Jun 18 2006
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Sociedad

STELLA DÍAZ VARIN, REINA DE LOS SIRLOS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Allá quedó su cabellera roja flameando como bandera, allá en ese espacio por ella fundado, con un cielo poblado de mágicas aves llamadas sirlos:

Las grandes ausencias amenazan
Cuando los sirlos
Esos bellos pájaros
Emigran
Y la lejanía hiere sus alas
El hombre no lo sabe
Porque duerme
Oculto por causa de la luz
Para no prever la muerte.

El poeta David Valjalo la recuerda en aquellos días de infancia cuando con ella y sus numerosos hermanos se bañaban en el río, todos bonitos, de cabezas rubias o morenas, pero la más hermosa era la sirenita colorina. Dicen que ese pelo rojo le viene como herencia de una bella antepasada que tuvo amores con el corsario Francis Drake. En su mestizaje intervinieron también familias normandas y castellanas.

Dicen que dicen. Mucha leyenda se ha tejido en torno a la admirable y singular poetisa. Acaso fue la primera mujer de este país que ostentó un tatuaje en su cuerpo, pero ése no es símbolo de piratas sino la representación de un pacto secreto que hizo en su juventud con algunos de su pares para borrar de la faz de la tierra a un tirano.

La llaman controvertida, bohemia, polémica. Más de algún fatuo e irrespetuoso ha recibido de ella un carterazo o un bofetón. Si le preguntan por eso, calla, pero ríe su mirada sagaz y a lo más se limitará a decir: “Hubo escritoras admirables que eran María Luisa Bombal y María Carolina Geel: ellas se agarraban a balazos, mientras que yo, apenas me agarro a puñetes…”

Ya cumplió ochenta años Stella Díaz Varin, la musa de La Mandrágora, nacida el 11 de agosto de 1924. Vive con una pensión de cincuenta y siete mil pesos mensuales. En situaciones de extrema urgencia la han atendido en el hospital o en el consultorio como indigente y no hay un ministro de Educación, un Consejo nacional del libro, una Sociedad de escritores que alce la voz y se imponga para acabar con tanta indignidad y enseñar este país a respetar a uno de sus más grandes valores.

Víctima de la dictadura, en marzo de 1974 la estuvieron vigilando y persiguiendo hasta que la atropellaron para matarla y la fueron a dejar a la morgue, pero su amiga Ester Matte con la ayuda de su madre logró rescatarla. Tardó en recuperarse del traumatismo encefalocraneano, de las quebraduras y contusiones múltiples. Sobrevivió desdentada, con secuelas que la afectan hasta hoy.

Cuando canta a La Arenera aplastada en un derrumbe, su voz fraterna surge de sus propias entrañas el homenaje a esa criatura anónima con “Diez uñas/ Y el silencio/ Para escarbar milenios”.

Queda el recuerdo de su belleza, de su fulgurante cabellera roja y su silueta airosa, erguida, junto a Enrique Lihn, a Carlos Droguett y a consagrados escritores de los años cincuenta. Por sobre todo, queda, y le sobrevivirá su poesía:

Al don previsible de mi lecho
Donde la ausencia tiene su cobija
Entrego mi presencia
a los sueños efímeros.

Se la podía ver junto a Carlos Droguett, a Miguel Serrano y al poeta mítico Eduardo Molina Ventura, el Chico Molina. Ella no le tenía asco a Teófilo Cid, ese hombre que hacía arriscar más de una nariz y obligaba a ponerse de pie a quien se sentara a su lado. Pero una vez nos invitó a almorzar y atendió a sus huépedes como un gran señor. Imposible no admirar su cultura inmensa, su decisión absoluta de ser el señor de la marginalidad. Ese es también el territorio de Stella, la insumisa, la nunca doblegada por ningún poder. Su mayor orgullo es el homenaje que los escritores cubanos le rindieron en La Habana el año 1994; también le editaron una antología de su obra en la Colección de Clásicos. Para nuestra vergüenza, Chile la omite.

Como lo señalan los cubanos en esa selección Poesías:

“Integrante de la generación de escritores chilenos que comenzó a hacer literatura poética alrededor de los años cincuenta, Stella Díaz Varín es considerada una voz singular y trascendente en el devenir de las letras de su país. Una poesía de autodefinición, de canto y reconocimiento a la condición femenina como fuente hacedora de la vida recorre toda su producción, así como la reflexión en torno al paso de los años y su incidencia en la mujer poeta-amante-madre. Riqueza y mesura en las imágenes y tono coloquial también resultan atributos de los poemas recogidos aquí y que constituyen una selección de cada uno de sus libros publicados”.

Los escritores de La Serena quisieron a toda costa conseguirle una casa digna y una pensión para que viviera en su ciudad natal. Las autoridades y una cuña de su mismo palo se opusieron y bregaron para impedirlo y se limitaron a declararla Hija Ilustre. La Universidad Mayor en una Feria del libro usado le confiere el Galardón de la Trayectoria…

Francisco Coloane contaba cómo ella los subyugaba por su belleza, talento y audacia. En esos encuentros se congregaban él, Ricardo Latcham, Nicanor Parra, Luis Oyarzún, Humberto Díaz Casanueva. Es la mítica Colorina del Zócalo de las Brujas que congregaba entre otros a Irma Astorga, Hugo Goldsack, Edesio Alvarado, Jorge Sosa Egaña.

No ha faltado quien la compare con Bukowsky. O con Huidobro, más certeramente. Más de alguno la mienta como “la última poeta maldita”. Su voz única no es la de Charles Baudelaire, ni de Verlaine, Rimbaud, o Mallarmé, pero se la incorpora al mito del artista bohemio, y profundamente crítico con la sociedad de su tiempo.

A su paso dejaba un rastro de admiración. Se asomaban a contemplarla si entraba en el Café Iris, en Alameda con Estado. Se rumoreaba que era la reina de las noches de Il Bosco, en Alameda 867. Allí participó con sus cofrades del Zócalo de las Brujas en una acción de arte inolvidable , que el tiempo decora y transforma, cuando unos dolientes entraron pasada la medianoche portando velas y un ataúd donde hacía de muerto un italiano de apellido Firmani; y Stella, de viuda, iba envuelta en velos de luto.

El que se alzara el muerto, causó espanto a los adormilados parroquianos y llamaron a los carabineros… Ahora se habla del primer “happening” realizado en Santiago de Chile, pero ocurrió antes de que el término fuera acuñado por el artista Allan Kaprow en 1959. Cuando de ello se habla, Stella se limita a decir que pretendían hacer algo contra la rutina, el aburrimiento, la lata, la falta de imaginación.

“La verdad es que era la más buena moza de las que escribían poesía y con una personalidad extraordinaria. Claro, por lo menos en los años cincuenta se le tenía miedo por su carácter. Era y es muy considerada por el valor que tiene y sigue siendo una poeta importante de Chile”, dice Armando Uribe Arce en entrevista concedida a Sandra Maldonado.

Siempre la he visto como la Madre Luna de un cuento: salía de noche, iba a las fiestas y en las largas uñas de sus bellas manos guardaba exquisitos bocados para llevarles a sus hijas las estrellas. Ella se sobrepone a toda desventura y se esmera por un hijo y tres nietos que viven bajo su alero en el departamento de la Villa Olímpica, en la calle Los Jazmines de Ñuñoa.

Dicen que por fumar y beber, tiene la voz parda y bronca pero son nódulos en las cuerdas vocales acumulados por la vida de la que nunca calló y gritó en la manifestación callejera e increpó a los inconsecuentes.

Esa voz se impone más allá del tiempo. Es su voz poética que algunos consideraron cruel y que ha surgido con pasión y desgarramiento como el agua que corre por las cuarteaduras de los cerros de su tierra natal. Enrique Lihn supo calar hondo e interpretarla:
“…Stella era, es, una tenebrosa cantante desconsolada y también frenética, orgullosa de sus imágenes y negligente en relación al sentido de su canto”.

La veo bailando hace un par de años en el Congreso de Escritores de Pucón, deslumbrando a los poetas jóvenes: la reina de la noche, o armando tertulia con Jaime Huenún, con Graciela Huinao y Leonel Lienlaf, Leonardo Sanhueza la eterna irreverente, la nunca subyugada por los podercillos. A ella la invitan a sus recitales, la declaran maestra de los talleres literarios de la Federación de Estudiantes, la rodean los poetas jóvenes: Piero Montebruno, Santiago Barcaza, Leonardo Sanhueza, Rafael Rubio. La juventud la admira y respeta por su consecuencia, por su incapacidad intrínseca para andar luciéndose y pregonando sus valeres.

Integra la cofradía de los Vagabundos de la nada, contertulios del Bar Unión (La Unión Chica), durante “el tiempo del asco”, después del golpe militar. Entonces, escritores y pintores no tenían muchos puntos de encuentro, a lo más ése y la Casa del Escritor. Ella se sumaba a Roberto Araya Gallegos, Germán Arestizabal, Mardoqueo Cáceres, Juan Cámeron, Rolando Cárdenas Vera, Gonzalo Drago, Aristóteles España, Mario Ferrero, Jaime Rogers, Carlos Olivárez, Ivan Tellier, Jorge Tellier, Enrique Valdés, Leonora Vicuña Navarro. Este compendio de cuentos y poemas con prólogo de Poli Délano, selección de textos por Ramón Díaz Eterovic, deja testimonios de parte importante de una fuerza creadora que vivió y resistió bajo el imperio de la dictadura.

A los dieciocho años se rebeló contra la ciudad colonial y pechoña de La Serena, contra los prejuicios y pacaterías de una familia de abolengo sumamente venida a menos, pero rigurosa en el cuidado de las apariencias en una sociedad profundamente segregadora. Se vino a estudiar medicina, pero al poco tiempo se había incorporado al trabajo periodístico y al inquieto medio artístico y literario donde llamaba la atención Barack Canut de Bon, y ya se destacaban los poetas de la llamada Generación del Cincuenta, mientras Alejandro Jodorowsky junto a Enrique Lihn realizaba un espectáculo de mímica magistral y Ester Matte Alessandri junto a Rubén Azócar se empeñaban en conseguir la Casa del Escritor.

Llegada a Santiago, se incorporó como reportera al diario Extra cuyo director era el crítico literario Juan de Luigi. Se matriculó en Medicina. Sería periodista para financiar sus estudios. Entonces conoció a los que llama “esos taitas”: Francisco Coloane, Carlos Droguett, Andrés Sabella, Pablo de Rokha, Alberto Romero, Tomás Lago, Rubén Azócar.

Ha sufrido calumnias y falsas acusaciones fruto del sectarismo y la estupidez, algo que ella no aguanta. Pero nada doblega sus profundas convicciones, sus ideales libertarios. Socialista inclaudicable, escribe. Y ella prosigue escribiendo, en la busca de la palabra.

Fe en su oficio, fe en el ser humano. Para Stella, la poesía no se pregunta, no se define, simplemente es, lo demuestra su poema La Palabra:

foto
Una sola será mi lucha
Y mi triunfo:
Encontrar la palabra escondida
aquella vez de nuestro pacto secreto
a pocos días de terminar la infancia.

Debes recordar
dónde la guardaste
Debiste pronunciarla siquiera una vez…
Ya la habría encontrado
Pero tienes razón ese era el pacto.

Mira cómo está mi casa, desarmada.
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.
Y mi huerto, forado permanente
Y mis libros cómo mi huerto,
Hojeado hasta el deshilache
Sin dar con la palabra.

Se termina la búsqueda y el tiempo.
Vencida y condenada
Por no hallar la palabra que escondiste.

Poco se sabría de la existencia de Domingo Morales Ramos si no fuera el editor visionario que en 1949 publicó su primer libro, Razón de mi ser. En 1950 se casó y tuvo un hijo. En 1953, publicó Sinfonía del hombre fósil. En 1959, el Grupo Fuego le editó Tiempo, medida imaginaria. Tras un lapso de vida vivida y sufrida, aparecieron Los dones previsibles (Premio Pedro de Oña, 1987), La Arenera (tríptico testimonial. autoeditado 1993), De cuerpo presente (1999).

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* Escritora. Dirige Anaquel Austral , una de las publicaciones culturales más importantes de Chile y América Latina

http://virginia-vidal.com.

Addenda

“El artículo fue publicado en Anaquel Austral el 6 de abril de 2005 y Stella Díaz Varín me lo mostró muy contenta –recuerda Virginia Vidal– el día del homenaje dentro del ciclo La Rosa de Papel en La Chascona, incorporado en el dossier completísimo que le preparó el poeta Andrés Morales”.

Cuenta Vidal:

“No hace mucho, no recuerdo el día, me llamó por teléfono. Su misma voz, algo
cansada, me dijo:

“–Vengo del hospital, del tratamiento de quimio. Estoy enferma terminal. No lo divulgues. No le digas a nadie. No quiero mendrugos. Quiero morir tranquila y sola. Como corresponde.

“Insistí en visitarla y no me lo permitió:

“–No vengas a mi casa que es un mercado persa. Hagamos algo divertido. Juntémonos en la Casa del Escritor. ¿Qué te parece este sábado? Me voy a pintar y me voy a arreglar bien.

“–Sí, linda, como siempre has sido –le dije.

“La esperé en vano”.

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