Abr 26 2005
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Opinión

Nación mapuche: identidad chilena y justicia

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

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No parece difícil explicarse las razones por las cuales compartimos el sentimiento de que los mapuche somos siempre perdedores ante la justicia chilena. Bastaría sólo con ejemplificar con algunos hechos recientes: el asesino de nuestro hermano Alex Lemun fue dejado en libertad; la exasperante lentitud de la investigación para dar con el autor de los disparos de los cuarenta perdigonazos que –en noviembre del año pasado- impactaron en la persona de nuestro hermano Jaime Huenchullan.

Recordemos además, el injustificado y, por lo tanto, abusivo requerimiento / hostigamiento judicial que en estos días ha dictado el fiscal de Traiguén Sergio Moya en contra de los hermanos Pichun Collonao –hijos del Lonko Pascual Pichun y de Flora Collonao, presidenta de la Agrupación de Familiares y Amigos de los Prisioneros de Conciencia Mapuche: “Mvñal Leaiñ Taiñ Mapu Mu”; la prepotente detención de los hermanos José de la Rosa y Lorenzo Nahuelpi; la injusta condena de nuestros peñi y lamgen Pascual Pichun, Aniceto Norin, Patricia Troncoso, Jorge Manquel, José Nain, Patricio y Jaime Marileo, José F. Llanca, y Víctor Ancalaf.

Por último, frente a estas claras señales de discriminación amparadas también en la Reforma Procesal, ¿cuántos de los nuestros se han visto obligados a sumirse en la clandestinidad? No parece entonces difícil explicarse las razones por las cuales compartimos el dolor de que los mapuche somos y –por más tiempo que lo imaginado– seguiremos siendo perdedores ante la justicia chilena; pero –a pesar de ello- nos parece necesario ahondar mínimamente en el origen de tal sentimiento.

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El escritor chileno Jaime Valdivieso, en su ensayo Chile: Un mito y su ruptura, escribió: “Sorprende la escasa importancia y reflexión que se le ha dado al problema de nuestra identidad nacional. Sin embargo, no resulta tan sorprendente si se piensa que al contrario de lo que sucede con la mayoría de los países latinoamericanos, donde se da como un hecho asumido e interiorizado y parte natural del pasado y de la cultura que se respira a diario, en nuestro país no se habla precisamente porque nadie tiene muy claro lo que se entiende por identidad por un lado y, por el otro, porque significa escarbar en algo que la mayoría ignora y rechaza y que si se conoce, igualmente se ha pretendido negar como ocurre con nuestro mestizaje y la presencia cultural mapuche”.

Desde los años ochenta he venido “esgrimiendo” ciertas palabras, algunas más “fervorosas” que otras. Se dice que los cuatro pilares fundamentales de la identidad son: el idioma, el territorio, la historia y el modo de ser. Tvfa mu mvley taiñ mogen, aquí está nuestra vida, nuestra tierra, nuestro linaje, nuestra Conversación, dicen nuestros mayores. Taiñ mollfvñ kvpali ñi rakizwam tañi pu che, nuestra sangre trae el pensamiento de nuestra gente, dicen. Nuestros tuwvn y kvpalme.

Nacimos en la gestualidad mapuche y en ella nos desarrollamos, reconociéndonos. Es esa nuestra identidad. Luego llegamos a las ciudades, el exilio –que, paso a paso, vamos superando- en nuestro propio territorio: “El choque tremendo fue cuando llegamos a la ciudad. Me acuerdo que nos agredían en plena calle, era una cosa tremenda, yo la sufrí harto: criticaban mi pelo, mis ojos. Si veníamos con zuecos nos decían indias con zuecos; si veníamos descalzas nos decían indias a pata pelada. Tuvimos además la mala suerte de llegar a una población muy modesta. Era nuestra condición”, nos dice Marta Lefimil.

Después, desde su doble exilio en Europa, nos dijo: “Me gustaría llegar a ser Marta, simplemente. Por supuesto sin perder de vista que vengo de un pueblo diferente: soy mapuche. Me gustaría, si tengo la posibilidad, volver y reaprender a vivir con mis hermanos, pero no con falso sentimentalismo, como ¡tan lindo que es eso!, no; porque muchos hoy lo viven con dolor, con sufrimiento. Me parece que habría que encontrar la forma de reconocerlo simplemente, valorarlo simplemente, no para que sirva de orgullo ni de vergüenza”.

He afirmado en reiteradas ocasiones, que la sociedad chilena es una sociedad tremendamente discriminadora, una sociedad que como niña / niño malcriado se comporta bien sobre la mesa –sobre todo cuando hay visitas-, pero por debajo nos está dando cada día un puntapiés. En una entrevista que me hizo la periodista Faride Zerán –en el desaparecido diario La Época de Santiago, en Abril de 1997- a propósito de un Taller de Escritores en Lenguas Indígenas de América que me correspondió coordinar en Temuko, me preguntó: “¿No consideras que hacer este Taller en Chile implica, de alguna forma, sembrar en el desierto, si asumimos que la modernidad que se postula hoy oculta las raíces indígenas que conforman la identidad de este país?”

Le respondí: “Todo este continente, salvo un par de excepciones, se nos transformó hace ya demasiado tiempo en un desierto, con Estados nacionales que caminan con pasos menos o más acelerados hacia la ‘modernidad del libremercado’. Recordemos, por ejemplo, la presentación del Estado chileno en 1915: ‘Los indígenas de Chile eran pues escasos, salvo en la región sur del valle longitudinal, esto es, en lo que después se llamó Araucanía. Por otra parte, las condiciones del clima muy favorables al desarrollo y prosperidad de la raza blanca, hizo innecesaria la importación de negros durante el período colonial. A estas circunstancias debe Chile su admirable homogeneidad bajo el aspecto de la raza. La blanca o caucásica predomina casi en absoluto, y sólo el antropólogo de profesión puede discernir los vestigios de la sangre aborigen, en las más bajas capas del pueblo’.

“Si lo miramos desde la perspectiva de la actual ‘modernidad’- le dije – el problema en Chile es que te pones frente al televisor y ves a esos tipos humanos únicos en la pantalla en que la mujer es alta, rubia, esbelta, como el hombre es blanco, alto y atlético y que promocionan y nos venden trajes talla única –nuevos o reciclados– con chaquetas o camisas con las que sufrimos porque nos sobra manga u hombreras o porque en vez de llegarnos hasta donde debieran, nos llegan hasta las rodillas. Y luego sales a la calle y pareciera que te cambias de país”.

El asunto, me parece, no es cómo el otro /otra se asume sino el cómo debiéramos hacerlo nosotros. Aquí en Chile, reitero, se siguen mirando en un espejo cultural (identitario) empañado: no se ven, no quieren verse. Es como cuando se entra a la ducha, el baño queda lleno de vapor y desnudos ante al espejo empañado podemos imaginarnos, por un momento, lo que queramos. El problema está en que no podemos transformar ese momento en una ficticia y permanente “realidad” en torno a la cual vivir lo cotidiano, pues -tarde o temprano- motivados por un irrefrenable impulso interior, o por la necesidad práctica de que no se destruya, tenemos que sacarle esa “humedad” al espejo. Entonces viene el rostro verdadero, nuestra morenidad en todo su hermoso esplendor –es hermosa la morenidad como es hermosa la rubiedad, hemos dicho–, la morenidad que refleja también una manera de vivir.

En los desiertos existen los oasis, y éstos son posibles de extenderlos y reproducirlos. Es posible recuperar y ganar espacios en el desierto. La identidad, me parece, determina qué es lo que se ama –con sus aspectos positivos y negativos– y cuánto se ama. Por lo tanto, determina la aceptación que se pueda tener de sí mismo y, en consecuencia, la valoración y el respeto que se pueda tener con ése sí mismo. Así también, la valoración y el respeto que se tenga del otro u otra. A una persona, a una sociedad, a un sistema, que no asume su identidad y, por lo tanto, no se respeta a sí mismo con todo lo que es: ¿se le puede pedir que respete y, más todavía, que valore la diversidad de otras personas, otras sociedades, otras culturas?

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PAÍS DE REGIONES

Aunque es claro que en Chile han venido sucediendo progresos importantes en el pensamiento respecto de la diversidad, sigue vigente nuestra apreciación de que la sociedad chilena es aún muy discriminadora. La identidad, nos parece–dijimos-, determina qué es lo que se ama y cuánto se ama, resolviendo la aceptación que se pueda tener de sí mismo y la valoración y el respeto que se pueda tener con ése sí mismo y, por ende, la valoración y el respeto que se tenga del “otro u otra”. A una sociedad que no asume su identidad y, por lo tanto, no se respeta a sí misma en / y con todo lo que es: ¿se le puede pedir que respete y juzgue con justicia a un pueblo cuya cultura y lucha ignora o desdeña?

En 1969, Pablo Neruda escribió: “En el hecho, la mayoría de los chilenos cumplimos con las disposiciones señoriales como frenéticos arribistas, nos avergonzamos de los ‘araucanos’. Contribuimos los unos, a extirparlos y los otros, a sepultarlos en el abandono y en el olvido. Entre todos hemo” ido borrando La Araucana, apagando los diamantes del español Ercilla”.

“Sin ir más lejos –prosigue- rehusamos no hace mucho, formar parte del Comité Indigenista Interamericano, por la sencilla razón –fue nuestra respuesta– de que ‘en Chile no hay indios’, había dicho B. Subercaseaux, en 1957. El mismo que antes había escrito: ‘Decimos que ciertas razas se han mezclado sobre el suelo de América, que los indios aborígenes contribuyeron también en Chile con un aporte no exento de sangre africana’”.

Y, en consecuencia, el Estado chileno se encargó de seguir escribiendo –acríticamente– la historia de sus poderosos. Una historia en la que las luchas de nuestro pueblo en defensa de su cultura y de su territorio –así como las luchas y sueños del pueblo chileno– son nada más que un “alevoso quebrantamiento del orden constituido”.

Su peso ha sido de tal magnitud que nos obliga a admitir que la actitud discriminadora chilena tiene ya raíces tan profundas que alcanzó también las obras literarias de conocidos y leídos autores; por ese “desconocimiento” ficticio, el de no querer saber (de cerrar los ojos ante la “inadmisible” realidad), quizá por el temor de perder la condición de “europeos” blancos y adinerados (o de al menos mantener la posibilidad de lograr dichos atributos).

Mucha mala conciencia que el sistema ha cargado incluso a sus mejores personas y que se expresa –como ya dijimos- en la insistencia en el mito, en la visión idílica, en el paternalismo exagerado que a veces los tienta a autonombrarse como “descubridores” o en certeros y excluyentes “estudiosos” de nuestros espíritus y de nuestras oralituras.

En su libro Chile: Un mito y su ruptura –publicada en una nueva edición por la editorial Lom como Señores y ovejas negras–, referido en nuestro primer avance en Mapuche Kimün anterior, Jaime Valdivieso dice: “Nuestra identidad [chilena] se formó a partir de una parcialidad, de una mistificación, de un hábil olvido de los hechos más dramáticos de la historia, de una ritualización diaria de nuestro civilismo y de nuestras más heroicas efemérides, unido todo esto a la, para nosotros, ventajosa comparación con aquella anarquía y primitivismo habituales en el resto del continente, de tal manera que hasta la fracción más crítica y politizada de nuestro país, se sintió halagada. No era para menos, ya que la ponzoña dulcificada iba dirigida a los centros más sensibles de nuestra vanidad nacional: éramos los más civilizados, los más demócratas, los más cultos y ‘europeos’ de América Latina”.

Así, en este Chile “moderno”, un ciudadano de cualquier lugar del mundo con algo de dinero –de la misma forma en que lotearon nuestras tierras en el siglo antepasado en Santiago, “reduciéndonos”– hoy puede lotear a Chile entero –con todos sus “emprendedores” dentro–, y en pro de sus objetivos “superiores”, determinados por el ideario de “su modernidad”, pueden / y van adueñándose –con creciente voracidad– de nuestros valles, bosques, ríos, lagos, volcanes y cordilleras todavía generosas de fuentes de agua y vegetación nativa. Es cosa de esperar, ¡ya vendrán los beneficios!, nos dicen / nos dirán.

Nos preguntamos, ¿no será verdaderamente moderna aquella sociedad que trabaja para superar el máximo de las normas y prejuicios impuestos por los pequeños grupos de poder que hace ya mucho impusieron como “modelo” su idea de país, “enquistándola” en el sistema cultural, económico, educacional, social, histórico, comunicacional y jurídico chileno?

La modernización ¿no será superar la hipocresía de la discriminación en el más amplio sentido de la palabra y aceptar que somos parte de una hermosa diversidad que verdaderamente nos enriquecería y nos permitiría crecer de manera más o menos equitativa?

No es imposible, pero es –desde luego- muy difícil este camino.

El dolor por la injusticia no se puede cuantificar; y la palabra poética –originada en la memoria de la tierra– es una salva por el porvenir, nos dicen. Existe una Ley Indígena que –aunque prácticamente se anula porque el Estado chileno no reconoce constitucionalmente nuestra condición de pueblo– se supone debiera impedir de manera drástica la enajenación de nuestras tierras y propiciar de modo diligente la recuperación “legal, a través de compras, de aquellas que pertenecieron a nuestros antepasados, como se deduce a partir de la existencia del Fondo de Tierras, pero –como se sabe hace rato– con recursos insuficientes; aunque es real –nos dicen– la paradoja reiterada un par de veces por algunas autoridades chilenas al referirse a la especulación –por parte de algunos latifundistas– de las tierras por las que han luchado nuestros Lonko y nuestras comunidades y que siguen siendo reclamadas hoy por todos nosotros.

Se trata, señalan dichos personeros chilenos, de un “quebrantamiento de las reglas del mercado”. Pero: “¿cuáles son esas reglas?, ¿quiénes las conocen?, ¿quiénes las manejan?, ¿quiénes las imponen?”, pregunta nuestra gente.

Y en ese contexto sucede que en la Región Mapuche el Estado está llevando adelante la denominada Reforma Procesal Penal. Pero ante las características histórico-culturales de Chile –¿qué defienden?, ¿quiénes defienden?– y especialmente de nuestra Región, creemos que un tema tan complejo como la desprejuiciada aplicación de Justicia –que no criminalice ni politice de antemano– requiere de una reforma política y administrativa de país, caso contrario cualquier “modernización” no pasará de ser un interesado adjetivo.

Creemos que Chile debiera transformarse en un País de Regiones Autónomas [autonomía en la autonomía para el pueblo mapuche], generando todas las reformas necesarias, incluidas las modificaciones geopolíticas. En los Tribunales no basta solamente con la presencia de “elementos facilitadores culturales” sino que se requiere también –entre otras cosas- de la participación de jueces mapuche en ellos; esto para señalar nada más un punto. Es mi opinión particular, pero tal vez no la única.

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Los presos políticos mapuche recluidos en la cárcel de Angol dicen, en un comunicado público en el que dan cuenta que han iniciado una huelga de hambre el lunes 7 de Marzo: “Nuestro encarcelamiento obedece a nuestras ideas y posturas de resistencia frente a un modelo económico destructivo, que ha robado nuestras tierras ancestrales y ha sobre explotado todos nuestros recursos naturales, empobreciendo y destruyéndonos económica-política y socialmente como pueblo mapuche.

“Es por eso que decimos que esta reclusión obedece a una prisión política, en el que mas allá de probarse los hechos, nos persiguen por ser mapuche y defendernos del sistema capitalista y opresor”.

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* Poeta.

Columna publicada en Periódico Mapuche Kimun Nº25 y Nº26, Marzo de 2005. Envío gentileza de Azkintuwe Noticias www.nodo50.org/azkintuwe).

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