Jul 3 2010
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CulturaSociedad

Mundial: Reingreso uruguayo a la geografía, a las patadas y con manos mágicas.

Aram Aharonian
Por más que los tecnócratas lo programen hasta el último detalle, que las poderosos trasnacionales lo manipulen y exploten, el fútbol continúa queriendo ser el arte de lo imprevisto, de lo impensado, conservando su porfiada capacidad de sorpresa. Porque a pesar de que quieren convertirlo en un espectáculo, un  negocio vulgar y silvestre, sigue siendo fiesta de los ojos que lo miran y alegría del cuerpo que lo juega, como escribiera Eduardo Galeano.

En 1924, cuando ganó la Olimpíada en Colombes (Francia), Uruguay ingresó a la geografía mundial a las patadas. Ahora, en el 2010, Uruguay, un paisito de poco más de tres millones de habitantes, entró nuevamente en la geografía mundial no solo a las patadas, sino con la ayuda de las manos mágicas de Luis Suárez, que con su atajada memorable en el minuto 120 le dio vida a Uruguay en el final del partido ante Ghana, y las del arquero Fernando Muslera, que tapó dos penales en la definición.

¡Ah, sí!: y el pie zurdo del Loco Sebastián Abreu, que picó el último tiro para darle a la celeste la clasificación para las semifinales de un Mundial luego de 40 años, para que Pepe Mujica, el presidente uruguayo -que sufría el partido en una fábrica recuperada por los trabajadores en la zona obrera del Cerro-, se quedara sin palabras y Montevideo se llenara de tambores y del borocotó, borocotó-chas-chas del candombe.

“Era la circunstancia del momento, no me quedaba otra situación y la mano de Dios la tengo yo ahora”, remarcó -el villano reconvertido en héroe- Luis Suárez (el penal sancionado, que le valió la expulsión, pegó en el travesaño y el partido con Ghana terminó 1-1, obligando a una tanda de penales).

Uruguay fue campeón del mundo en 1930 y 1950, y después su mejor clasificación fue el cuarto puesto en 1954 y 1970. Los únicos que han realizado algo más que este grupo son los campeones mundiales uruguayos.

Al clasificar para las semifinales del Mundial de Sudáfrica con sufrimiento y algo de fortuna, pero también con carácter y pasión, el maestro Oscar Tabárez, entrenador del equipo uruguayo, apenas comentó: “El fútbol uruguayo no estaba muerto… Hoy no jugamos bien pero parece que hay algo que nos está empujando, no se qué será, debe ser la fuerza de estos muchachos. Conseguimos lo que queríamos, aunque no jugamos como pensábamos”.

"Pensamos que es el más importante del fútbol uruguayo en los últimos 40 años". No es que el maestro recordara nostalgioso la última “hazaña” celeste, en 1970 (¡hace 40 años!) cuando en forma  dramática vencieron  a la entonces poderosa Unión Soviética con gol de Víctor Espárrago en el alargue. Ahora, calladita, vuelve a acceder a las semifinales de los mundiales. No se trata de vivir del tiempo pasado, sino una rara mezcla de museta y de mimí, de equilibrio, ganas, profesionalismo y mística.

“Lo que nos presiona y motiva es la historia de este grupo, desde 2006 hasta aquí, la tozudez de estos jugadores de creer que se puede y la capacidad de capitalizar rápidamente las experiencias, sobre todo las negativas. En estos partidos finales se profundiza la paridad y es cada vez más difícil ganar un partido”, destacó el técnico.

En Uruguay, toda ocasión es buena para entonar el “Uruguayos campeones, de América y del Mundo”, aunque la última copa la levantaran hace apenas 60 años, en el estadio Maracaná de Río de Janeiro.

"Al Maracanazo vamos a dejarlo quieto, no se puede tocar, ya está. Es parte de la historia y ha sido material de muy buenos libros. Y hasta le sirvió a Brasil, porque después de esa experiencia adversa obtuvo cinco títulos", señala, tratando de guardarle el debido respeto al hito, sin olvidar que además de la celeste, ahora tiene la responsabilidad de ponerse la camiseta de Sudamérica, con los historiales de dos campeones mundiales como Argentina y Brasil sobre sus hombros.

Alcides Ghiggia, el autor del gol del triunfo, hoy de 83 años, fue condecorado por la FIFA en Sudáfrica y cuando fue a visitar a Tabárez le dijo: “Así no va: el tema es que si en el fútbol actual parás la pelota y te ponés a pensar qué vas a hacer, como hacemos nosotros, estás liquidado”. Coincide con lo que escribía Eduardo Galeano: "El jugador uruguayo recibe la pelota y medita, recuerda, piensa en su infancia. Claro, cuando hace el pase es tarde".

En este Mundial, también se limpió la mala imagen que la selección uruguaya arrastra desde hace años, esa de ser un equipo pegador, de oscuros antecedentes y acreedor a muchas amonestaciones y expulsiones. Un sutil trabajo de los europeos para condicionar a los árbitros. Uruguay demostró que sabe jugar a la pelota y que no necesita de faltas para frenar a sus rivales. Que tranca fuerte, pone personalidad y se entrega al máximo está a la vista, pero si se mira la estadística de la FIFA, en lo que va del Mundial la selección celeste está entre las que menos ha pegado.

Uruguay cometió 71 faltas, siete menos que los brasileños dueños de la leyenda del jogo bonito (Ghana cometió 90, Holanda 83). Uruguay acumuló seis tarjetas, entre ellas dos rojas, Brasil siete con dos rojas, Holanda 12, Ghana 11. La leyenda del fair play brasileño y de la mal publicitada garra charrúa sucumbe ante las estadísticas de la propia FIFA.

"Pusimos lo que hay que poner. A todos nos gusta el buen fútbol, pero se dio así y hacía tiempo que no nos ocurría una suerte parecida", sentenció Tabárez, mientras sus jugadores, felices por los festejos en el paisito y en cualquier lugar del mundo donde vive un uruguayo, volvían a su realidad: concentrarse, entrenar, jugar… y si se puede, ganar”.

Un grafitti en la Ciudad Vieja montevideana dejaba en claro que “El Uruguay no existe, es sólo un estado de ánimo”. Un estado de ánimo de color celeste, eso sí, tímido, orgulloso, aguerrido, sufridor, esperanzado, mítico (y súmele los adjetivos que usted quiera).
Para que no quede dudas: sí, soy celeste, celeste yo soy
 

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