según Láscaris las obras de este primer estadio “filosóficamente muestran talento, pero son faltas de madurez”. Les falta el peso de la meditación sosegada de los grandes maestros, y en conjunto este período corresponde a una Centroamérica de incubación filosófica, forjadora de pensadores.

El segundo período se da a partir de 1930, fecha de publicación de El caso Nietzche. Para Vicenzi Nietzche no es solo un filosofo a estudiar, sino “un catalizador violento que exige autenticidad y adentramiento. Meditar Nietzche es hacer examen de conciencia y tener que optar entre cerrarlo cautamente y mentirse, o replantearse acremente el sentido de la radicalidad de la existencia” (op cit: 287). Acá encontramos ya al pensador en busca de su propio destino.

A este período pertenecen El Hombre Máquina (1938) y Marx en la fragua (1939), ambos de temática político-social.

En el primero analiza la civilización contemporánea y señala el camino para transitar por la cultura que ha devorado la técnica de nuestra civilización. Así la ciencia ha convertido al hombre en máquina. Lo anterior ha llevado a la mercantilización del arte, la subordinación de la pedagogía a la masificación y la autosuficiencia, en la que no tiene cabida el hombre contemplativo, el cual espera la llegada de un “superhombre” quien superará esa atrofia gracias “al análisis de la ciencia y a la síntesis cosmogónicamente emocional, de la filosofía y el arte” (Ibíd.: 288)

En el segundo critica algunos conceptos centrales de la filosofía que fundamenta la Economía de Marx, especialmente el del trabajo, oponiéndola a una especie de “flujo universal que mueve al átomo como a la estrella. El filosofo integralista no busca otra verdad que la de plasmar la mente humana sobre el cosmos entero. Y es ésta la batalla que habrá de librar, en definitiva, el complicado siglo XX (Ibíd. 288)”.

El tercer período lo marcan la publicación de sus dos ensayos sobre el teatro publicados en 1957: El teatro de H. Alfredo Castro Fernández y Los ídolos del Teatro, y alcanza hasta 1961 con la publicación de su obra básica El Hombre y el Cosmos. Síntesis de una Filosofía.

En el primer ensayo sobre el teatro, estudia la obra de un dramaturgo costarricense, pero trascendiendo sus tramas para buscar “sus aspectos superiores: aquellos en que el espíritu abarca grandes zonas de expresión dramática” (Ibíd.: 288). Es crítica de teatro con visión filosófica o si se quiere filosofía del hombre con ocasión del teatro. Por eso afirma: “el teatro que no es capaz de sugerir altas meditaciones, no es perdurable y, por eso mismo, no interesa a los críticos exigentes”.

El segundo ensayo es un acoso del ser ante la obra de teatro. Para Láscaris este ensayo en el más riguroso de Vicenzi por lo ceñido al tema y lo sistemático del mismo. Una de sus conclusiones es la siguiente: “Las grandes obras de teatro han buscado la expresión perenne de sus motivos, en el afán de interpretar el mundo dentro de sus más amplios horizontes. Por eso, han producido un arte perenne que justifica mi fórmula estética de la eternidad como denominador común de toda belleza” (Ibid: 289).

Finalmente, El Hombre y el Cosmos. Síntesis de una Filosofía, dedicada a los participantes en el Congreso de Filosofía celebrado en Costa Rica, es una reelaboración de trabajos anteriores sin llegar a la compilación. Es una sistematización de su pensamiento. La primera parte se puede ver como Teoría de la Naturaleza y la segunda como una metodología sobre Nietzche, que abre paso a la Visión del Cosmos Humano.

La visión de la naturaleza está centrada en el hombre, es filosofía antropológica, elevándolo de “microcosmos” al “cosmos”, pero con una libertad reñida con un sistema cerrado: “La libertad creadora –contradictoria en esencia, si es que hay esencias al modo clásico– es un fenómeno que tiene que ajustarse, de innumerables maneras, de modo antinómico, a este recuerdo de las viejas cascadas y los antiguos huertos” (Ibíd.: 289).

El énfasis, como vemos, está puesto en la libertad creadora, por lo tanto el arte es el verdadero eje de todo conocimiento (sobre esto volveremos más adelante).

Coordenadas filosóficas de Vicenzi

Para Rodrigo Cordero, en su obra y tesis de grado Moisés Vicenzi (1975) el marco referencial de la obra de Vicenzi “se sitúa entre las coordenadas de los siguientes pensadores: Parménides, Heráclito, Zenón de Elea, Kant y Nietzche”. Nosotros agregaríamos a Bergson en sus meditaciones sobre el tiempo. Estos autores sirven como puntos de referencia, pero es Nietzche quien determina gran parte de su concepción. Cordero, biógrafo y presentador de nuestro filósofo, también señala la influencia de la Física contemporánea en su visión de mundo.

Cordero parte de la clásica discusión entre Heráclito y Parménides sobre el movimiento: recordemos que Heráclito planteaba que todo fluye, que el ser (la realidad) es un cambio incesante, un devenir, un movimiento de todas las cosas, mientras que Parménides planteaba lo contrario, que la realidad es inmutable, el ser es eterno e inmutable, inmóvil e ilimitado. Zenón de Elea fue discípulo de Parménides y a través de sus famosas Aporías “demostró” la inexistencia, o la apariencia, del movimiento porque el espacio es divisible infinitamente.

La compleja Filosofía de Kant sostiene en general que el espacio y el tiempo son formas a priori del conocimiento, es decir que son independientes de la experiencia y que son una forma pura de todas las cosas; en otras palabras están antes o fuera del conocimiento, por ello el objeto de conocimiento es objetivo pero mantiene una íntima relación con nosotros en cuanto sujetos del mismo.

El caso Nietzche: presencia del super-hombre

Por último, como ya lo señalamos, Nietzche es la influencia decisiva en el pensamiento de Vicenzi. Nietzche retoma la problemática de Heráclito y elabora su teoría del eterno retorno de todas las cosas, ya no sólo con la plena conciencia heracliteana de que todo cambia y regresa, sino también con una sed profunda de eternidad y de devenir expresada en su metafísica. Esta nueva visión fortalecerá la conciencia del hombre del siglo XX, especialmente porque en Nietzche el problema no es meramente intelectual sino también, y sobre todo, intensamente vivencial.

La presencia de Nietzche en la concepción vicenziana es fundamental. El costarricense admiraba intensamente al alemán, por eso estudió ampliamente su vida y su pensamiento. Sitúa su vida en el desarrollo de tres facultades centrales: voluntad, sentimiento y pensamiento.

Sobre la voluntad decía que poseía “un amor excesivo por la grandeza del espíritu… una ambición desmedida de gloria… una perpetua y apasionada simpatía por la fuerza, por la belleza, por la originalidad” (Vicenzi: 1963: 18), y un “odio por todos los obstáculos que se oponían a sus ideales de superación continua” (Ibíd.)

Sobre su sentimiento: “Su fuerza emotiva, cruzada de impulsos temerarios, era tan innata en él como su potencialidad voluntaria… No hay ideas frías en Nietzche; tampoco sentimientos vacíos; ni deseos inexplicables o carentes de masculina belleza. Solía escribir con las mandíbulas apretadas. Su don poético puso a oscilar su alma entre Apolo y Dionisos, porque la serenidad de aquél le servía de marco a la turbulencia de éste; es decir, su método sentimental buscó el contraste, tan caro a su voluntad y a sus ideas. Conocía que el mundo opera por supremos contrastes” (Ibíd.: 21).

Sobre el pensamiento de Nietzche, Vicenzi escribió situándolo entre la voluntad y su sentido artístico. Las tres facultades anteriores determinan su conducta: “Colocó la idea que tenía en examen bajo la influencia eruptiva de sus tres fuerzas, descubriendo, después, una verdad apenas presentida por la filosofía y confirmada hoy, como habré de recordarlo luego, por la matemática moderna y el pensamiento y el arte modernos: ninguna verdad es simple; las ideas, las voliciones y los sentimientos representan actitudes reales polifacéticas” (Ibíd.:25).

Ahora bien, según Vicenzi, el “superhombre” que plantea Nietzche, supera el prejuicio de los opuestos y por ello le atribuye a esta “criatura” la característica primordial para la comprensión del Universo, lo que él llama la “súper-razón”.

Ese superhombre no fue visto por Nietzche, a pesar de que lo intuyó en su esbozo, y para el racionalismo de su tiempo sería análogo al “genio”, pero no el simple genio, sino aquél que está más allá de lo feo y lo bello, del bien y el mal. Ese genio será capaz de acceder a un nuevo conocimiento. “Se podría pensar que yo juzgo agotadas las posibilidades actuales de la razón, dentro del radio de los opuestos. Pero, a decir verdad, podemos los hombres actuales prepararle la entrada al super-hombre tratando de intuirlo. Para este objeto hemos de comprender que la razón moderna se hundirá algún día en un crepúsculo definitivo. Entonces el super-hombre surgirá sobre el cementerio de nuestros ídolos y la ceniza de nuestros cadáveres” (Ibíd.:31).

De esa presencia del superhombre nietzscheano y de una posible “súper-razón”, sale la crítica al “hombre máquina”, hombre materialista (en el sentido menos filosófico y más peyorativo y popular del término), que se arrebaña y se masifica, como ya lo había comentado Constantino Láscaris. Ese hombre máquina es precisamente el que desconoce las facultades y potencialidades del súper-hombre y su nuevo conocimiento.

Cambio y tiempo

Las meditaciones de Vicenzi van a girar, pues, alrededor de el cambio y el tiempo. A partir del cogito ergo sum de Descartes, en el ensayo crítico sobre Roberto Brenes Mesén, Vicenzi saca una importante conclusión: la inexistencia de la nada la cual por definición no existe. Esto tiene una gran relevancia para la conciencia y el mundo físico. De esa manera en El hombre y el cosmos Vicenzi iguala Física con Metafísica, solamente que en la primera se destaca el movimiento y en la segunda la quietud.

Estas conclusiones provienen del estudio de la razón clásica, de las ciencias exactas y del análisis del cambio en las mismas: El cambio supone dos cosas para Vicenzi: “a) …dejar de ser una cosa, en primer término; es decir: la existencia de la nada, a la cual se ha sometido algo que fue y que ya no es, porque ha dejado de ser en el cambio; b) …entrar a ser una cosa que no exista, esto es, la adquisición de la novedad que ha sacado el cambio de la nada, porque lo que no era y es ahora en virtud del cambio, es nuevo, matemática y metafísicamente hablando”.

De ello se deduce que si el cambio es posible la nada también. Vicenzi se opone a esta concepción con su análisis de esencia y forma, donde demuestra que ambas son una misma cosa “con lo cual destruye toda posibilidad de escisión entre forma y esencia, quietud y movimiento, tiempo y eternidad: todo es un continuo orgánico que sobrepasa las posibilidades de inteligencia de esta razón fragmentaria y abstracta” (Bonilla, 1981:260). “Toda razón matemática conduce a la evidencia de que el mundo es fijo y, en este caso, o el mundo es fijo y el movimiento es aparente, o la razón matemática no sirve para nada en el campo de soluciones definitivas” (Ibíd.: 260).

Según palabras del mismo Vicenzi “la separación de esencia y forma, a lo más podría ser un símbolo o un modo de señalar cierta diferencia entre dos modalidades del ser objetivo, o un recurso imaginativo de la filosofía pragmática, sin intentos de explicar la verdad del hecho físico que realizan… no hay límite entre lo que llaman esencia y forma: todo es esencia” (Vicenzi, 1961:52-53).

Por lo anterior Vicenzi va a concluir que “no se trata ni de un retorno al modo de Heráclito o Nietzche, sino que algo más patético: de la no desaparición de nada, puesto que lo que fue no puede haber desaparecido y lo que va a ser puede ser presentido y profetizado” (Ibíd.: 140). Su visión del tiempo está muy ligada entonces a la metafísica pues lo considera como despliegues de una sola conciencia infinita la cual se puede captar solamente por una “super-razón” distinta y superior a la clásica. “La evolución consiste, pues, en sentirse el yo infinitamente diverso, y todo es diverso infinitamente en virtud del movimiento infinito, idéntico a sí mismo, perfecto en sí y para sí mismo” (Vicenzi: 1918: 9).

El cambio no existe, el movimiento es la conciencia de la diversidad, y si el cambio no existe es debido a las implicaciones de su pensamiento sobre esencia y forma y su negación de la nada. “La finitud aparente es una aparente ilusión; sólo ha de existir lo infinito, que no se mueve, que no cambia, porque no está en aptitud de entrar a la nada o salir de la nada. Sólo es lo eternamente fijo e inmutable” (Vicenzi: 1921).

Aquí Vicenzi aplica las leyes de la física a la ontología y define al tiempo “como la segunda dimensión, considerando como primera al espacio. En el fondo, espacio y tiempo se suponen inseparables. Pero, desde el plano contemplativo del hombre, espacio es distancia; y tiempo, el movimiento que nos muestra esa distancia, es decir las diferencias de esa distancia en la proyección ininterrumpida que tienen, hacia el pasado y hacia el porvenir, sin solución alguna de continuidad” (Vicenzi: 1961).

Más concreto aún: tiempo “es la distancia potencial efectiva y objetiva que separa la sucesión de los actos, en virtud de la continuidad de lo diferente por lo análogo” (Vicenzi: 1921). Por eso nada se pierde en el tiempo y nada en el espacio. “La eternidad abarca al cambio y lo sujeta a sí misma” (Vicenzi: 1957): Las figuras permanecen en el pasado y ya están en el futuro, pero el ojo humano apenas las aprecia en el presente.

Lo que sucede, sostiene el filósofo, es que no hemos desarrollado plenamente nuestros sentidos y que así como el mundo se despliega en infinitas direcciones tenemos sentidos aún no utilizados. Vicenzi, ejemplifica con el cine, arte al cual era gran aficionado: “El mundo de la película de un cinematógrafo, en la cual las figuras están absolutamente fijas, antes, en la hora de ser proyectadas a través de los lentes y después de serlo. Sin embargo, a la hora del espectáculo todo parece, en la proyección, obra de un movimiento vivo y variable en las figuras. Nuestra función es interminable, pero no menos fija que esta” (Vicenzi: 1921). Esto, ciertamente, es de suma importancia por su originalidad y su aporte a la estética y a la comprensión del arte, como veremos a continuación.

La concepción del arte:

En el pensamiento de Vicenzi siempre está presente la trinidad ciencia-arte-filosofía. Éste espera que algún día “la Ciencia sea Ciencia y Poesía. En que la Filosofía sea Ciencia y Arte. En que el Arte sea Ciencia y Filosofía, en el corazón de un hombre verdaderamente humanista, en un sentido mayor y mejor de la palabra.

“Cuando el hombre de Ciencia logre este salto, se estremecerá ante las maravillas del Universo y pondrá la rodilla en la tierra para decir con Einstein: ‘De aquí en adelante sigue el asombro’, esto es, la fe en este inmenso milagro del mundo, no explicado por nadie todavía.

“Cuando el filósofo alcance la visión integral y sea un hombre de ciencia y un poeta, su palabra será fuerte, suave, grave y dulce a la vez. Cuando el artista sea filósofo y hombre de ciencia al mismo tiempo, sus ritmos serán más profundos y su espíritu abarcará al par de su alma propia, una visión estremecedora del cielo” (Vicenzi: 1961: 16).

Pero de esa trinidad el arte se sale para ocupar en la obra de Vicenzi un especial lugar de privilegio, o, como ya lo dijimos, constituirse en el verdadero eje del conocimiento: “¿Por qué afirmo que el Arte es el verdadero eje del conocimiento? Porque en él el siglo supera a la palabra vulgar, correspondiente a la expresión de nuestras bajas ideas prácticas. Y por eso el poeta quiere, piensa e intuye el motivo del canto, mejor que el científico la fórmula matemática –cuando este científico no es poeta–. Y mejor que el filósofo frío, el raciocinio, el precepto o la sentencia” (Ibíd.:149).

Pero el arte para alcanzar su verdadera estatura, o para llegar a su culminación, debe estar en íntimo contacto con la Ciencia y la Filosofía: “…nuestra época busca el modo de establecer tres lógicas: la intelectual, la intuicionista y la volitista… Un arte que no se dé cuenta de semejante evolución filosófica y de tan singular cambio apreciativo de las ciencias, no está en actitud de ponerse a tono con la nueva sensibilidad del ambiente. Lo apolíneo ya no es capaz de alimentar los grandes ideales artísticos del tiempo” (Ibíd.:233).

El arte, como también ya anotamos, debe responder a las necesidades de la eternidad, así, por ejemplo, concibe al teatro: “Como un problema cuya solución ha de darla tanto la realidad grosera del mundo, como la espiritual; la razón ordinaria, como la fantasía creadora, en sus más altos términos. Sólo así se logrará alcanzar la visión mística total de este arte –mística en un sentido libre y abierto a todo–. Y la fórmula que aconseja ver las cosas, tanto en filosofía como en arte, bajo el aspecto de la eternidad” (Vicenzi: 1957:10).

Al final Vicenzi resume en once puntos las normas del Arte en general y del teatro en particular:
1. “toda estética debe dar por resuelto el problema de devenir y la eternidad.
2. debe aspirarse a la perennidad pues lo eterno existe a despecho de lo que pasa.
3. como el devenir está inmerso en la eternidad del arte debe buscar las fuentes de lo perdurable en él.
4. el arte contemporáneo niega esta perennidad.
5. el arte contemporáneo cultiva un narcisismo ayuno de toda visión general del universo.
6. el teatro actual participa de esta obsesión narcisista.
7. las grandes obras de teatro sí han buscado lo perenne.
8. los artistas pueden encontrar lo perenne a través de sus obras.
9. la crítica artística debe partir de la perennidad.
10. no se puede dominar la estética sin ajustarla al resto de sus conexiones filosóficas.
11. la obra de teatro se realiza cuando se presenta”.

Para finalizar, debo señalar que además de sus Nociones de Arte, Vicenzi fue un crítico incesante de escuelas, movimientos y obras concretas. En su labor periodística, especialmente en su columna Bandera Blanca (en La Prensa Libre) durante tres años y medio se dedica a problemas generales de la crítica de arte y analiza la personalidad del intelectual, del artista y del genio.

Por esa razón propongo humildemente que la academia costarricense y las diferentes autoridades culturales, realicen un esfuerzo para reeditar sus obras completas como un componente necesario del pensamiento nacional, centro y latinoamericano.

Bibliografía

Barahona Jiménez, Luis: Apuntes para una historia de las ideas estéticas en Costa Rica, San José, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Cultura, 1982.

Bonilla, Abelardo: Historia de la Literatura Costarricense, San José, Editorial Stvdivm, 1981..

Cordero, Rodrigo: Moisés Vicenzi, San José, Departamento de Publicaciones, Ministerio de Cultura, 1975..

Láscaris, Constantino: Desarrollo de las ideas en Costa Rica, San José, Editorial Costa Rica, 1975..

Vicenzi, Moisés:
El Hombre y el Cosmos, San José, Imprenta Lehmann, 1961.
Los Ídolos del Teatro, San José, Imprenta Trejos, 1957.
El Teatro de H. Alfredo Castro Fernández, San José, Imprenta Trejos, 1957.
Principios de Crítica, Roberto Brenes Mesén y sus obras, San José, 1918.
Mi segunda dimensión, San José, 1923.
Principios de Crítica Filosófica, París, 1928.
Diálogos Filosóficos, San José, 1921.

(Las citas de Vicenzi de estas obras han sido tomadas básicamente de los libros de Cordero, Rodrigo; Bonilla, Abelardo; y Láscaris, Constantino incluidas en esta bibliografía).

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foto
* Escritor costarricense.

Correo electrónico: cazadelpoeta@yahoo.com

La fotografía de Moisés Vicenzi se obtuvo en el portal de la Asamblea legislativa de Costa Rica, que lo declaró Benemérito de la Patria en 1964 (www.asamblea.go.cr)

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