Abr 30 2007
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Cultura

Sara Facio. – ”EL MENSAJE ES FUNDAMENTAL, ASÍ LA IMAGEN PERDURA”

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Su editorial La Azotea ha sido censurada por la derecha española y argentina; el 25 de septiembre de 1973 un editor catalán prohibió las fotografías de Neruda junto a Salvador Allende y dejó la maqueta del libro con espacios en blanco –la viuda de Neruda, Matilde Urrutia se querelló contra la infamia franquista–. El 26 de marzo de 1976, Sara Facio publicó junto a Julio Cortázar Humanario, un texto inédito con fotos de pacientes
psiquiátricos, pero la dictadura de Rafael Videla impidió se vendiera en el país durante “el proceso” que comenzó el 24 de marzo del mismo 1976.

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A ratos Sara Facio (1932) contestaba el teléfono (mientras yo extrañaba a una periodista casi “igualmente” como ella a mí). Café, agua mineral, horas revisando libros y recuerdos (amigos de ella, muertos), saludos que le
enviaban amigos mutuos: Mario Benedetti –hace 30 años que no la ve y todavía le brillan sus ojos en Montevideo cuando la nombra–, Antonio Skármeta –me contó que está feliz y agradecido de que Sara autorizara su foto de
Neruda, Rulfo y un Skármeta gurí, pibe, chamaco, cabrito, según el país, para la portada de su reciente libro–.

Sara Facio, Alberto Díaz “Korda”, Alejandro Stuart y Rodrigo Moya desde cuatro puntos cardinales crearon la fotografía de autor entre la dinámicas del boom de literatura, la Revolución Cubana, las guerrillas ambulantes y la nueva canción latinoamericana (a pesar del exilio) respectivamente.

–¿Hace cuánto que estás profesionalmente en la fotografía?

–Desde 1969, tuve mi primer estudio con Alicia D’Amico durante cinco años, y que estoy con la editorial La Azotea desde 1973; la fundamos junto a María Cristina Orive. Ella nació en Guatemala, por eso mismo la editorial
tiene un perfil latinoamericano.

–Vos sos pionera en crear una editorial exclusivamente fotográfica, ¿qué te hizo pensar que era viable este proyecto?

–Mi gran vocación por la fotografía incluye que la fotografía tiene que estar bien impresa, porque es muy difícil que llegue en profundidad al espectador sin tonos, sin grises; la palabra puede estar impresa en papel de diario más ordinario, siempre la palabra va a tener su nobleza; pero la fotografía como imagen pierde muchísimo, entonces mi ideal era, ofrecer a un público las fotografías bien impresas para que el espectador observara
toda la técnica, el arte y hasta la artesanía que plasma un fotógrafo, más allá del mensaje.

Resumiendo, el mensaje es fundamental porque la técnica sola no conmueve a nadie, así las imágenes perduran. En América Latina era casi desconocidos los libros de fotografías, salvo los destinados al turismo, a un costado histórico de la fotografía, sólo mostraban edificios públicos, nunca eran para mostrar el edificio público desde la mirada de un fotógrafo; era impensable que se hiciera una distorsión del edificio, así como era impensable que se hicieran libros de la gente.

Por eso, tanto en México como acá, había fotógrafos como Álvarez Bravo que tomaban el paisaje y la gente que es la memoria visual de un país; recién en los últimos años de Álvarez Bravo se ve lo magnifico de sus fotos, porque están bien impresas, se contemplaba el mensaje, pero no la calidad artística que tenía. Ahora sí se ve.

–Hablás del mensaje, ¿predispone el contexto sociocultural de la época?

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–Sí, porque dar los mensajes en la década del 70, se contradecía con el poder del momento. En el caso de La Azotea, María Cristina Orive y yo estamos formadas en el campo de la literatura, somos fanáticas de nuestros
escritores, que no eran todavía conocidos como ahora, 30 años después; por ejemplo a García Márquez yo le había tomado fotos estando inédito su libro Cien años de soledad, cuando visitó Argentina para publicar su novela (1967) y yo le tomé las primeras fotos, nadie, nadie lo conocía…

–Creo vos sos la tercer persona que leyó Cien años de soledad (además de Álvaro Mutis y Fernando Vidal Buzzi, director de Sudamericana); imagino que Buzzi te dio la novela inédita para sensibilizarte en la sesión de
fotos; tiempo después (1974), en París, en casa de Julio Cortázar, vos bromeaste con Gabo sobre la posibilidad de una nueva sesión de fotos en Cartagena (o Buenos Aires, da igual), vos decís: ‘Te parece que la hagamos cuando
ganes el Premio Nobel de Literatura” Gabo respondió “Entonces nunca”.

¿Cuál es tu intuición por la que Gabo no quiera regresar a la Argentina?

–Me parece que tiene miedo de enfrentarse a su gloria en la Argentina, y él lo sabe porque estaba fascinado de ir por las calles de Buenos Aires –lo dijo– que las señoras en el bolso de las compras llevaban Rayuela, entonces Gabo estaba encantado por esa cultura que tenía la gente de Buenos Aires; sabía que cuando venía Julio Cortázar y se subía a un taxi el chofer no le cobraba, o porque Julio iba a un café, entraba y la
gente lo aplaudía; lo mismo pasaba con Neruda.

Yo he paseado por las calles de Buenos Aires con Neruda y la gente lo paraba para decirle: ¡Maestro al fin ha
venido a Buenos Aires!, creo que Gabo se aterroriza pensando qué le puede pasar, como a muchos artistas, yo conozco a muchos que no salen de la puerta de su casa porque temen que se los ‘coman’.

–¿Vos te sentís responsable de darle un rostro a la palabra? Te lo pregunto porque cuando pienso en el boom latinoamericano de literatura recuerdo tus fotos.

–No me parece que sea así, yo tengo una gran alegría de poder haber hecho fotos que han quedado como emblemáticas de grandes autores latinoamericanos, me deja como deber cumplido, no creo ser la única, ni
que sea algo que tenga que estar en un pedestal.

–Supongo que la foto de Julio Cortázar en la UNESCO es tu favorita…

–Se hizo favorita ¿viste?, le gusta a todo el mundo, así que no tengo más remedio que aceptarla (nos interrumpe el teléfono)… La foto me gustó, se la envié a Cortázar y de inmediato me dijo que la quería como su foto
oficial y me pareció bárbaro.

fotoLa presenté como nota, trabajaba en el diario La Nación de Buenos Aires, hacía un suplemento cultural los domingos, muy grande rotograbado y yo fui la primera sorprendida –y muchos aquí en la Argentina– de esa nota sobre Julio Cortázar, con la foto en tamaño espectacular como nota de tapa. El suplemento era formato sábana, más grande que ahora, y fue muy impactante, un tipo tan buen mozo; muchas porteñas me dijeron “Me gusta porque es un tipo inteligente, tiene cara de hombre inteligente”, y desde entonces fue la foto emblemática de Cortázar y se presta gráficamente… Yo siempre me fijé las fotos tuvieran un claroscuro especial para que puedan ser impresas bien, aún con mala calidad de gráficos.

Entonces esa foto, como muchas otras mías, por ejemplo las de Neruda y Jorge Luis Borges, resisten una mala impresión, eso porque yo lo busco, nunca trabajo con películas finas, que se aprecie demasiado el claroscuro desde el gris más bajo hasta el negro más puro, sino siempre me ha gustado una técnica con un poco más de contraste, eso hace que la foto resista una impresión mediocre.

–¿Por qué es tan difícil conseguir el libro Buenos Aires Buenos Aires con tus fotos y las de Alicia D’Amico ilustrando textos de Julio Cortázar?

–El libro está recontra agotado; en principio el libro lo hizo la Editorial Sudamericana, ya no tiene los derechos de autor porque es del año 1968. Cortázar en su momento trató los textos con la editorial, ahora deben autorizar el copyright los herederos de Cortázar. Yo por mi parte, no quiero gastar un minuto de mi tiempo en cosas que ya hice; eso ya está, ya fue, y a otra cosa; por tanto La Azotea no buscará reeditar Buenos Aires Buenos Aires. Y en el caso de Alicia, lamentablemente falleció…

–¿En qué año?

–Hace poco, en 2003. La última vez que hablamos con Alicia de reeditarlo, fue a propuesta de una editorial muy importante de España, y como Alicia ya estaba enferma, le llamé por teléfono. “Mirá, hay esta propuesta con tal
editorial”, y ella me dijo que hiciera lo que yo quisiera, entonces yo la única exigencia que puse que se hiciera bien impreso y que ellos se ocuparan de conseguir los textos de Cortázar… Esta editorial se echó para atrás, más
adelante yo no insistí, pero en el fondo me alegr. No tengo ganas de trabajar cosas que ya hice, ahora me piden en la ciudad de Rosario una gran exposición mía; estoy mirando para hacer la retrospectiva en serio, pero serán las que ya elegí y punto.

–¿De cuántos negativos estamos hablando en tu archivo personal para una retrospectiva completa?

–Cientos de miles. Siempre he trabajado con cámara de 35 milímetros, cada rollo son 36 fotos…

Lo que pasa es que tengo una gran variedad, porque yo no he tomado como otros fotógrafos que de un mismo tema son capaces de hacer un rollo entero, yo en una misma tira de seis fotos son diferentes y todas valen, eso es una forma de trabajar, hay gente que es mucho más meticulosa, toma muchas veces, eso no quiere decir que sean mejores o peores, son estilos; en ese sentido soy muy ágil, muy viva, amante de lo espontáneo. Siempre creí que una de las grandezas de la fotografía era la instantánea, la pesca de un gesto, una mirada, una luz… entonces en un rollo mío hay 36 fotos diferentes.

–Disculpá los datos objetivos, ya regresaremos a la literatura. ¿Experimentás con la cámara digital?

–Sí, compré mi cámara digital apenas salieron, porque me parece que son un avance, lo que pasa es que no me acostumbro a tomarla porque no me doy cuenta cuando disparo, tiene otra forma de actuar; a mi gusta saber el
momento justo, por eso que te estaba diciendo antes de los retratos, y con las digitales no noto cuando disparé, es un poco difícil de explicar, pero es así.

–La serie Bestiario, ¿es un homenaje a Julio Cortázar y a Juan José Arreola?

–A ninguno de los dos, un día caminando por Nueva York, y miraba las vidrieras (aparadores) y no sé si yo lo vi, o que realmente era así o que uno encuadra de determinada manera más que animales, a lado de las carteras más elegantes, las modas exóticas con modelos en gallineros, y así todo. Hacia donde miraba pasaba un camión que era un pingüino porque la marca del reparto y empecé a tomar fotos, la serie en principio se llamó:
Bestias en New York. Y después como me divirtió la serie seguí viendo animales en otras ciudades, le saqué la ciudad y quedó Bestiario, ciertamente sería un homenaje al escrito por Julio Cortázar.
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–¿Viste?

–Cuando hicimos el libro con Julio Cortázar Humanario, era lo contrario que el Bestiario, fotografías de pacientes psiquiátricos con un inédito de Cortázar escrito bajo circunstancias muy especiales; en 1970 le llevamos las fotos a Julio a París; Alicia D’Amico quería que los textos los escribiera Samuel Beckett, que también vivía en París. Julio nos consiguió una recomendación para que nos recibiera, hablamos con su secretario particular, porque justo en ese momento internaron en un psiquiátrico a Beckett y definitivamente no era el momento de mostrarle estas fotos.

Al tiempo en un nuevo viaje a París, le dije a Julio “Devolveme la caja de fotos, no tiene sentido que las tengas vos”. Él preguntó: “¿Qué van a hacer?” “Nada” le dije. Él insistió “¿Y en La Azotea no lo podés hacer?” “Pero Julio–le respondí– vos sabés que es carísimo imprimir un libro así, perdemos toda la plata, no se va a recuperar nada”. Contundentemente se comprometió:

“Si lo hacés, el texto se lo escribo yo y no les cobro ni un centavo”. Ya con el texto decidimos hacer el libro, que ahora lo piden de todas las Universidades, no por las fotos sino por el texto de Cortázar.

foto–¿Y Neruda?

–Hice tres libros de él: Geografía de Pablo Neruda (1973); Pablo Neruda, su vida en 150 fotos (1996) y Neruda en Isla Negra (2004). María Elena Walsh ((arriba, der.), que a los 17 años había ganado el Premio Nacional de Literatura en la Argentina, me escribió una carta de presentación (1969) para que se la llevara a Neruda. Después nos hicimos muy amigos.

Fue el escritor con quien más tiempo estuve en mi condición de fotógrafa; a Borges lo conocí muy bien, de Julio Cortázar conservo unas 20 cartas inéditas desde 1967 a 1984; pero Neruda literariamente es el amor de mi vida.

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* Periodista.

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