Jul 10 2006
423 lecturas

Sociedad

Símbolos, verdades. – CASILLAS PARA MORIR, MEDICINA QUE MATA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Virginia Vidal –heredera única de la gran literatura chilena, esa que pretendió definir al país desde el cosmos existencial y que no pudo terminar su intento– nos hace recordar Las casas de cartón del grande y desaparecido Alí Primera; pero en este caso casas de material sólido de 2.40 metros de ancho por 5 metros de largo: 12 metros cuadrados en total.

Más grandes, por cierto, que las estupendas 4×4 en que suelen movilizarse no pocos de los modernos próceres a sueldo del Estado, empresarios cuyas fortunas nunca podrán explicarse, dirigentes políticos que descubrieron las bondades del Merlot a dieciséis exactos grados centígrados de temperatura en grandes copas panzudas de cristal sonoro.

Si las casas –¿casas?– plantean una realidad vergonzante (y no son las únicas en permitir develar lo terrible que es ser pobre en Chile), que en algún otro país harían que los responsables de su construcción o de haberlas autorizado se suicidaran, al menos para limpiar el nombre de sus hijos –no es exageración: por mucho menos más de un ministro francés tuvo la delicadeza de pegarse un tiro–, en Santiago desde los amurallados recintos oficiales se emiten balbuceos que, en definitiva, hacen recaer la responsabilidad por ellas sobre quienes resultan ser sus adjudicatarios y ¿flamantes? propietarios.

Chile, el triunfo del neoliberalismo (ultraconservador) de América Latina. Éste es uno de sus espejos.

JAULAS PARA HUMANOS CONSTRUYE EL SERVIU

Virginia Vidal*

Blanca Nieves y los siete enanitos quedarían hacinados y llevarían una via totalmente promiscua en cualquiera de las casetas Serviu de Malloa y Rengo, de doce metros cuadrados ni, menos, en la de Machalí, de nueve metros cuadrados. Familias que durante años ahorraron y pagaron sus cuotas ahora se hallan poseedoras de estas jaulas de ladrillos instaladas en terrenos pantanosos.

Si esto es alucinante, peor resulta la situación de las sesenta y siete familias de Coihueco, Región del Bío Bío donde las casetas de nueve metros cuadrados son de paneles cubiertos de latón.

Pensemos en un matrimonio con dos hijos. Llevan años esperando la casa que ya pagaron. Reciben las llaves. Lo primero, piensan, será instalar la cama que es matrimonial, porque están acostumbrados a dormir juntos. Si se dan prisa, arreglarán la casa antes de que los niños lleguen de la escuela.

Llegan al lugar y se encuentran con esa vivienda de ladrillos donde no cabe la cama, y si cupiera, no podrían meter nada más. ¿Y las literas de los hijos? ¿Y la mesa donde los niños hacen las tareas y después se sienta a su alrededor toda la familia para tomar once (merienda de las tardes) o comer? Este grupo humano, integra las ciento veinticinco familias, de temporeros, obreros agrícolas y trabajadores informales de la Sexta Región que han descubierto no pueden mudarse a esas casas de muñecas.

Del asombro, del estupor pasan a la ira. A todo reventar, esa “vivienda” que mide 2,40 metros de ancho por 5 metros de largo, 12 metros cuadrados en total, podría ser el baño de la casa donde se instalarían la ducha, el lavabo, la taza del water con su correspondiente depósito y, algo indispensable, la lavadora. O podría ser el cuarto de cocina donde cabrían cocina, lavaplatos, refrigerador, unos estantes murales, un tablero y unos pisos donde sentarse para tomar el desayuno o las once. Nada más.

Lo increíble es que doña Paulina Saball, subsecretaria de Vivienda y Urbanismo, la misma que fue secretaria de Jorge Etchegaray y directora de la CONAMA (autoridad ambiental) en la X Región –CELCO, la mortandad de los cisnes de cuello negro, la destrucción de los humedales, de Valdivia, la contaminación del río– y más tarde directora ejecutiva de la misma entidad, afirma que estas casas son parte del programa especial conocido como “Vivienda Progresiva”. Pero los afectados denuncian que postularon al subsidio y tan sólo a la mitad del proceso se les informó de que serían viviendas progresivas y los pusieron ante la disyuntiva de “aceptar o perder el susbsidio”.

A todo esto, la ministra de Vivienda, Patricia Poblete, dice a última hora que estas eran “casetas sanitarias y no “soluciones habitacionales”, con lo cual desmiente a Paulina Saball que ha afirmado ante los medios: “estas soluciones han sido racionales; requieren un nuevo apoyo del Estado para poder ampliar”. También la Saball afirma: “La plata se gastó en rellenar el terreno”, no sin aseverar: “Vamos a colaborar para que las familias puedan optar a otras viviendas”.

Otra situación similar ocurre en Machalí, en la sexta región. Allí se construyeron mediaguas de lata, sin puertas de 9 metros cuadrados. Lo increíble es que una de las dueñas dice: “las casas de Malloa son castillos, comparadas con éstas”.

Cada familia pagó 10 UF ($181.000, unos US$ 350.00) para optar al subsidio que entrega el Estado y poder adquirir una residencia propia. Doña Paulina Saball insiste en que son viviendas progresivas, pero ninguno de los hombres y mujeres afectados entiende por donde puede “progresar” la vivienda ya aue no se pueden ampliar, porque entre una y otra, sólo hay un metro noventa de separación.

Ante el indignado clamor de las víctimas de este escarnio, la alcaldesa Edelmira Silva (UDI) dijo que en 1990, el Serviu –dirigido en ese entonces por Gonzalo González– compró el terreno, de ocho hectáreas aproximadamente, en $150 millones. Además, agregó que no es un terreno apto para construir, sino que se trata de vegas; esto es, “barriales o pantanos”.

Lo que nadie entiende es que la alcaldesa venga ahora con esta denuncia y no se haya preocupado jamás de enviar inspectores para ver cómo marchaba la construcción ni que hubiera realizado la denuncia oportuna antes de recibirse de las obras.

Tampoco nadie explica que este proyecto contemplaba una segunda etapa para ampliar cada vivienda en cuarenta metros cuadrados, pero no fue aprobado el permiso de edificación del 15 de septiembre de 2004.

El director de Chile Barrio y vocero del Ministerio de Vivienda, René Morales, reconoce que “no son dignas” estas soluciones habitacionales (así las llaman él y doña Paulina). Asegura que el problema será solucionado con el programa de mejoramiento que apunta a ampliar esas viviendas en catorce metros cuadrados, ya sea hacia atrás en el fondo o hacia arriba (sic). “Se trataba de viviendas crecedoras, dice René Morales, pero que se planificaron bajo las condiciones que tenía el país con niveles de ingresos y destinación de recursos en 1990, que no son las condiciones actuales de Chile en 2006 y las que tendrá en 2007”.

——————————————-

* Periodista y escritora. Dirige el portal Anaquel Austral, una de las más importantes revistas literarias y culturales de América Latina: http://virginia vidal.com.

EN CHILE SE TORTURA MASIVAMENTE Y NADIE DICE NADA

María Eugenia Salas

Esta es una carta –abierta– con destinatarios implícitos y protagonistas explícitos. Da cuenta de un drama social no menor al que pone en evidencia Virginia Vidal.
Y es un documento desgarrador.

Mi padre es un jubilado, usuario de FONASA (prestadora de servicios médicos del Estado), que en marzo pasado cumplió 80 años. En Abril le descubrieron un tumor cerebral ubicado en el parietal izquierdo. Tras hacerle dos escaneos cerebrales, uno sin contraste y otro con contraste, además de una resonancia magnética, fue derivado por el neurólogo que lo atendió inicialmente a un médico especialista en tumores cerebrales del hospital de Neurocirgía: el doctor Freddy Ayach.

A comienzos de mayo El doctor Ayach nos dijo que para hacer cualquier tipo de tratamiento era necesario hacer una biopsia primero, que de momento no la podían hacer porque el único equipo de scanner que existe en ese hospital estaba malo en esos momentos y tenían que repararlo, que él iba a estar fuera de Chile y regresaría alrededor del 29 de mayo, que para ese entonces, el scanner debía estar ya reparado y a su regreso entonces podría hacerle el examen.

Nos sugirió que –si queríamos– consultáramos una segunda opinión para determinar cual sería el mejor tratamiento a seguir una vez hecha la biopsia, y él mismo nos sugirió el nombre del doctor Raventós, de la Fundación Arturo López Pérez, además nos dio los datos para que pidiéramos hora con el médico anestesista del Hospital de Neurocirugía para que éste ordenara los exámenes previos a la operación a mi padre, para determinar si él resistiría la biopsia.

Durante el tiempo que el doctor. Ayach estuvo fuera, siguiendo su consejo consultamos al doctor Raventó,s quien nos dijo que él no podía determinar ningún tratamiento sin tener una biopsia realizada, que era muy raro que mi padre tuviera ese tumor aislado sin que hubieran tumores en otros lados de sus organismo y que por lo tanto él, pese a la edad de mi padre, no descartaba una extirpación del tumor si tuviera una biopsia que le ayudar a determinar su naturaleza.

De modo que seguimos con la programación de la biopsia en el Hospital de Neurocirugía. El médico anestesista que le fue asignado – Eduardo Hafón– solicitó una evaluación cardiológica completa incluídos electrocardiogramas y ecotomografía cardíaca y también una evaluación nefrológica completa.

Dada la urgencia de la biopsia para poder iniciar algún tipo de tratamiento, todos estos exámenes fueron hechos en laboratorios y con consultas privadas, ya que si bien el sistema público le garantiza gratuidad de atención a mi padre, él huiera tenido que esperar meses para hacérselos.

Con todo los exámenes en mano, mi madre fue a hablar con el doctor Hafón, quien dio el pase para la biopsia y le dijo que sólo cabía esperar, que no le podía dar ninguna fecha cierta para ella, porque eso dependía esencialmente de que hubieran camas disponibles.

Dado que él tiempo pasaba y no había señal alguna de que avisaran la fecha de la biopsia, el 19 de junio escribí desesperada a una amiga, que tiene contactos con una alta autoridad del Ministerio de Salud Pública, para que me ayudara a agilizar la operación de mi padre. Pese a sus intentos por ayudarnos, los días continuaban pasando y mi padre continuaba sin atención médica de ninguna especie, ya que ningún médico quería hacer tratamiento alguno sin la biopsia.

Su salud comenzó a empeorar progresivamente. Si cuando le descubrimos el tumor tenía una afasia incipiente y era totalmente autovalente, a fines de junio, ya no podía caminar sólo y dependía de terceros para todo.

La situación hizo crisis el domingo 2 de julio: mientras le daba su almuerzo empezó con fuertes convulsiones por lo que llamamos al 131 (teléfono para emergencias) solicitando una ambulancia. La respuesta que recibimos fue que la única ambulancia disponible andaba atendiendo a heridos de un choque de modo que buscáramos nuestros propios medios para trasladarlo a algún centro médico.

Lo subimos con gran esfuerzo a mi auto y partimos desesperadas con él a la Clínica Santa María para una atención de urgencia. Allá lo revisó el doctor Sergio Trujillo Vivar, quien conmovido por la situación le tomó la temperatura, la presión y nos hizo una carta derivándolo a la posta (servicio de urgencia) del Hospital Salvador, que le correspondía según su domicilio, porque –dijo– recibir a mi padre en la clínica y dada su previsión no íbamos a tener cómo pagar y aparte del problema de salud nos íbamos a echar una tremenda angustia económica sobre los hombros. Agradezco profundamente a este médico su humanidad y ética, ya que no quiso cobrar por la atención de papá.

Siguiendo sus consejos llegamos a la posta del Salvador alrededor de las 14:45. Ingresaron a mi padre en una silla de ruedas y a los familiares nos hicieron esperar en la antesala de la posta, que es lo mismo que esperar en un baño público sin mantención, porque el olor a orines y la suciedad resultan patentes desde el primer instante y según pasan las horas se tornan agobiantes.

Alrededor de las seis de la tarde el médico de turno que atendió a mi padre le comunicó a mi madre que habían hecho una junta médica y habían determinado que debía ser hospitalizado, pero como es paciente de Neurocirugía y ellos no tenían camas disponibles debía enviarlo en forma interna al Hospital de Neurocirugía para su hospitalización allí. Este médico nos dijo además que debíamos armarnos de paciencia porque tendríamos que esperar un largo rato.

Aproximadamente a las 20:30 me acerqué a la ventanilla para averiguar que pasaba con mi padre, el administrativo que atendía me dijo que había cuatro pacientes más graves que él, que había una sola camilla y apenas un auxiliar para hacer los traslados. Aprovechando un descuido del personal de turno me colé al box en que estaba mi papá. Estaba tirado en una camilla, no le habían dado agua, ni suero, ni menos pasado una chata o un orinal; todo esto en un servicio de urgencia a un paciente de ochenta años que no se puede comunicar ni tiene control de esfínteres.

Finalmente logramos que lo trasladaran a urgencias de Neurocirugía; ahí le hicieron un nuevo scanner, detectaron que el tumor había crecido y que necesitaba ser hospitalizado, pero como ellos no tenían camas, lo devolvieron a la posta del hospital Salvador en las mismas condicones que lo recibieron : sucio, deshidratado y ahora con más fiebre por los paseos sin abrigo por los patios internos de ambos hospitales.

A esta alturas –23:00 aproximadamente– habían cambiado de turno en la posta del Salvador y aquí vino lo peor. Hay un mentiroso que por ser médico se cree dios despótico, un tal Ricardo Márquez, que a simple vista se nota su desclasamiento: debe ser de un origen muy humilde. Ser de origen humilde y llegar a ser un buen médico, humano y cordial, me parece un mérito extraordinario, pero serlo y tornarse un engreído deshumanizado me parece la peor forma de desclasamiento, qué traumas y qué complejos sociales debe arrastrar ese pobre infeliz.

Lo cierto es que este matasanos en vez de reconocer que en ese hospital tampoco había camas y en vez de solicitarnos amablemente que nos lleváramos a mi padre a nuestra casa, nos llamó alrededor de la medianoche y nos dijo simplemente que papá no necesitaba hospitalización, que lo “retiráramos”. Por lo menos su antecesor del turno anterior nos advirtió que las condiciones del hospital son tan infrahumanas que era riesgoso dejarlo hospitalizado ahí por las infecciones intrahospitalarias.

Así que debimos partir con mi padre alredor de la medianoche de regreso a casa, sin que siquiera le hubiesen pasado un algodón húmedo por los labios. Desde la misma posta y a esa hora llamé a mi amiga, la del contacto en el Ministerio de Salud, entre alaridos de rabia, de impotencia y de dolor, pidiéndole a gritos que les dijera a sus amistades que bajaran a tierra, que fuerana ver las maravillas de la propaganda oficial en salud. Ella me prometió que haría lo posible para que pudieran hospitalizar a mi padre en Neurocirugía al día siguiente.

El lunes 3 de Julio, me llamaron del Ministerio de Salud para decirme que ya le habían hecho un cupo a mi padre, que debía llevarlo antes de las 14:00. Debió acompañarnos su primer médico tratante, el neurólogo que consultamos por primera vez ante los primeros síntomas, el maravilloso doctor Jiménez, para lograr dejarlo hospitalizado y lo hidrataran con suero al menos.

Sin embargo, para mi sorpresa, ya habían programado la famosa biopsia a primera hora del día siguiente, de modo que estuve a primera hora del Martes 4 de Julio en el hospital y hablé con el doctor Ayach para impedirle que lo operaran porque obviamente a esas alturas no resistiría la operación. El médico, con toda displicencia, me dijo que si finalmente no íbamos a operar para qué lo habíamos hospitalizado; me dijo que teníamos que entender que en el hospital se daban camas sólo a quienes esperan una cirugía, que así es la salud pública en este país y que lo demás es sólo propaganda vacua de los gobiernos de turno.

Si lo vivido por mí y mi familia no es una tortura, entonces no sé que es la tortura; es cierto no hay “dinos” ni CNI aplicándonos corriente en el cuerpo, pero el trato recibido en los hospitales públicos por los viejos desahuciados en este país es un vejamen y una tortura para sus parientes, porque es imposible –con un trato como éste– que a los parientes que permanecen toda la larga espera tensos y angustiados, el cuerpo no les duela como si hubiesen permanecido días enteros colgados o apaleados, no hay un solo músculo que se libre del dolor. Y esta tortura le resulta al Estado tremendamente económica porque no gastan ni electricidad siquiera.

El mismo domingo dos, en la medianoche, o lunes tres iniciándose, apenas terminamos de atender a papá llamé a la radio Bío Bío denunciando la situación y el periodista que me atendió entonces me prometió que harían un reportaje al respecto. Pero hasta el momento nada.

Mis amigas que me han visto reventada y sobrepasada por esta situación –estoy con severos dolores a la columna y tratamiento kinesiológico– me han dicho que me preocupe sólo de tranquilizarme y canalizar todas mis energías al cuidado de mi padre. Y que no escriba esta denuncia porque no puedo luchar sola contra el sistema.

No escribo esta carta ya por mi padre, ahora él está cuidado con todo el amor que se merece en su casa, pero lo hago por los miles de personas humildes que a diario son vejadas y maltratadas en los servicios públicos de salud de este país, sin que nadie denuncie lo que realmente pasa, sin nadie diga nada, haga nada. Me resisto a pensar en un modo fatalista y a aceptar como cordero que va al matadero que no hay alternativas frente a estas situaciones.

Me parece una vergüenza tanta hipocresía frente a la eutanasia cuando a los viejos se los deja morir sin atención. En el Hospital de Neurocirugía, en la sala que estaba mi padre, claramente era él el hombre más viejo de los pacientes que se encontraban y en los dos días que fui, no vi viejitos de ochenta años como pacientes. Tengo la sospecha de que ante la escasez de recursos, los doctores de los hospitales, cual emperadores romanos, bajan el índice ante pacientes que tienen mucha edad para destinar los recursos a quienes ellos determinan que tienen más tiempo por vivir. Ahora que está tan en boga la discusión del neonazismo, ¿no era esto mismo lo que hacían los nazis?

¿No es una vergüenza que esto pase en un país que en el extranjero vende la pomada del desarrollo y muestra los índices macroeconómicos que le convienen? ¿No es una canallada decir que no se sabe qué hacer con los excedentes del cobre ante esta patética realidad del sistema público de salud? ¿Por qué los cristianos senadores y diputados de este país, a los cuales los aterra el aborto y la eutanasia, no se dan un paseíto por los hospitales y consultorios públicos?

En mi deambular por los hospitales conversé con algunos funcionarios que ante mis críticas se desahogaron sobre la incompetencia de los burócratas ministeriales. Funcionarios menores me contaron cómo algunos médicos atienden pacientes privados con los pocos recursos públicos… En fin, en un país en que los medios de comunicación sólo están preocupados de qué famoso se acuesta con quién, que esperanzador sería que todavía quedaran periodistas decentes e hicieran reportajes o documentales sobre esta situación.

Mi padre toda su vida fue un luchador social y a sus hijos nos inculcó desde siempre el amor por la justicia, la ética y la libertad. Ahora cuando a cada minuto él se acerca a pasos agigantados a su destino final, yo no lo puedo traicionar y no me puedo quedar callada ni impasible.

No se si esta carta servirá para algo más que mi propio desahogo, pero aún muriendo mi padre me ha dado una última lección de vida, me ha mostrado una realidad que yo ignoraba por completo y me ha obligado a ser solidaria con todos aquellos que sufren por similares motivos y que no pueden expresarse como yo.

X

Envíe a un amigo

Su nombre (requerido)

Su Email (requerido)

Amigo(requerido)

Mensaje

Añadir comentario