Feb 7 2005
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Economía

Sexotráfico: la solución es encarcelar a los rufianes

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Pese a la creencia de que la esclavitud sexual es inevitable e inabordable, la realidad prueba que no es así. Probablemente siempre habrá prostitución, pero podríamos detener la compraventa de adolescentes que son convertidas en siervas de burdeles desde Calcuta y hasta Belice.

Si esta columna parece optimista, una razón es que pensaba utilizar el espacio de otro modo: pensé que podría ubicar a la niña que reemplazó a Srey Neth, la adolescente que adquirí en US$ 150 y que liberé hace un año. Así que subí hasta el último piso de la casa de huéspedes Phon Pich -pasando debajo del anuncio que pide a los visitantes no llevar consigo sus ametralladoras y granadas- y encontré el cuarto que solía ser el mundo de Srey Neth.

El piso completo estaba vacío.

Sucedió que -después de la publicación de mis artículos el año pasado- una razzia policial allanó el lugar y arrestó al chulo de Srey Neth; en la actualidad los traficantes de sexo son más cuidadosos a la hora de ofrecer vírgenes a su mercado.

Un método contra el sexotráfico

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Esto implica una lección. A largo plazo la mejor manera de lidiar con este problema es educar a las muchachas y otorgarles un mejor estatus social; pero el cumplimiento obligatorio de la ley -enviar a los sexotraficantes a prisión- es también muy efectivo para reducir las peores formas de la esclavitud sexual.

“Y se puede hacer” señala Gary Haugen, que dirige la International Justice Mission -una organización con sede en Wáshington que realiza una estupenda labor de combate contra el sexotráfico-. “No es necesario arrestar a todo el mundo, basta con provocar una marejada suficiente para que cambien las expectativas de riesgo-ganancia”

Agrega que su meta es que los traficantes de vírgenes se conviertan en revendedores de radios usadas.

Con ese objetivo in mente Occidente debería ejercer presión sobre países como Camboya para que adopten una doble estrategia. Primero, esos Estados deben quebrar las peores formas del tráfico de carne -un informe de la ONU estima que sólo en Asia “un millón de niños son objeto del comercio sexual en condiciones que no se distinguen de la esclavitud”-.

Dos niñas, de cuatro y seis años, eran ofrecidas hace poco en la localidad de Poipet; este tipo de abuso infantil puede ser derrotado, como ocurrió en la localidad de Svay Pak, en Camboya, cuya “especialidad” era la pedofilia. La primera vez que la visité se ofrecían menores, de seis años, por tres dólares la “sesión”. Los burdeles fueron clausurados debido a la presión internacional.

En segundo término debe ser erradicada la corrupción policial, que protege el sexotráfico infantil. En Poipet se murmuraba que un prostíbulo mantenía un grupo de aterrorizadas niñas -vírgenes- encerradas en la parte atrás a la espera de venderlas. Así que fuí al lugar a echar una mirada.

El local atravesaba una fase de expansión, que lo convertiría en el mayor del pueblo, y las piezas de su parte trasera estaban remodelándose y por consiguiente vacías. Pero el regente se apresuró en presentarse como un alto oficial de la policía.

Le pregunté si era cierto que mantenía en cautiverio algunas jóvenes. Replicó: “eso es imposible: trabajo en la división de policía criminal y conozco con claridad la ley”.

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Es más fácil de lo que se cree…

Conseguir que países como Camboya enfrenten la venta de menores es más fácil de lo que se cree. Por lo general desconfío de las sanciones económicas, pero la oficina a cargo del tráfico del departamento de Estado de EEUU las ha utilizado con mucha efectividad para obtener que gobiernos extranjeros tomen medidas respecto del comercio sexual -como en el caso de Svay Pak-. Pero sólo hay una sección encargada de este asunto en el departamento de Estado.

En 1996 en un viaje a Camboya conocí a una chica de 15 año, que había sido secuestrada en la calle y encerrada en un prostíbulo. Su madre la busco y finalmente la encontró. La visitó en el burdel, pero el chulo había invertido una buena suma en ella. contaba con protección policial y la madre tuvo que abandonar el lugar sin su hija.

Esa niña -que probablemente haya muerto de SIDA- pesa sobre mí. En parte por vergüenza y por no haber intervenido entonces es que pasé sobre las normas del oficio del periodismo y compré las dos niñas-esclavas sexuales sobre las que he escrito. La solución, empero, no radica en adquirir chicas -eso sólo dará más ganancias al sexotráfico-, sino en encarcelar a los traficantes.

A casi una década del reportaje a esa muchacha, el flagelo sobre las jóvenes envenena más vidas que nunca, Soy un convencido de que tenemos las herramientas para borrar esta moderna esclavitud; la pregunta es si tenemos la voluntad para usarlas.

Traducción: Piel de Leopardo.

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* Periodista estadounidense. fotoColumnista del New York Times -de cuya edición del 29 de enero de 2005 se ha tomado este artículo-. Obtuvo con su cónyuge Sheryl Wu Dunn -también periodista y estadounidense- el Premio Pulitzer en 1990 por la cobertura del movimiento político chino que desembocó en la masacre de Tiananmen.

De las niñas a que hace referencia Kristof, Srey Neth es en la actualidad estudiante de cosmetología; Srey Mom, infortunadamente, no logró adaptare a la vida ciudadana y regresó al prostíbulo de Poipet (ver artículo en castellano publicado en El Espectador de Bogotá el 31 de enero de 2005 Aquí).

Comentario del editor

La tesis planteada por Kristof puede entenderse como la expresión delirante del “candor” estadounidense o como una suerte de doctrina absolutamente funcional al rol de policía del imperio en manos de los aparatos económico y militar de EEUU, en cuanto que, so pretexto de contribuir al combate contra el tráfico de niños para el comercio sexual, le permite ejercer diversas presiones e inmscuirse en los asuntos internos de Estados soberanos, socavando su independencia.

El articulista olvida una de las leyes fundamentales del mercado: allí donde hay demanda surgirá quien la satisfaga. Resulta cuando menos hipócrita la pretensión de perseguir un extremo de esta actividad a costa de la impunidad del otro. La internacionalización de la trata de blancas y de menores es posible porque en las “democracias” occidentales -y en Rusia e Israel, básicamente- no existen ni las herramientas adecuadas ni la voluntad política de combatirlas.

La venta de armas por contrabando -al margen de la legalidad internacional-, el comercio ilegal de estupefacientes y drogas producidas en laboratorios y el sexotráfico conforman una economía en negro cuya capacidad financiera influye poderosamente sobre las estructuras jurídicas y políticas de la mayor parte de los Estados del mundo y cuyo centro de decisiones se ubica en Estados Unidos, Rusia y dos o tres países de Europa Occidental.

Combatir el narcotráfico en su “origen” colombiano es el pretexto que permite a la Casa Blanca, merced al Plan Colombia, afincar una cabeza de puente -militar, desde luego, pero también política y de espionaje- sobre América del Sur. Lo notable es que se insista en el argumento anti drogas en circunstancias que su consumo no ha bajado en Estados Unidos, aumenta en Latinoamérica y los alijos siguen atravesando la frontera de la Unión Europea que, por otra parte, no puede contener la heroína -o la materia prima para procesarla- que le llega vía Afganistán, el país “liberado” por una colación occidental con la bendición de la ONU.

En cuanto al sexotráfico, además de las experiencias hechas públicas de complicidad o mero aprovechamiento por parte de personal militar y funcionarios de organismos internacionales -por ejemplo en la ocupadas ex Yugoslavia-, éste se extiende amenazante por Centro y Suramérica; EEUU es uno de los destinos de sus víctimas; otros son Grecia, Italia, Israel, Rusia, Francia, Holanda, Ukrania -también proveedora de mujeres-, etc… De los países latinoamericanos, Colombia y República Dominicana parecen ser los que más víctimas aportan.

Estadísticas de organismos de la ONU señalan que unos 10 millones de menores, de ambos sexos, ejercen la prostitución forzada en el mundo; alrededor de un millón ingresa a sus redes todos los años. Bordea el 36 por ciento el número de los que padecen -y mueren- a causa del SIDA.

En Asia sus principales “clientes” son europeos y japoneses, en América Latina estadounidenses -en especial en México y el Caribe- junto con hombres pertenecientes a las capas socioeconómicas medias y altas de cada país.

Puede leerse también en Piel de Leopardo: Esclavas sexuales en Europa del este

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