Feb 2 2008
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Opinión

Tiempos de asco. – KRASSNOFF, LA LIMPIEZA DE IMAGEN DE UN CRIMINAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Con particular motivación he aceptado presentar hoy este libro, porque he sido testigo de cómo al protagonista del mismo se le ha hecho víctima de uno de los peores episodios de injusticia política, corrupción judicial, indiferencia ciudadana culpable y atropello de las normas básicas del derecho que se registran en la historia de Chile.

Esta obra, que debemos a la pluma ágil y versada y a la abnegada dedicación de Gisela Silva Encina, aparte del obvio concurso del brigadier Krassnoff, pudo haber sido editada perfectamente como dos libros separados, sin que ninguno le fuera en zaga en interés al otro, pero cuyas temáticas, siendo en el fondo una sola, se refieren a épocas y naciones muy diferentes.

Digo que la temática es una sola porque trata de las tragedias que se ciernen a veces sobre los pueblos y, muy en particular, sobre grupos o personas que forman parte de ellos.

Pero el primer libro, el que se refiere a la historia de los cosacos en Rusia y su trágico destino a manos de la revolución bolchevique, bien pudo ser una gran obra de Tolstoi o de Dostoievski. Del primero, por la grandeza de la gesta. Del segundo, por la hondura de la tragedia que afectó a los cosacos en general y a la noble familia Krassnoff en particular.

El segundo libro, que se refiere al aciago destino que ha castigado a tantos militares y, en general, uniformados chilenos que dieron la lucha por salvar a nuestra Patria de un destino totalitario, bien pudo haber sido escrito por Víctor Hugo, como una segunda parte de “Los Miserables”. En cierto sentido, Miguel Krassnoff es un Jean Valjean de nuestro tiempo, un perseguido inocente de una judicatura desquiciada, politizada, corrupta e inmisericorde, que viene operando con la complicidad de toda la sociedad chilena. No sólo de la izquierda política, no sólo del centro, sino de la derecha política, que ha dejado pasar sin mayor protesta las cosas más escandalosas, bajo sus propias narices, y frecuentemente cohonestándolas, cuando no ocultándolas.

¿De qué otra manera calificar la impunidad en que ocurre y persiste el desconocimiento sistemático de la ley penal, no sólo chilena, sino universal? Pues instituciones como la presunción de inocencia, la irretroactividad de la ley penal, la cosa juzgada, el análisis objetivo de las pruebas, la prescripción y la amnistía, pertenecen al derecho penal inmemorial, pero en Chile son atropelladas todos los días, ante la impasibilidad ciudadana, la complicidad de los jueces superiores con los hechores de la prevaricación, la indiferencia de los políticos y, duele decirlo, la de los propios militares.

Así como he leído la primera parte del libro, relativa a los hechos históricos que ocasionaron la tragedia de los rusos blancos en general y de los cosacos en particular, con la emoción y el recogimiento con que se lee a un clásico ruso, he leído la segunda parte con la misma sensación de ultraje, impotencia y rabia con que en mi adolescencia me enteraba de las tremendas injusticias de que se hacía víctima a Jean Valjean, en la obra de Víctor Hugo. ¿Cómo no sentir todo eso si se le impone a Krassnoff diez años de presidio por el secuestro y desaparición de una persona que documentadamente recibió asilo en México, por ejemplo?

Pues hay cosas en este libro que desafían la credulidad de las personas honestas, y sin embargo son verdaderas. Porque uno no puede creer que alguien sobre quien han recaído cinco condenas de presidio, más cuatro procesamientos en vigencia, que configuran, de hecho para él, una pena de presidio perpetuo, no haya sido ni una sola vez, escúchese bien, ni una sola vez interrogado por el juez sentenciador.

Pero ¿no dicen los códigos que la declaración indagatoria del inculpado es un trámite esencial y previo a la declaración de su procesamiento? ¿No hemos visto que en recientes y bullados recursos de amparo masivo dictados por un juez politizado los tribunales han anulado los procesamientos precisamente por la falta de declaración indagatoria?

No para Miguel Krassnoff. Acúdase a los expedientes de sus procesos y se comprobará que hace las veces de aquella declaración ¡una fotocopia!, ¡una fotocopia! obtenida de otro proceso tramitado por un juez diferente.

¿No dicen los códigos que la declaración de un testigo abonado y que da razón de sus dichos es una prueba de peso, superior al de cualquier otra presunción? No para Miguel Krassnoff, respecto de quien, diversos inculpados en diferentes procesos han declarado que no tuvo participación alguna en los hechos, sin perjuicio de lo cual el juez respectivo ha estimado que se le presume parte de la “cúpula de la DINA”, en razón de lo cual se le procesa y condena por el delito en que no tuvo arte ni parte.

“La cúpula de la DINA” ha devenido ya lugar común en nuestros tribunales, porque el hecho de pertenecer a ella constituye, aparentemente, plena prueba de culpabilidad de múltiples delitos. Pero resulta que Miguel Krassnoff era un joven teniente y que entre él y la “cúpula de la DINA”, si es que un ente tal alguna vez se constituyó, había no menos de 80 oficiales de rango superior a él, la casi totalidad de los cuales los jueces no presumen que fueron parte de la “cúpula de la DINA”.

Para mí este ente a que acuden los tribunales para presumir culpabilidades ha merecido especial atención, porque hace algunos años un ex agente de inteligencia me fue a ver y me dijo: ¿Se ha fijado usted que siempre culpan de los delitos a la “cúpula de la DINA”?

“Por supuesto”, le respondí.

“¿Y se ha fijado usted que en dicha cúpula hay oficiales de menor rango, que eran muy jóvenes?”

“Claro, también lo he observado y lo encuentro insostenible”, le dije.

“¿Y no se ha fijado usted que nunca se menciona, ni se procesa ni condena al Subdirector de la DINA? El Subdirector nunca es parte de la “cúpula”.

“No me había fijado. No sabía que había un Subdirector”.

Entonces comencé a fijarme mejor y comprobé que eso era verdad. Un joven teniente, antes del cual había ochenta oficiales de mayor rango en la DINA, es, para los jueces, parte de la “cúpula de la DINA”, pero el Subdirector nunca lo es, para estos efectos. Por supuesto, mi amigo, el ex agente de inteligencia, tiene una explicación para esa curiosa exclusión, pero me la reservaré, porque no me consta.

Es que la figura de Miguel Krassnoff en Chile ha concentrado el odio del bolchevismo local, lo mismo que las de su abuelo y su padre lo concentraron en la Unión Soviética, llevándolos al patíbulo y generando que sus restos ni siquiera fueran entregados a sus familiares.

He podido comprobar personalmente esta odiosidad enfocada hacia su persona. Hace años un amigo común del brigadier y mío me sugirió reunirme con él, cuando se había acumulado en su contra numerosos procesos pero aún gozaba de libertad. Tuvimos extensas entrevistas en que me refirió tanto cosas como las que se pueden leer en este libro como muchas otras. Una de las preguntas que le formulé directamente fue: “¿Participó alguna vez usted en una tortura contra alguna persona?” Y me contestó directamente, y más de lo que yo le pregunté: “Nunca”, me dijo, añadiendo, “y tampoco nunca en mi presencia se torturó a nadie, porque todas las personas a quienes debía interrogar, que eran principalmente miembros del MIR, para cuya tarea yo estaba designado, siempre respondían mis preguntas con amplitud”.

Bueno, yo era dueño de creerle o no, pero intuitivamente le creí. Leyendo este libro he encontrado testimonios de personas de extrema izquierda que han declarado lo mismo: Miguel Krassnoff se identificaba con su credencial de Ejército e interrogaba sin recurrir a ninguna coacción.

No obstante, en una oportunidad en que me hallaba en un áspero debate con otras personas, entre las cuales estaba un miembro de la Comisión de la Tortura formada por Ricardo Lagos, cuando yo aseguré que, en mi opinión, Miguel Krassnoff nunca había torturado a nadie, el citado miembro de la comisión me dijo, con mucha seguridad: “Ante nosotros ha acudido a declarar más de mil personas que dicen haber sido torturadas por él”.

Pues bien, como no se trataba de una reunión secreta ni mi interlocutor me pidió reserva, en un columna mía escribí que un miembro de la Comisión de la Tortura me había asegurado que más de mil personas las habían sufrido a manos de Miguel Krassnoff.

Días después el mismo miembro de la Comisión se me acercó y me dijo con la mayor inocencia:

“En la Comisión me preguntaron a qué miembro de ella te referías en tu columna, pues no es verdad que más de mil personas hayan declarado haber sido torturadas por Krassnoff”.

Entonces yo le dije su propio nombre; pero él, con enorme sorpresa de mi parte, manifestó que jamás me había dicho eso y que yo estaba equivocado.

Tiempo después fui objeto de una manifestación, a la cual acudieron cerca de dos mil personas. Entre quienes habían sido invitados estaban Miguel Krassnoff y su señora, pero como el primero estaba a la sazón privado de libertad, me envió una nota explicándome que su deseo habría sido estar ahí. Los organizadores, muy partidarios míos, pero no por ello impermeables al lavado de cerebros que la izquierda ha practicado a los chilenos y, es del caso añadirlo, al resto del mundo, me consultaron si no sería inconveniente leer esa carta de excusas ante la concurrencia, como otras que habían llegado. Yo respondí que de todas maneras debía ser leída. Y así se hizo, generando una ovación en la concurrencia, que justamente había acudido al acto porque presumía de no tener sus cerebros lavados.

Con sorpresa, uno o dos días después, estaba viendo un panel de televisión con tres periodistas y uno de ellos, que ni siquiera es de izquierda, se refirió al acto de homenaje que se me hizo, hablando bien de la iniciativa, pero diciendo que había sido desvirtuada por la lectura de una carta de, textual, “Miguel Krassnoff, el mayor torturador de la historia de Chile”.

En este libro hay testimonios de esta falsedad, pero como en él muy bien explica Gisela Silva, aparte de una privación de libertad injusta, ilegal e inmoral de que se ha hecho víctima a este oficial, él y su familia han debido sufrir el delito favorito de la izquierda mundial; el asesinato de imagen. En los procesos en su contra hay testimonios firmes de que los procedimientos de Miguel Krassnoff fueron siempre éticos, pero esos testimonios no han sido atendidos por los jueces.

No sólo eso, hay pruebas contundentes de que Miguel Krassnoff no estaba en Chile o en el lugar de los hechos, en los casos de otros delitos. Está probado en los procesos. No obstante ello, se han validado testimonios completamente falsos que lo inculpan, contra la documentación que prueba que físicamente no pudo participar en los hechos.

Este asesinato de imagen ya llegado a los mayores extremos. En un trabajo periodístico publicado en ese periódico tan representativo de las virtudes nacionales que se llama The Clinic, trabajo premiado por la Universidad Alberto Hurtado y publicado en un libro de la misma casa de estudios, se afirma que Miguel Krassnoff primero torturó y luego asesinó al cantante Víctor Jara, en el Estadio Chile, en 1973.

Yo no me habría enterado de esa premiada crónica si mi nieta mayor, que está en primer año de Periodismo de la Universidad Católica, no me hubiera informado de ella, pues se la había dado como lectura obligada. Mi nieta me observó que este oficial, de quien siempre me había oído decir que era una buena persona, había torturado y asesinado a Víctor Jara. Así se afirmaba en la crónica, que debe haber circulado por decenas o centenares de miles de manos; así se afirma en un libro editado por una universidad que lleva el nombre de un santo.

Tomé el texto y fui al penal donde purga sus inexistentes delitos Miguel Krassnoff. Con rostro resignado me dijo dos cosas: primera, nunca he sido procesado ni inculpado por la muerte de Víctor Jara; y, segundo, consta en la documentación sobre destinaciones del Ejército que yo, en esa época de 1973, prestaba servicios como instructor en la Escuela Militar y nunca estuve y ni siquiera conozco el Estadio Chile.

Pero en las librerías de Santiago se sigue vendiendo el libro que asesina la imagen de Miguel Krassnoff.

El que se presenta hoy es un esfuerzo ante esa marea de denigración. Puede ser un esfuerzo limitado, pero está lleno de dignidad y justicia. Ustedes experimentarán, tal como me sucedió a mí, una sensación de incredulidad al leerlo, cuando se enteren de las atrocidades que ha sufrido este oficial chileno de brillante carrera, padre de familia ejemplar, condecorado con la medalla al valor del Ejército de Chile por haber arriesgado su vida bajo el fuego de los cabecillas del MIR, cuya guarida fue descubierta gracias a sus investigaciones; este oficial que salvó la vida de la pareja del jefe mirista, Carmen Castillo, la cual en reciente película, que se exhibe en Santiago, da una versión desfigurada de esos hechos. No hay nada que irrite más a Carmen Castillo que la reproducción del reconocimiento que hizo al buen trato que le dispensó Miguel Krassnoff cuando la recogió herida y la depositó en una ambulancia. Como es propio de izquierdistas, posteriormente cambió su versión.

Incluso nuestro oficial fue condecorado bajo la administración Aylwin, por los servicios prestados en su desempeño profesional en regiones. Pero luego se abatió sobre él la propaganda izquierdista, recogida por los tribunales, que ha sido suficiente, en manos de jueces políticamente sesgados y jurídicamente incapaces, para aplicar a un hombre ejemplar la penalidad más grave que contempla nuestro ordenamiento, que es la de cadena perpetua. Pues no otra cosa significa para una persona de su edad la sumatoria de condenas que ha recibido y sigue recibiendo por supuestos delitos de los cuales es inocente.

Porque eso debe ser remarcado: Krassnoff no necesitaría de la prescripción y de la amnistía, pues nunca cometió los delitos que se le imputan.

Un sino trágico ha perseguido a esta familia, ya por tres generaciones: abuelo, padre e hijo, situados por el destino en situación de combatir a la peor lacra de nuestro tiempo, el comunismo marxista. Los dos primeros ejecutados en la horca por los comunistas. El tercero de ellos, distinguido oficial chileno, que contribuyó a salvar a ésta, su Patria, es perseguido por el comunismo y la izquierda y recibe como recompensa cadena perpetua. Como dice el título de este libro, está “preso por servir a Chile”.

Se trata de un preso político, porque no está privado de libertad en virtud de la aplicación de las leyes, sino en virtud de decisiones políticas que atropellan las leyes. Por eso yo habría titulado este libro “Miguel Krassnoff, Preso Político”, pero personas más prudentes que yo prefirieron el que actualmente ostenta y probablemente tienen razón.

Lo que tengo el honor de presentar hoy es un pequeño acto de reparación, en medio de una injusticia tremenda. Pero tiene una fuerza enorme, la fuerza de la verdad. Está muy bien escrito, por una pluma culta y versada, como la de Gisela Silva. Ha sido acogido y editado por la Editorial Maye, de nuestro incansable y patriota amigo Alfonso Márquez de la Plata. Gracias a ambos, en nombre de la verdad y de los chilenos con el corazón bien puesto.

Pues yo siento vergüenza, como chileno, de los sufrimientos que la institucionalidad desvirtuada de mi país ha inferido a Miguel Krassnoff y a su familia, que en enero próximo cumplirá ya tres años de presidio injusto en un penal.

Por eso, en la persona de su señora, María de los Angeles Bassa, y de sus hijas, quiero pedirles perdón, tomando la representación de muchos chilenos, cuya gran mayoría, si supieran la verdad, también se lo pedirían.

Y nunca pierdo la esperanza de que, más temprano que tarde, esa verdad se imponga y el preso político de hoy pueda recibir la reparación, el reconocimiento y la gratitud que tanto le debemos los habitantes de esta tierra, por estar pagando un costo personal tan alto en su lucha victoriosa en aras de nuestra libertad.

En: www.cren.cl.

Addenda

Los reveladores careos entre víctimas y ex DINA de Villa Grimaldi

“Yo presencié las torturas de Patricio Bustos y me consta que lo hizo Marcelo Moren Brito, Miguel Krassnoff, Basclay Zapata y Tulio Pereira”, testifica el tristemente celebre guatón Romo. Pero él, al igual que el resto, omite sus propias culpas y se lava las manos, sin evitar caer en contradicciones.

Mercedes Castro*

Frente a frente. Ex prisioneros que fueron torturados en los centros de reclusión de la disuelta Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) se enfrentaron a sus agresores: Osvaldo Romo Mena, Basclay Zapata y Miguel Krassnoff Martchenko. La diligencia efectuada por la ministra Gabriela Pérez mientras subrogó al juez instructor Juan Guzmán, aportó testimonios cruciales para la investigación de las violaciones a los derechos humanos cometidas en Villa Grimaldi.

“Yo presencié las torturas de Patricio Bustos y me consta que lo hizo Marcelo Moren Brito, Miguel Krassnoff, Basclay Zapata y Tulio Pereira”, señala en un escalofriante careo el ex agente de la Dina, Osvaldo Romo Mena (el Guatón Romo) al ex prisionero de Villa Grimaldi, Edwin Patricio Bustos Streeter.

Primera Línea tuvo acceso a estas piezas del la causa donde están procesados por el delito de asociación ilícita el general (r) Manuel Contreras Sepúlveda; al brigadier (r) Miguel Krassnoff Marchenko; al coronel (r) Marcelo Moren Brito; al suboficial (r) Basclay Zapata Reyes y el ex agente civil Osvaldo Romo Mena y
reproduce algunos de los episodios más relevantes.

El ex detenido Patricio Bustos precisa a foja 4.014 del proceso: “Reconozco a Osvaldo Romo quien me detuvo en la vía pública, trasladándome a Villa Grimaldi. Me llevaron a la casa en la Villa y a La Torre (lugar donde se aplicaban las torturas más violentas). Me torturaron Krassnoff, Zapata, Tulio Pereira, Moren Brito y Romo. Estando al interior de La Torre me desnudaron y me aplicaron el “Paud Arara” que consistía en colocarnos desnudos con las piernas y brazos amarrados y encogidas para luego poner una cañería entre ellos, y así, totalmente inmovilizados e indefensos, nos aplicaban electricidad”.

Al respecto Romo confirma: “Yo formaba parte del equipo que detuvo a Bustos. Este grupo era comandando por Basclay Zapata” y añade: “Yo presencié las torturas de Patricio Bustos y me consta que lo hizo Moren Brito, Krassnoff, Zapata y Pereira”.

Pero el ex prisionero refuta los dichos, señalando: ‘No sé la división del trabajo anterior de la DINA, lo que si me consta es que había una mezcla de funciones porque yo ví agentes que decidían las detenciones, pero a la vez también torturaban. No era tan efectiva la división de funciones de que hablan ellos. Este señor no sólo presenciaba, sino que además torturaba. Era el único torturador que le gustaba que lo vieran, incluso él me levantó la venda y me dijo si lo reconocía’.

La declaración de Patricio Bustos puntualiza que en una oportunidad “llegó hasta el recinto Manuel Contreras a inspeccionar el funcionamiento del centro”.

Una hora más tarde, Bustos se enfrenta cara a cara con quien le provocó tormentos, pero paradojalmente el clásico recurso de la “amnesia” de los agentes de la DINA comienza a operar.

Bustos indica a foja 4.016 del proceso de Guzmán: “Conozco al señor Miguel Krassnoff Martchenko. Lo he visto en dos oportunidades, una en Villa Grimaldi y otra en un careo de la ex ministra Olivares. Lo conocí cuando me torturó en Villa Grimaldi, lugar donde también torturó a mi esposa Cecilia Bottai y a Susana Beragua, Nelson Fernández, Sergio Cortés, Georgina Ocaranza, Mauricio Galaz, María Sartori, Cecilia Mazzela, entre otros’. Él era parte del equipo que torturó a Guillermo González de Asis, detenido en septiembre de 1975, actualmente desaparecido.

Asimismo -agrega- integraba el equipo de responsable de Jorge Fuentes Alarcón, detenido en el marco de la Operación Cóndor en Paraguay y trasladado a Villa Grimaldi donde desapareció. También participó en las torturas del profesor Ignacio Ossa Galdames, quien murió en Villa Grimaldi y cuyo cuerpo fue abandonado en la vía pública simulando un accidente de tránsito”.

Pero de acuerdo a Krassnoff los hechos son falsos “jamás tuve responsabilidades relacionadas con el detalle que menciona esta persona”, y aún frente al grito desesperado de Bustos que precisa: “Usted fue el primero que me torturó. Estando presente Marcelo Moren Brito. Usted me golpeó en los oídos y por primera vez conocí lo que era la tortura”. Y la respuesta del acusado es sólo un escueto “rechazo categóricamente lo expuesto por esta persona”.

Patricio Bustos al repetir los mismos cargos y denuncias contra Basclay Zapata, alias El Troglo, debe conformarse con una respuesta evasiva que sólo señala: “Insisto no es efectivo lo que dice, yo nunca torturé ni detuve a nadie”.

El testimonio de la esposa de Chanfreau

El repentino olvido también se registra en el careo que sostiene Erika Cecilia Hennings Cepeda, esposa del desaparecido dirigente del MIR Alfonso Chanfreau, con Romo Mena.

La ex detenida relata que fue sometida a sesiones de tortura por parte de Romo “recuerdo que me golpeó en los oídos conocido como el ‘teléfono’ además de tocar mi cuerpo”.

“La señora miente, porque en esa época yo me dedicaba a la ubicación de casas de los altos dirigentes del MIR. Recuerdo que detuvieron a esta señora, Moren Brito, Krassnoff, Gerardo Godoy, Lawrence, entre otros”, sentencia el procesado, quien en todo caso confirma que su labor era algo más que ubicar personas, ya que señala: “Yo solamente la llevaba cuando la pedían los jefes”.

Al comparecer Erika Hennings con Krassnoff explica que él ordenó su detención después de la aprehensión de su esposo. Durante su período en manos de las fuerzas represivas, la víctima señala que estuvo el Londres 38 –otro recinto de detención de la DINA- donde fue sometida en presencia de su cónyuge a múltiples agresiones.

Para Krassnoff la realidad es distinta, pues asegura que sólo ejerció labores como analista de inteligencia y, por ello, cualquier actividad “operativa” era incompatible con su trabajo.

En el caso del careo de Katia Alexandra Reszczynski Padilla con Krassnoff se registra un notable avance en los recuerdos del acusado, quien sostiene que “efectivamente conversé con varias personas detenidas en Londres 38 identificándome con mi nombre. Mi función no tuvo nada que ver con torturas e interrogatorios. Eran una suerte de indagatoria para obtener información sobre el MIR”.

El procesado enfatiza que ‘estuve en la Dina en mi calidad de teniente y comienzo de mi grado de capitán. Jamás escuché o recibí una orden o disposición relacionada con exterminios, muertes, torturas u otros similares’.

Contradicciones internas: habla ex agente

Dentro del mismo careo participó un ex agente que sin titubear entrega datos sobre la participación de Basclay Zapata en los centros de detención de la DINA.

Samuel Enrique Fuenzalida Devia precisa que ‘conozco a Zapata desde la época que me trajeron desde Calama a las Rocas de Santo Domingo, a un curso de inteligencia. Lo volví a encontrar en Londres 38 y Rinconada de Maipú. En el primer lugar ambos éramos operativos. Ambos hacíamos guardia y vigilabamos a los detenidos.

En el cuartel de Villa Grimaldi realizaba funciones de guardia, ornato y a veces se me encomendaba vigilar a los detenidos’.

El testimonio añade que ‘en Villa Grimaldi tuvimos varios jefes y el último fue Moren Brito. Basclay Zapata formaba parte del grupo que comandaba Krassnoff y además integraba Romo Mena. Era una agrupación operativa. Cuando estaba de guardia a Basclay Zapata lo veía conducir el vehículo que trasladaba a Krassnoff y a Romo. Estos eran operativos’.

La respuesta de Zapata confirma en parte, pero en lo sustancial, lo dicho el ex agente: ‘Yo conozco a este señor y recuerdo que hacía guardia en Villa Grimaldi. Yo no hacía guardia en ese lugar. Efectivamente trasladé a Krassnoff y Romo durante mi desempeño en la Dina, pero sólo para aprovechar el vehículo y nada más. Yo no detuve, ni torturé’.

Insiste en que nunca formó parte de brigadas especiales de la Dina, como Halcón, y afirma que ‘conocí a Krassnoff y Moren Brito como oficiales del Ejército, nada más (…) Reconozco haber estado en la DINA y en Villa Grimaldi, pero no era un operativo’.

Caso en tribunales

El 9 de julio pasado (2001) el general (R) Manuel Contreras Sepúlveda; el brigadier (R) Miguel Krassnoff Marchenko; coronel (R) Marcelo Moren Brito; suboficial (R) Basclay Zapata Reyes y ex agente civil Osvaldo Romo Mena fueron procesados en un histórico fallo por el delito de asociación ilícita.

El dictamen del juez Guzmán establece que la Dina “mantuvo en Santiago diferentes lugares clandestinos de reclusión (…) en dichos recintos se infringieron en forma sistemática apremios ilegítimos -torturas- a los detenidos, se les mantuvo secuestrados y, en algunos casos, se cometieron homicidios en contra de los mismos, para posteriormente hacer desaparecer sus cuerpos, los que hasta la fecha no han sido encontrados’.

Agrega que ‘en la práctica se trató de un organismo secreto que actuó por encima de la ley’ y bajo su mando se crearon una serie de brigadas y unidades y subunidades que no tenían ‘control efectivo de la legalidad’.

La Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) era liderada por Manuel Contreras, directamente de ella dependía la Brigada de Inteligencia Metropolitana (BIM) a cargo del brigadier (r) Pedro Espinoza y el Departamento Exterior.

En el caso de la BIM tenía agrupaciones bajo su mando que cumplían tareas de represión, tortura y exterminio de los opositores políticos. Dos de las más tristemente recordadas fueron las Brigadas Caupolicán y Purén. De la Caupolicán a su vez dependían unidades como las Halcón, Vampiro y Tucán.

La primera de ellas –Halcón- era dirigida por Miguel Krassnoff, quien tuvo como misión principal el exterminio del MIR entre 1974 y 1975. También integraban la unidad el Guatón Romo y Zapata, que estaba casado con otra agente de la Dina, Teresa Osorio. Ésta se caracterizó –de acuerdo a las víctimas- por violar a las detenidas.

A cargo de Villa Grimaldi estaba Marcelo Moren Brito conocido como el “Ronco” o el “Coronta” que también participó en la Caravana de la Muerte y, que según el relato reconstruido hasta el momento, se caracterizó por imponer el uso del corvo para masacrar a sus víctimas.

El primer recinto clandestino que tuvo la DINA para detener prisioneros fue Londres 38 que operó en 1974, el segundo semestre de ese mismo año comienza a operar José Domingo Cañas y en octubre de 1974 aparece Villa Grimaldi –conocida en la jerga del organismo represivo como Cuartel Terranova- que funcionará hasta 1977. Esta última estaba ubicada en avenida José Arrieta a la altura del 8.200, comuna de La Reina.

El informe Rettig consigna sobre la Villa que “allí se llevaba a los prisioneros para sus primeros interrogatorios después de la detención y se mantenían lugares y artefactos especialmente dispuestos para las distintas formas de tortura; allí, también, se mantenía a los prisioneros a quienes ya no se torturaba, a veces por largos períodos, a la espera de posibles nuevos interrogatorios o de la decisión sobre su suerte futura”.

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* El texto original puede leerse aquí, lleva fecha 22 de agosto de 2001.

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