Ene 31 2009
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Cultura

Teódulo López Meléndez / Los soldados de barro

Allí están seis mil soldados en formación de lucha presididos por los arqueros y once columnas de soldados de infantería. Son los batallones, los escuadrones, la formación que soñó el emperador. Cada uno de esos soldados tiene una cara distinta, como si la imaginación desbordada hubiese sido capaz de imitar a la naturaleza y adelantarse a verificar las ramas de los códigos genéticos o como si se hubiesen puesto de la realidad los soldados de carne y hueso para copiarlos en barro.

 

Con ballestas se protegía el sueño eterno. Quienes pusieron sus manos sobre los soldados de barro fueron enterrados junto al emperador. Los acompañantes del emperador suelen ser enterrados junto al emperador y quienes cumplen sus órdenes de moldear en barro son enterrados junto a su emperador. Espadas, lanzas, arcos y flechas de bronce para proteger al emperador que muerto estaba y enterrado andaba. Los soldados de barro estaban colocados sobre pedestales y los carros blindados hechos de madera cuidaban los límites de la autonomía del emperador.

El emperador construyó su palacio –hoy lo llamaríamos refugio– debajo del Monte Li en la provincia de Shansi. Cada soldado de barro que cuidaba al emperador tenía las piernas macizas, el torso hueco y las manos y los pies, cocidas por separado, fueron unidos a los cuerpos con finas tiras de barro, que es como decir que las manos y los pies fueron unidos al cuerpo del emperador. Al parecer las cabezas estaban blindadas contra cualquier ingerencia extraña que los hiciese mover de su misión de cuidar al enterrado emperador. Sólo se sabe que tenían agujetas rojas para sostener sus botas de soldados de barro que protegían al emperador.

Los soldados de barro custodiaban el camino al infierno. Eran más de siete mil los soldados de barro que cuidaban al emperador. El emperador iba para los catorce años cuando se hizo líder de la dinastía. El emperador se hizo famoso por su habilidad para sobornar y destruir a la oposición. En Atizan hizo inscribir: “He reunido todo el mundo por vez primera”.

El emperador le cambió el nombre a todo, a los caminos, a los vestidos coloreados, a las opiniones, a los parques y hasta a los idiomas. El emperador necesitaba constantemente dar prueba de su poder y para ello ordenó quemar los libros e hizo diseñar una biblioteca donde sólo se contara de la historia lo que a él fuese conveniente. No satisfecho, ordenó la construcción de una Gran Muralla, pero el emperador quería la inmortalidad y decidió la construcción de un ejército de soldados de barro.

El emperador miró hacia atrás y adelante, y como su poder era indefinido, calculó que en 36 años estaría listo su ejército de soldados de barro y para ello empleó 700 mil artesanos –hoy los llamaríamos militantes– y así pudo proteger su mausoleo. El historiador Sima Qian dijo que allí había ríos de mercurio y que las ballestas se disparaban automáticamente desde las ruedas para matar a cualquier comentarista entrometido que se atreviese a utilizar mecanismos que no fuesen de barro.

El emperador se llamaba Qin Shi Huang y sus soldados de terracota peregrinan hoy los museos, de ellos se hacen falsas copias y dentro de su perfección marcial siguen siendo de barro y sólo haber estado enterrados les ha permitido ser desenterrados.

Los soldados de barro son anónimos. Dentro de la perfección de sus rasgos, dentro de su papel definido de cuidar en el después, los soldados de barro no recibieron un nombre. Recibieron rasgos, pero nadie puede saber hoy como se llamaba cada uno, ni siquiera el rango que tenían, ni siquiera si habían sido ascendidos por las agujetas rojas colocadas en sus pies.

Qin Shi Huang cumplió su deseo de tener un ejército de soldados de barro. Si un campesino chino no los hubiese descubierto por casualidad los soldados de barro estarían aún en la ignominia del desconocimiento de los hombres que hoy asisten a verlos, a mirarlos, a escudriñar aquel ejército de fantasmas de barro. Quizás el campesino chino araba con un instrumento rudimentario tirado por bueyes, quizás hurgaba con las manos de carne y hueso en la dura tierra con un sueño impelido por el sol de conseguir una salida, una solución, de hacerse protagonista de un momento estelar.

El campesino chino que descubrió los soldados de barro no sabía, porque este vino después, de un general romano llamado Cincinatto que araba en los largos predios del Lazio y tomaba el poder para salvar a Roma y lo devolvía con tanta prontitud que los padres de la nación norteamericana lo tomaron como modelo y en su honor bautizaron la ciudad llama Cincinnati, con la derivación “i” con que se hace el plural italiano, para decir que aquel general no comandaba soldados de barro, sino que era el desprendimiento del poder, el sentido del deber cumplido y el abandono de las opulencias del mando y que, por lo tanto, merecía que hubiesen muchos Cincinattos (Cincinatti), que no se dedicaran a hacerse de un ejército de soldados de barro.

Los de Cincinatto eran de carne y hueso, los oficiales medios, los curtidos combatientes de las Legiones, los que se reían del odio que los generales tenían a Cincinatto por su desprendimiento. Los soldados de terracota de Qin Shi Huang jamás combatieron, a no ser ahora con los copistas que hacen reproducciones para llenar sus museos de imitaciones y falsedades.

No mezclo el pasado imperial chino con las hazañas de un comandante romano. Son historias separadas, pero hoy el barro y la dignidad salen a mi memoria por caprichos de escritor empecinado.

TLM es abogado, escritor, editor, traductor.
En http://teodulolopezmelendez.wordpress.com

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