Nov 4 2009
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Sociedad

Teódulo López Meléndez / Venezuela, el deterioro sostenido

El país se está cayendo a pedazos. La frontera con Colombia se ha convertido en un pandemónium atizado por las matanzas indiscriminadas y las declaraciones irresponsables. La delincuencia hace de las suyas en un entrevero donde las investigaciones no determinan si se trató de un asalto o de un uso político del hampa. La cesta básica está muy vecina a los dos mil bolívares fuertes. La inflación devorará los aguinaldos y las utilidades dejando sembrada para febrero una nueva posibilidad de estallido social.

 

El agua y la luz se escurren en un torbellino de irresponsabilidades y dejadez. Los atentados a la propiedad privada se disfrazan de declaraciones irresponsables de “patrimonio cultural”, lo que no resiste un análisis desde el punto de vista jurídico, pero tampoco desde el ángulo estrictamente arquitectónico y de protección histórica.

El deterioro de las formas políticas corre paralelo. Cae el gobierno por su ineptitud y caen los llamados “partidos” de la democracia representativa por su consistencia de barro. La organización sociopolítica del país se diluye, se apaga como la luz o no emerge de los grifos como el agua. Los habitantes de este campamento minero o apagan sus miedos en el encierro del entorno cercano o botan sus angustias en los portales de las frases desesperadas o entierran la cabeza en la arena del desierto o se dedican a litigar en torno a unas elecciones que llevan en sí mismas un veneno mortal o simplemente se encogen de hombros y aseguran que hay que seguir viviendo mientras se pueda.

Eso que se llamaba “calidad de vida” se ha perdido en las alcantarillas semitapadas o confundida con las vertientes de las quebradas o se ha ocultado en la psicología de un país desconocido para muchos que abarrota los centros comerciales como nuevos parques quizás a la espera de que sean cerrados por la incontinencia sin pañales que asegura que allí sólo van los ricos.

Una observación de los transeúntes de las calles o de la población que deambula en los sistemas del transporte o se que amontona en los pequeños espacios sobrevivientes a los desamparados que duermen en las otrora jardineras, nos indica un deterioro humano cercano a la catástrofe. La otra cara está representada en los privilegiados del régimen que comen langosta y beben vino bajo la canícula del mediodía en los clubes privados o en los resquicios de las clases media y alta que atiborran los restaurantes a pesar de los altos precios y por la simple lógica que parece presidir a la nación: mientras se pueda.

Me pregunto por el estado psicológico que emergerá de la Navidad, muy posiblemente sin la Cruz del Ávila, emblema del diciembre caraqueño, o sin adornos de luces en las avenidas o sin árboles de Navidad iluminados o con la precisión de que la alegría de haber cobrado se hace espuma frente a los precios inflacionarios y ante el fracaso del intento de amortiguar la diferencia entre el dólar oficial y el paralelo o frente a la imposibilidad de atender serenamente a los familiares que han venido de visita debido a los apagones o a la ausencia de agua.

Este diciembre se presenta casi como cruzar el Rubicón. Este diciembre está allí atravesado como una herencia gregoriana inapelable en esta medición cristiana del tiempo. Quizás los venezolanos puedan percibir en sus días otrora de felicidad el drama simple y a la vez complejo de un país que se deteriora como afectado por ácidos de extremo poder corrosivo. Quizás.

La discusión pública es banal. Las ondas de transmisión están infectadas de intrascendencia. La discusión gira en torno a los fantasmas y al acomodamiento cómplice. Se habla de elecciones mientras los pedazos de país caen a nuestros pies como cornisas desprendidas por el efecto indetenible de una lluvia ácida. Nos miramos los dedos de la mano sin nada que asir, sin futuro predecible a no ser el de la ruina nacional, nos hundimos en las nuevas costumbres y en los nuevos hábitos que bien pueden definirse simplemente como adaptación al caos.

La república vive los tiempos de la oscuridad. Deambulamos, no vivimos. A ratos recordamos a Platón y a su cueva y nos preguntamos si alguien trata de escalar para salir y ver y regresar a contar a los encerrados que hay un mundo distinto que se puede perseguir. Algunos soltamos a diario el desafío, por si algún oído está aún abierto, mientras recordamos a Lewis Carroll y a la pequeña Alicia con su frase “en nuestro país no hay más que un día al mismo tiempo” o sentimos la presencia inefable de Dionisio, tirano de Siracusa, utilizando su peñasco en forma de oreja para oír lo que sus prisioneros decimos.

La república está viviendo una hora sórdida, preñada de incógnitas aunque no tan incógnitas. En medio de las tinieblas el futuro se va armando y no somos nosotros los que ponemos las piezas. Se va armando por la inercia de una pieza que se mueve en la falta de gravedad y al desgaire se encuentra con otra y van constituyendo un cuerpo que reclamará su independencia de nosotros. El futuro así se gana el mote de impredecible, aunque no tan impredecible.

La república padece un gran apagón donde apenas pueden distinguirse las pequeñas llamas de un astro que se consume hacia adentro para hacerse hueco negro invisible, materia oscura, desaparición de nuestras posibilidades.

Hay que decírselo a los venezolanos para tentar la comprobación de que aún tienen los cinco sentidos funcionando o si se han apagado como la luz o evaporado como el agua.

* Escritor.

 

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