Jul 11 2008
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EconomíaPolítica

Petróleo: ¿Un cambio de época?

Félix Herrero/Diego Mansilla*  

Se vive una época de grandes novedades, provocadas por actos recientes de los hombres o como resultado de prácticas seculares que tienen una fuerte incidencia en campos como el de la geología. Son fuertes tendencias sociales, económicas y tecnológicas que se han manifestado con fuerza en los meses recientes.

Frente a estos cambios, son muchos los análisis que exploran las dificultades que sufren crecientemente algunos pueblos y países, mientras otros obtienen beneficios. Las noticias no se centran sólo en el aumento de los precios de los combustibles, comestibles, minerales y el agua. La discusión no apunta solo a los aumentos de la demanda, sino también a una oferta incapaz de crecer, ya sea por falta de inversiones, por agotamiento de los recursos naturales, o por ambas causas.
 
En los análisis no se puede dejar de lado a la especulación, sobre todo en el caso de los alimentos y de los hidrocarburos, como también en la valuación futura del oro y de la divisa estadounidense. Los análisis más serios asignan a esta causa entre el 30 y el 40% del aumento del precio del petróleo crudo durante los últimos doce meses, es decir que el aumento desde los 65 dólares a que se cotizaba en la bolsa de Nueva York el 1 de junio de 2007, a los casi 140 dólares de la tercera semana de junio de 2008, alrededor de 30 dólares se deben a la especulación financiera.
 
En el caso de los alimentos, a la especulación se le asigna un 20% del aumento experimentado. Si en un año el precio del petróleo se duplicó, varios cereales y oleaginosas crecieron en ese mismo ritmo. Por otra parte, la crisis del dólar se hizo evidente en los cinco primeros meses de 2008, cuando esa divisa se devaluó un 20% respecto al euro. Los cálculos del incremento del precio internacional del petróleo se dan en dólares; si se evaluaran en monedas más estables, como el euro, dicha variación no sería tan abrupta.
 
¿Dónde estamos parados?
 
En los momentos difíciles de la actividad política, social y económica de las naciones, los análisis van dirigidos a definir qué tipo de crisis ocurre, y hacia qué tipo de modificaciones evolucionan las sociedades. ¿Se trata de una crisis del sistema, del modelo, es estructural o coyuntural? Obviamente nadie cree que la crisis actual sea un mero cambio coyuntural ni una mera alteración del modelo. Pero, ¿se trata de un fin de época, de civilización, de un cambio de estructura económica y social, o de una crisis que no impedirá que la estructura capitalista se mantenga, e incluso se renueve, como ya muchas veces sucedió en el pasado?
 
Los análisis más dramáticos traen a colación las catástrofes bíblicas, como las Diez plagas de Egipto, o la presencia de los Cuatro jinetes del Apocalipsis (2). En ambos casos se trata de una sucesión de desgracias, muchas de las cuales, como el hambre y la guerra, no han podido ser eliminadas por el hombre. Estas perspectivas de los jinetes y las plagas también estuvieron presentes en los trabajos de muchos ensayistas inmediatamente después de la segunda guerra europea: se trataba de la destrucción por el ‘hongo nuclear’ en los años cincuenta, la guerra fría y el hambre antes de la primera revolución verde (agrícola) en los años sesenta.
 
La crisis actual se debe 1) al agotamiento del petróleo y al consecuente aumento de su precio internacional, 2) a la falta de alimentos y a su encarecimiento, 3) a la escasez de agua para alimentación y saneamiento que sufren poblaciones enteras y, sin duda, 4) al calentamiento de la tierra. En qué momento estos cuatro problemas se volverán cruciales, de qué manera y con qué intensidad afectarán a las poblaciones, son cuatro incógnitas. Pero lo que es indudable es que su tendencia es ineluctable, particularmente en el caso del fin del petróleo y el agua.
 
El fin de la era del petróleo
 
La historia del petróleo ha signado en el mundo las épocas industriales, inclusive la evolución de la tecnología militar. Desde su descubrimiento en los Estados Unidos en 1859 hasta hoy, el petróleo ha servido para calefacción e iluminación (hasta la primera guerra mundial), para combustible de los automóviles (desde 1911) y de los buques de guerra (desde 1914/1916). Con la finalización de la era del carbón, el mundo desarrollado comenzó a vivir con el petróleo una nueva época económica y social.
 
Además, el petróleo ha sido la causa de las guerras provocadas por el dominio de su mercado y de sus fuentes o, más recientemente, de sus reservas, en cualquier lugar que se encuentren (3). Tan grande es la necesidad de los países poderosos por asegurar reservas petroleras para garantizar su futuro, que incluso van alterando el derecho internacional de la propiedad del subsuelo con el nuevo ‘derecho de captura’, más inspirado en la conquista que en la equidad.
 
Cuando terminó la segunda guerra mundial, no sólo existió el acuerdo de Yalta (1945) entre F. D. Roosevelt, W. Churchill y J. Stalin para dividir el territorio de las naciones en Europa, Africa y gran parte de Asia. Después de Yalta, el presidente F. D. Roosevelt se dirigió a Egipto y en el crucero insignia Quincy acordó con el rey Ibn Saud, fundador de la dinastía saudita, apoyarlo militarmente (acuerdo que se mantiene hasta hoy) a cambio del petróleo de Medio Oriente.
 
Además de las reuniones planetarias que no logran avanzar en la eliminación o atenuación del hambre (la reciente reunión de Roma terminó en un fracaso manifiesto, ya que estuvo lejos de lograr una solución compartida), el tema del agua (la reciente reunión de Zaragoza constituyó un fracaso internacional) se agrava cada vez más y, como el petróleo, produce guerras (4).
 
Algunas preguntas para enfocar el futuro
 
La incógnita sobre el momento en que producirán el agotamiento de los recursos naturales y un fuerte incremento de la escasez de los alimentos, así como los problemas derivados del cambio climático están tan relacionadas entre sí como lo estuvieron los cuatro jinetes del Apocalipsis. El aumento del uso del petróleo, a pesar de su cercano agotamiento, y el incremento de su precio no son óbice para detener los factores que generan el cambio climático, y la errónea solución de producir agrocombustibles (mediante el agrobusiness, que ya destina a producir carburantes más de un tercio del maíz cosechado en Estados Unidos) acarrea un mayor calentamiento global (por la deforestación y otros factores), incrementos desusados de los precios de los alimentos y es también una causa de la falta de agua.
 
A su vez, la falta de alimentos y de agua provoca la falta de saneamiento y salud para los pueblos e incluso muertes por hambre; y el calentamiento global provocará la desaparición de poblaciones enteras del mundo. Todo esto sin considerar la crisis financiera iniciada en Estados Unidos, con la huída de los ahorristas del mercado inmobiliario y la colocación de capitales especulativos en los mercados de futuros de las materias primas (petróleo, alimentos y oro por ahora) provocando el encarecimiento de las mismos.
 
Estamos en presencia de una interrelación intensa de los problemas; cada vez resulta más difícil aislarlos para buscar soluciones lineales, porque se trata de una crisis bastante generalizada que exigirá cambios esenciales en la organización económica y social. El capitalismo, en su modalidad neoliberal, no podrá superar estos problemas, todos ellos de naturaleza estructural, provocados por el propio sistema. Son los modelos del capitalismo estadounidense y europeo los que hoy muestran contradicciones insalvables.
 
¿Cómo se explica que Estados Unidos haya malgastado de tal manera su petróleo que, luego de ser exportador durante un siglo, hoy deba importar más del 60% del petróleo crudo que consume? ¿Cómo se explica que Estados Unidos busque hoy tratados como el TLCAN (o NAFTA, según su sigla en inglés) para asegurarse el agua de Canadá, al mismo tiempo que sigue despilfarrado este recurso natural esencial? ¿Cómo se explica que en un mundo de millones de personas hambrientas, Estados Unidos se lance a utilizar el maíz para alimentar los tanques de los automóviles en vez de alimentar los estómagos de los hambrientos? ¿Cómo se explica que Estados Unidos, y en parte también Europa, expongan al mundo al riesgo del cambio climático global, consumiendo el 50% de los combustibles de origen fósil refinados en el mundo? ¿Y que sus fundaciones implanten el agrobusiness en sus propios países y busquen hacerlo en otras partes del mundo, como en la Amazonia sudamericana?
 
Para terminar con este difícil final de época, e iniciar una nueva, se necesita un cambio socio-cultural profundo, sobre todo en los países de ingresos elevados, que tenga en cuenta un uso eficiente de los recursos naturales -sin los elevados costos sociales que hoy supone- y que deje de lado consumismos irracionales, si es que sinceramente no se quiere provocar faltantes de energía, agua y alimentación en los países donde reside la mayor parte de la población mundial.
 
Notas:
 
1) ‘Las tendencias económicas y el petróleo’, Mene, Nº 39, Caracas, 2008.
 
2) Las plagas egipcias consistieron en invasiones de ranas, piojos, tábanos y langostas, la aparición de úlceras en la piel de los egipcios, la conversión de las aguas del Nilo en sangre, la peste en los animales, la caída de granizo y fuego, una oscuridad tenebrosa durante tres días y la muerte de los primogénitos. Los cuatro jinetes fueron el hambre, la muerte, la peste y la guerra, los que empuñaban el arco para la Conquista, la espada para la Destrucción, la balanza para la Crisis económica, y el tridente para la Muerte. Debemos preguntarnos si las crisis que comentamos (petróleo, agua, alimentos, etc.) son las amenazas de invasión a Irán, las destrucciones de Darfur y Kosovo, la crisis económica del dólar y las muertes en Irak.
 
3) Nuestra América sufrió guerras como las del Chaco (1932) y la de Perú-Ecuador (1941). Fue muy positiva la reunión que tuvieron E. Morales y los presidentes -actual y electo- del Paraguay, el 14 de junio pasado en Sanandita (Bolivia) luego de 73 años de terminada la guerra entre Paraguay y Bolivia o, mejor dicho, entre la británica Shell y la estadounidense Standard Oil. Los presidentes reconocieron que ambos países lucharon por intereses de las empresas transnacionales del petróleo y no por atender la voluntad de sus pueblos. El presidente paraguayo N. Duarte afirmó que ‘la Guerra del Chaco fue absurda, impuesta por intereses extraños a nuestros pueblos’.
 
4) Ester Bruzzone, Las Guerras del Agua, (I y II), Buenos Aires, Capital Intelectual, mayo de 2008.
 
*Ambos son economistas argentinos, miembros de MORENO.

 

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