Jun 30 2010
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Opinión

¿Qué democracia?

Wilson Tapia Villalobos.*

En la centroizquierda chilena se ha abierto un debate que bien podría servir para reorientar a la titubeante Concertación de Partidos por la Democracia. Se trata de un tema externo, pero con suficientes derivaciones como para fijar la autocrítica en puntos que vayan algo más allá de egos heridos. Y que, tal vez, le aporte algo de peso ideológico a la política local. Sin desconocer, por cierto, que la materia en debate va mucho más allá de las fronteras chilenas.

La Social Democracia Internacional (IS) acaba de emitir su Informe sobre Venezuela. En él se señala que en ese país impera una “dictadura moderna”, ejercida por la administración que encabeza el presidente Hugo Chávez. El contenido del documento ha causado tensiones en dos colectividades socialdemócratas chilenas. Dirigentes del Partido Socialista consideran que su presidente interino, senador Fulvio Rossi, ha trasgredido el pensamiento histórico del PS al apoyar la condena.

Cabe señalar que se trata de la cuna ideológica del ex presidente Salvador Allende.

En el Partido por la Democracia en cambio, el tema ha sido opacado por las elecciones internas. Aunque el ex presidente de la colectividad, Sergio Bitar, respaldó fervientemente lo dicho por la IS. Igual actitud ha tenido la Democracia Cristiana. Y hasta Jovino Novoa, otrora funcionario de la dictadura y hoy senador, batió palmas

El tema que aborda la IS puede inscribirse en las campañas que periódicamente orquesta el Departamento de Estado contra el gobierno de Caracas. Hoy, la prensa local reflota el tema. El Secretario de Estado Adjunto de los EEUU para América Latina, Arturo Valenzuela (chileno naturalizado estadounidense) resalta el “importante esfuerzo” que ha hecho el presidente Barack Obama por “cambiar el ambiente” de tensión que impera en las relaciones bilaterales Caracas – Wáshington. Cabe recordar que el ex presidente norteamericano Bill Clinton, demócrata como Obama, fue uno de los impulsores de la “Tercera Vía”, visión que hasta ahora marca las posiciones socialdemócratas a nivel mundial.

La condena de la IS va directo al centro del problema que hoy pareciera inquietar en todo el orbe: el sentido de la democracia.

En este caso específico, el gobierno venezolano es cuestionado por transgredir normas elementales de convivencia democrática. Se señala que ha roto la institucionalidad y que deterioró las bases productivas del país. Allí subyace una defensa irrestricta al Derecho de Propiedad. Y, por extensión, a la propiedad de los medios de información. En ese ámbito, Chávez ha sido cuestionado reiteradamente por su intención de restar poder a los grupos económicos sobre los medios de comunicación.

En cuanto a la validez democrática del gobierno venezolano, pareciera que no debería haber discusión. En diez años ha participado en 15 elecciones y vencido en 14. Gracias a una reforma de la Constitución Política, Chávez podrá presentarse para un nuevo período en 2012. De triunfar, gobernaría en el lapso comprendido entre 2013 y 2019. ¿Quizás por ello es que la IS habla de “dictadura moderna”?

Es evidente que lo que se juega en Venezuela va mucho más allá de su caso particular. País de una inmensa riqueza, quinto exportador de petróleo en el mundo, puede encabezar proyectos alternativos a los delineados desde Wáshington para esta parte del planeta, sin temor a ser estrangulado económicamente. Y hasta entregar respaldo a compañeros de ruta como Cuba, Bolivia, Nicaragua o Ecuador.

Pero este tema da para algo más que la cotidianeidad, por importante que ella sea. Aquí también está en entredicho lo que se entiende por democracia. Recientemente, miembros de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), opositora a Chávez, visitaron Chile. Lo hicieron para participar en un taller de adoctrinamiento político, cuyos expositores fueron destacados dirigentes de la Concertación. El MUD intenta seguir los pasos de la experiencia chilena para superar las diferencias que hasta ahora han debilitado a los contradictores de Hugo Chávez.

La experiencia que la oposición venezolana quiere copiar aún no ha sido capaz de crear una Constitución Política diferente a la dejada por la dictadura del general Augusto Pinochet. Si bien ésta ha sido intervenida cosméticamente, el fondo sigue siendo el mismo. Ello redunda en que Chile sea uno de los diez países que peor reparten la riqueza en el mundo y que el poder político se distribuya sólo en dos bloques.

Eso significa que una buena parte de la ciudadanía queda sin posibilidades de participación. Los medios de comunicación son manejados por unos pocos grupos económicos. Y el Estado, durante 20 años, no dio pasos certeros para destrabar ese nudo que impide la información plena de los chilenos. La libertad de información de que hoy se ufanan quienes condenan a Chávez, ha sido descrita como libertad de empresa.

Es cierto, existe libertad de crear empresas periodísticas, pero éstas no viven de la circulación. Es esencial la publicidad que aportan las compañías privadas, si es que el Estado no juega su rol de equilibrio. Y en Chile claramente no lo ha jugado.

El tema de la condena a Venezuela debería abrir un debate profundo sobre el tipo de democracia que se está construyendo allá y acá.

* Periodista.

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May 28 2009
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Política

¿Qué democracia?

Wilson Tapia Villalobos*

Desde que cayó el Muro de Berlín, en 1989, parecía que cuando se hablaba de democracia todos entendíamos lo mismo. Podía gustar o no, pero no había lecturas diferentes. Suposición falsa. Con la virtualidad, la democracia se ha transformado en algo difuso y extraordinariamente maleable.

Si quiere ser riguroso y se va a la definición primigenia, llegará al pensamiento de Abraham Lincoln: “Gobierno de la gente, por la gente y para la gente”. Modernizando la mirada, podría acercarse a Norberto Bobbio, quien sostiene que la democracia: “es un conjunto de reglas procesales para la toma de decisiones colectivas, en el que se propicia la más amplia participación posible de los interesados”.

Desde lo que dijera Lincoln en Gettysburg (1863), el mundo ha cambiado. Y si bien los valores son permanentes, mutan en su aplicación. Las palabras del presidente norteamericano resuenan hoy poéticas, utópicas, anacrónicas. Incluso Bobbio, con su pragmatismo tan contemporáneo al decir que la participación debe ser “la más amplia posible”, queda algo fuera del tiempo.

Hoy nos enfrentamos a una democracia fuertemente presionada por una realidad en la que las clases dominantes, según diría Marx, imponen sus intereses. Y, de paso, generan una nueva cultura. No es nada sorprendente por lo inédito, pero es mucho más apabullante que en el pasado.

El símbolo democrático es el que enarbola Occidente. No se trata de una sana competencia ideológica. En distintas regiones del mundo, las discrepancias se acallan a sangre y fuego. Los casos contemporáneos son Iraq, Afganistán, los Balcanes, Medio Oriente. También cárceles secretas en diferentes partes del mundo. Persecución religiosa y racial. Todo en aras de la democracia y la libertad.

En América Latina suceden fenómenos curiosos. La aparición de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa, de Fernando Lugo, de Daniel Ortega, forman una tirada de póquer que puede dar alguna sorpresa. Eso, para quienes aspiran al cambio. Desde la vereda del poder, el rechazo es contundente. La aspiración de algunos de ellos de reformar la Constitución, es cuestionada como un claro intento dictatorial.

Cualquier discrepancia con Wáshington se asume como manifestación de locura cargada de populismo izquierdista. Ni que decir de los deslices de Lugo cuando vestía casulla o era obispo católico.

Y si Ollanta Humala o Keiko Fujimori aparecen con posibilidades presidenciales en las encuestas en el Perú, Mario Vargas Llosa, desde una postura totalmente democrática, se permite decir que es elegir entre el sida y el cáncer.

Sin embargo Álvaro Uribe no enfrenta cuestionamientos por su aspiración de ir a un tercer mandato presidencial, pese a que la Constitución Política de Colombia se lo impide. Reformará la Carta Magna y punto.

Todos son presidentes democráticos, porque han sido electos democráticamente. Cuando se esgrime tal argumento, no falta la voz condenatoria, de uno u otro lado, que señala el peligro de que la prologada presencia en el poder pueda construir, de hecho, una dictadura. Si ante tal cuestionamiento de peso, se insistiera que así y todo el pueblo les da respaldo, las respuestas son categóricas. Y, curiosamente, coincidentes: los pueblos son manipulados.

Y es en este punto en el que es correcto preguntarse si la democracia virtual que vivimos y se enarbola como meta deseable, es verdaderamente lo que dice ser. Sería necesario recordar que, finalmente, lo propuesto por Lincoln tendría que constituir, al menos, algo de la base sobre la que se sustenta la democracia actual. Habría que hacerle agregados como los que plantea Bobbio, pero éste todavía respeta la participación ciudadana.

Si los ciudadanos sólo ejercen su derecho a participar votando, es poco lo que pueden hacer. No tienen capacidad de elegir a quienes realmente desean como sus representantes. Deben definirse entre alternativas designadas por cúpulas. Carecen de canales de participación y sobre ellos se ejerce una constante presión que obnubila.

Aparte de largas jornadas de trabajo –incluidas en ellas el tiempo de traslación desde y hacia obligaciones laborales–, los medios se encargan de generar tensiones adicionales. La batería contiene inseguridad, violencia, accidentes, pandemias, crisis. Y para paliar tanto desastre, está el deporte, la farándula. Esto último es lo que Peter Sloterdijk llama el fascismo de la entretención.

¿De qué democracia estamos hablando?

* Periodista.

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