Jun 30 2010
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Sociedad

Parejas homosexuales: debate o puterío

Gabriel Conte.*

“El matrimonio gay no es una panacea … No tiene sentido enfocarse en el tema de la adopción de niños por parte de parejas gay…",  Y otras opiniones de uno de los editores de MDZ que está a favor del amor entre personas, cualquiera sea su sexo y que reclama que alguien se haga cargo de los “hijosdesumadre” que surgieron de parejas “normales”.

Esta es una opinión personalísima. Primero, debo decir, entonces, que respeto —aunque no las comparta— aquellas opiniones de quienes creen que no es correcto que dos personas de un mismo sexo puedan sostener un vínculo genitalmente activo y celebrar de ese modo la vida, ya sea mediante un "touch and go", la convivencia, la unión civil o el contrato matrimonial.

Mis respetos y mis animadversiones

Respeto a los, digamos, “ingenuos” (en el mejor de los sentidos que tiene la palabra) que así piensan y más todavía que a ellos, a los que lo hacen de “buena leche”, vale decir, a quienes realmente creen que “está mal”.

Junto a ello, debo decir que no respeto a los que se unen detrás de estas consignas con la finalidad de sumar adeptos a sectores de poder, principalmente a los que lo ejercen escondiéndose detrás de cuestiones inasibles, como “lo espiritual”.

Tampoco a los que pudiendo tener opinión propia, como los políticos, la dejan de lado para expresarse de acuerdo a lo que indique el tira y afloje con esos sectores de poder, la conveniencia puntual o las encuestas del momento.

Mi credo

Creo en la diversidad y, entre ellas en la diversidad de opiniones. Y en medio de éstas, me adscribo en la que promueve una libre diversidad de opciones para convivir bajo los dictados del amor. Creo que el amor es algo tan grande y sorprendente que puede abrazar a personas de un mismo sexo, aunque personalmente festeje las diferencias de sexo cuando se trata de “hacer el amor”.

Creo que todo el mundo cree en algo. Pero cuando sus creencias están condicionadas por un universo de fantasías en el que reinan premios y castigos de héroes y antihéroes mágicos, administrados por seres de carne y hueso, con debilidades y fortalezas semejantes a las del resto de los mortales, ya no creo que esas creencias ayuden a vivir en libertad, sino más bien, que conducen a subsistir bajo la tutela de quien promete mejores premios y peores castigos, aun sin poder reclamarlos porque se los entrega, generalmente, una vez finalizada la existencia de sus coptados.

Me lamento de sus esclavos, aunque creo —e insisto con la importancia de estar convencidos de algo, sin condicionantes— que tienen tiempo de repensarse y liberarse y de ser felices antes de morir, como lo he charlado con muchos de mis amigos.

El matrimonio "gay" no es una panacea

No lo es y tampoco el matrimonio no gay en sí mismo. Lo es, claro, poder compartir el amor con otra persona durante el tiempo que dure. Repensándolo: prefiero un amor corto pero intenso, aunque lo desee eterno, a un contrato descafeinado con algún condimento cariñoso y formado en función del mandato social, herencia racial, falta de precaución sexual, insistencia (amenaza) de suegra/suegro o cumplido para con la dama/caballero.

En este marco, tampoco creo que resulte una hazaña conseguir el matrimonio "gay" como ley: la epopeya verdadera sería poder discutir para qué sirvió tener durante tantos años a la institución matrimonial ceñida a la única opción actualmente vigente. Mejor sería todo, pienso y creo, si la gente no se distrajera discutiendo cosas colaterales. Pero, como dije que celebro las diferencias, debo admitir que las opiniones son diversas.

También admitamos, entonces, que hay gente que prefiere discutir sobre cuestiones normativas y reglamentarias para no entrar en detalles de índole emocional que puedan dejar en evidencia cuestiones personales.

Pasando en limpio esto último: es más cómodo abrir un “puterío” (en mi barrio le llaman así a un debate que se fue por las ramas y descendió al grado de compilación de versiones poco consistentes) que hablar desde las emociones propias. Difícilmente las personas decidan confesarse públicamente ante una sociedad condenatoria de lo que se sale de los cánones impuestos por factores de control y poder.

Y es por eso que nos enredamos en una discusión que, en realidad, debiera ser inversa.

Normal / anormal

No tengo amigos que convivan con personas del mismo sexo, pero calculo que a más de uno esa opción le habría interesado, íntimamente, tal vez, pero se reprimió de hacerlo por las imposiciones de nuestro tiempo. Algunos son más felices que otros en su matrimonio o noviazgo y los veo a todos bastante enamorados.

El único punto de fricción al plantear la discusión sobre el matrimonio homosexual está en lo “natural” o “normal” del asunto.

Marcha atrás

¿No deberíamos estar discutiendo por qué tantos siglos de matrimonio “natural” o “normal” ha generado este mundo tan complicado y violento que tenemos?

A ver: se pronostican mil profecías de fin del mundo porque mujer-bese-mujer u hombre-bese-hombre, pero sería más productivo, creo, repasar y discutir sobre las consecuencias que nos ha aparejado tanta “normalidad”.

Poniendo marcha atrás en el debate (permítaseme la digresión) tendríamos que enumerar un millón de cosas más cuestionables que esto de dejar a dos personas que se amen durante una hora, un mes o bien a lo largo de cien años, con o sin institución matrimonial y portando el sexo que se les cante a cuestas, aunque esté repetido en una misma pareja.

Este argumentito de lo “natural” va ganando espacio porque es sencillo, fácil de repetir y tiene un efecto práctico tangible: la procreación. Se dice que lo “normal” es que un hombre y una mujer se unan y se multipliquen, pero lo dicen señores/ras que han adoptado la antinatural manía de llamarse al celibato y, aunque de dudoso cumplimiento, lo enarbolan como estandarte de poder y verdad, señalándole al resto de los mortales la graduación de lo que sí está bien y lo que no.

Algunos, inclusive, a pesar de su promesa de ser eunucos, se multiplican. O por lo menos hacen la tarea. Y muchas veces, hasta con personas que no están —por su edad— en condiciones genitales ni mentales de hacerlo.

La adopción

Ni hablar, entonces, de debatir en torno a si una pareja compuesta por h/h o m/m pueden criar “bien”, “normalmente”, “naturalmente” a un niño o a una niña. Hasta aquí, está claro que los millones de niños en el mundo que son violados, condenados al hambre, enviados a realizar trabajos forzosos o a cargar, lanzar y recibir disparos en guerras y conflictos, han nacido de matrimonios “con mamá y papá”, como rezan los fáciles eslóganes censuradores de los derechos de homosexuales.

Y los que no fueron frutos del amor o de familias “bien constituidas”, lo fueron al menos del fruto de una “relación sexual normal”.

Ya fracasamos en ello: estas parejas que se unieron bajo los efectos del “mandato natural” están matando a sus hijos o sus hijos están matando al mundo. Y ojo, que la culpa no es de los hijos, como habitualmente se cuela en los discursos que pretenden darles excusas a los adultos. Los niños son niños y, como tales, aprenden todo lo que los adultos que le rodean, sean estos heterosexuales, homosexuales o eunucos sin certificación de producto final, les enseñen.

Hijos de su madre (y de su padre, claro)

Idealizar de un lado y del otro puede traernos si no problemas o peleas irreconciliables, al menos una gran desilusión con el paso del tiempo. Así, (y sigo con mi propio Credo) creo que no hay que levantar como bandera la adopción gay. Carece de sentido. La mejor demostración está en los miles de casos que ya existen y que lo hacen sin exponerse públicamente como padres/padres o madres/madres, ya que perjudican a sus hijos/as con esa exposición. En Mendoza hay muchos casos.

Personalmente he comprobado —a raíz de ejercer el cargo de Director de Familia de la provincia— que hay chicos al cuidado de parejas homosexuales y que crecen igual de felices o tristes y con iguales dosis de amor (o no) que en el resto de la sociedad no "gay".

Claro que es más exigible a “lo raro” observar mejores condiciones que a los supuestamente normales. Pero atención: el mundo ya ha sido demasiado “normal” hasta ahora y así estamos. Reflexionemos: ¿puede ser peor un hijo criado por dos hombres o dos mujeres que el hijo de Don y Doña Hitler? ¿Pueden ser peores los hijos de un matrimonio gay que los criados por los padres de tantos hijodesumadre (y padre) que andan torturando, matando, explotando gente en el mundo?

Lo peor que puede pasar es que, en el más dramático e indeseable de los casos, sean iguales de malos. Porque el asunto no es quien los críe, sino si esa crianza es fruto del amor.

Esto pienso y en esto creo.

* Periodista.
Diario Digital de Mendoza, Argentina (www.mdzol.com)
En www.argenpress.info

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