Ago 13 2011
717 lecturas

CulturaSociedad

Nihil Obstat / El jardín de las peculiaridades

La publicación, en Buenos Aires, de El jardín de las peculiaridades no tuvo mayor eco; la intelectualidad juzgó al libro falto de rigor,  poesía disfrazada. El correr del tiempo, empero, lo convierte al texto en lectura obligada en estos años de transición entre un camino sin horizonte y el mundo posible que espera —pero que no puede esperar eternamente.

El esfuerzo de Ediciones del Leopardo —como a veces ocurre con los esfuerzos alternativos en el campo de la publicación de libros— se ha visto recompensado; a esa edición muy luego se sumó la difusión extra comercial en forma de fotocopias, publicaciones parciales en revistas — la mítica Green Anarchy de EEUU lo tradujo y difundió por entregas—, a través de correos electrónicos, por medio de las redes sociales, etc…

Y llegaron las traducciones publicadas en formato libro en inglés, francés, italiano, portugués… Esta segunda edición en castellano[1], ampliada, cuenta con la presentación del autor, —Jesús Sepúlveda— por el poeta Charlie Tahn y postfacio del ensayista y teórico del ambientalismo insurreccional John Zerzan.

Rodrigo Gaínza, escritor y docente escribe sobre El jardín de las peculiaridades:

Nihil Obstat ha vuelto a sorprendernos con la reedición de un texto clave en el horizonte del pensamiento crítico. Adversario de la civilización basada en el monocultivo y la cosificación de los seres vivientes, Sepúlveda postula la eclosión de un mundo no sólo más justo y sustentable, sino paradisíaco.

Por lo visto en el tránsito entre el mythos y el logos la humanidad ha perdido de vista la conciencia indistinta, de modo que el lenguaje y el yo se han apoderado de la cognición humana precipitando la caída del edén pleistocénico y marcando el ascenso hacia las poleas y atalayas de la razón instrumental.

El Jardín de las Peculiaridades nos habla de una mirada capaz de aquilatar la multiplicidad de lo viviente, una mirada que al tomar conciencia de la belleza intrínseca del mundo es estética mucho antes de que la academia pasteurice este término en el marco de unos atributos antropocéntricos por completo arbitrarios. En efecto, todos los seres vivos experimentan momentos de regocijo inapetente en los que contemplan la belleza del mundo. Su lucha se reduce a poder existir, actividad en la que carece de sentido poseer, domesticar o dominar.

Con la consistencia de un documento urgente y visionario, El Jardín explora las dimensiones múltiples de una sensibilidad que resiste a la domesticación y su racionalidad exobiótica. Estamos ante el manifiesto de una razón no estandarizada, la que en gran medida representa el desenvolvimiento de la poesía por otros medios. Pero en lugar de limitarse al análisis político de las diferentes manifestaciones del poder como dominación (canibalismo, patriarcado, democracia plutocrática, monocultura, orden unipolar), inspira el movimiento capaz de derrocarlo.

Este es, tal vez, su énfasis más significativo:

En la Tierra se haya contenida la noción de toda libertad. Y tras las barras de acero surge la desafortunada experiencia de la prisión y del enjaulamiento. La revolución debiera transformar lo cotidiano en una ética que se realiza en el presente perenne. Pero esto es algo especulativo, ya que se basa en la urgencia ética de transformar. La inmovilidad, en todo caso, rinde homenaje a la represión. Sólo el movimiento libera. (§ 32:68)

En el jardín de las peculiaridades, todas las contraculturas, ideas y experiencias antiautoritarias convergen y son revitalizadas por la onda expansiva de la naturaleza. La transformación social rompe la absorción en sí misma para conectarse con el mundo viviente que es condición de producción de la vida social y la historicidad. La búsqueda de una cultura no simbólica es el hallazgo del silencio de una conciencia humana dispuesta a religarse con la Tierra, una conciencia capaz de oír la música de la existencia.

La peculiaridad no es un atributo, a la manera de un accidente en la sustancia idéntica a sí misma del orden simbólico dominante. La peculiaridad es el pulso y el flujo diversificante de la emergencia y diseminación de la vida, cuyo propósito es enriquecer esa misma diversidad.

De esto nos habla Jesús Sepúlveda al afirmar que sólo hay un sendero que conduce al corazón de la vida. El postulado de El Jardín es que no se trata de una senda preestablecida y absoluta, de un camino trazado por las estructuras sociales de repetición, o de la “única vía” instaurada imaginariamente por quienes se consideran poseedores de una verdad revolucionaria en descomposición.

Ese sendero no demarca sus límites y no confina a nadie en su extensión. Más que venir de algo o ir a algún lugar, es una manera de estar aquí y ahora. Exuberante e ingobernable como lo es la fuerza de la vida, ese sendero no es otro que el ejercicio de la libertad.
 
[1] Editorial Nihil Obstat, Colección Nendo dango, 2011, Santiago de Chile,
www.nihil-obstat.net
ed.nihil.obstat@gmail.com
La primera edición de El jardín de las peculiaridades: Ediciones del Leopardo, Buenos Aires, 2002

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario