Nov 25 2005
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Cultura

NEGAR LA FORMA DE SER DE ALGUIEN ES COLONIZARLO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El jardín de las peculiaridades celebra lo peculiar y único, la festividad permanente basada en una visión comunitaria y creativamente caótica. Su aproximación no es sino un diálogo cariñoso de libertad y conexión, análisis e intimidad. El jardín merece su nombre porque refresca el espíritu.

Este obsequio que nos entrega Jesús Sepúlveda nos invita a compararlo con un libro de tamaño y formato similares: La sociedad del espectáculo de Guy Debord. En un tercio de siglo se han visto muchos cambios y una profundización de la crisis generalizada en el lapso de tiempo entre ambos libros. Uno debiera concluir, podríamos decir, que por una necesidad virtual el aporte de Jesús sustituye categóricamente al de Debord.

Quizás La sociedad del espectáculo, al igual que partes de Hegel, Marx y Lukács, es extrañamente insuficiente en términos del concepto de su título. Permaneciendo firmemente en el terreno de la izquierda y entre sus más altas y últimas creaciones teóricas, La sociedad… acepta la modernidad y todas las instituciones que la sustentan.

La reificación –o cosificación– es un concepto central de Debord, pero solamente en su sentido moderno en tanto efecto del fetichismo mercantil del capitalismo contemporáneo. Sepúlveda explora la reificación en su profundidad real, no como un fenómeno reciente sino en términos de la objetivación misma. ¿Cómo la vida se transformó originalmente en una cosa ficada?

La sociedad adopta el mundo que ha devenido en el problema, exigiendo sólo una nueva administración. El jardín… imagina un lugar totalmente diferente, que no necesita ser administrado y que encarna el espíritu vivo de la anarquía. Donde Debord prescribe un sistema mundial totalizante de poder exclusivo de los concejos de los trabajadores, Sepúlveda visualiza autonomía y disolución del poder.

“De todos los instrumentos de producción, el mayor poder productivo es la clase revolucionaria en sí”, proclamaba Marx, citado con aprobación por Debord. Al contrario, en El jardín se entiende que la producción en masa implica la producción de masas –tal como lo expusiera Walter Benjamin– sin mencionar la destrucción rampante de la biosfera. Para Jesús, la colonización y la estandarización son los dos lados de la moneda de la dominación.

El jardín de las peculiaridades es fértil y placentero de leer. Sus temas abarcan un radio que va desde lo simbólico hasta la política de la identidad, incluyendo estudios sobre el canibalismo, las hormigas, las drogas naturales, la resistencia indígena y muchos otros temas que sorprenden a lo largo de su lectura.

Dudo que la mayoría de los lectores adscriba a cada aspecto de este maravilloso libro. Divide la cultura simbólica en razón instrumental y razón estética, y sostiene que esta última ofrece un camino hacia la liberación. Para mí, la cultura simbólica es en sí parte consubstancial de la dinámica de empeoramiento progresivo de la vida en el planeta.

fotoTal vez la representación se interrelaciona, de modo fundamental, con la creciente separación y mediación que todos experimentamos –y que la estética es incapz de mitigar–. Hablando de los orígenes, puede que no sólo sea una coincidencia que la cultura simbólica haya florecido justo antes de la domesticación (razón instrumental/dominio de la naturaleza).

A lo mejor tales especulaciones nunca se puedan confirmar y variadas miradas sean necesarias. De hecho, uno de los aspectos más sorprendentes de este libro es su franqueza. ¡Ningún dogma florece en este jardín! He aquí una cita de una de las partes referidas a la cultura simbólica que tipifica la actitud del autor:

“La maniestación del ser es estética y cultural. Esa manifestación se radicaliza cuando deviene expresión peculiar del ser. Por eso, negarle a una persona su forma de ser es colonizarlo. Dicha práctica reproduce la pulsión expamsiva de la civilización, que no es sino la destrucción de la naturaleza y de los seres humanos. La civilización, por lo tanto, coloniza la cultura y la domestica volviéndola una categoría estámdar: la cultura oficial. Desconocer que cada criatura en el planeta tiene una forma de ser: cada gato, cada ave, cada planta, cada flor, nosostros mismos, es negar la peculiaridad de la naturaleza”

Lo que importa es que a través del lenguaje el sujeto se libera, porque así logra verbalizar y construir su experiencia de acuerdo a su imagen de mundo. Este texto es prueba de ello. Otros textos que lo refuten también serán prueba de lo mismo.

La poesía de Jesús fue publicada siendo todavía adolescente. Hay un espíritu verdaderamente bello y poético en El Jardín. Una estrofa de El jardín de Andrew Marvell ofrece un paralelo intrigante:

Meanwhile, the mind, from pleasure less,
Withdraws into its happiness:
The mind, that ocean where each kind
Does straight its own resemblance find;
Yet it creates, transcending these,
Far other worlds, and other seas;
Annihilating all that’s made
To a green thought in a green shade.

[Mientras la mente del placer menor

extrae para su felicidad:

la mente, ese océano donde cada especie

va directo a encontrar a su igual;

crea a pesar de todo, trascendiendo,

otros mundos lejanos y mares otros;

reduciendo todo lo hecho

a un pensamiento verde en la sombra verde]

“Reduciendo todo lo hecho” fue para Marvell, hace 350 años, una
ilusión, un sueño. Pero Jesús Sepúlveda lo ha visualizado como un proyecto real y nos muestra porqué “todo lo hecho” –o una gran parte, al menos– necesita ser deshecho. Para que así la vida, la libertad, la plenitud puedan reclamar su lugar.

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* Puede leerse de John Zerzan (arriba, der.) en Piel de Leopardo El moderno anti-mundo

El jardín de las peculiaridades es accesible en castellano gratuitamente en la biblioteca vitual multilingüe Wordtheque
aquí

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