Jun 22 2005
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Opinión

Nagasaki: ardían como fuegos élficos…

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Morir –dijo alguna vez Jorge Luis Borges– es una costumbre que tiene la gente. Se equivocó el escritor. Morir no es la costumbre, la costumbre es matar. Se mata con ira o con deseperación cuando hay pasión en el crimen; se quita la vida como por cálculo aritmético si los motivos son las ambiciones de poseer lo del otro –o lo que el otro, el muerto, podría tener.

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Y, sobre todo, se mata por mera estadística –más cálculo que apasionamiento– para poner fin –ganándola– a una guerra. Durante el verano del Hemisferio Norte de 1945, Japón había perdido la suya; era cosa de poco tiempo para que el sol naciente terminara de desmoronarse entre las islas arrasadas. Pero no.

Como lo han hecho matones y poderosos a lo largo de la historia, se consideró necesario regar con sal el territorio vencido, dar una lección, que nada volviera crecer. Y, de paso, probar si y cómo funcionaba el “arma que hará imposible la guerra” sobre un escenario real. La misma lección que intentaron entregar 25 años depués el napalm y los defoliantes sobre los caminos, bosques, arrozales y villorrios de Vietnam.

Se pudo destruir Cartago o el Templo de Salomón; más difícil es aniquilar un pueblo: lo probaron israelitas y gitanos cuando III Reich, e imposible resulta arrasar con las ideas: lo prueban afganos, palestinos, iraquíes, chechenios… Y, sobre todo, las naciones originarias de América. La voluntad es porfiada, persiste e insiste: basta mirar el “lagarto verde” sobre el Mar de Las Antillas.

MAC ARTHUR DIJO NO

George Weller (abajo, izq.) –periodista estadounidense– llegó a Nagasaki el primero entre sus colegas occidentales, cuatro semanas después del segundo bombardeo aéreo –el primero fue el de Hirosima– realizado con una sola bomba, la bomba atómica. Weller fotografió los efectos de esa bomba y dejó testimonio escrito de lo que vio.

Una imagen puede tener el valor de mil palabras, pero al fin y al cabo la palabra dice más que mil imágenes. Las imágenes eran niños quemados, niños silenciosos sentados junto a sus madres, tíos, abuelos… Todos esperando que acabara el padecer. Todos en agonía.

De cualquier modo –y porque es otra costumbre, ésta disfrazada de “razones de seguridad”– el jefe de la ocupación del Japón, general Douglas Mac Arthur, había prohibido la entrada de periodistas a las ciudades aniquiladas. Weller logró ingresar –haciéndose pasar por oficial del ejécito estadounidense– a lo que que era entonces no ya una ciudad en ruinas, sino un gigantesco laboratorio de observación de los efectos de las radiaciones (no basta constatar que se ha destruido algo, es menester saber qué pasa después de la destrucción).

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Un cuaderno de notas encontrador por sus familiares –Wells murió de muerte natural en 2002–, dice el diario japonés Mainichi, permite leer que “varios civiles japoneses han contraído una misteriosa enfermedad X”, enfermedad que describe ejemplificándola con el caso de Hayashida, una mujer que “huyó de la zona atómica pero luego regresó. Estuvo bien durante tres semanas con solo una pequeña quemadura en el talón. Ahora yace entre quejidos incapaz de pronunciar palabras claras”.
(…)
“Hombres, mujeres y niños sin marcas visibles de heridas mueren en los hospitales, algunos después de haber caminado tres o cuatro semanas creyendo que habían escapado”.

EL “OTRO” URANIO

Comenzó a hablarse de “uranio empobrecido” luego de los bombardeos de la OTAN sobre Serbia, en la ex Yugoslavia, cuando despuntó la última década del siglo XX. Había caído el Muro de Berlín y la URSS implosionaba entre el Este de Europa y el extremo asiático, en el Pacífico. El socialismo sui géneris de Yugoslavia estaba por dislocarse en medio de rencillas étnicas, religiosas e ideológicas en un sentido amplio.

La coyuntura era propicia para enseñar algo –no importaba qué, quizá las bondades de la democracia “a la americana”– a esos tozudos serbios, terminar de volver a forjar la vieja alianza “occidental” con los croatas y poner a los bosnios musulmanes en su lugar; de paso –¿quién sabe?– dar también una lección a esos insólitos albaneses.

Y probar en la realidad “viva” esos nuevos proyectiles recubiertos con una capa de lo que se ha dado en llamar uranio empobrecido, capaces de romper todos los blindajes convencionales utilizados.

(Sobre este asunto pueden leerse en Piel de Leopardo Guerra: el Síndrome del Golfo ataca de nuevo y Almuerzo campestre en el desierto. El desastre de Mosul).

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Pese a la evidencia recogida por gobiernos, entidades de investigación provaiadas y grupos ciudadanos, bien puede que transcrran, también en este caso 60 años, para que alguien descubra en el rincón del armario de un periodista muerto, en el disco rígido de una computadora arrumbada, en un CD olvidado, en fin, que la brutalidad de Nagasaki se reitera dos generaciones después, de manera diferente, cierto, pero con los mismos efectos finales.

No. Morir no es una costumbre que tiene la gente. Morir es inevitable. La costumbre es matar.

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Fuentes

– Periodista digital (www.periodistadigital.com/periodismo/object.php?o=102008).

– Exploratorium (www.exploratorium.edu/memory/index.html).

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