Ene 22 2007
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Cultura

Poesía. – NUEVA LECTURA DE VÍRGENES DEL SOL INN CABARET

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoPara los que optamos ideológicamente por arrastrar nuestra existencia hacia la rururbanidad –o al menos, fuera de la “centrópolis”–, insistiendo en ello hasta la majadería, Vírgenes del sol Inn Cabaret de Alexis Figueroa nos sigue remeciendo tanto como en 1986 (aunque en rigor, ya en 1985 circulaba nebulosamente una versión homónima, pero apellidada “cuerpos celestiales”).

Mi maniquea hipótesis sobre la “semiósfera” donde se inscribían los discursos líricos de los 70′ y 80′ en Chile, es que ésta se había tensionado más por la tiranía del húsar que por la de los bienes simbólicos hibridizados y vehiculizados por el mercado. Debido a ello, la urgencia contestataria subordinó la metáfora al “metaforón” y el tropo de la ironía doliente a la “talla” llorona.

Por otra parte y aún con sus contundentes aportes, el textualismo, la alienación culterana o la experimentación, observaban de manera tan oblicua “a la re, a la re, a la realidad” que dejaban grandes intersticios éticos, estéticos y temáticos sin problematizar. Entre los axiales estaban los fenómenos de compresión histórica que asolaron la década de los 80′, básicamente a partir de la expansión de la industria cultural angloamericana; el engrosamiento y la omnipresencia de los medios de comunicación de masas y la mercantilización radical de las relaciones sociales.

Así, en medio de la llamada “década perdida”, un entonces joven poeta de Concepción, orfebre y ex estudiante de filosofía, percuta de forma temprana las paradojas simbólicas que estaban generando los ajustes estructurales, no sólo en Chile, sino también en América Latina. Figueroa, a contrapelo de sus contemporáneos, prescinde de la doxa milica y profundiza en la espisteme del mercado, el que avizora como un ejército de ocupación que conduce con más eficacia nuestras subjetividades.

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Huelga decir, que no es un buceo crítico por el manido y poetizado “capitalismo industrial” y sus exclusiones de clase; sino por la sobremodernidad y sus nuevos campos de batalla: las hegemonías y contrahegemonías simbólicas. La secuela obvia de esta preocupación –y con esto retomo el primer párrafo– es la de desestabilizar el “lugar” como epicentro y soporte unívoco de lo poetizable.

La feria y la transaca de los signos son multilocales, por lo que el discurso de Vírgenes se condena a la amplificación de la errancia. La hipérbole que encierra ya no es el canto del desarraigo desde y sobre un locus –líricas dominantes en la poesía “de provincias” a partir de las sombras láricas de Jorge Teillier–, sino que es una propaganda vocinglera, simultáneamente desterritorializada y re-territorializada en una amerindia saqueada y diluida identitariamente por el neón y la pantalla.

Para entonces, estos procesos de modernización forzada extendían su color hacia las periféricas provincias Así, se comenzaron a decorar lugares apartados con las huellas de la transnacionalización sígnica. Si para los tiempos de Rojas o de Teillier en su Lautaro natal, existía el refugio que retardaba notablemente la asimilación de estas primeras señales (las “cámaras Leica”, la radio o el cine), la situación para los poetas del “lar” post 73 fue distinta.

Así, el primer quiebre de Vírgenes es con la tradición que la produce. Aquella que acentúa lo situado y vuelve recursivamente sobre lo propio. Se trata, por tanto, de una ruptura cognitiva: lo que la obra observa, insisto, es la temprana desterritorialización simbólica (identitaria) a partir de la prostitución de los signos transados por el mercado.

La criba crítica no lo ha enfatizado: no es casual que sea en los bordes regionales –casi en los espacios rururbanos– donde estos fenómenos estallan con inusual potencia y contraste: en los primeros cinco años de la década de 1981/90, el paisaje se ha trocado en vitrina.

De ahí que una de las obras imprescindibles de la década y que acompaña la exploración de Vírgenes –más allá de las obvias diferencias discursivas–, sea la de otro “borderline” geocultural; me refiero a Jorge Torres y su libro Poemas Encontrados y otros Pre-textos.

Aún cuando la ilustrada agudeza de Figueroa le abrían múltiples posibilidades estéticas, el autor contaba con un camino desbrozado: replegarse ante la tiránica irrupción plurimedial, rebuscando referentes culturales en la “aldea”, revitalizando recursos culturales propios –como las y los poetas mapuche, por ejemplo–, o “dormidos” –a través de la historia o el mito–, en mixtura con las formas escriturales mejor asimiladas. Ruta que Vírgenes desecha como estrategia de lucha simbólica para defender la particularidad y la identidad en contra de la homogeneización cultural apremiante y transgresora.

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De este modo, antes de Néstor García Canclini, de Jesús Martín Barbero, del innombrable J. J. B. y su Espejo Trizado, el libro de Figueroa se hace cargo de una modernidad postiza, periférica y del pastiche; de la homología entre el discurso mediático, la chingana autoritaria, la decadencia del trapicheo y el sexo como mercancía.

Si bien es justo consignar que en el horizonte literario de la época se avizoraban obras que pueden estar de alguna manera emparentadas con Vírgenes –como el caso de Este y Exit de Gonzalo Muñoz o Escenas de Peep-Show de Federico Schopf–, estrictamente, la espejeante habla que la interpelará, dará a luz en forma parcial un año más tarde, con la publicación del brillante poemario Los Sea Harrier en el firmamento de eclipses. Poemas de anticipo, de Diego Maquieira, obra que tendrá forma final sólo hacia 1993.

Más allá, la obra piensa otro decir, saltándose el peaje de la influencia o la genealogía, buscando transitar entre un neomanierismo pop y un neobarroco espectral; ambas estéticas simuladas, caricaturizadas y, finalmente, burladas. Se apropia del referente “satanizado” (la sobremodernidad contrahecha), a través de un jingle cínico que alaba la coexistencia de las corrientes de uniformización y particularización cultural bajo la lógica del exceso: de información, de imágenes y de individuación masculinizante. Su cirugía es la de modelar un proyecto civilizatorio futuro condenado por el presente.

De allí que el remedo a la retórica de la ciencia ficción, particularmente a la futurología fílmica, modula el carnaval visual que Vírgenes compone: nombres sacros ultrajados por “marinersastronautas” del sistema-imperio; ethos originarios incaicos enajenados por brodways y flippers de metal y acrílico; ruinas gastadas por el ojo de las cámaras; grises conciencias explicadas desde las carlingas de unas naves; zapelines totalitarios propagando la hipnosis del consumo; lujurias objetivadas en el maquillaje maquinal; la machine, única y unívoca, produciendo escenas para vidas residuales.

La parodia adivinatoria como recurso, rutila en Vírgenes y como buen oráculo nunca yerra el blanco. El oteo temprano de Figueroa hizo que la obra se anticipara en más de una década a la médula de la utopía postdictatorial, donde la tutelada transición instrumentalizó –vía partuza cultural– las energías sociales contestatarias, cooptándolas en la promesa de la alegría perpetua.

Promesa-mueca tan evidente en el animador de Vírgenes, que vocea “vien benidos a la máquina, welcome to the tv”, como llevando el eco de las boîtes ochentenas de la Central Nacional de Informaciones –o el engolado acento de un mandarín de estelar nocturno controlado por la DINACO– a la polis reciclada de los 90, envuelta en el nylon de la democracia. La anticipación produce, como es obvio, un diálogo intenso del autor con sus pares posteriores.

De hecho, Figueroa –al igual que Carmen Berenguer– entra a cualificar un movimiento de jóvenes poetas que se constituyó en casi el único eslabón activo entre la escena letrada de fines de los años 80 y principios de los 90. Si bien el sino de este eslabón fue reventar a la dictadura reventándose, produjo un microcampo literario notable (sobre todo cuando emergió la revista Piel de Leopardo, de la cual Figueroa fue co-editor).

Así, no es posible imaginar la obra de Sergio Parra, Malú Urriola, Jesús Sepúlveda, Nicolás Díaz Badilla, Bárbara Délano, Egor Mardones, Felipe Moya, Harry Vollmerv –incluso de Guillermo Valenzuela, Víctor Hugo Díaz, Carlos Decap y muchos bardos posteriores– sin la retroalimentación de este gozne: que desplaza la literalidad del discurso antidictatorial y antineoliberal por la mascarada y el carnaval de la pobla, la esquina o el lupanar urbano, como un cínico, pero incisivo espacio de resistencia.

Pese a que los premios son anécdotas, es imposible soslayar el que esta obra obtuvo. Que recayera un galardón tan prestigiado para las letras hispanoamericanas –como el Casa de Las Américas de Cuba–, en un libro como este, resultó un acontecimiento. Los escasísimos poetas chilenos que lo habían obtenido con anterioridad a 1986 –se me vienen a la memoria sólo Enrique Lihn, Omar Lara y Hernán Miranda– apostaron de distinto modo sus horizontes de sensibilidad estética e ideológica en un certamen –para qué más eufemismos– cuyos sesgos potenciales, para bien o para mal, podía descalificarlos de antemano.

Leer “Este libro ha sido procesado en el combinado poligráfico Alfredo López del Ministerio de Cultura, terminado en el mes de noviembre de 1986. Año del XXX Aniversario del Desembarco del Granma. Ciudad de La Habana” en el pie de imprenta de Vírgenes del sol Inn Cabaret: Segunda Elaboración”, no deja de asombrarnos. Son poquísimos los libros como éste –con evidentes riesgos formales, temáticos y políticos–, que lograron ser coronados, no ya en el Casa de las Américas, sino en cualquier concurso con solera institucional y boato internacional en las álgidas décadas setentera y ochentera. Porque convengamos que aunque la parodia crítica se cuela en el corpus, el lugar del hablante es impreciso; fácilmente una exégesis sospechosa u ortodoxa podría haber condenado la polisemia del cabaret y sus doncellas cristianas como una loa cifrada, sexista, apóstata o macabra sobre las virtudes de un “progre” y triunfante capitalismo tardío.

Igualmente curioso resulta el hecho de que un mes antes de salir de la imprenta cubana, la editorial Papeles del Andalicán/ Cuadernos Sur de Concepción publica una tercera y “última elaboración”, titulada Vírgenes del Sol Inn Cabaret. Vienbenidos a la máquina, welcome to the t.v. que, como lo plantea el mismo autor, no sólo reordena y rejerarquiza el corpus, sino también, agrega cuatro textos –entre ellos, los notabilísimos “Inicio General 0” y “Soda Pop”–; altera otros y añade una batería de fotografías, documentos gráficos y dibujos que amplían el movimiento lingüístico de los poemas. Así, la segunda versión del libro queda fechada en noviembre de 1986 y la tercera y última, en octubre del mismo año.

Pasadas las querellas sobre la rastrera amnesia de los 90′ donde –entre otros– este libro fue mezquinamente borroneado, y a 20 años de su publicación, otros pares, doblemente posteriores a Figueroa, hoy reeditan lo que a mí entender constituye una pieza clave y augural para comprender la poesía finisecular Latinoamericana. fotoTarea necesaria y urgente, puesto que de la edición penquista no se han visto circular hace más de un década ejemplares disponibles. Sobre la edición cubana –debo confesar– a principios de este año en La Habana, adquirimos algo afiebrados, junto a otros poetas, los tres últimos ejemplares que quedaban en la bodega de Casa de las Américas y que por azar –o pertinacia–, podrían haber viajado a los ojos de otros fisgones.

Sin embargo, esta versión –final y homóloga a la de Papeles del Andalicán/Cuadernos Sur–, nos zafa de la culpa y de la desmemoria. La de usted lector, secreto y cómplice que, como yo, seguro retendrá en su cabecera –y en su propio libro–, muchas de las anáforas pérfidas, bellas y violentas de Vírgenes del Sol Inn Cabaret.

Valdivia/Angachilla, Octubre de 2006.

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* Aparecido en www.letras.s5.com.

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