May 20 2006
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Cultura

Nicanor Parra – CERCA DE OCHO PARA 100

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Su infancia transcurre entre caminatas y excursiones por la provincia de Ñuble. Siempre le interesó el habla de la gente del campo. Y la forma de vida de los mapuche. Más tarde aprendió mapudungún. Es el mayor de ocho hermanos; su padre profesor primario y bohemio empedernido, su madre una modista de trastienda.

Creció con sus hermanos Hilda, Violeta, Eduardo, Roberto, Elba, Lautaro y René, casi todos ligados al ambiente artístico como cantores ambulantes, juglares, artistas de circo. Terminó Humanidades en el Internado Nacional Barros Arana, donde años después fue inspector y profesor. Luego estudia pedagogía en matemáticas y física, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile (1933-1938). En 1949 viaja a Inglaterra a estudiar Mecánica Racional en la Universidad de Oxford.

Habían aparecido los primeros antipoemas publicados en la antología compilada por Hugo Zambelli: 13 poetas chilenos (Valparaíso, 1948). Paralelamente, en París, Jacques Prévert publicaba Paroles, autores que no dejan de tener sus factores comunes. Doce años antes, Nicanor Parra había dado a conocer su Cancionero sin nombre (Nascimento, Santiago, Chile, 1937), libro con clara y marcada influencia de Federico García Lorca, que gravitaba muchísimo en la época. Entre los que recogían dichas materias estaba Oscar Castro. Según palabras del propio autor: “

“Tanto Oscar Castro como yo mostrábamos una influencia innegable de García Lorca. Sí. Representábamos un tipo de poetas espontáneos, naturales, al alcance del grueso público. Un día volví a releer el Romancero Gitano. Concretamente, puse los ojos en el poema La casada infiel. Me di una palmada en la frente. ¿Qué es esto? Un hombre verdadero no cuenta estas cosas”.

Pero es en Inglaterra donde Nicanor Parra concluye Poemas y antipoemas, entre los años 1949 y 1951. “Un día –confiesa– leí a John Donne que escribió: “Muerte no te enorgullezcas” y me di cuenta de todo el potencial de la poesía inglesa con respecto a la de Hispanoamérica. Con todo, una vez caminando por Oxford vi en la vitrina de una librería, un libro de Henri Pichette titulado Apoémes. Ahí mismo me empezó a dar vuelta esa palabra, hasta que surgió por primera vez el concepto de antipoema”.

Lo cierto es que Poemas y Antipoemas (Nascimento, Santiago, Chile), aparece en 1954, con una pequeña introducción de Pablo Neruda, hecha a petición expresa de Carlos Nascimento, dueño de la editorial, quien quiso que Neruda apareciera apadrinando a Parra. Hay que tener en cuenta que Neruda era, en ese entonces, el poeta más importante de Hispanoamérica, y el logro de Nicanor Parra es salir de esa órbita y dar una real apertura al lenguaje donde se “volvía a actualizar la tradición tan clásica como popular, de la temporalidad de lo oral y la inmediatez del nombre”.

Algunos críticos han señalado que la aparición de Poemas y Antipoemas equivale en el desarrollo de la poesía castellana, al efectuado por la publicación de Prosas Profanas de Rubén Darío en 1896. No es aventurado, por lo tanto, aplicar a Parra lo que ha dicho la crítica sobre Darío: “la poesía hispanoamericana es una antes de Parra y otra después de Parra”.

El crítico Hernán Díaz Arrieta celebra la aparición de esta obra. Gabriela Mistral dice que “estamos ante un poeta cuya fama se extenderá internacionalmente”. En el invierno de aquel año Pablo Neruda andaba con el ejemplar de Poemas y Antipoemas en uno de los bolsillos de su abrigo, para mostrarlo. En una entrevista que se le hace en el extranjero señala: “En Hispanoamérica hay tres poetas: Rubén Darío, Vicente Huidobro y Nicanor Parra”.

La influencia del antipoema en Pablo Neruda

Cuatro años más tarde, en 1958, Neruda publica Extravagario y el primero que sale a la palestra es Enrique Lafourcade, para dar cuenta de la influencia que Neruda recibe de Parra en un comentario publicado en la revista Calicanto.

Recordemos lo que dijo otro poeta, Mario Ferrero, al respecto: “Poemas y Antipoemas fue de tal manera determinante, que varios poetas mayores sintieron la necesidad de renovarse, de ponerse a tono con este nuevo lenguaje crítico-social de Parra, que satirizaba con eficacia la desintegración de una época y de sus falsos valores culturales. Neruda estuvo entre los poetas mayores que sufrieron la influencia del antipoema, como también Juvencio Valle y Braulio Arenas”. Y en otra de las páginas de este mismo ensayo de Ferrero que lleva por nombre Neruda, voz y universo (Ediciones Logos, Santiago, 1988), vuelve a reiterar esta idea: “Si bien es cierto que tanto Neruda como Huidobro abrieron paso a la concepción del antipoema, desde ángulos muy diversos, no es menos cierto que Parra, a su vez, determinó una influencia preponderante sobre Neruda en algunos aspectos de sus últimos libros, singularmente en Extravagario”.

Sobre esta influencia no sólo se habló en Chile, sino también en el extranjero. Leamos a Frank Mac Shane desde Nueva York (1985): “El trabajo de Parra revolucionó la poesía latinoamericana, y en 1958 el propio Neruda lo imitó en Extravagario”. Por su parte René de Costa en The Great Ideas Today, 1992 (Britannica / Great /Books), en un artículo que tituló: Latin-American Literature Today, Part One: Background to the Booom dice: “Desde que Neruda aprendió a cómo establecer con la literatura tradicional su propia tradición literaria, se dirigió hacia una nueva área de exploración, tal como el ‘antipoema’, un género inventado por su joven compatriota Nicanor Parra. Este género fue rápidamente asimilado por Neruda, haciéndolo suyo”.

En La Habana Guillermo Rodríguez Rivera, en el prólogo a la edición cubana de los poemas de Parra (Colección Literatura Latinoamericana. Casa de las Américas, 1969), habla de lo mismo: “Parra ha influido en los poetas jóvenes del continente e incluso (¡Quién se lo hubiera hecho creer al Parra de 1938!) en Pablo Neruda, específicamente en Extravagario”.

La aparición de la antipoesía en Parra no sólo se debe talento personal, sino a que, alrededor de los años 50, se manifiesta un cambio en el planeta y se hace latente la desconfianza en las ideologías. Ello significa que se ponen en tela de juicio las utopías, lo que hace quedarse a la intemperie, y la intemperie es la marginalidad. Nicanor pertenece a esa marginalidad. El crítico francés Alain Sicard en su ensayo Nicanor Parra, la ruptura antipoética, expresa:

“El gran mérito de la antipoesía es haber entendido a principio de los años 50, es decir, en pleno auge del realismo socialista y de sus derivados, que éste no era el verdadero camino para una poesía popular: haber incluido el carácter idealista y mistificador de una estética realista que no rompiera con la impostura de lo profético por bien intencionada que esté. Para decirlo con otras palabras: en esta hora de revisiones desgarradoras y de lucidez obligada, la antipoesía de Nicanor Parra cala en lo más hondo de nuestros interrogantes con un mensaje terriblemente sencillo y exigente: ¡Señores y señoras! / La poesía alcanza para todos.

Es conveniente recordar que en los años 50 surge una generación posterior a la de Parra; con distintos registros, distintos desplazamientos y tan válidos, como lo confirma la actualidad. Entre ellos se encuentran Jorge Teilllier, Enrique Lihn, Rolando Cárdenas, poetas ya fallecidos y unos pocos aún vivos, que han sabido dar una continuidad a la poesía chilena dentro, por supuesto, de las diferencias que la han marcado en los últimos cien años.

Numerosos críticos han señalado que la “antipoesía es puramente negativa, que expresa la nada, que hace irrisión de la esperanza, que carece absolutamente de mensaje, que carece también de ética” (Borgeson). Sin embargo, Parra muestra en su antipoesía un espejo cóncavo que obliga al hombre a verse en toda su ridiculez, convirtiéndose de modo paradójico en una defensa del individuo en un mundo sin trascendencia. Ya entonces, Neruda decía: “Lo que no entiendo es cómo puede hacer poesía de la nada, de la basura”.

En 1958 publica La cueca larga. Lo que nos hace dilucidar Parra en estos textos es la cultura popular que no desdeña el lenguaje culto. El poeta Jorge Teillier se refirió a esta obra con las siguientes palabras: “Nicanor Parra se emparenta a un grupo de poetas cultos de nuestra época que tratan de recuperar el antiguo contacto existente entre el pueblo y el poeta, cuando el poeta era el intérprete de su espíritu”.

Cuatro años más tarde, edita Versos de Salón. “Mi posición es esta: / el poeta no cumple su palabra / si no cambia el nombre de las cosas”.

En este libro se vuelve a la atmósfera de Poemas y antipoemas, después de haber integrado el habla popular en La cueca larga. El escritor siempre debe estar en movimiento, y además dar cuenta del espíritu de su época. Luego le suceden: Discursos (1962), Manifiesto (1963), Canciones rusas (1967), Obra gruesa (1969), Los profesores (1971), Poesía rusa contemporánea (1972), Artefactos (1972), Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977), Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1979), Chistes para desorientar a la poesía (1983), Coplas de Navidad (1983), Poesía Política (1983) y Hojas de Parra (1985).

Cabe destacar la antología que aparece con posterioridad a estos volúmenes. Su título: Poemas para combatir la calvicie (1993). El trabajo de la selección de textos lo hizo el escritor y ensayista peruano Julio Ortega, quien nos dice: “‘El poeta es un hombre como todos’ (Nicanor Parra). Su lenguaje debe ser una forma lúcida de la vida cotidiana, donde la sabiduría mundana y la pasión desmitificadora se opongan a ‘la poesía de gafas oscuras y sombrero alón’ del escritor ‘ratón de biblioteca’. Parra, consecuente con sus ideas, es autor de lo que él ha llamado ‘antipoesía’, un proyecto sistemático de recuperación del habla empírica, una búsqueda a través del humor peculiar, la sobriedad irónica, las palabras antisolemnes y la reafirmación paradójica de un campo verbal fresco como la poesía. Su anticonformismo y la profundidad significativa (sin embargo) de sus poemas han dado un carácter subversivo a su obra, heredada de la tradición iniciada por Pablo Neruda y César Vallejo, entre otros”.

Esta compilación va desde Poemas y antipoemas (1954) hasta Trabajos prácticos (Exposición: Encuentro Nacional de Arte, Santiago, 1990). En la muestra de poemas inéditos destaca la adaptación que hiciera de una balada inglesa que lleva por nombre El obrero textil:

Cuando era soltero vivía solo
y trabajaba en la industria textil
y mi único error imperdonable
fue cortejar una muchacha rubia

la cortejé en invierno
como también en verano
y mi único error imperdonable,
fue protegerla del neblinoso rocío

una noche
en que estaba profundamente dormido
me despertó su llanto desesperado
parecía una loca
arrodillada ante el lecho nupcial

qué hacer para consolarla
qué hacer para arrebatársela al neblinoso rocío
corroborarla con afecto profundo
y la estreché en mis brazos como nunca

De nuevo soy soltero
vivo con mi hijo
los dos trabajamos para la industria textil
y cada vez que lo miro a los ojos
me recuerda aquella joven inexplicable

recuerdo los inviernos
y también los veranos
en que yo lo abrazaba y la besaba
para arrebatársela al neblinoso

Más adelante encontramos parte de “Mai mai peñi” (discurso de Guadalajara) pronunciado con motivo de la recepción del Premio Iberoamericano de Literatura Juan Rulfo (1991), otorgado en México. Según Marlene Gottliel, catedrática de Lengua y Literatura Hispánica y jefa del departamento de Lenguas Románicas en Herbert H. Lehman College de la Universidad de Nueva York:

“En el discurso de Guadalajara marca la plenitud de todos los procedimientos empleados en la antipoesía anterior, para producir un discurso-espectáculo entretenido, pero a la vez ambiguo y desconcertante. ¿Cuál es entonces ‘el método del discurso’ al que se refiere el título presente del estudio? Consiste principalmente en cederle la palabra a un hablante irreverente e ingenioso que, en una mezcla de fórmulas retóricas y frases coloquiales, se expresa con el humor del payaso serio, el chiste irónico que dice verdades, un recurso resumido en la frase de Parra ‘La verdadera seriedad es cómica’. Por otro lado, se trata del arte elíptico de lo no dicho entre líneas. Como dice el antipoeta en el discurso de Guadalajara: ‘No sé si me explico / lo que quiero decir es otra cosa’”.

Luego de Guadalajara los Discursos de sobremesa siguieron: Also Sprach Altazor (leído en Cartagena, Chile, 1993; Nueva York, 1995; Buenos Aires, 1995); Discurso del Bío Bío (leído en Universidad de Concepción con motivo del Doctorado Honoris Causa, 1996); Happy Birthday (leído en el Teatro Caupolicán en 1993, con motivo del cumpleaños de Shakespeare); y Discurso de la Alameda (leído en el teatro Alameda con motivo de sus 80 años).

Nicanor Parra, además de poeta, antipoeta, físico matemático y profesor de varias cátedras, ha sido traductor y nada menos de la Poesía rusa contemporánea (Ediciones Nueva Universitaria, Santiago, Chile, 1971). Este es un trabajo que preparó en Moscú durante 1964, contando con primeras versiones literales al castellano de José Vento. Las traducciones van desde Alexander Blok (1880-1921), hasta generaciones más reciente como Bela Ajmadulina (1933). También ha traducido un libro de ciencia Fundamentos de la Física, de Robert Bruce Lindsay y Henry Nargeman (Ediciones de la Universidad de Chile, 1969). El libro, además de científico, tiene una visión filosófica, que se sustenta en el lenguaje.

En 1992, traduce de William Shakespeare El Rey Lear, estrenada por la Escuela de Teatro de la Universidad Católica de Chile. Para Nicanor Parra fue una experiencia vital:
“Yo no me imagino a mí mismo ahora sin El Rey Lear. Esta es la última oportunidad de subirme al último carro del tren. La sensación que tengo es de que yo nací para traducir El Rey Lear.

Refiriéndose a la atmósfera que fue creando para la traducción, dijo: “El trabajo de comprensión, de ambientación, es bien complejo. Necesariamente tengo que abordar temas como el Renacimiento, (la Reforma, las consecuencias del descubrimiento del Nuevo Mundo) e incluso, retroceder a Séneca y pasar por La Divina Comedia. Estoy en esa cabeza de puente, en ese espacio y esa época, y tengo que –extendiéndome– hacer peregrinaciones espaciales y temporales para formarme una idea más completa del mundo en el momento que Shakespeare escribió su Rey Lear. Creo que el traductor tiene que hacer esto, porque no se trata de una simple especulación matemática”.
(Apuntes, Universidad Católica de Chile, primavera 1991-otoño1992).

Nicanor Parra en 1992 hace una exposición con el poeta catalán Joan Brossa (1919), Dir poesía/mirar poesía, en la Universitat Valencia, Servei d’Extensio Universitarea, y ese mismo año en The Museum of Art (The University of Chicago). La exposición con el poeta catalán da muestra de dos autores contemporáneos, pero geográficamente distintos, uno nace en Barcelona (España) y el otro en San Fabián de Alico (Chile. Sin embargo ambos, alrededor de los 40 años, coinciden en dar una nueva apertura al lenguaje.

“Tanto Parra como Brossa deben mucho al dadaísmo y al surrealismo y, de hecho, se constituyen en la neovanguardia de nuestro tiempo. Sus “poemas-objetos” y sus “artefactos” u “obras públicas” recogen para continuar experiencias de Duchamp allí donde él las dejó, transformando los “objets-trouvés” en objetos artísticos a través de un golpe de mano, como prestidigitador. Un ejemplo: Brossa toma dos hojas (de árbol) y las junta con un clip, algo que será insignificante si no fuera por el título, Burocracia, que pone en funcionamiento una serie de relaciones que convierten las hojas del árbol en hojas de papel con el mensaje subliminal de la trivialidad del papeleo burocrático. Parra hace otro tanto, atravesando un tomate con un clavo, al que luego añade un título: Naturaleza muerta, pero que, además, cuando lo miramos de cerca, y vemos que el tomate es de plástico resulta ser una naturaleza doblemente muerta”.
(Extractado del libro que dio cuenta de esta exposición. Universitat de Valencia/The museum of Art. The University of Chicago, 1992).

No debemos olvidar que en 1969 recibió el premio Nacional de Literatura y en la actualidad es candidato al Premio Nobel. El primero en pedir el galardón para Parra fue el poeta Enrique Lihn, en la presentación que hizo de los Artefactos (Ediciones Nueva Universidad, Santiago, 1972). Su condición fue Nobel para Parra, pero después de Borges, es decir ¿nunca?.

En ese entonces la vida Nicanor Parra oscilaba entre Santiago e Isla Negra. Sus preocupaciones iban por el lado de la ciencia: “En las noches no puedo dormir bien, las ecuaciones bailan en mi cabeza”. En su biblioteca descansaban alrededor de 30 cuadernos universitarios repletos de poemas inéditos, donde reiteradamente aparecía una figura desconcertante que ha ido cambiando de nombre: “El hablante lírico”, “El Inocencio Conchalí”, “El enano maldito”, “El admirador incondicional”. Parte de este trabajo lo reuniría en un proyecto que llamó Calcetines huachos, un conglomerado de poemas dispersos, de distintas épocas. En su casa por todas partes encontramos vestigios de su constante creatividad; dibujos hechos en madera, poemas escritos a lápiz, una caja de vinos, con la siguiente leyenda: Las botellas vacías del autor. Un balcón desde donde se divisa, la abundante vegetación del predio y parte de Santiago.

Con todo, en diciembre de 1996 presentó un libro siamés, por un lado la reedición de Hojas de Parra y al reverso Trabajos Prácticos, con fotografías de Paz Errázuriz. Los Trabajos prácticos son parte de la exposición que se hizo en Valencia (España). Este libro fue editado por Ediciones Cesoc, Santiago, Chile.

Se pone en escena una obra que ha suscitado admiración, tanto en Chile como otras latitudes, pero que también ha dado paso a opiniones adversas que dicen que el lenguaje antipoético se agota en su propia retórica, o que va por un callejón sin salida, donde el individuo, como tal, no encuentra su propia revelación. Nicanor Parra ha declarado en variadas ocasiones que “el sujeto murió hace mucho tiempo” entonces, “el que habla es el propio lenguaje”.

Parra a los 91 años decidió establecerse definitivamente en el balneario Las Cruces, en el litoral central. Atrás quedó su vida urbana y las interminables charlas en su casa de Santiago, ubicada en la comuna de La Reina. Allí se le solía encontrar con un cuaderno de croquis y un lápiz en la mano; ingenioso y perspicaz. Si bien ahora es un visitante de paso por la que fuera su morada santiaguina durante décadas, aun mantiene allí su biblioteca, arpilleras de su hermana Violeta, muebles de estilo, artefactos, un piano de cola y algunas puertas donde todavía se pueden ver ecuaciones hechas por él mismo con tiza blanca.

En la actualidad su vida oscila entre San Antonio y Mirasol. Generalmente va a tiendas de anticuarios o a visitar su casa de Isla Negra, donde hace recuerdos de Ana María Molinare, la musa inspiradora de El hombre imaginario. En ese poema dice:

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

Desde luego está lejos de desvincularse del mundo. Su respuesta a los problemas que afectan a la sociedad actual es tajante: “Todo está encaminado al sexo: pederastia, escándalos diversos… Lo que no entiendo es quiénes están detrás de todo esto”. Y continúa: “La farándula se sustenta en la siguiente frase: ‘a bailar, a bailar, que el mundo se va a acabar’. Esto opera en el inconsciente colectivo. Después del colapso ecológico y la amenaza nuclear, quieren farrearse lo que les resta por devastar. No les importan las generaciones venideras. Más tarde vendrá la pornocultura y el basurarte”.

Esta última reflexión, en sus artefactos, ha tomado la forma de objetos que los demás botan a la basura, pero que él les vuelve a dar vida. “Pasan de ser objetos desechables a otros deseables”. Un día caminando por la playa encontró la base de un quitasol abandonado por los veraneantes. La llevó a su casa y le puso un paraguas desvencijado y más abajo una plataforma metálica, con las siguientes palabras: El Parraguas de Calder. Lo instaló en el balcón y empezó a flamear con el viento. De esa manera el escultor estadounidense e inventor de los móviles en los años 60, Alexander Calder, volvió al presente.

El interior de su casa en la costa. El paisaje que lo rodea a diario es apacible y marítimo. Hay casonas de loas décadas de 1941/1960 que aun guardan su señorío en el sector. El océano Pacífico se observa desde todos los ángulos.

Al franquear la verja de su residencia e ingresar al jardín, se aprecia una enorme palmera, las azucenas en marzo y un juego de terraza. En el interior tiene una permanente exposición rotativa de artefactos, fotografías, libros y máquinas de escribir Underwood. Sobre una mesa de centro reposan obras de William Shakespeare, Diego Portales y Joaquín Edwards Bello, entre muchos otros; además de cartas, cuadernos, diarios y revistas de circulación nacional. De una de las paredes pende una fotografía suya del año 1932, en el INBA. Entre los retratados se cuenta a Jorge Millas y Carlos Pedraza. “Casi todos están muertos”, dice.

Más allá, sobre un sofá, descansa un papel que contiene el dibujo de un corazón con patas; allí se lee: Muchos los problemas / una la solución: / Economía Mapuche de Subsistencia. “Desde muy niño –asegura– estuve cerca de los mapuche. Vivían sin mercado, tenían su huerto, iban al pueblo de tarde en tarde a comprar los vicios”. Esto tiene relación con el esmog asfixiante que se respira en Santiago. No privilegia ningún mensaje específico, más bien apunta al escepticismo cuando dice: “Hagas lo que hagas / te arrepentirás”.

La proyección de su trabajo

En la actualidad afina los últimos detalles de sus Obras Completas que aparecerán en Galaxia Gutenberg, Madrid, España. El prólogo y la selección estarán a cargo del crítico español Ignacio Echevarría. A éste lo atrajo el proyecto, porque ve a Nicanor como “un autor que choca con las primicias de la solemnidad. El interés radica en hacer operativa y resonante la operación de la antipoesía en España. No es casual que Roberto Bolaño lo considerara el mejor poeta del siglo XX, en lengua castellana”.

Por otra parte, la editorial New Directions (Estados Unidos) acaba de publicar una antología de su obra, traducida y seleccionada por Liz Wermer. A esto se suma la aparición, en 2004, de su adaptación de la obra de Shakespeare, que ha dado en llamar Lear, rey & mendigo (Ediciones de la Universidad Diego Portales). El volumen tuvo gran éxito de ventas y ya cuenta con una segunda edición.

Quién lo diría, pero el antipoeta ha vuelto a escarbar en las antologías de la poesía chilena del siglo XX. Su poeta preferida es María Monvel (1899-1936), seudónimo de Tilda Brito Letelier. La descubrió al leer su poema Mi hija juega en el jardín”. Al enmendar algunos versos de esa composición, transformó su influencia en un texto dedicado a su nieta de seis años, que un día decidió adoptar el apelativo de Lina Paya (Cristalina Parra en la realidad). El poeta recita Mi nieta juega en el jardín:

Mi nieta juega en el jardín
y sin embargo yo estoy triste
triste de tanta dicha, triste
porque la dicha tiene fin.

Viene corriendo y se va luego
y me da un beso y una flor;
su voz musita a su vez un ruego,
a su vez un mimo encantador.

Es la más linda de las flores.

Como ella no hay otra flor.
¿Qué han sido todos mis amores
comparados con este amor?

No creo en destinos amargos,
aunque las cosas tengan fin;
pero quisiera largos, largos
estos momentos del jardín.

“Uno tiene derecho a estar triste de nuevo –puntualiza Parra, tras un silencio–, aunque la tristeza esté erradicada de la poesía contemporánea”.

Otros poetas que recuerda son: Juan Guzmán Cruchaga (1895-1979), Francisco Contreras (1877-1933) y Julio Vicuña Cifuentes (1861-1936). De este último recupera el soneto ¡Aun es tiempo que venga”, cuyo final lo conmueve:

La que evoqué en mis horas de soledad y hastío,
¡aún es tiempo que venga, aún es tiempo que venga!

Sin duda estos textos responden a estados anímicos de Nicanor Parra. Pero Shakespeare continúa siendo su lectura predilecta. En una oportunidad hablamos sobre las teorías del big bang y el big crunch. Y le preguntamos: “¿Usted cree que vamos a desaparecer sin dejar huella?” A lo que respondió: “Es algo que no me deja tranquilo y me vuelco a la poesía. Cuando pongo la cabeza cerca de la ventana y miro hacia el mar, vuelvo a escuchar los diálogos de Hamlet. Están ahí, no ha pasado el tiempo. Hamlet es la culminación de todo”.

Otro de los trabajos se podría denominar como “reciclaje” y viene a ser la utilización de objetos desechables, vueltos a utilizar al introducirles la palabra escrita. Un ejemplo son las bandejas para transportar una empanada o un pastel, y aquí toma otra dimensión al escribir: “Diles que no me maten”, alusión a Juan Rulfo.

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* Poeta, antologador y ensayista chileno.
Este trabajo se publicó originalmente en la revista literaria española Clarín número 60, noviembre-diciembre de 2005, con motivo de los 91 años de Parra.
Se reproduce por gentileza del autor.

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