Oct 27 2010
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Economía

Sendas hacia el desarrollo capitalista del siglo XXI en Latinoamérica

James Petras

Acabada la mejor parte de la década actual, los mercados de valores latinoamericanos han vivido una expansión. Los inversores extranjeros han recogido y repatriado a sus países de origen miles de millones de dividendos, beneficios e intereses. Las corporaciones multinacionales se han metido en la minería, el sector agrario y otros afines, sin trabas y prácticamente sin que las diferentes regiones les hayan exigido realizar “transferencias de tecnología” ni impuesto limitaciones medioambientales.

Los gobiernos latinoamericanos han acumulado unas reservas de divisas extranjeras sin precedentes para garantizar que los inversores extranjeros gocen de acceso ilimitado a monedas fuertes para remitir las ganancias. La década ha sido testigo de una desmovilización sin precedentes de movimientos sociales radicales. Los gobiernos han brindado protección política y social a inversores nacionales y extranjeros, así como garantías a largo plazo del derecho a la propiedad privada.

Ni un solo gobierno de la región, con la excepción de Venezuela, ha invertido el curso de privatización a gran escala de sectores económicos estratégicos implantado en la década de 1990 por los gobiernos neoliberales anteriores. En realidad, la concentración y centralización de tierras fértiles se ha mantenido sin el menor disimulo en el calendario político de una posible redistribución de la tierra o la riqueza. Mientras los banqueros y los inversores nacionales y extranjeros celebran la expansión económica y, lo que es más importante, expresan su valoración positiva invirtiendo miles de millones en la región, los expertos de la izquierda afirman percibir el «resurgir de la izquierda» y escriben sobre una u otra versión del socialismo del siglo XXI. Concretamente, muchos intelectuales y expertos euroamericanos progresistas y de izquierdas, destacados y cuyos textos se publican en todo el mundo han prestado muy mal servicio a sus seguidores y lectores. Los comentarios basados en exploraciones lejanas y superficiales ofrecen informes elogiosos del giro de América Latina hacia la izquierda y la independencia nacional. Estas descripciones carecen de fundamento empírico, histórico, analítico o estadístico. Autores tan distintos como Chomsky, Tariq Ali o Wallerstein, que jamás han realizado una investigación de campo al sur de Río Grande en ningún momento o, por lo que nos toca, tampoco han consultado a los inversores importantes que cosechan miles de millones en la América Latina actual, se han convertido en expertos instantáneos sobre la orientación social y política de los gobiernos, la situación de los movimientos sociales y las políticas económicas vigentes.

Parece como si América Latina fuera un blanco fácil para cualquiera y para todos los autores occidentales de izquierda capaces de repetir la retórica política de los gobiernos implicados. No cabe duda que esa práctica garantiza recibir una invitación oficial de vez en cuando, pero apenas sirve para clarificar los rasgos socioeconómicos más llamativos de la actual hornada de gobiernos latinoamericanos y de las estrategias de desarrollo marcadamente definidas que aplican.

La abundancia de datos basados en entrevistas de campo extensas, los estudios estadísticos publicados por organismos de desarrollo internacional, los informes de consultoras, empresas y bancos de inversión y los debates con dirigentes de movimientos sociales independientes aportan documentación sobrada para mantener que América Latina ha tomado múltiples caminos hacia el capitalismo del siglo XXI, y no al socialismo ni a nada que se le parezca.

De hecho, uno de las grandes historias triunfalistas aclamadas por la prensa internacional es la marginación de la política socialista, la aceptación generalizada de la «globalización» por parte de los dirigentes políticos (desde el centro-izquierda hacia la derecha) y la des-radicalización de la élite intelectual y académica, que libra la batalla contra los fantasmas neoliberales al tiempo que ofrece legitimación populista a los políticos del… capitalismo del siglo XXI.

El capitalismo del siglo XXI: Continuidades y cambios

En los últimos años, los inversores, los especuladores, las corporaciones multinacionales y las empresas comerciales de Asia, Europa, América del Norte y Oriente Próximo han encontrado virtudes y valores en las políticas de desarrollo económico instauradas por los dirigentes latinoamericanos recientes. Concretamente, aplauden la recién hallada estabilidad política y las nuevas oportunidades económicas a largo plazo y las elevadas tasas de beneficio. En realidad, a América Latina se la mira como un gran almacén al por mayor donde realizar inversiones lucrativas que superan los frutos extraídos de las que se hacen en los mercados inestables y volátiles de Estados Unidos y la Unión Europea.

Por las operaciones que conocemos de él en América Latina, algunos de los elementos más importantes el capitalismo del siglo XXI (C XXI ) se solapan con las múltiples variantes del capitalismo del siglo XX. El C XXI ha suscrito las políticas de «apertura de mercados» del modelo neoliberal del siglo XX; ha fomentado las exportaciones agrarias y mineras y la importación de manufacturas, similar a la división colonial del trabajo de principios del siglo XX. Ha tomado prestadas medidas de intervención estatal de la estrategia de desarrollo nacionalista para aliviar la pobreza, rescatar bancos y promocionar a los exportadores y a los inversores extranjeros.

Como en casi todos los países capitalistas en vías de desarrollo «tardíos» y «retardados», en algunos de los más extensos, como Brasil y Argentina, el Estado desempeña un papel mediador importante entre los exportadores agrarios y mineros y los capitalistas industriales (nacionales y extranjeros).

A diferencia de las versiones anteriores de capitalistas liberales y neoliberales que, en primera instancia, eliminaban las restricciones pre-capitalistas impuestas a los flujos de capital y, a continuación, las exigencias laborales y de bienestar que constreñían la explotación capitalista, los actuales gobiernos liberales heterodoxos (o «post-neo-liberales») tratan de incorporar a los trabajadores y a los pobres e invitarlos a participar en la nueva estrategia de exportación. En parte, el capitalismo del siglo XXI puede defender el «mercado libre» y las políticas de bienestar y lucha contra la pobreza debido a la coyuntura favorable del mercado mundial de carestía de las materias primas y a la expansión de los mercados asiáticos.

La creciente intervención del Estado en la regulación de los flujos de capital y en la «selección de los ganadores y los perdedores», apoyando las grandes empresas agrarias frente a los pequeños agricultores, a los exportadores y los grandes importadores minoristas antes que a los pequeños y medianos productores y minoristas, subraya la compatibilidad, incluso la importancia, del intervencionismo estatal a la hora de sostener el modelo de exportación agro-mineral de «libre mercado». Si bien algunos sectores del capital se quejaron del déficit potencial y del aumento de la deuda pública causados por el incremento del gasto público en programas contra la pobreza o el aumento del salario mínimo, en general, la mayoría de los capitalistas consideran que la versión actual del «estatismo» es complementaria y no entra en conflicto con los objetivos más generales de ampliar las oportunidades de inversión y de acumulación de capital.

Los ideólogos del C XXI han desempeñado un papel significativo a la hora dotar de legitimidad al sistema, sobre todo en su fase inicial, proyectando imágenes y narraciones del «antiimperialismo», del «socialismo del siglo XXI» y, en los países andinos, de una nueva variante «indígena» de la «revolución democrática y cultural» (Bolivia). Dado que hay una dependencia muy fuerte de las estrategias de desarrollo extractivas y una presencia muy marcada de empresas extranjeras en sectores económicos estratégicos y en tierras sujetas a reivindicaciones territoriales indígenas o próximas a ellas, los rituales indígenas tradicionales y las representaciones simbólicas, la retórica y el carisma antiimperialista desempeñan un papel clave para engrasar los engranajes del C XXI ante las circunscripciones populares rebeldes (sobre todo en Perú, Ecuador y Bolivia).

La paradoja de que los supuestos gobiernos de «centro-izquierda» suscriban la «división colonial del trabajo» de corte liberal en relación con el mercado mundial es hasta cierto punto ininteligible debido a la mayor diversificación de los mercados. La «colonialidad» se identifica con relaciones económicas con Estados Unidos, mientras que los nuevos vínculos económicos con Asia se presentan como manifestaciones de solidaridad Sur-Sur y otros eufemismos similares; aun cuando estas últimas reflejen lo primero en algunos aspectos económicos esenciales. Sin embargo, hay diferencias políticas importantes entre Estados Unidos y China, en la medida en que esta última no se implica en golpes de Estado, operaciones secretas ni intervenciones militares (al menos en América Latina).

Para el modelo del C XXI es esencial la estabilidad social, el mantenimiento del marco político democrático liberal y la supremacía civil… todo lo cual opone a estos gobiernos a los golpes respaldados por Estados Unidos en el continente, incluidos los fallidos en Venezuela (2002) y Bolivia (2008), y el triunfante en Honduras (2009).

Si el militarismo al estilo estadounidense es un factor desestabilizador externo potencial, el auge del narcocapitalismo en la economía y el Estado es una amenaza nacional de primer orden, ahora concentrado en su mayoría en América del Norte (México), América Central y los países andinos (Colombia). Los dilemas del C XXI son hoy día cómo guardar el equilibrio entre el papel desestabilizador de las agencias antidroga estadounidenses y la necesidad de mantener «buenas relaciones» con todos los socios comerciales importantes, incluido Estados Unidos.

La situación del Estado en la América Latina del C XXI 

El elevado precio de las materias primas, sobre todo de los metales industriales y preciosos, y el aumento de la demanda y de las inversiones a gran escala bajo unas condiciones de oposición nacionalista limitadas permiten a Perú mantener una tasa de crecimiento alto, aun cuando niegue el componente del bienestar que comporta el modelo heterodoxo. Hay señales de cambio. En las últimas elecciones municipales de Lima (2010), un candidato con un leve tinte de centro-izquierda venció a un neoliberal ortodoxo, con lo que aumentó las probabilidades de que el próximo gobierno pueda «modificar» el modelo ortodoxo para aproximarlo a unas cotas más próximas al del «bienestar».

Crisis económicas, levantamientos y la senda del siglo XXI hacia el capitalismo

La crisis del neoliberalismo ha generado mucha diversidad de resultados políticos; con la posible excepción de Venezuela, las revueltas populares que tuvieron lugar inmediatamente después de la crisis dieron lugar a resultados capitalistas, si bien marcadamente divergentes. Para la mayoría de los Estados latinoamericanos supuso un agudo incremento de la intervención estatal, incluso de la adquisición provisional de bancos en quiebra o casi en quiebra para salvar a ahorradores e inversores: una especie de «estatismo» por invitación (u obligación) capitalista. El nuevo estatismo se convirtió en la base de la aparición del capitalismo del siglo XXI. La «ideología anti-neoliberal» articulada por sus ejecutantes aturdió a los intelectuales occidentales impresionistas, que lo consideraron una «nueva variedad» de socialismo o, al menos, un «peldaño» en esa dirección.

Visto con perspectiva histórica, el estatismo fue desde el principio un primer paso necesario hacia la reactivación del capitalismo. Los «primeros pasos» aparentemente radicales eran en realidad el final de la partida de las rebeliones populares del fin de la década. Con el paso del tiempo, sobre todo con la recuperación económica y la expansión de las materias primas, el capitalismo experimentó un despegue a mediados de la década. El capitalismo heterodoxo empezó a desprenderse de algunos de sus elementos propios del modelo del bienestar en favor de una perspectiva desarrollista más inmediata. Los tecnócratas hicieron hincapié en las inversiones extranjeras a gran escala y a largo plazo y en la «modernización económica». Eso supuso la inversión público-privada en infraestructuras para acelerar la circulación de materias primas hacia los mercados mundiales.

El crecimiento sostenido del modelo heterodoxo puso fin al debate radical sobre la globalización, adoptándolo como una venganza. La nueva discusión entre la heterodoxia y la ortodoxia se centró en cómo se podría aprovechar la «globalización» en beneficio del crecimiento nacional y ponerla al servicio de todas las clases sociales mediante los mecanismos de redistribución adecuados. En otras palabras: los capitalistas heterodoxos sostenían que una mayor integración global profundizaría e incrementaría la riqueza disponible para el bienestar social. Con la aparición de condiciones globales adversas durante las crisis de 2009, la intensificación de la competitividad y un descenso provisional de los precios, los estrategas heterodoxos sostenían que las condiciones globales impedían incrementar el gasto social y aplicar aumentos en sueldos y salarios. Con la rápida recuperación económica y el aumento acelerado del precio de las materias primas a mediados de 2010, las tensiones por los sueldos y salarios se agravaron.

Si el impulso que produjo la aparición de los nuevos regímenes heterodoxos fue la crisis del neoliberalismo, el posterior éxito económico de esos mismo regímenes heterodoxos puso en marcha el crecimiento dinámico de intereses empresariales poderosos que trataban de remodelar una configuración política de derechas y más conservadora. Esta última reduciría el coste de los salarios y el bienestar social del sector exportador. En efecto, el éxito de la heterodoxia capitalista y su trayectoria hacia tasas de crecimiento elevadas basada en la afluencia de capital a gran escala ha desencadenado un desplazamiento hacia la derecha, incluidas las alternativas políticas directamente de derechas. 

Pese a que persisten diferencias importantes entre las sendas heterodoxa y ortodoxa hacia el capitalismo, la tendencia es que vayan disminuyendo. La ortodoxia, confrontada por la recesión mundial, ha recurrido a una mayor intervención estatal para apuntalar la economía, mientras que la heterodoxia ha incrementado su búsqueda de cuotas de mercado mayores ampliando los llamamientos a inversores internacionales. 

A medida que los países latinoamericanos van saliendo de las crisis de 2008-2009, la mejora del rendimiento económico no parece guardar correlación en torno al eje ortodoxo-heterodoxo. La recuperación lenta es más evidente en Venezuela (heterodoxa) y México (ortodoxo); mientras que la recuperación más rápida queda de manifiesto en Brasil (heterodoxo) y Perú (ortodoxo). Aunque se pueda citar la dependencia de Venezuela y México del mercado estadounidense y los vínculos de Brasil y Perú con el dinamismo de los mercados asiáticos, es preciso analizar también la composición interna de las clases sociales de cada grupo de países. El predominio de élites «rentistas» en Venezuela y México, en contraste con las élites capitalistas nacionales e internacionales más dinámicas de Brasil y Perú quizá expliquen parte de las diferencias en sus resultados. Identificar con claridad la senda «dinámica» hacia el desarrollo capitalista del siglo XXI resulta problemático y el resultado, incierto. La pregunta de si la expansión del sector de las materias primas forma parte de un ciclo corto o largo puede ser un factor determinante a la hora de dar forma a las posibilidades de reaparición de un auténtico socialismo del siglo XXI.

Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez

 

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