Ene 24 2007
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Ambiente

Primates. – HUMANOS Y BONOBOS MÁS PARECIDOS DE LO QUE SE PIENSA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

–Usted sabe mucho sobre los bonobos… ¿Puede darnos su propia descripción de estos increíbles primates? ¿Qué cosas le gustan más de ellos? ¿Qué lecciones podemos aprender de la sociedad de los bonobos?

–Los bonobos son como unos primates hippies, ya que practican mucho el sexo y resuelven sus problemas y tensiones con el sexo. Además, a diferencia de la mayoría de los primates, en la sociedad de los bonobos dominan las hembras, y lo hacen colectivamente. Una hembra sola no puede dominar a un macho, porque los machos son más grandes y más fuertes; pero las hembras sí dominan colectivamente a los machos.

Los bonobos son muy diferentes de los chimpancés en muchos sentidos. El chimpancé –tan próximo a nosotros como el bonobo– es territorial y violento, y los machos son los que dominan el grupo, sin duda alguna. Son sociedades muy distintas. Resulta muy interesante ver que dos animales que son idénticamente próximos a nosotros sean tan diferentes. Esto enriquece nuestra visión de nuestros antepasados, ya que, seguramente, nuestros antepasados eran algo a medio camino entre los chimpancés y los bonobos.

–Es sorprendente el uso que le dan los bonobos al sexo, ya que podrían ser, junto con los humanos, los únicos animales que separan sexo de reproducción y que copulan mirándose a la cara. ¿Podría explicarnos cuál es el papel del sexo entre los bonobos?

foto–En primer lugar, los bonobos practican el sexo en todo tipo de combinaciones: macho con macho, macho con hembra, hembra con hembra, macho adulto con individuo joven… Y, además de hacerlo en todas las combinaciones, lo hacen en todas las posiciones. Incluso en posiciones muy difíciles de imaginar. Pueden practicar el sexo boca abajo, colgados de un árbol, o algo así. Su conducta sexual es muy variada. Un patrón típico es el frotamiento genito-genital entre las hembras, es decir, una hembra se aferra a otra y se frotan los genitales entre sí.

Políticamente, esta conducta es muy importante, ya que el vínculo femenino es muy importante en la sociedad de los bonobos. Y las hembras dominan a los machos porque tienen unos vínculos fuertes. Los dominan colectivamente. Aquí es donde entran en juego las relaciones sexuales. Por lo tanto, podríamos decir que, en un grupo de bonobos, tres cuartas partes de la actividad sexual no tienen nada que ver con la reproducción, sino más con funciones sociales y la resolución de conflictos. Ésta es la situación típica.

–¿Es posible que la gente más puritana tenga problemas con los bonobos?

–Bueno, los americanos (estadounidenses) tienen problemas con los bonobos. Es muy difícil, por ejemplo, mostrar a los bonobos en la televisión americana (de EEUU), porque lo que hacen es explícitamente sexual. Pero, por otro lado, a la gente les fascina; así que cuando doy conferencias sobre los bonobos, nunca oigo quejas. Y, en mis clases, mis alumnos están muy callados cuando ven a los bonobos, y normalmente no es así.

–Mickey Mouse podría ser un representante de lo que denominamos “antropocentrismo”, es decir, proyectar cualidades humanas en los animales. Pero al mismo tiempo nos encontramos con otra corriente, que podríamos llamar “antroponegación”, en la que nos asustamos cuando encontramos características que consideramos netamente humanas en otros animales.

–Evidentemente, hay que tener cuidado con lo que proyectamos sobre los animales. Pero, en los animales muy próximos a nosotros, como el chimpancé o el bonobo, mi argumento siempre es que, si se comportan de una manera muy similar a nosotros en circunstancias muy similares, hay que pensar que la psicología que hay detrás también es muy similar. Desde un punto de vista darwiniano, esto sería la suposición parsimoniosa. Y aquellas personas que quieren ver diferencias, y que dicen que lo que hace un chimpancé no es comparable con lo que hacen los humanos, deberían aportar pruebas, porque sería de sorprender que unos animales tan parecidos a nosotros tuvieran una psicología totalmente diferente.

–¿Cómo ha influido el conocimiento que ha adquirido sobre los animales en la visión que tiene de sí mismo?

–Bueno, yo siempre me he sentido muy próximo a los animales, y nunca me ha costado comparar a los demás, o compararme a mí mismo, con los animales. No me considero un ser necesariamente muy superior a los animales, como le pasa a la mayoría de las personas. Así que no creo que haya cambiado mi punto de vista, porque siempre he pensado lo mismo.

Quizá haya aumentado mi respeto por los animales en el sentido que, cuanto más sabemos de ellos y más complejo se vuelve todo, más complicado es el reconocimiento y menores son las diferencias entre los humanos y los animales. Cada vez que analizamos una diferencia entre los humanos y los chimpancés, se vuelve todo muy gris y la diferencia se llena de agujeros y se desintegra y, aunque algunas diferencias que se mantienen, éstas son mucho más pequeñas de lo que pensábamos.

foto–Usted sugiere que la cultura humana ha debido tener unos orígenes muy simples y a estas alturas es obligado hablar de la cultura animal que puede aclararnos estos orígenes. ¿Qué es para usted la cultura animal?

–Hablamos de cultura en los animales cuando, por ejemplo, dos grupos de animales de una misma especie se comportan de manera muy diferente y esta diferencia no es explicable desde un punto de vista genético o ecológico y, por lo tanto, la única explicación es que aprenden algo los unos de los otros.

Por ejemplo, si hay un grupo de chimpancés que utiliza piedras para romper las cáscaras de los frutos secos y luego hay otro grupo que tiene frutos secos y piedras pero que no hace nada con ellos, esto significa que el primer grupo ha desarrollado una cultura. Por lo tanto, la cultura no es exclusiva de los humanos.

De hecho, la transmisión de conocimientos y conductas es muy común en el reino animal. Ni siquiera está limitada a los primates, aunque se ve más en los chimpancés y en otros monos que en otros animales. Pero la cultura es un fenómeno muy común. Por ejemplo, si criáramos a un chimpancé en casa y después lo lleváramos a la selva, no sobreviviría, porque desconocería ciertas técnicas y no sabría lo que son los depredadores, la comida que debe comer ni las plantas medicinales que hay que ingerir cuando se está enfermo. Toda esa información se transmite dentro del grupo, y un chimpancé que haya sido criado por humanos no puede sobrevivir en libertad.

–Sin embargo, parece que no todos los rasgos culturales tienen un valor adaptativo, evolutivamente hablando…

–Sí. La cultura, la cultura animal, suele ser importante para la supervivencia, pero no siempre. Por ejemplo, saber abrir con piedras las cáscaras de los frutos secos, lo que les permite comer estos frutos en las zonas donde crecen; aprender a extraer hormigas de los hormigueros o saber que las serpientes son peligrosas, todo esto, son cosas que se aprenden socialmente y que son importantes para la supervivencia.

Sin embargo, a veces, los animales aprenden cosas en su cultura que son bastante inútiles, al igual que nosotros. Por ejemplo, tenemos el caso de una chimpancé que introdujo la técnica del aseo con las manos cogidas, es decir, dos individuos se cogen de la mano por encima de la cabeza mientras asean a un tercero. Esta hembra introdujo esta práctica en nuestra colonia hace diez años y ahora todos los adultos lo hacen así, y yo creo que no es especialmente útil.

Pero nosotros también tenemos hábitos culturales. Por ejemplo, hay gente que en vez de llevar la visera de la gorra por delante la lleva por detrás, algo que es totalmente inútil pero, aún así, lo hacen, y eso es una tradición cultural.

–A veces, el impulso natural parece ir más allá de la función para la cual ha evolucionado, como aquel caso en que una perra crió varios cachorros de tigre… ¿Podría aclararnos este punto?

–Evidentemente, la conducta maternal debe dirigirse hacia las propias crías, y es por eso que ha evolucionado esta conducta. Lo mismo sucede con el sentimiento de apego. En los pájaros, por ejemplo, vemos como los patitos empiezan a seguir a mamá pato. Muchos de estos mecanismos tienen una función original, pero pueden desconectarse de dicha función. Por ejemplo, si una perra cuida de un cachorro de tigre, la perra está proyectando su conducta maternal normal sobre un animal que ni siquiera está emparentado con ella. Esto puede interpretarse como una conducta puramente altruista, pero también como una conducta maladaptativa o como una conducta mal direccionada. Estos ejemplos son muy interesantes para mostrar la desconexión que existe entre la motivación y la función, porque aquí hay una desconexión entre estos dos elementos.

–¿Podría darnos un ejemplo, en humanos, de un rasgo adaptativo que acabe convirtiéndose en lo contrario, una faceta que juega en nuestra contra?

–Sí, un ejemplo en los humanos sería nuestro deseo de comer alimentos dulces o grasos. En nuestro entorno original, nuestros antepasados debían buscar mucho para encontrar alimentos dulces o grasos, porque no abundaba este tipo de alimentos. Sin embargo, ahora vivimos en sociedades donde estos alimentos son tan fáciles de encontrar que los comemos continuamente y la obesidad se ha convertido en un problema, lo que también es una especie de desconexión.

Estamos siguiendo una estrategia adaptativa pero, en el entorno actual, donde hay tanta comida, ya no es tan adaptativa, sino maladaptativa.

–Hablemos de moda, de aprendizaje y de imitación: ¿podría considerarse la moda como un resto de nuestra tendencia innata a la imitación?

–La moda podría definirse como un conjunto de tradiciones de corta duración, tradiciones que duran un año o menos. De hecho, mis chimpancés también están sujetos a modas. Por ejemplo, tuvimos un macho adulto que se lesionó la mano y que caminaba apoyado sobre la muñeca. Al cabo de unos días, observé que los individuos jóvenes del grupo también tenían problemas, porque todos caminaban sobre la muñeca. Lo que estaban haciendo era básicamente imitar al macho adulto. Caminaron así durante meses y, después, en un momento dado, cuando el macho adulto mejoró, los jóvenes también abandonaron esta conducta.

Las modas ocurren. Por ejemplo, si una chimpancé se encontrara un ratón y se paseara todo el día con el ratón en la cabeza, pronto habría otros chimpancés que harían lo mismo. Les gusta autoadornarse, y en eso consiste la moda. Así que estas cosas sí existen.

–Frente a la supervivencia del más fuerte, concepto muy anclado en nuestra sociedad, usted contrapone la supervivencia del más amable. ¿Qué puede decirnos sobre este punto?

–Nos basamos en la idea de que los individuos viven en un mundo de competencia donde hay ganadores y perdedores, y que es mucho mejor ganar que perder. Pero lo que la gente suele olvidar es que los animales dependen los unos de los otros (no todos los animales, sino los animales sociales). Animales como las hienas, los elefantes, los primates o los delfines dependen los unos de los otros.

Por lo tanto, si yo lucho contigo y gano yo, también tengo que pagar un precio como, por ejemplo, que no quieras volver a colaborar conmigo o que ya no te caiga bien. Y yo dependo de ti. Así que tendré un problema y, por tanto, necesito refrenar mi agresión contra ti o bien reconciliarme contigo después de una pelea.

De hecho, hemos observado que animales como los chimpancés o los monos se reconcilian después de una pelea dándose un beso o abrazándose. Los bonobos, por su parte, practican el sexo o se asean mutuamente después de una pelea. Esto significa que estos animales se esfuerzan mucho por reparar sus relaciones. Por un lado es el derecho del más fuerte, pero este derecho está limitado por la necesidad de colaboración y por las dependencias existentes entre los diferentes individuos.

–Respecto al sentimiento de justicia, ¿cómo fue ese experimento con monos capuchinos cuyas implicaciones son tan importantes en la sociedad humana?

–Pusimos un mono capuchino al lado de otro y les dimos una piedra a cada uno. Después, les extendíamos la mano y ellos debían poner la piedra sobre nuestra mano y, cuando lo hacían, recibían un premio. Si la recompensa eran unos trozos de pepino, hacían lo que les pedíamos 25 veces seguidas sin problema. Pero, si a uno le dábamos uvas y al otro pepino, el que recibía las uvas estaba muy contento porque las uvas son mejores que el pepino, pero el que recibía el pepino se alteraba y comenzaba a tirar las piedras y el pepino fuera de la jaula y se negaba a hacer lo que le pedíamos, porque le estábamos dando menos que al otro.

En los humanos a este proceso se le denomina injusticia o aversión y está relacionado con el sentido de justicia. Por consiguiente, los monos sí tienen cierto sentido de la justicia, aunque sea egocéntrico y muy centrado en lo que cada uno obtiene en comparación con los demás.

–¿Puede esto tener algo que ver con lo que conocemos como la moral humana?

–Todas estas cosas están relacionadas con la moral humana, y yo siempre he pensado que nuestra moral ha adoptado muchos mecanismos psicológicos de los primates.

Los humanos no inventamos la moral humana desde cero, aunque algunas religiones afirmen que crearon el concepto de moralidad hace dos mil años. La moralidad, las normas morales, son mucho más antiguas. Y muchos de los mecanismos psicológicos que hemos integrado en la moralidad, tales como la empatía, la reciprocidad, la justicia y la resolución de conflictos, se encuentran en otros primates.

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–¿Nos puede explicar por qué la visión de los primates, y del resto de animales, es tan diferente en Oriente y Occidente?

–Lo que sucede es que en Oriente la división entre lo humano y lo animal es mucho más difusa que en Occidente. Yo creo que esto se debe, en parte, al hecho de que en Oriente siempre han tenido primates. Los japoneses y los chinos siempre han tenido primates. En sus fábulas no sólo aparecen cuervos, liebres y zorros, sino que hay muchos monos. En el mundo oriental las personas están muy acostumbradas a ver primates, y éstos les proporcionan una conexión con la naturaleza, porque les recuerdan lo mucho que nos parecemos a la naturaleza.

En Occidente jamás hemos tenido primates, nunca los hemos tenido en Europa, así que hemos funcionado sin ellos y, como resultado, hemos creado esta enorme brecha entre nosotros y ellos. Nosotros tenemos alma y los animales no. En Oriente, por supuesto, el alma puede viajar entre humanos y animales. Imanishi desarrolló la idea de cultura animal, y no creo que sea casualidad que fuera un científico japonés quien desarrollara esta idea porque, para él, la diferencia entre los humanos y los animales no es tan marcada.

Afirmar que los humanos somos los únicos que tenemos una cultura –tal y como se proclama en el mundo occidental–, y que la cultura es lo que nos hace humanos, resulta un tanto absurdo en el mundo oriental, al igual que la idea de que existen diferencias insalvables entre humanos y animales. Ya en los años cincuenta Imanishi declaró que si la cultura consiste en aprender cosas de los demás, entonces es probable que los animales tengan una cultura. Y así es como se inició este campo de estudio.

–¿Y cómo influye nuestra propia cultura en las conclusiones que sacamos del estudio de los animales?

–Evidentemente, nuestra cultura influye sobre nuestra manera de ver a los animales. La ciencia puede ser muy objetiva: yo puedo ser un científico y contar el número exacto de veces que estos dos animales se asean o la frecuencia con la que se pelean. La recolección de datos puede ser muy objetiva, pero las preguntas que plantea cada cual y su forma de analizar los datos suelen basarse en una perspectiva cultural.

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* Publicado en la revista digital de la Comunidad Smart, agosto de 2006 (www.comunidadsmart.es).

Reproducido en Urtica.

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