Jul 10 2007
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Economía

Rafael Luis Gumucio Rivas: – DE REVOLUCIONARIOS A SACRISTANES DE EMPRESAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El historiador Rafael Luis Gumucio Rivas (1941) es el cuarto integrante de una dinastía que ya tiene de heredero al escritor Rafael Gumucio en España. De abuelo demócrata cristiano y de padre comunista, nuestro entrevistado vivió su exilio desde 1974 en Francia, Colombia y Mozambique como profesor universitario.

Es autor de La nueva estrategia frente al poder (1973), El desafío democrático (1988); El desafío de la soberanía popular (1988), Del profesor Lagos a la chica de rojo Bachelet (2006).

Correo del Sur presenta una voz lúcida en un diálogo imprescindible para comprender los rastros y rostros de la historiografía política chilena contemporánea.

–El 17 de junio de 1947 Neruda rindió un homenaje en el Senado a su abuelo Rafael Gumucio Vergara ¿Por él usted se dedicó al análisis político?

–Creo que desde el útero materno comencé a escuchar hablar de política, pues mi abuelo materno, Manuel Rivas Vicuña, fue ministro y uno de los más hábiles políticos de la república parlamentaria; mi abuelo paterno Gumucio
Vergara, fue uno de los principales líderes conservadores, diputado, presidente de la Cámara y senador; sólo le interesaba el catolicismo, con libertad de enseñanza incluida y la defensa de las libertades públicas.

Mi abuelo fue odiado por sus antiguos amigos, beatos especuladores de la Bolsa, sobretodo, porque hizo posible el apoyo de la iglesia católica al triunfo de Pedro Aguirre Cerda, cuando los curas y monjas andaban escondidos por miedo a los “rojos” del Frente Popular. Mi padre, Rafael Agustín, evolucionó desde la Falange al cristianismo revolucionario, inspirado en la teología de la liberación.

–¿Cómo eran las tertulias literarias en Chile antes del golpe de 1973?

– Durante la Unidad Popular se publicaban ediciones de millones de ejemplares que eran leídos, incluso, por los obreros; lo mismo ocurría con el teatro y conciertos que llegaban a las masas. Hoy, la cultura es dirigida
por una actriz, (que representó a mi tía abuela, Santa Teresita de los Andes); la ministra tiene tanta plata para la cultura, como limitada es esta actividad; se reparten premios por doquier a pésimos autores, operadores de los partidos de gobierno.

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¿Usted cree que pueden surgir, en este marasmo, autores hijos de la clase popular, como lo fueron Neruda y Gabriela Mistral? o ¿aristócratas rebeldes como Joaquín Edwards Bello y Vicente Huidobro?

–Y ¿Cómo era el debate político de entonces?

–En ese tiempo se discutía sobre proyectos de sociedad, teníamos ideas y sueños despiertos. Los parlamentarios, tan atacados y criticados como hoy, eran capaces de pronunciar discursos más o menos coherentes; entre los
“fachos” y los socialistas había un abismo; hoy todos están mezclados y piensan más o menos lo mismo, pues están bajo las alas del neoliberalismo, unos más humanistas que otros. Los parlamentarios de hoy sólo les
interesa correr en auto, en autopistas y discutir estupideces con chóferes y con operadores políticos.

Para mí, la Unidad Popular fue una gran epopeya política que, desgraciadamente, terminó en una tragedia colectiva. En esos tiempos me metí a concho en la política partidista, tanto que descuidaba mis labores docentes; creíamos que estábamos tocando el cielo con las manos. No había, al menos notoriamente, la asquerosa mezcla entre la política y los negocios; si a algún compañero se le hubiera ocurrido aceptar ser parte del directorio bursátil, hubiera sido expulsado a patadas.

No sé en qué momento los revolucionarios de antaño se convirtieron en sacristanes de las empresas. En los partidos políticos se militaba de verdad y no eran agencias de empleo.

–¿Acostumbra hojear El Mercurio y La Tercera? ¿Qué siente al leer el cinismo de la UDI o RN?

–Digámoslo claramente: en Chile no hay libertad de prensa; como en educación, previsión, salud y vivienda, sólo hay libertad de empresa.

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Debo confesar que no sólo leo, sino también analizo estos diarios de línea editorial reaccionaria; es que como historiador me interesa estudiar el pensamiento de la derecha política, para combatirla con argumentos.
Además leo, las Encíclicas papales, los documentos de los Legionarios de Cristo y otras yerbas, pues son básicas para viajar en el estiércol de la derecha más cínica e incapaz de América Latina. Incluso, de ella se rió el francés
Le Penn, cuando vino a Chile.

Considere usted que la derecha chilena no ha ganado una elección después de 1958, y se me aprieta, desde 1938. Es cierto que siempre, como los rinocerontes, los izquierdistas se convierten en derechistas una vez que huelen el dinero. Los RN y la UDI, lacayos de Pinochet, me producen sentimientos de rabia y risa: sus personajes son
perfectos para usar el sarcasmo y la diatriba.

–Por su edad usted prácticamente conoce a toda la clase política chilena, ¿se considera en ventaja con los jóvenes columnistas de la prensa escrita?

RG.- Más bien diría que los políticos de antaño eran de “mi familia”, en el buen sentido de la palabra. A los de ahora los conozco poco, pues no he vuelto a la Cámara de Diputados, ni al Senado, ese palacio de Aída; la
verdad es que lo que hago en cada una de mis columnas es contrastar el pasado con el presente, pues el oficio del historiador consiste en comparar y asociar pasado-presente; en este plano, los columnistas jóvenes me aventajan notablemente, pues entrevistan, directamente a los presuntuosos políticos de hoy.

Le confieso que a mí me dan lata las pocas veces que los veo en la casa de mi cuñado y sobrino, respectivamente, Carlos Ominami y Marco Enríquez-Ominami, e intento lo más posible, pues los temas de conversación son tan superfluos como los de la farándula. Claro que hay columnistas inteligentes y preparados, como es el caso de Carlos Peña, que escribe en El Mercurio semanalmente, y de algunos otros.

Como usted puede ver, a veces en un diario reaccionario puede aparecer una perla de cierta calidad intelectual; así ocurrió con Genaro Prieto, que escribía en el conservador Diario Ilustrado, dirigido por mi abuelo; hay otros, como los panelistas del programa Tolerancia Cero, que sólo repiten la línea de su amo editorial Sebastián Piñera.

A los jóvenes, que se hacen llamar analistas políticos, como es el caso de Ascanio Caballo o de Patricio Navia a veces los leo con cierta socrática ironía.

–o ¿la desventaja para los jóvenes radica en que la actual prensa escrita impone autocensuras?

–No creo que haya autocensura, sino que nuestros columnistas terminan, de tanto jugar al golf con sus jefes, pensando lo mismo que ellos; todos los periódicos de papel, salvo Punto Final, tienen una línea editorial de
derecha y sólo publican lo que el director acepta.

Yo trabajé, por dos años, en un diario de derecha, Las Últimas Noticias, y me pagaron correctamente, hasta que dije algunas brutalidades, es decir, decir lo que pienso de política contingente, y me regalaron un bello “sobre azul”. Lo que ocurre con los diarios chilenos: puede haber un columnista izquierdista, muy bien amaestrado que, “mientras musique, pero no pique”, se mantiene.

–Sus textos los difunde por internet en Clarín.cl y algunos en la edición impresa de Punto Final ¿por qué le apuesta al ciberespacio? ¿Se trata de ser solidario con el diario El Clarín de Chile? ¿o en internet encontró una nueva forma de expresar sus inquietudes?

–Me siento plenamente solidario con la lucha de Clarín por la libertad de prensa; me parece repugnante la forma en que el Estado de Chile atenta contra la libertad de expresión, sin que los organismos internacionales lo
condenen. El ciberespacio es una forma de expresión más libre y espontánea. Mi amigo Paul Walder siempre ha aceptado mis estulticias sin la menor censura. Tengo una gran simpatía y coincidencia política con ese gran
revolucionario, consecuente y caballero que es Manuel Cabieses quien, gentilmente, a veces publica mis artículos en Punto Final.

–Comencé preguntándole por Neruda y quiero finalizar nuestra conversación así… ¿Qué representó Neruda en la Unidad Popular?

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–Neruda y Allende son los dos gigantes de la izquierda chilena: la poesía y la política hermanadas. Ambos terminaron su vida cuando vino la noche negra del catolicismo neoliberal más brutal, cobarde, desleal, ladrón y asesino de los conocidos en América Latina.

En esos tiempos yo era militante del Mapu, cuando era un partido pobre, pero honrado; recuerdo que la directiva de ese partido quiso votar por Neruda como candidato a Presidente de la República; los comunistas, muy amablemente, le dijeron que agradecían el gesto patriótico, pero ellos preferían un sexto candidato, en ese tiempo, mi padre Rafael Agustín Gumucio, o al socialista Salvador Allende.

–¿Seguramente ha escuchado hablar de Ricardo Claro? ¿Sabe que una empresa de él se invierten 2.3 millones de USD de los derechos de autor de Neruda? ¿Firmaría una carta abierta para cuestionar la pinochetista
inversión de la Fundación Neruda?

–Firmo la carta, de inmediato, y con mucho gusto. No me extraña que un fascista de tomo y lomo se quiera apropiar del legado de nuestro gran poeta y político revolucionario. Piense usted que los Legionarios de Cristo
presidieron el acto de canonización del padre Hurtado, en El Vaticano, y que muy luego el logo de la General Motors podría ser el Che Guevara.

Siempre el vicio se mezcla con la virtud y a eso lo llaman hipocresía.

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* Periodista..

Publicado originalmente en Correo del Sur, del diario mexicano La jornada Morelos. Se transcribe aquí por gentileza del autor.

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