Feb 12 2008
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Opinión

RUSIA REGRESA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El plan maestro de Pedro el Grande

El punto de vista liberal aceptado, el que domina la prensa mundial, distorsiona la realidad como si se tratase de una casa de los espejos. Esta distorsión impide comprender el papel que le toca actuar a Rusia en el mundo, así como la función determinante de los períodos cruciales de su historia cuando Rusia modificó su forma y sus fronteras.

La decisión de Pedro I, en particular, de construir la nueva capital rusa en sus costas del mar Báltico se interpreta rutinariamente, y no sólo en periódicos sino inclusive en todas las monografías históricas modernas, como la encomiable decisión rusa de volver los ojos a los valores del libre mercado de occidente en oposición a la autocracia asiática.

Todo visitante de San Petersburgo puede comprender que tan primitiva es esta interpretación. El principio de la planeación de la ciudad no tiene nada que ver con el pernicioso elemento del libre mercado. San Petersburgo es una ciudad que se construyó de acuerdo con la firme expresión de la voluntad del Estado.

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Es cierto que Pedro I estaba decidido a estrechar las relaciones de Rusia con Europa. No obstante, lo que le fascinaba de Europa no eran los milagros del libre mercado sino el enorme potencial científico, técnico y cultural del continente, que para él era determinante para desarrollar el propio potencial ruso todavía sin utilizar y elevar el país a una posición que le permitiera cumplir su propia misión en el mundo.

Es todavía más significativo que las mentes y los talentos más grandes de Europa de aquellos días entendiesen a la perfección y se allegasen con entusiasmo a esta intención. Muchos de ellos no sólo pasaron años en Rusia sino que se unieron a esta nación, se casaron con rusas, adquirieron la ciudadanía rusa y se convirtieron en parte integral de la ciencia y la cultura rusas. En el listado de ciudadanos de San Petersburgo se incluye al matemático Leonard Euler y al empresario industrial Alexander von Stiglitz, en tanto que el igualmente famoso arqueólogo Heinrich Schliemann dejó la ciudad tan sólo porque una dama griega, la que sería su segunda mujer, lo había encantado.

El mismo punto de vista primitivo predominante sobre las relaciones de Rusia y Occidente han conducido a un equívoco en su interpretación del “equipo de San Petersburgo” y de los dirigentes de Rusia en particular. El error en el “equipo de San Petersburgo” se debe al supuesto de que San Petersburgo, en su papel de la ciudad más occidental de Rusia, es muy apropiada para emplear la ventana de Rusia a Europa, como Pedro I explica en el Jinete de Bronce de Pushkin, a manera de agujero para fomentar una nueva tradición para destruir la vieja, según el modelo de la primavera de 1917.

Hoy ya no es un secreto que el esfuerzo político de 1990-91 no fue más exitoso que el que se llevó a cabo en 1917, y que el “equipo de San Petersburgo” no va a actuar el mismo papel que el desventurado Gobierno Provisional, que la nueva institución política, originada en esta ciudad, no va a facilitar la disolución de Rusia en un nuevo orden mundial multipolar.

Con la materialización de sus planes de acceso a Europa a través del mar Báltico, Pedro el Grande confiaba en un pueblo que tenía una experiencia histórica muy específica. Ese pueblo, que había sufrido durante siglos el ataque de múltiples adversarios superiores a él, era sorprendentemente reducido en comparación con el enorme territorio que poblaba –lo que significa que para conservar la nación a salvo tenían que mantenerse en un régimen de movilización permanente–. Lo que Pedro quiso hacer fue multiplicar este potencial con los logros científicos de Europa Occidental.

No debe sorprender por ello que la división de la historia de Rusia en la “era pre Pedro” y en el período siguiente sea típica para estudios de economía. En los tiempos anteriores a Pedro, los rusos sólo podían hacer sugerencias de los tesoros minerales que guardaban sus territorios, pero no hablar del valor de esos recursos cuando se refinasen; en tanto, la distancia entre sus tierras y el mar se tenía que recorrer de la cuenca de un río a la otra en botes arrastrados desde la orilla a fuerza viva; esta experiencia está grabada en nombres de pueblos antiguos como Volkolamsk y Vichny Volochok (del verbo “volochit”, arrastrar).

La era de Pedro el Grande vió nacer un término ruso para canales de compuertas, “schluz”, en el que se reconoce con facilidad la palabra alemana que designa esclusa. Otras palabras alemanas, introducidas a principios del siglo XVIII, comprenden la totalidad del glosario de la industria minera –el término central, “chajta,” del alemán Schacht se empleó posteriormente en el vocabularios de defensa estratégica para designar un silo.

Las fortaleza rusas más poderosas, entre ellas Brest y Sebastopol, las diseñaron ingenieros alemanes; entre los nombres más gloriosos de la Armada Rusa aparecen los de Littke y Krunsenstern; las mejores clínicas de San Petersburgo tienen por nombre todavía hoy los de los médicos del siglo XIX Erismann, Ott y Rauchfuss.

La herencia enorme dejada por los alemanes en las esferas más modernas de la industria, de la cultura y de los servicios públicos de salubridad deja ver por qué las dos naciones, a pesar de la inmensa catástrofe de las terribles guerras en las que chocaron el siglo pasado, buscan de manera tan natural una nueva comprensión y cooperación. Los adversarios permanentes y más insidiosos de ambas naciones han calculado mal que el intelecto alemán es complementario de la mente rusa –por lo menos desde los tiempos de la amistad del Zar Pedro con el ingeniero Franz Lefort, a quien Pedro no se dirigía por su nombre, sino sencillamente por mein Herz.

La civilización de la fusión

Así pues ¿Qué era lo que atraía de Rusia a los europeos? Definitivamente no eran sólo las oportunidades de negocios, pues la fascinación humana por tierras distantes surge por diferentes motivos. Les atraía la combinación de los paisajes con la tradición, las creencias, la osadía científica y la voluntad del Estado creador que se define como civilización. El mero hecho de que algunas de las mejores mentes europeas se involucrasen en la transformación de Rusia –no sólo inversionistas y asesores temporales, sino pensadores creadores, ingenieros, inventores y naturalistas que se establecieron aquí para siempre– es la mejor prueba de la existencia de una civilización rusa peculiar.

En esta peculiar civilización las funciones sociales no coincidían con las de occidente. ¿Por qué decimos en Rusia que un poeta es “más que un poeta? Es muy común que un poeta ruso no se dedique a ironizar o a criticar al poder estatal, sino que colabore y lo aconseje. Al preguntarse por qué la imagen de Pedro I era tan fuerte para Alejandro Pushkin, véase la plaza donde Pushkin estudió y luego vivió con su familia: Tsarskoye Selo. El suburbio de San Petersburgo que no existiría sin Pedro, el lugar entonces famoso por sus palacios reales, a la vez que sede de la Escuela Real de Ingeniería Militar.

El país donde se reclutaba a un aldeano por catorce años para servir en el ejército era también la tierra donde un noble tenía que ser un oficial de ese ejército. Entre los estudiantes de la escuela de Tsarskoye Selo se encontraban el filósofo Chaadayev y el poeta Lermontov. La zona de la ciudad donde se abrió la escuela y donde existe todavía hoy fue conocida durante el régimen soviético con el nombre de Sophia, por la renovada catedral que construyeron los jóvenes oficiales.

Las mentes que crecieron en esta plaza pudieron criticar con amargura la realidad de su tiempo, pero ninguna de ellas atacaría a su nación; el patriotismo era tan natural como respirar.

En esta civilización, la policía del estado solía coexistir en paz con los poetas y la fe con la ingeniería militar en una causa común, la de unificar al zar con el poeta, al científico con el sacerdote, que siendo un requisito fundamental para la supervivencia, era a su vez el impulso que se necesitaba para la osadía.

Por las peculiaridades descritas arriba, así como por el mapa geográfico, es claro que uno de los rasgos característicos de la civilización rusa era la expansión. Sin embargo, la expansión por tierras y mares tiene límites relacionados con la educación universal y la fe cristiana. Por ello, alrededor de 1870, cuando ningún ingeniero se podía imaginar a un hombre que se elevara por encima de la tierra, los filósofos rusos –de la escuela llamada Cosmista– introdujeron la idea del viaje espacial por las mentes humanas.

Nikolay F. Fyodorov, el fundador de esta escuela, no sólo soñaba con otros mundos; predijo que el hombre, al colonizar esos mundos, los utilizaría como thesauri de la memoria humana, elevando así la capacidad de reestablecer las imágenes de los nietos del planeta desde su pasado. Lo que profetizó no era tan sólo el progreso técnico sino el creciente poder humano de conectar el pasado y el futuro, así como los polos culturales de Occidente y Oriente. El filósofo pasó años en la atrasada Asia Central; su libro Filosofía de la causa común se publico por primera vez en Vernyi, la actual Almaty.

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Siguiendo el curso natural de la civilización rusa, el más devoto alumno de Fyodorov se convirtió en la persona cuyo nombre es honrado por todo estudioso del espacio: Konstantin Tsiolkovsky, el inventor del primer proyectil ruso, el fundador de una nueva ciencia luego perfeccionada por Friedrich Zander, otro gran germano ruso, y posteriormente por Sergey Korolev. Su entrega científica fue coronada en 1961 con el primer vuelo espacial tripulado por un hombre; el apellido del cosmonauta, Gagarin, coincide casi místicamente con el nombre verdadero del filósofo Nikolay Fyodorov, que era hijo ilegítimo del conde Peter Gagarin.

Apenas en 1997 conocí otra coincidencia mística, cuando tuve la dicha de asistir a la primera conferencia conjunta organizada por el clero ruso y los científicos atómicos rusos. Se trata de un descubrimiento para comprender que la ubicación del centro superior soviético de investigación atómica en la antigua ciudad de Sarov, en la región de Nichny Novgorod, formaba las mentes de los científicos y les permitía no sólo superar las eras de la historia sino también la brecha astronómica entre fe y ciencia. Uno de los conferencistas, representante del Centro de Investigaciones Atómicas, confesó que durante décadas se había sentido fascinado por la similitud de la silueta de un proyectil con la del campanario del Monasterio de Sarov.

Una década más tarde, el 9 de septiembre de 2007, los científicos rusos celebraron el jubileo del programa atómico soviético en la catedral de Cristo Salvador, científicos y clérigos compartieron el espíritu de una gran causa, la elevación del hombre sobre la vida mundana. Desde ese día, el gran devoto ruso, el Reverentísimo Seraphim de Sarov es el protector de los físicos atómicos rusos.

El cementerio de San Petersburgo, donde está enterrado el padre de Vladimir Putin, lleva también el nombre de San Serfín de Sarov. Esta es una coincidencia a todas luces. Sin embargo, todo milagro de la historia humana, como el milagro del nacimiento de una nueva especie en la naturaleza, es un acontecimiento producto del azar que da origen a una nueva calidad, una fusión de orígenes; la dirección de los padres nos lleva a la historia de la familia que no es posible reescribir como los rasgos pasados de una civilización en particular.

La armonía de la fe y el progreso científico, manifiesto en la ceremonia del Cristo Salvador, fue una gran inspiración para los científicos rusos y un día negro para los que odian a la civilización rusa –y a todo el genero humano por igual–; esta armonía fue como obligarlos a tragarse un gato. Los nombres de los periodistas que condenaron este acontecimiento, en oración a un dios pagano para impedir el progreso, con el uso de imágenes animales son una galería de retratos de los que odian la civilización, el Cristianismo y, naturalmente, a Rusia.

En su Filosofía de la causa común Nikolay Fyodorov advierte la llegada de los adversarios de la fusión de fe y de la ciencia, de los que pondrían en oposición los dos propelentes del ascenso humano, para arruinar a ambos.

Eso mismo predijo San Serafín de Sarov; para proteger a los rusos de esta invasión, cavó el famoso canal de Diveyevo, el cual no puede cruzar el anticristo. Exactamente en esta tierra, de donde el ciudadano Minin y el conde Pocharsky comenzaron su marcha hacia la ciudad ocupada de Moscú, la profecía del santo se hizo cierta: el conducto entre el hombre y el espacio es el escudo que protege a los rusos no sólo de los invasores militares, sino también de los asaltantes espirituales.

Desde el punto de vista de Nikolay Fyodorevo, la fuente y el centro de este adversario de Rusia era Inglaterra, “que se empeña en utilizar a las demás naciones como esclavos para la explotación de materias primas con las que Inglaterra producirá bienes manufacturados para venderlos a los mismos pueblos que generaron y extrajeron el producto.” Con esto, la idea de que Rusia debe servir de humilde proveedor de materias primas para las criaturas superiores, su función colonial, no es nueva.

Las fuerzas del mal en la descripción de Fyodorov tienen rasgos discernibles y perfectamente reconocibles: fascinación por el lujo, desprecio por los pobres y por la clase productora de sus propias naciones; “La atracción pagana por la fabricación de lujos y el deseo incontenible de jugar con esos juguetes”; la imposición de la libertad de comercio con el mismo propósito que la guerra, y desencadenar guerras de verdad en busca de recursos -que “no es sólo economía política, pues para Darwin y sus seguidores la ciencia es tan sólo un instrumento de la guerra, en tanto que la lógica de la historia es la lógica de las guerras por valores abstractos… Esas enseñanzas favorecen tan sólo las diferencias, sólo los rasgos que conducen a la hostilidad; odian hasta los sueños de que en un tiempo el león pacerá con la oveja, y el eslavo se convierta en hermano del germano”.

La máscara del verdadero mal

Esas palabras se escribieron tres décadas antes de que Gran Bretaña se empeñara con todas sus fuerzas en llevar a la guerra a Rusia contra Alemania; cinco décadas antes de que el presidente del Banco de Inglaterra Montagu Norman diera los créditos al régimen nazi; seis décadas antes del discurso de Fulton ante Churchill; diez décadas antes de que Mijail Gorbachov aprendiera las lecciones de la perestroika con Margaret Thatcher, con su consecuente catástrofe nacional.

Quince años después de esta catástrofe, se han quitado las máscaras: los retos más hostiles para Rusia los encabeza Londres; ese mismo Londres se ha convertido en el lugar de residencia favorito de los más vanos y arrogantes amantes del lujo. Y el mismo Londres se convierte en la cuna del nuevo Darwinismo, mezclado con nuevo Maltusianismo. Desde aquí el World Wildlife Fund dirige sus cruzadas para proteger gorilas, insectos y a cualquier ser, menos al hombre; de esa ciudad, carnicerías en el Tercer Mundo, correspondientes al imperativo ideológico bendecido por las Naciones Unidas de reducción de la raza humana; de allí, los indicadores individuales del bióxido de carbono se extienden por todo el mundo, empleando el mismo dogma maltusiano para aplastar el gran deseo del hombre de extender su civilización.

“El ecologismo es igual al nazismo”, escuché decir a un científico de Sarov en la conferencia de 1997 del Monasterio de San Daniel. Esta definición es la señal de la salida de la comunidad científica rusa de la trampa que favoreció Gorbachev de la teoría de la información, el reverso de la moneda maltusiana, el supuesto post-industrial que esencialmente es anti-industrial. El anti-industrialismo, como el anticristo, empleado para ocultarse bajo varios disfraces alegres como la “teoría del desarrollo sustentable” o el “desafío del calentamiento global” -desde los tiempos de Nikolay Fyodorov, en su controversia con Leon Tolstoy, decía con ironía: “Cómo abundan hoy los amantes del ganado.”

Rusia se recupera de esta enfermedad ideológica y esto se prueba con el hecho de que los científicos rusos refutan la “teoría del hoyo de ozono”; se recupera de la impotencia de los movimientos verdes adentrados en la administración pública rusa; se recupera con la voz elevada por Putin a favor de los pueblos más pobres de la Tierra. Inclusive en la películas populares de hoy, la imagen de Rusia en el Tercer Mundo es la imagen del protector y del civilizador que rescata y lleva esperanza a los más débiles, y no el del que los hunde en su salvajismo primigenio –esto establece la diferencia esencial entre los rusos y la definición británica de un imperio.

Todos aquellos que frenéticamente han tratado de eliminar de nuestro léxico la palabra “imperio,” junto con su significado de expansión y colonización ahora son desenmascarados ante el mundo con el suelo ensangrentado de Iraq, donde los logros de la técnica y de la cultura fueron arrasados en aras de los valores abstractos del libre comercio y de la democracia formal.

Remando contra la corriente

“La naturaleza, dado que es gobernada por la mente humana, se habrá de convertir en una expresión de intelecto y de moral, y por los tanto habrá de ser bella,” escribía Nikollay Fyodorov, quien reconocía a los darwinistas, quienes “escogían ejemplos para el género humano de entre el reino animal,” como la peor encarnación de mal mundial. La elevación del género humano por encima de la bestialidad del oscurantismo se relaciona en su mente con la transformación deliberada y planeada de la naturaleza. Este esfuerzo era para él la misión superior del gobernante.

“En su papel de iniciador de un esfuerzo fraternal y paternal, el soberano está obligado a ser el guerrero contra la distancia que divide, que es la principal condición de la hostilidad y la discordia. Está para servir de comandante de las tropas de esta batalla en verdad cristiana, para aplastar la alienación y abrir el camino de las zonas con mucha población hacia las regiones inhabitadas, un éxodo que trae consigo la comunicación íntima del colonizador con la tierra de sus padres, la prueba crucial de este esfuerzo es la construcción del ferrocarril siberiano.”

La batalla contra el salvajismo, calificada por el autor como “regulación de la naturaleza,” es el requisito indispensable para mantener unida la nación, así como para cumplir su misión en el mundo. Su enorme contemporáneo Dimitry Mendeleyev, conocido internacionalmente como un genio de la química, era también un estadista cuya tarea, dada por el emperador Alejandro III, era la de trazar lo que se llaman ahora “corredores de transporte” para el fomento de la industria y de la agricultura, para la producción de bienes manufacturados, para comunicar las regiones remotas de la enorme Rusia con sus regiones centrales, y sólo secundariamente para beneficiar al comercio. Las obras de Mendeleyev sobre los corredores de transporte se reimprimieron para iniciar el programa de industrialización soviético; en una de las introducciones a su libro, el gran científico es presentado no sólo como un “planificador estatal” sino como un “planificador mundial.”

El que los planeadores de una nueva era hayan reconocido a Mendeleyev como filósofo explica mucho sobre la naturaleza del entusiasmo de los rusos por el trabajo, y también en la más terrible de las guerras. Las ideas de Mendeleyev se renovaron de forma natural y se integraron al concepto de industrialización de la Rusia Soviética. Sin embargo, los filósofos de la misma generación, quienes se transformaron en enemigos del estado soviético, no execraron las ideas de progreso de la misma forma que al bolchevismo; conservaron y transfirieron al futuro la interpretación religiosa de progreso.

“La actividad económica sugiere el trabajo creador del hombre sobre la naturaleza; al poseer el poder de la naturaleza, el hombre crea lo que necesita,” escribió el reverendo Sergius Bulgakov. “El mundo artificial nació al lado del mundo natural, y este mundo de nuevas fuerzas y nuevos valores crece de una generación a otra, y abre (…) prospectos sin fronteras para la creación de cultura… La actividad económica es la función de la vida, un fuego divino, que nace por el amor creador.”

Los ortodoxos rusos y los pensadores comunistas rusos, fascinados con la idea del progreso, no estaban divididos. El frente de batalla real no se encontraba entre la libertad y la coerción, ni entre la igualdad material y la desigualdad; esas dicotomías son secundarias. Ese frente del periodo de la historia humana, que ahora se acerca a su final lógico, se encuentra entre el progreso y la degeneración, entre el deseo prometeo de Cielo y el culto aterrado de la Tierra.

La generación de Vernadsky y Bulgakov, Chichevsky y Bogdanov, Zander y Sokorsky nace en los tiempos de Alejandro III, el más firme y asiduo seguidor de Pedro El grande. Hace apenas dos años se colocó la estatua de Alejandro III en la entrada del Palacio de mármol, en el lugar que ocupaba el automóvil blindado de Lenin. Esto sucedió casi al mismo tiempo que la Duma estatal rusa decidió instaurar un nuevo Día nacional; el Día de la unidad rusa, calculado para coincidir con el de la llegada del ejército de voluntarios de Kuzma Minin y Dimitry Pocharsky a Moscú en 1612 para poner fin al Tiempo de los disturbios.

Contrario a la interpretación superficial, este cambio en el calendario no es un desafío a los comunistas o a Varsovia (pues en 1612 fueron polacos los que liberaron Moscú). Es un desafío a las fuerzas del mal que trataron de desacreditar los principios relacionados con el progreso y la soberanía, con el progreso y la capacidad de competir de Rusia. La decisión de instaurar este día festivo trae consigo el reconocimiento no placentero de que la nación, luego de la catástrofe de 1991, quedó en una condición peor que la del desastre de la Primera Guerra Mundial. La tarea de revivir el una vez formidable y diverso potencial industrial es mucho más difícil hoy que lo que fue en 1917 cuando el potencial seguro de la industria del imperio ruso cayó en manos de los bolcheviques. La fecha 4 de noviembre señala que la liberación es posible por medio del progreso, por medio de una soberanía en el sentido más alto, como lo estableció Nikolay Fyodorov.

Este rasgo esencial no lo comprende bien la nación, así como tampoco la esencia de los cambios del gobierno ruso, en el que las funciones estratégicas del manejo de la industria se están separando del Ministerio de Fomento Económico, cuyo pensamiento es liberal, para trasladarlas al Ministerio de Fomento Regional, regido por una dirección nueva y una nueva misión.

A su vez, Victor Zubkov, la persona escogida para desempeñar la función de “Primer ministro de transición,” es más que un viejo amigo del jefe de Estado. Es el primer primer ministro con educación superior en agricultura, y una persona que, en su calidad de vice alcalde y luego director del Departamento de Impuestos, tuvo a su cargo la década pasada el combate de los sabotajes de mafiosos, que se apoderaron del comercio en mayoreo y chantajearon a la segunda ciudad más grande de Rusia con la escasez de alimentos.

En la víspera del cambio de gobierno, la prensa predijo la renuncia del ministro de agroindustria, Alexei Gordeyev. Lejos de eso, Putin expulsó a German Gref, el más entusiasta del ingreso de Rusia al Organismo Mundial de Comercio y de la “retirada del estado de la economía.”

Este cambio es todavía más significativo que la retirada de Rusia del Tratado CFE. Indica que Rusia no se está zafando ni de personas ni de obligaciones particulares. La nación se está zafando de vínculos que infectaron a los marxistas dogmáticos y sin cultura de los años ochentas, que los llevaron a Adam Smith y luego a Malthus; de los vínculos que les impusieron la tentación del libre mercado, que se esperaba que destruyera no el comunismo sino a Rusia –esta tentación fue la eliminación de capitales y trabajo en la mitad del país, la desintegración de la economía interna en mercados regionales más pobres y más ricos y la división de los rusos en tribus regionales que se odian una a otra.

La consolidación de la nación en la presente campaña electoral es un buen ejemplo del fracaso de los esfuerzos del mal; la terminación de la presa que protege a San Petersburgo de las inundaciones es otro.

Con la recuperación de la enfermedad de Smith-Malthus, los rusos regresan a su esencia. En su nueva calidad, como en los tiempos de Pedro el Grande, Rusia necesitará otra vez de la sociedad con Europa, no para pedirles los principios abstractos de la economía global, sino para llevar su misión al continente.

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¿Qué Europa necesitamos?

Las diferencias actuales entre Rusia y Europa no se encuentran ni en la geografía, ni en las tradiciones de conducción económica ni en las creencias. Cuando los MP de la hostil Polonia insistía en que la UE (Unión Europea) estableciera el Día de la vida, y la euroburocracia se opuso, los rusos habríamos escogido el lado de los polacos y no el de la euroburocracia.

La Europa de hoy sufre más la infección del virus de la misantropía del neo-malthusianismo que de la dependencia de los Estados Unidos. Me conmocionó enterarme de una encuesta pública alemana en la que la mayoría de los entrevistados puso en primer lugar su salud, adelante de la instrucción y de la riqueza, y muy lejos del amor y de la familia, que quedaron en los últimos sitios. Esto es más que un prejuicio; es la enfermedad de la civilización. Ese tipo de fobia hipocondríaca, que sujeta la mente con cadenas de misantropía, puede hundir a Europa, inclusive más que a los Estados Unidos, en un tiempo de turbulencia muy oscuro. Pero Europa es demasiado indispensable para nosotros; estamos demasiado obligados con la cultura y el intelecto europeo como para ver con indiferencia cómo degenera por los efectos del discurso maltusiano que se le ha impuesto, que no sólo demuele la cultura de Europa, sino la misma tradición cristiana.

Necesitamos una Europa con la que juntos podamos domar ríos, allanar montañas –podríamos, por ejemplo, comenzar con la extracción de uranio de las minas abandonadas de Alemania oriental–. Tenemos que excavar entre los escombros de las ruinas de la anticivilización para trazar nuestro camino a la armonía clásica de la genuina Europa continental; a la belleza que una vez fascinó a Pedro I; a la cultura en la que las definiciones superiores aparecen de la misma forma que en la lengua rusa. En inglés no existe el equivalente adecuado a Geistlichkeit, Dujovnost, que no contradice a Wirtschaft, Joziaistvo. Wirtschaft no es “economía” de acuerdo a la ley de la selva smith-malthusiana, sino el resultado de la transformación por el progreso regulada, deliberada y resuelta de la naturaleza. Con el regreso a nuestra esencia esperamos lo mismo para la gran cultura de la Europa continental, cuyo renacer le dé un sentido verdadero al término de Eurasia.

En este esfuerzo, Grecia, la cuna de la cultura clásica europea, tendrá la misión de un precioso y robusto puente. Al volver la vista al plan maestro histórico de Pedro el Grande, Nikolay Fyodorov explicaba que la fundación de San Petersburgo fue por la voluntad del zar con el regreso a Constantinopla, el lugar donde se cristianizó Rusia. El esfuerzo espiritual conjunto que se necesita hoy es comparable a este sueño.

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Publicado originalmente en la revista digital rusa www.rpmonitor.ru el 20 de noviembre de 2007. Reproducido en castellano en Reseña Estratégica una publicación del Movimiento de Solidaridad Iberoamericana.

www.msia.org.br.

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