Ago 21 2006
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Cultura

RAFAEL BARRET: SOBRE FILÓSOFOS Y SÁTRAPAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Es sorprendente, pero explicable. Pocos, más bien sólo los iniciados en la filosofía latinoamericanista y algunos cuantos estudiosos de la realidad trágica de nuestros países al sur del imperio, saben o han oído hablar de Rafael Barrett. En cambio del sátrapa, Alfredo Stroesnner, el odioso dictador de Paraguay recientemente fallecido y que expolió la tierra de Barrett por casi cuarenta años, cual más, cual menos, supo alguna vez de su tenebroso nombre. Por mi parte debo confesar algo: mis conocimientos acerca de Rafael Barrett, este anarquista español de ascendencia inglesa que se radicó en Paraguay, se limitaban al período de mi juventud en que la fiebre ideológica del siglo pensante, el siglo XX, nos llevó a desmenuzar toda fuente en la que se afincó alguna de las muchas raíces del movimiento revolucionario de aquellos años.

El estudio del anarquismo, seguido hasta sus vertientes proudhonianas y bakunistas que nos permitían desentrañar la derivación hacia el socialismo marxista del movimiento obrero mundial, me hizo hurgar en experiencias más allá de las fronteras chilenas que me llevaron a dar, insisto que someramente, con este particular anarquista por adopción que fue Rafael Barrett. Su enorme importancia, sobre todo ahora que cobra más vigencia ante el dramático derrumbe del socialismo científico, era, ya en ese entonces, fácilmente perceptible con sólo asomarse al prolífero pozo de sus escritos.

No retorné a su obra hasta que hace años atrás, en una noche caraqueña, conocí a los hermanos Barrett, Rafael y Fernando, que llegaron hasta nuestra mesa en una tasca de Chacaíto, donde en compañía de mi padre y de José Vicente Rangel, hoy vicepresidente del Gobierno Bolivariano que dirige Hugo Chávez, íbamos descabezando sátrapas a medida que avanzaba la noche y disminuía el ron.

Una dinastía del pensamiento y de la sangre

Conocer a los Barrett, nietos del viejo Rafael, ha sido una de las pocas joyas auténticas que me ha regalado la vida entre tanto oropel de amistades efímeras.

Casi todos los Barrett, bellas mujeres como Carmen e Ilicha, más Pachi, un capitán del ejército paraguayo que debió huir al ser descubierto complotando contra el sátrapa, además de Rafael y Fernando, estaban exiliados, como nosotros, bajo el alero cálido de Venezuela, en ese momento la única democracia estable de la América del Sur teñida de pardo y de sangre desde el verde Amazonas hasta el mismo Cabo de Hornos.

Todos ellos estaban signados por la sombra colosal del ilustre abuelo a quien no conocieron pues murió precozmente a los 35 años. Dejó tras de sí una intensa actividad intelectual y práctica quedando como testigos su obra filosófica y las vicisitudes azarosas que jalonan su biografía. Rafael Barrett nació en España, la que abandonó tempranamente como consecuencia de un affaire rocambolesco en el cual desafió a duelo a un burgués emergente –era la España de 1900, inicios del siglo XX– quien, para evitar el lance, acusó a Barrett de homosexual, “gay” para usar un término más en boga, y por lo tanto indigno de dirimir el asunto en el campo del honor.

Rafael Barrett limpió su honra poco más tarde apaleando con un garrote públicamente al duque de Arión, que, en su calidad de presidente del Tribunal de Honor que debía arbitrar el duelo, acogió las calumnias del verdadero maricón, el abogado José María Azopardo que eludió de esta manera el reto. Sin embargo la sociedad madrileña, donde ya se confabula la claudicación burguesa ante los nobles que manejaban el estatus social, marginó a Barrett obligándolo a abandonar su país para emigrar a América.

Gran favor, naturalmente involuntario, nos hace el orgullo semifeudal de Madrid al expulsar a Barrett hacia este patio trasero del mundo que es América Latina. En 1903 se embarca rumbo a su primer derrotero que es Buenos Aires donde comienza a definir su vocación de periodista (derivará a la filosofía más tarde). Tras una breve, pero fecunda estadía en la capital argentina, donde se destaca por la agudeza de sus artículos, el diario El Tiempo lo envía a Asunción para reportear la sublevación de los liberales paraguayos, que lo cautivan con sus ideas de avanzada, quedándose definitivamente en ese país.

Los pocos años que le quedan de vida los dedicará prolíferamente a estructurar sus ideas revolucionarias, tanto desde el punto de vista ideológico como práctico, que lo acercan al anarquismo al que adhiere dos años antes de su muerte, acaecida en Arcachón, Francia, en 1910.

La vida concreta de Rafael Barrett, aun sin considerar su valioso aporte filosófico, fue una sola y gran aventura. Vivió entre duelos frustrados apaleando rivales también en Buenos Aires, desterrado o confinado en prisiones del Matto Grosso cuando no lograba esquivar el cuerpo a las persecuciones oligarcas que lo obligaban a vivir clandestino entre Uruguay, Argentina y Paraguay. Toda esta intensa vida transcurre en menos de siete años, hasta que lo atrapa la tuberculosis que lo derrota finalmente en diciembre de 1910. De su matrimonio con Francisca López Maíz, una mestiza guaraní, nace su único hijo que será la línea directa a los hermanos Barrett encontrados en Caracas en uno de los periplos de mi propio exilio.

Un anárquico de la filosofía

Más que un filósofo del anarquismo Rafael Barrett fue eso: un anárquico de la filosofía. Es por lo tanto difícil para un profano intentar clasificar su obra en una escuela filosófica precisa. Su propia vida fue un devenir dialéctico en el que la síntesis inamovible, contradictoriamente metafísica de su pensamiento, fue la de revolucionario que no claudicó jamás. Genial escritor de artículos que poblaron importantes diarios de la cuenca del Plata a principios del siglo XX, que “enseñara a escribir a los escritores paraguayos de hoy” según Augusto Roa Bastos, Rafael Barrett va elaborando en ellos un concepto de la Naturaleza como estructura biológica y de los hombres como entes sociales que marcan dos de los aspectos más importantes de su pensamiento.

Es, en primer lugar, un ecologista adelantado que lo acerca mucho a las posiciones evolucionistas de Spencer al adherir a una idea de la permanente evolución del hombre hacia una perfección influenciado por el ambiente. El cuidado de este medio adquiere, entonces, doble importancia porque su alteración ejercerá un papel perjudicial en el proceso evolutivo de la especie humana. La destrucción de la naturaleza, ese factor que Darwin ubica como fundamental en la evolución física y mental del hombre como ente biológico, es provocada por un progreso técnico que tiene como único objetivo la ganancia usurera del dinero, lo que sirve a Barrett como enlace con el otro pilar de su filosofía: los conflictos sociales de los individuos.

En este aspecto el pensamiento de Barrett tiene, sin duda, una alta influencia de Owen y, más aun, de Fourier en cuanto a la idea del utopismo de alcanzar la sociedad ideal, libre de la coerción del estado, que era la base ideológica por excelencia del anarquismo y del cual, con un pretendido rigor científico, el marxismo leninismo cuestiona como objetivo inmediato no sin un dejo de soberbia.

A propósito del utopismo, y a modo de paréntesis, cabe aquí una consideración interesante a la luz de los resultados que obtuvo la aplicación del modelo socialista en un grupo de naciones que abarcaron en un momento casi la mitad del planeta: ¿no será también nuestro proyecto marxista de “socialismo real” sólo una variante de la utópica sociedad ideal concebida por Moro? El desplome de los países comunistas, que no sucumben por el ataque militar y económico del capitalismo, como le ocurriera a la Alemania nazi, sino carcomidos por dentro por el cáncer metastático de la condición humana, ¿no es acaso el mismo destino, proyectado obviamente a gran escala, de la comunidad de New Armony creada por Owen en 1825 como un intento práctico del utopismo y que fuera criticado como una sociedad que sólo el socialismo marxista podía crear?

La búsqueda del bien: una constante evolución

Pero volvamos a Rafael Barrett y su pensamiento filosófico. Es, como dijimos, un ecologista adelantado influenciado, así como Herbert Spencer lo fue por Lamarck, por la teoría evolucionista de Darwin cuyos trabajos vienen de popularizarse un par de décadas antes. Como buen pensador social, no comparte, sin embargo, la explicación malthusiana para la crisis mundial, y que sirviera a Darwin para su Teoría de la Selección Natural aplicada a la biología.

Para Barret es el progreso tecnológico el que destruye y malea el medio ambiente, que a su vez va condicionando la evolución humana. “Hemos roto el dique que nos aprisionaba y nos protegía. Acaso en vez de liberarnos, hemos liberado el negro oleaje de las cosas, y por la estrecha puerta de nuestras máquinas el caos entrará y nos estrangulará”. La verdad contenida en esta frase del pensador paraguayo, presente en muchos de sus trabajos, está hoy fuera de todo cuestionamiento. Pocos años después Charles Chaplin plasma la idea en una ácida crítica al taylorismo en su genial película Tiempos Modernos.

Sin embargo, es su concepto del ser humano, la búsqueda de Barrett de una explicación del por qué el hombre destruye a la naturaleza, y por lo tanto la posibilidad de enmendar su propia evolución, lo que conmueve en su pensamiento y lo que lo hace cobrar plena vigencia en nuestros días. La destrucción del medio por el modernismo tecnológico y el sojuzgamiento de los hombres por una sociedad corrupta y explotadora, provienen del alma del ser humano que es para Barrett intrínsecamente perversa, cruel, egoísta, estructurada biológicamente así.

Su nihilismo lo lleva a concebir la idea de la sociedad ideal, la idea del “bien”, como algo que pertenece sólo al futuro, que es, por lo demás, una categoría inalcanzable. El mal que domina el presente del hombre, y también su pasado, sólo sirve para delinear ese bien del futuro, para hacerlo conciencia, pero al cual no se puede llegar porque si ello ocurriera, se convertiría en presente siendo entonces maleado y pervertido por el hombre.

Extraña conclusión, pero no por eso menos apasionante. Lo sorprendente es, empero, la visión positivista –que no es, obviamente, la de Compte– que Barrett extrae de su propia visión negra de la sociedad del presente: esa sociedad ideal, la del bien, la del futuro, es ciertamente inalcanzable, pero al concebirla el hombre se mueve a luchar por ella, se estimula en el propio mal que encierra el presente para intentar alcanzar el bien que encierra el futuro. En palabras de Barrett, lo lleva a “construir el edificio levantado por el mal para que el bien lo habite”.

El pensamiento de Rafael Barrett, al calor del devenir histórico de los últimos años con el derrumbe del socialismo real, adquiere, insisto, una inquietante vigencia que es bueno, para legos y profanos, considerar.

En otro artículo de mi autoría, publicado también en esta revista, aventuraba yo una teoría respecto al concepto futurista que contiene la idea marxista de la sociedad, una sociedad ideal para un hombre ideal que la práctica sigue demostrando como inexistente. Mi crítica apuntaba –y no es mi intención reproducir el artículo ya que se puede leer aquí– a que en vez de adaptar la ideología al hombre actual para que en ella entrara con todas sus virtudes, pero también con todos sus defectos, se le constriñó a una entelequia plagada de moralismos, dogmas y absurdos donde el principal ejemplo de esa tergiversación del marxismo fue la corrupción de los propios dirigentes que sepultaron de esta forma una gran esperanza de la Humanidad. ¿Es que acaso esté presente el mal del que nos habla Rafael Barrett, y la persecución de la sociedad comunista es aquel futuro inalcanzable por el cual continuamos luchando?

“El que no puedas llegar es lo que te hace grande”

Este pensamiento de Goethe retrata quizás la parte optimista de la filosofía de Barrett. Es cierto que él desconfía del alma humana. Declara la perversidad del hombre, demostrada desde niño, como inexpugnable a la influencia evolucionista del medio. Al nacer con ella, el individuo extrapola esta maldad creando sociedades perversas, maleadas desde sus cimientos. Pero paradojalmente es un optimista del futuro al que vislumbra como el único portador del bien, aunque insista en señalar la imposibilidad de alcanzar ese futuro ideal.

Reivindica, sin embargo, la lucha por construir ese futuro, como un bastión inherente también al alma humana, sobre todo en la lucha social. Ese podría ser el resumen muy somero del pensamiento de este filósofo nuestro. ¿Está usted de acuerdo, querido lector? Quizás no, pero es un gran asunto para discutirlo, y sobre todo para redescubrir al insigne paraguayo.

La muerte de una sabandija como lo fue Stroesnner, el dictador paraguayo, no merece ni siquiera el obituario del más indigno de los pasquines. En cambio nos ha servido para reflexionar sobre la obra de Rafael Barrett, un paraguayo por adopción, sucintamente delineadoa en este artículo. También en otros tiempos nos sirvió a nosotros con sus nietos Fernando y Rafael Barrett –todos ellos comunistas con el favor de mi Dios– como dijera Violeta, como un tema que nos acompañó en largas y apasionadas discusiones bajo la noche cálida de Caracas la Bella y junto al suave ronroneo del Cacique y el Pampero.

Llegamos a muchas conclusiones o quizás a ninguna. Pero nos separamos, eso sí, con una sola idea inclaudicable rescatada del pensamiento del abuelo Barrett: como nos pide Volodia Teitelboim al terminar sus memorias, vamos a permanecer “fieles al sueño de los sueños”. Seguiremos siendo tan realistas como entonces y, como en el mayo francés, continuaremos luchando por lo imposible. No nos rendiremos jamás.

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* Científico y escritor.

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