May 30 2010
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Cultura

Sobre héroes, buques y olvidos: la rebelión de 1931 en la mar de Chile

Rodolfo Quiroz.*

Desde la escuela que nos enseñan a celebrar el 21 de mayo. Recuerdo que en segundo año de la primaria yo mismo hice de capitán Prat y ordené a mis compañeros abordar el Huáscar. Como buen estudiante jamás cuestione el significado de estas órdenes, solo en mi época universitaria empecé a dimensionar la subjetividad histórica que se esconde tras los héroes.

 

En mi último año de universidad llegó a mis manos un libro titulado la Revolución de la Escuadra de Patricio Manns. Trataba de uno de los capítulos más oscuros y silenciados de la Armada chilena.

El 1º de septiembre de 1931 el Estado Mayor de las Tripulaciones (EMT) declaraba el estado de rebelión tomando posesión de la Escuadra y División de la bahía de Coquimbo. Por primera vez suboficiales, cabos y clases tomaban la decisión de pronunciar sus aspiraciones políticas, como diría Manns el pueblo uniformado tomaba las armas, no solo exigiendo reivindicaciones para sí, sino extendiendo estas a sus hermanos de clase, trabajadores urbanos, rurales y mineros.

El país pasaba por una profunda crisis política y económica. La noticia del levantamiento recorrió el mundo y la prensa escrita se limitó a repudiar el accionar de la Escuadra acuñándolos como amotinados censurando las razones políticas que se explicaban en un Manifiesto que planteaba entre otros asuntos: suspender el pago de la deuda externa, subdividir las tierras productivas, redistribuir capitales de Cajas de Crédito, las Agencias Fiscales, las Mutuales de la Armada y del Ejército para invertirlos en industrias productivas y así dar trabajo a los desocupados.

Ni las más versadas huelgas sindicales habían puesto en la mesa del gobierno tales puntos con tan punzantes proposiciones. Frente a estos términos la respuesta de la institucionalidad política fue mancomunada. Había que reducir a la Escuadra y para ello se envió al Almirante Edgardo Von Schroeders como representante del gobierno en una misión conciliadora —que en realidad debía sumar tiempo para la preparación del ataque de la aviación y el ejército.

Para mal del gobierno un gran detalle corría en este clima bélico. El EMT contaba con el acorazado Almirante Latorre, un moloso buque de guerra con tecnología competente para reducir fuerzas aéreas. Por ello el día tres de septiembre un consejo restringido del Gabinete, presidido por Luís Izquierdo, solicita a la Escuadra estadounidense apoyo militar para la reducción de la Escuadra nacional frente al supuesto que saliera victoriosa ante el combate que se aproximaba.

El miedo de la institucionalidad política se entendía producto radiogramas adherentes por parte del resto de la Escuadra (Talcahuano), y algunos estamentos del Ejército (Valparaíso) y la Aviación (Quintero). Al día siguiente la Federación Obrera de Chile dirigida por Elías Lafertte declaraba huelga general y cuadros obreros de Lota y Coronel se sumaban a las fuerzas navales de Talcahuano vaticinando el combate.

Ya no era un solo simple motín. El gobierno rechazaba un acta de acuerdo exigiendo la rendición incondicional y las tripulaciones respondían: “Al constatar la intransigencia antipatriótica del Gobierno, y al considerar que el único remedio para la situación es el cambio de régimen social, hemos decidido unirnos a las aspiraciones del pueblo. La lucha a que nos ha inducido el gobierno se transforma a partir de ahora en una Revolución Social”.

Hubo enfrentamientos en Valparaíso, Talcahuano, Santiago y Coquimbo. El más importante fue perpetrado en el sur donde finalmente cuatro batallones del ejército bajaron al Apostadero Naval en Talcahuano. Cronistas relatan que el enfrentamiento supero los dos días sin cese de fuego. Hubo un número importante de bajas por parte de ambos frentes. Solo los rebeldes presos superaban más de mil efectivos, entre ellos marinos y trabajadores.

El seis de septiembre la Escuadra, por primera vez dirigida en armas por sus tripulantes, resistió enérgicamente el ataque de la Aviación alcanzando a varios aviones. La Bahía de Coquimbo había sido espectadora del primer combate aeronaval del continente. Fuentes navales declararían mas tarde los aviones jamás hubiesen podido dominar a la Escuadra.

Posterior a ese combate comienza la debacle del movimiento. El Estado Mayor de Tripulaciones comenzó a fragmentarse lo cual posibilitó la temprana rendición. La caída de Talcahuano, la presión de la Escuadra estadounidense, y las mismas palabras durante las conversaciones de Von Schroeders quizás mermaron la bajada de la Escuadra, que en términos militares nunca fue reducida.

Para ocultar las huellas de aquel bochornoso suceso, la Armada vendió al legendario acorazado Almirante Latorre a Japón para convertirse en acero fundido. Así se cierra uno de los capítulos de la historia que no son celebrados en los centros educacionales chilenos y que no se recuerdan más que en las memorias de los valientes y humildes hombres que dieron su cuota de experiencia para las pautas de un proyecto revolucionario en esta franja sur del mundo.

Reflexiones Coyunturales

El cabo despensero Manuel Astica Fuentes es considerado el autor intelectual y líder político del levantamiento de la Escuadra. Antes de entrar a la Armada había sido editor en los diarios talquinos El Día y La Mañana posterior de su paso por las oficinas salitreras en Antofagasta entre 1925-1926. Junto a Clotario Blest también había organizado la defensa de los trabajadores y fundado la revista Cóndor en Santiago.

Por ello no son de sorprender las palabras del almirante Von Schroeders quien lo describe: “nunca dejó de rebatirme de frente, hombre seguramente inteligente y bastante instruido para su clase social…no comprendo como el consejo de guerra de San Felipe no condenó a este energúmeno a la pena de muerte”.

La historia la escriben los vencedores, pero dado a que destacados hombres, en un momento preciso, son capaces de tomar sus riendas y revertirlas a favor de los oprimidos, hay capítulos de ella que son imborrables. Tal es el caso del levantamiento de la marinería que por más que la Armada y los historiadores “autorizados” quieran disolver, siempre será un precedente para la batalla de ideas del pueblo consciente.

Si la Armada y las autoridades políticas todos los mayos nos recuerdan que el principal héroe naval en la historia de Chile es el capitán Arturo Prat Chacón y que el símbolo de patriotismo es La Esmeralda, también el pueblo consciente podría replicar que durante el nefasto espectáculo de caudillismo político en la década del treinta existió un cabo despensero llamado Manuel Astica Fuentes quién junto a miles de marinos el 1º de Septiembre de 1931 encabezó uno de los levantamientos mas nobles que haya realizado la marinería chilena y que si hay que destacar un símbolo de patriotismo, ese debe ser el Apostadero Naval de Talcahuano, lugar testigo de la sangre caída de trabajadores y uniformados unidos en combate por ideas justas y la libertad de su pueblo.
 
* Publicado en www.rebelión.org

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