Mar 19 2011
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Política

Obama en Brasil: Negocios en Brasilia y vacaciones en Río

Eric Nepomuceno*

La llegada de Obama a Brasilia estaba prevista para las ocho de la mañana de hoy. La agenda del día prevé reuniones protocolares, visita al Palacio do Planalto, sede del gobierno, seguida por un almuerzo de platos típicos en el hermoso Palacio do Itamaraty, la Cancillería, obra maestra de Oscar Niemeyer. Al final de la tarde, Obama, familia y amplia comitiva vuelan hacia Río de Janeiro.

El presidente norteamericano rechazó una invitación de la presidenta Dilma Rousseff para una cena en su residencia oficial, el Palacio da Alvorada, donde los dos y un grupo mínimo de asesores tendrían oportunidad de hablar con más privacidad. El gesto fue anotado en la libreta de Dilma Rousseff y no precisamente en la página dedicada a los buenos recuerdos.

En Río, Obama pasará la noche con agenda libre. Está previsto que cene con la primera dama Michelle, desde ya considerada la más popular desde Jacqueline Kennedy, en el hotel donde estarán alojados con sus dos hijas. Más familiar, imposible. El programa de mañana, domingo, cumple el guión obvio de los turistas coronados cuando llegan a Río: una favela, una exhibición de capoeira, un poco de batucada de Carnaval. Vendrá entonces un pronunciamiento a un grupo muy selecto de invitados, en el Teatro Municipal. Al final de la tarde Obama regresa a su hotel, de donde saldrá solamente en la mañana del lunes para volar a Santiago de Chile.

Toda la programación en territorio brasileño parece priorizar un viejo sueño de Obama: conocer a Río y bañarse en su mar. Cuenta él, en sus memorias, que ha sido gracias a una película rodada en la ciudad, Orfeo Negro, basado en una obra del poeta Vinicius de Moraes, que su madre, una blanca, decidió descubrir el mundo de la cultura negra y terminó casándose con un africano.

El país y la ciudad agradecen ese cariño y esa tierna curiosidad del mandatario más poderoso del planeta por sus bellezas naturales y por su pueblo cordial y amoroso, pero ésta no es una visita particular: es oficial. De ahí un cierto malestar que pudo ser notado claramente en Brasilia, por las pocas horas que Obama pasará en la ciudad. Al fin y al cabo, un presidente norteamericano jamás viaja de paseo: siempre está en funciones.

El viaje del primer presidente negro de Estados Unidos al mayor país latinoamericano para encontrarse con la primera mujer electa para presidirlo tiene, por supuesto, una fuerte carga simbólica. Pero por detrás de los símbolos se mueven fuertes intereses de ambos lados. Las relaciones entre Washington y Brasilia, que insinuaban una mejora y un fortalecimiento cuando Obama se hizo elegir presidente y Lula mostraba el auge de su popularidad en la escena global, empeoraron drásticamente a lo largo del último año y medio. Desde la victoria de Dilma Rousseff, en noviembre pasado, empezaron ágiles movimientos, en Washington y Brasilia, para que se produzca un reacercamiento entre ambos países. Y es en ese escenario que se diseña la visita de Barack Obama a Brasil.

Hay muchos puntos divergentes entre ambos países y se concentran básicamente en cuestiones de comercio bilateral. La estrategia central norteamericana, en este momento, es duplicar sus exportaciones totales a lo largo de los próximos cinco años. Brasil, con una economía en fuerte expansión y un mercado interno cada vez más intenso (cabe recordar que durante los ocho años de presidencia de Lula da Silva más de 35 millones de personas ascendieron socialmente, dejando la economía de subsistencia e ingresando en la del consumo), es un blanco obvio para alcanzar ese objetivo.

Al mismo tiempo, el peso político regional y la inserción del país en el escenario global hacen que Brasil sea, hoy por hoy, un interlocutor concreto, que no puede ser sumariamente ignorado. Para culminar el interés norteamericano en incrementar las relaciones bilaterales, los recientes y comprobados descubrimientos de inmensos yacimientos de petróleo hacen que el país surja como una alternativa altamente confiable a las necesidades de Estados Unidos, que más que de prisa anunciaron su intención de desarrollar una asociación estratégica en el tema de la energía.

Todo eso está muy claro, de la misma forma que cada vez más claras están las divergencias a la hora de ver quién compra qué, quién vende qué y bajo qué condiciones. El problema, una vez más, es que Estados Unidos quiere imponer reglas, exigir lo máximo y conceder lo mínimo. Sus acuerdos de comercio suelen ocurrir con los interlocutores que son más informados que consultados. Precisamente ese método es lo que Brasil viene rechazando desde hace años, cada vez con más énfasis.

Ahora mismo, cuando se prearaba la agenda de la visita de Obama a Dilma, fueron motivo de fuertes roces las vehementes negativas de Washington a que determinados temas fuesen incluidos. Brasil se queja enérgicamente de las barreras tarifarias impuestas a varios de sus productos, especialmente el etanol, y sus emisarios y negociadores andan casi afónicos de tanto rechazar las presiones para que el país haga nuevas y cada vez más amplias concesiones comerciales.

Nadie espera que esas divergencias se resuelvan en la visita de Obama a Brasil. Lo que sí se espera es que el ambiente en el diálogo bilateral vuelva a distenderse. Pero, por lo visto, Obama viajó a Brasil con dos misiones. Una, vender más y más y comprar lo que compra y nada más. Eso desagradó al gobierno brasileño. La otra misión, pasar el menor tiempo posible en la capital del país y luego largarse con la familia para un fin de semana en la Ciudad Maravillosa, se entendió como algo natural, comprensible. Pero rechazar la invitación para una cena reservada en la residencia presidencial a cambio de cenar en un hotel en Río no ha sido exactamente un gesto cordial y educado.

No es, desde luego, la primera visita oficial de un mandatario norteamericano a Brasil. Pero quizá sea la que más tropiezos enfrentó antes de empezar y la que más agitación ha provocado con su despampanante esquema de seguridad, que promete lograr algo insólito: el pronunciamiento público de Obama en el Teatro Municipal de Río tendrá más hombres y mujeres de escolta y vigilancia que ansiosos caballeros y atentas damas en la platea. Se prevé alrededor de dos mil integrantes de los servicios de seguridad para poco más de mil doscientos invitados especiales. Casi dos escoltas por invitado, lo que además de exagerado no llega a ser exactamente un gesto amistoso hacia los anfitriones.

Diplomáticos brasileños hicieron lo posible para disuadir a sus pares norteamericanos de la peregrina idea de que Barack Obama hiciera un discurso en plaza pública, en la cual esperaba reunir a decenas de miles de personas. Les explicaron las dificultades del idioma, de atraer a tanta gente, de poner tanta seguridad, insinuaron que era una iniciativa insólita –uno de los diplomáticos le preguntó a su interlocutor qué hubiera pasado si Lula da Silva resolviera discursar en Times Square–, pero ha sido en vano. Luego de provocar un tumulto sin fin en Río, con calles cerradas, transportes suspendidos, comercios cerrados, el equipo de Obama desistió del espacio abierto. Argumento: miedo a un atentado terrorista. Olvidaron mencionar otros dos miedos: público escaso y manifestaciones de rechazo a la actuación de Estados Unidos en Irak, Afganistán y, quizá a esas horas, Libia.

    *Periodista y escritor brasileño. Publicado en Página 12

 

 

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