Ago 23 2009
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Molcheñ, 1861 / Leyenda de la fundación y pacificación de Cornelio

Cristián Beroíza.*

Subir el nivel de esta tragedia suramericana, a como dé lugar, dejar correr la materia fecal filtrada de los pozos negros del Alto O’Higgins para inundar. Subir el nivel de esta tragedia suramericana, completar la matanza, tapar los drenajes y las fosas sépticas con larvas de mariposas. Morir como un camarón de barro en las Vegas de Coronado, cuando no haya diluvio, cuando no haya viento sucesivo en la cuadrícula española de disposición espacial.

Las tierras bajas estaban divididas en cuadraditos. La tierra estaba sumergida, y nosotros podíamos morir como los hombres que se quedaron en los cerros secándose de hambre, cantando sus asquerosidades a lo siniestro, esperando una réplica más destructora de civilización.

Nosotros estábamos en la mitad de la laguna mental de nuestros ancestros, muriendo como grillo amplificado y esperábamos resucitar como rata, vivir nuevamente como cerdo empachado, vomitar, estercolar, sudar a mares y seguir vomitando el domingo entero, asediado por las moscas de la Pacificación.

Confiábamos más en las fuerzas de la naturaleza que en la cruzada de sangre y muerte de Cornelio, la épica malparida que azotó en el valle de los cerezos y contagió a los sobrevivientes de esa infección de hombres educados, que permanecían, según su estado de conservación, en el cerro de los vivos que era el cerro de Cochento, o en el Cerro Cementerio: una montaña de huesos que empezaba en el Fuerte de la Misión y se extendía peligrosamente hasta la copa grande y aguada de un ciprés abandonado en su punta caída.

Nosotros seguíamos pensando en subir el nivel del rio para evitar el asedio cargante de la tropa española. Planeábamos rescatar los cuerpos de la evangelización salvaje que se erigía con la edificación de la patria unificada. La cruz y la espada. Evangelización salvaje que emanaba de las cabezas rapadas de los monjes gorditos vestidos de café. Un sacrificio sin sentido de fiesta que sedujo a los belicosos y gallardos resistentes al extranjero dominio de hombres con armas, con sangre, hombres con mala leche en la lengua que dice.

En la primera calle una muralla de mierda y barro se levantó de improviso. Una carroza de pompas fúnebre se aproximaba a Salvo, amenazaba con desbarrancarse y caer violentamente en este valle de lágrimas. Cuando el cuidador del molino se me acercó para entregarme un papel mojado con la tinta corrida. Luego desapareció bajo la lluvia incesante sin dejar más rastro que este papel deshaciéndose en mis manos bajo el torpedeo incesante de agua lluvia morada y restos de placenta.

Estábamos pensando subir el nivel de esta tragedia suramericana, pensábamos poner a prueba la letra milica de Ercilla, construir un puente cercano al fracaso inducido en Arauco domado y continuar por las napas de lo popular, siempre en movimiento. Propiciar el espectáculo natural, delirar, subir a la torre del campanario (que se cayó para el terremoto del sesenta) y presenciar la unión orgánica de los ríos Mulchén y Bureo, entrecruzados en la suntuosidad de sus flujos, inyectados de nube vaporosa y desbordando como lo hacían tiempo atrás, cuando se juntaban en la plaza en invierno para copular.

Habíamos encontrado la forma de vaciar el vergel de los residuos de parto, o al menos extender los brazos machacados hasta el Bío Bío, y por el Bío Bío hacia el Mar Pacífico.

Ahora la manada incluía a los huincas y a los hombres de a caballo. La marcas de sabiduría se mezclaban, la voz de manada (el murmullo de las hablas acumuladas) entra en corrientes imaginarias que se bifurcan, tarde o temprano, la tradición se precipita, el conocimiento se rinde ante los moldes toscos, los nombres de héroes se mal traducen, se mal traducen los mitos generados del encontrón y el mestizaje.

No recuerdo si fue Nahuelburi el que vendió la interpretación canónica de este sacrificio.  (Si lo hizo, la vendió barata). No sé si fue Carlos Elgueta el que nos presentó a Nahuelburi. No sé si fue Cristóbal Colombo el que nos descubrió, o si fueron las palabras cargadas de noche las encargadas de abrir la tormenta.

Sagrando heme do las imaxenes demasihado flujo ha.

* Sociólogo y escritor.

Addenda del autor

El texto de la Leyenda… alude a la "cruzada de sangre y muerte"  que el Estado chileno emprendió en 1861 con el fin de "pacificar la Araucanía" e incorporarla a los dominios formales de la nación; proceso que fue confiado al teniente coronel Cornelio Saavedra, un fideputa que resultó ser nieto de prócer argentino del mismo nombre.

Intenté establecer un diálogo con algunos relatos ancestrales locales, moluches, y con la producción textual (historiográfica, literaria,) de un escritor mulchenino, Carlos Elgueta Vallejos, que murió hace un par de años.

La épica malparida que me interesó narrar está profundamente ligada a la geografía particular de ese territorio fronterizo, justo al sur del Bio Bio, donde actualmente está ubicada la comuna de Mulchén, puesto que estas tierras constituyen un territorio históricamente móvil y en disputa. No una tierra de nadie, sino más bien el interminable espacio de lucha.

Todo esto a propósito de los nuevos enfrentamientos y abusos que el Estado chileno promueve en el Wallmapu: la épica malparida de la que venimos hablando.

 

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