Dic 5 2007
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Economía

Supermercados. – SEGURIDAD PRIVADA, SEGURIDAD PÚBLICA Y ROBO HORMIGA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Como asiduo cliente de unos de estos locales –específicamente el supermercado Líder de la Plaza Pedro de Valdivia– siempre me intrigó la actitud de los guardias externos e internos, curiosamente diferenciados por el color de sus camisas: celeste algunos y blancas otros.

Lo que más me intrigaba era su comportamiento frente a los diferentes compradores que llegaban hasta el local. No cabía duda que quienes vestíamos, digamos que “bien”, nos merecíamos un saludo y una indeferencia total durante el recorrido y la compra final. Sin embargo bastaba que entraran unos adolescentes –mochila en ristre–, o algunos jóvenes de apariencia no muy formal, para que estos “pequeños rambos”, cambiaran radicalmente su actitud e iniciaran un divertido juego de llamados por sus radios móviles y movimientos robóticos por todos los rincones del local.

Asimismo, y valga la redundancia, me intrigaba qué sucedía cuando unos de estos pequeños robos era detectado por los ya mencionados guardias.

Investigación periodística en proceso

Bajo estas premisas, y seguramente en un acto un tanto temerario, decidí solicitar al editor de Piel de leopardo, autorización para tratar de vivir en carne propia la experiencia de ser un “ladrón hormiga”. Obviamente el hecho de escribir éstas líneas, basta para saber que fue una idea llamativa, a lo menos, para una revista que llega a miles de suscriptores en el mundo entero.

Partí por empezar a visitar el Supermercado en ropas no muy habituales en mí, al menos en días de semana. Mis primeros intentos no fueron muy auspiciosos, ya que los camisa celeste y blanca estaban en otros menesteres. Hasta que un viernes de octubre decidí descaradamente introducir en mis bermudas un pan de mantequilla y un paquete de 8 láminas de queso, a sabiendas que ya estaba en la “mira” de los guardias por mis anteriores “actitudes sospechosas”.

Lo primero que me llamó la atención, con lo que vendría después, es que el “camisa blanca” que se apostó frente a la caja – radio en mano -, no sospechó para nada que yo ya sabía que me tenía “capturado”. Pese a que recurrí a todas mis dotes histriónicas para mostrarme nervioso, tiritón, sudoroso e incluso, a último momento, cambiarme de caja registradora.

Pagué las dos cervezas que había adquirido y seguí rumbo a la salida con mi “botín” oculto. Y aquí comienza la verdadera acción y mi eterno agradecimiento a dichos guardias,por permitir continuar con mi investigación. Rápidamente, uno celeste y otro blanco, luego del ya comentado intercambio de mensajes vía radio móvil, me interceptan –curiosamente a las afueras del local– para conminarme a devolver las especies sustraídas.

Sin oponer resistencia alguna –lo cual también podría haber levantado sospechas en mis captores– soy conducido hasta una pequeña oficina en la parte trasera del local, luego de un divertido paseo por casi todo el supermercado siempre blanqueado por mis guardias.

Una vez allí, soy notificado que soy un delincuente y que iré preso. Se me sienta en un basurero con una guía telefónica encima y que debo permanecer sentado. Aquí comienza mi proceso persuasivo para ver cuánto estaban capacitados los defensores de la seguridad del local.: parto por indicarles que tengo dinero suficiente para pagar los productos; sigo indicándoles que sólo se trataba de una apuesta; continuo pidiéndoles perdón y por último –y aquí viene lo mejor de su poca “cachativa”– les indico mi condición de periodista con carnet del Colegio de la Orden en mano.

Nada sirve: el funcionario Meza me señala que él no está allí para perdonar a nadie sino que para detener a delincuentes, e inicia el proceso de solicitar mis datos personales y llamar a Carabineros de la 19° Comisaría de Providencia.

(La crónica de la detención del periodista puede leerse aquí).

Un submundo no conocido

Aquí es cuando comienza a develárseme un mundo absolutamente desconocido e increíble. Desde mi incómodo asiento, veo cómo ocurren todo tipo de vejámenes y violaciones a los más elementales derechos de los trabajadores internos y externos: revisión de carteras, bolsos o cualquier otro implemento que lleven consigo las empleadas/os al momento de abandonar el recinto; similar procedimiento –quziá más estsriocto– con personal externo, en especial las promotoras de los proveedores, con la prohibición de ingresar cualquier producto que se venda en el Supermercado y de subir al segundo piso, con lo cual se deben cambiar de ropa en incómodos lugares.

El asombro llega a su cúspide, cuando un guardia –nuevamente vía radio y con claves risibles– solicita autorización para prestar primeros auxilios a un cargador de Coca-Cola que sufrió una cortadura en su cara. Allí recibe la tajante respuesta desde otro móvil: “si es un proveedor externo no es nuestra responsabilidad”. Que ellos mismos llamen una ambulancia.

Ahora siguen las claves de uno y otro lado, las revisiones en su mejor momento y las caras de fastidio e incredulidad de las promotoras. Sumadas a las de un guardia que llega desde el local de La Dehesa –ya a punto de cerrar– y que probablemente no podrá continuar trabajando, porque vive muy lejos de la plaza Pedro de Valdivia: el jefe de las camisas blancas le manifiesta que no le sirve alguien que no tenga movilización asequible al local.

Entretanto –nos habíamos olvidado de él– Meza entra y sale con actitud desafiante y con el rostro del deber cumplido. A estas alturas, yo también sentía que tenía parte de mi objetivo cumplido.

La seguridad inteligente

Luego de unos cuarenta minutos –¡por fin!– aparece la autoridad legítimamente constituida: un sargento y un cabo de la 19° Comisaría. Son informados por Meza del delito –y aquí comienza a justificarse el subtítulo.

La primera pregunta policial es saber si tengo dinero para pagar lo sustraído, y el motivo, ante mi respuesta consultan con el “camisa blanca” si es necesario continuar con el procedimiento ya que al parecer sólo se trató de una broma de mal gusto. Éste, en su papel de “Terminator”, dice que no y que debo ir preso. Carabineros, en especial al ser informados sobre mi profesión, adopta una clara actitud “sospechosa” sobre las causas de mi proceder.

Luego de unos cuántos chascarros de Meza (entre otros no saber ocupar la fotocopiadora y despsués obligar a los funcionarios policiales a volver al recinto por no haber llenado bien unos formularios) soy “retirado” del recinto rumbo a la patrulla. Aquí se mantiene la tónica de la “reunión!: carabineros relajados, que insisten en qué hace un periodista en esos menesteres y guardias que por poco solicitan mi esposamiento. El sargento llama a la fiscalía y me comunica que saldré en libertad una vez constatado si tenía o no lesiones, diligencia que se cumple en un centro médico, y ratificado mi domicilio, con citación para presentarme en el tribunal correspondiente.

El proceso en la posta médica es breve. El sargento, ducho en estos asuntos, parece sospechar algo respecto de mi hurto y jamás dice el motivo de mi presencia en el recinto hospitalario: sólo insiste en “constatación de lesiones”; camino a la comisaría se decide que mejor vaya en el asiento trasero de la patrulla y no en la jaula para los delincuentes.

Una vez ingresado a la guardia, la duda persiste y sólo soy llevado a la sala de espera –eso sí, tras rejas–, lo que me permite observar y concluir que la acción es de bastante trabajo, pero también con algún minuto de relajo con chistes entre los funcionarios, recordatorio de anécdotas y muchas ganas de concluir luego el turno para gozar del final de la jornada.

Una vez pasada aproximadamente una hora, me doy cuenta de un error en mi estrategia, se me pasó que en esa tarde no habría nadie en mi domicilio y el conserje está sólo hasta las 18:00 hrs. Lo cual es rápidamente ratificado por la guardia, que me indica que han ido dos veces hasta el edificio y no se puede ratificar mi domicilio.

Reconozco que se me pasó por la mente que no iba salir de allí hasta el sábado y la consecuente furia de mi madre a la cual debía ir a buscar al aeropuerto. También se me pasó por la misma mente, que no había sido una buena idea no llevar mi celular y no comunicarle mi “brillante investigación” a mi pareja.

Pero todo buen afán tiene su recompensa; cuando ya comenzaba a desesperarme, aparecen dos funcionarios del SIP (Servicio de Investigaciones Policiales), para tomar huellas dactilares a un joven recién ingresado por un supuesto robo en el Metro. Cuan grande sería mi sorpresa al constatar que uno de ellos había estado el día que robaron en mi departamento, por suerte también me reconoció y dio fe de mi residencia. Asunto arreglado y de vuelta a la realidad.

Reflexiones finales

Ante estas vivencias a uno le quedan varias interrogantes:

– ¿Cuál es el grado de capacitación que tienen los guardias privados, en este caso específico de los Supermercado Líder?

– ¿Cuál es el criterio con que actúan? Hablamos de un “robo” de 2.000 pesos de algún modo comparados con los 26.000 que había en mi billetera.

Hablamos de una serie de medidas de persuasión, incluida mi condición de periodista, sobre las cuales se hace caso omiso. Estamos hablando de una cuasi mediación de Carabineros, que siempre mantuvo la sospecha de que no se trataba de un hurto común.

Necesariamente debo preguntarme ¿qué habría hecho Meza si los dos productos hubiesen sido sustraídos por algunos de esos “mochileros en ristre” y sin las dos “lucas” en el bolsillo? ¿Los hubiera encerrado en alguna secreta mazmorra? ¿Los hubiera arrrastrado por todo el supermercado a la espera de la policía?

Y por último, quién da cuenta de los vejámenes a la dignidad de las y trabajadpras y los trabajadores, internas/os, externas/os o subconmtratadas/os que se realizan detrás de las herméticas puertas de estos locales.

Puede ser material para un nuevo reportaje.

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* Periodista.

clavesol04@yahoo.es.

Agradezco al “camisa blanca” que me haya permitido llegar hasta el final con mi reportaje. Mención aparte para la actuación sobria y profesional de Carabineros de la 19° Comisaría, tengo la sensación de que su “olfato” no le permitió tragarse por completo el cue to del robo.
Ahora sólo falta que mi editor tampoco lo crea –y me saque del lío con la Fiscalía Oriente.
C.A.A.

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