Jun 17 2005
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Política

Poder, contrapoder y no poder. Lo inmanejable del tiempo

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La experiencia boliviana nos enseña que no siempre querer es poder. No basta el deseo, la voluntad y la disposición subjetiva –ni llamados, discursos, consignas y
convocatorias– para que el curso de los acontecimientos se adecue a nuestros pensamientos o propósitos. No es sumando voluntades detrás de un objetivo, tipo profetas o sectas, que vamos a ampliar el pensamiento inicial para hacerlo hegemónico.

fotoLa tradición autoritaria de algunos seguidores equivocados de una de las
interpretaciones del marxismo nos había convencido de la necesidad de un
instrumento de organización de personas que se desplegase llegando al máximo de otras para implementar el deseo, la voluntad y la disposición subjetiva de ese sujeto, llamado intelectual colectivo, nicho depositario de la verdad objetiva.
Marx había dicho que la clase se transforma en partido. No recuerdo que haya dicho que un montón de intelectuales o líderes deban apropiarse de lo que llaman conciencia proletaria o realidad obrera y luego vayan detrás de los
trabajadores a concientizarlos de su propia realidad, que está mucho más presente en los cuerpos, el inconsciente y el bolsillo de ellos que en los burócratas administradores de los demás.

En los prolegómenos de la formación de la clase obrera, hasta la primera
revolución socialista en parte de un Estado, esto es: en regiones de los territorios controlados por el Estado ruso, el capital necesitaba multitudes rodeando las fábricas y demás centros productivos, donde se concentraba la formación de la plusvalía –base de la ganancia, motor del desarrollo de las
fuerzas productivas en esta fase del patriarcado y de la propiedad–.

Hoy la plusvalía proviene de una red múltiple que envuelve ya no sólo a los trabajadores directos de la transformación, sino aún a los desempleados, obligados a buscar alternativas de sobrevivencia, alternativas que continúan activando el mercado y, por lo tanto, la realización de la mercancía. En ese sentido Negri habla del obrero social, lo que no quiere decir –por favor– que somos seguidores de ese autor, que representa, por otra parte, una de las tantas maneras de interpretar el marxismo –aunque muy útil en muchos aspectos, por lo que recomendamos su lectura y estudio, así como de otras variantes de esa forma de pensamiento–.

Si la clase obrera, siguiendo a Marx –lo que no significa tampoco que somos seguidores a ultranza de este gran teórico y luchador por la emancipación– en un nivel superior organiza su propio partido, y si, siguiendo ese raciocinio, la emancipación de los trabajadores es obra de los propios trabajadores, no parece razonable la instalación de destacamentos que dirijan esa lucha, sino más bien debe ser una actividad autónoma, propia de ellos. Si la
concientización ha fallado, como se ha visto desde la revolución cultural que no ha dejado nada, habrá que comprender la importancia del autoconocimiento y
de la autoconciencia.

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Transferir conciencia ya es un acto autoritario. Sumarse a conversar, discutir y actuar juntos es otra cosa, en cuanto partamos de la base que allí surge un nuevo pensamiento, un pensamiento y una acción derivados de si mismos, de la autocomprensión racional de la realidad concreta, inmediata.

Mucho se ha discutido acerca de la necesidad de comprender los mecanismos del capitalismo para que se instale la conciencia de las causas de la situación, como que al comprenderlas se pueda establecer la conciencia del cambio. Son esos los motivos que nos tienen de esta manera, por lo tanto, hay que cambiarlos, sacarlos de allí, para que cese su determinación. Si podemos compartir esas nociones, bienvenidas sean, pero de allí a erigir como objetivo la dirección del aparato del Estado para desde allí administrar cambios que nunca llegarán, a no ser algunas medidas democráticas, como mejoramiento de la educación y la salud (que lo mismo hacen Suecia y otros países dirigidos por el
empresariado y sus representantes), hay una cierta desviación que se hace necesario dilucidar.

Los procesos tienen su tiempo, eso es obvio. Así en una etapa de expansión capitalista, el Estado que sea tendrá que someterse o adecuarse a ello, como sucedió con China, por poner un ejemplo bien actual, o como sucedió en la propia Rusia después de la NEP orientada por Lenin. El realismo se impone. La contradicción interna en esos Estados no puede asegurar una continuidad.

Trosky, dirigente y autor vinculado a otra versión del marxismo, cuestionó en Stalin (¡otro más!) el desarrollo del socialismo en un solo país, alegando que la revolución debía ser permanente, esto es: lanzarse contra el resto de los
Estados evitando llegar a lo que vino de la coexistencia pacífica, los acuerdos de Yalta y negociaciones diversas de reparto del mundo. De hecho, esa lucha por los Estados, por más que se enunciase y empujase, no consiguió modificar la
situación, menos aún con la inmediata instalación de bases de sustentación sistémica en países claves como Alemania, Japón e Israel, encargados de rearticular el ordenamiento y la estabilidad capitalistas en sus respectivas
regiones.

fotoEl campo socialista y luego los no alineados, fueron la respuesta a esas readecuaciones del capital, pero las luchas de liberación nacional fueron
desviadas todas hacia el objetivo de la acumulación necesaria con el pretexto de que posteriormente estarían las condiciones de avanzar hacia el socialismo.

LA VOLUNTAD ESTATISTA

Nuestro continente de Abbya Yala ha empezado a quebrar esas lógicas, tanto la de la continuidad del capital como de la necesidad de asaltar los Estados para combatirlo. Desde abajo irrumpe por todas partes el fenómeno de la emancipación con autonomía, desde las multitudes que derriban gobiernos hasta la instalaciónde prácticas de autoorganización y relaciones internas de una nueva
sociabilidad.

La contención de ello y la vieja necesidad de la burocracia de izquierda de administrar los Estados, hace que sectores de esa tradición se agrupen en Attac y convoquen al “Forro” de Porto Alegre, donde se intenta llegar a un nuevo
programa de control estatal conservando la unicidad del mundo, negando la diversidad, instrumentalizándola. Los resultados están a la vista: en vez de avanzar las luchas populares que venían en Brasil y Argentina, se reorientaron
hacia las elecciones. Lula y Kirchner son hijos putativos de esa estrategia que tiene dos ejes centrales: por una parte la contención de la autonomía y autoorganización social y, por la otra, la restauración de la estabilidad del capital.

Dicho y hecho, ya nadie tiene dudas, ahora, de la nítida vocación neoliberal de ambos. Los destacamentos hoy afilan estacas de otras maneras, saliendo a la calle por distintos motivos para sumar conciencia opositora y luego ser la
alternativa. Muchos de ellos insistieron en dar una tregua a los gobernantes, para luego denunciarlos. Pero una importante cantidad de gente y agrupaciones no cayó en la trampa y siguen, como el viejo topo, construyendo nuevas formas de vida en barrios y campos.

El Estado está en dispersión, hay una tendencia a la explosión social indudable, y sobre ello aspiran a situarse los que vendrán con el nuevo Estado; por eso el capital apoya a esos candidatos. Hay un encuentro en los hechos entre esas dos dinámicas. La estatista de izquierda y la estatista de derecha, ambas funcionales a la continuidad capitalista.

¿De donde proviene esa voluntad estatista?

Simplemente de la racionalidad instrumental, esto es: la creencia de que la razón es hoy capaz de entender y administrar los acontecimientos en curso. El Estado es la razón hecha instrumento político, la cristalización de las
convenciones, el contrato social, que justamente por el control de los aparatos de fuerza e ideológicos (tampoco somos seguidores de Gramsci, aunque estimulamos su lectura, siendo mejores las interpretaciones de sus escritos
hechas por Anderson y otros que las de Palmiro Togliatti), permitiría la lucha contra la burguesía y acabar con ella. Como eso nunca ha sucedido, partimos de la base de que esos Estados han resultado funcionales al capital, no por otro
motivo se dice que se trata de “capitalismo de Estado”, cuestión que podemos profundizar en otro momento, bastando por ahora remitir a los escritos de Castoriadis, otro autor que interpreta el marxismo, creemos que con mucha
propiedad. En ellos se explica el carácter de la burocracia y sus intereses.

En la época actual de aquella red del capital que hablábamos más arriba, que se
extiende hasta lo más profundo de nuestros cuerpos, al controlar un Estado y adecuarlo a las necesidades de las relaciones económicas internas y externas, se reproducen las relaciones capitalistas; aunque sean rotas en parte al inicio luego se las traerá de vuelta paulatinamente, formando y remodelando las conciencias. Recordamos que el Che se negaba a los incentivos económicos priorizando por los incentivos morales, lo que no es posible saber hoy si
habría resultado, dada la fuerte exigencia de las relaciones mercantiles. Lo que tenemos claro es que la revolución cultural no funcionó, y más control estatal que ése difícil de encontrar.

Se dice que Stalin se desvió, o sea, condujo la máquina a donde no debía, pero ello no es más que una argucia, pues no había otra forma, ya que las que vinieron posteriormente lo hicieron peor, hasta que Gorbachov entregó la oreja y se lo comió la historia. Triste destino de una lucha que fue asumida con decisión, esperanza y coraje por un pueblo.

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Como la lucha de los pueblos de los territorios controlados por el Estado boliviano, cuya esperanza está en la rebeldía de las comunidades y no en los líderes que aspiran a dirigir el Estado.

Es hora de que el ejercicio de la razón sea reconocido al sujeto emancipatorio. Hay mucha arrogancia en eso de ir a educar o concientizar. Los nuevos sujetos sociales que vienen desde todas partes no hacen mucho caso de estas
discusiones, lo que es bueno.

Ese sujeto es inmanejable, toma su propio tiempo, es autónomo, o sea, sigue mejor a Marx que muchos otros, o mejor, no lo sigue, sino que Marx lo vio. Constituye sus propias maneras de autoorganización y asume la emancipación en sus propias manos. No acepta más representación.

Al viejo intelectual colectivo, tome la forma que tome, no le queda más remedio que plegarse a esas iniciativas, supeditarse a ellas, aprender de ellas y contribuir al desarrollo de otras experiencias autónomas también, estimulando entre ellas la horizontalidad, la cooperación y el apoyo mutuo, hasta morir y diluirse en ellas.

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Correo electrónico: profesor_j@yahoo.com

Este artículo se publica también en: http://clajadep.lahaine.org

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