Ene 2 2007
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Cultura

Todas las mañanas del mundo. – SON CAMINOS SIN RETORNO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Es de sobra conocido entre los aficionados el movimiento que se ha dado en las últimas décadas en la recuperación de la música antigua: autores desconocidos que salen a la luz, interpretación con instrumentos originales de la época (es decir, construidos ahora según técnicas de entonces)… Una corriente que puede interpretarse como una búsqueda de “autenticidad” frente al concepto habitual de “progreso”: así, en cuanto a instrumentos musicales, se rechaza que los actuales sean intrínsecamente superiores a los del Barroco, ni tampoco inferiores, sino simplemente menos adecuados para esta música.

El sonido de las orquestas sinfónicas convencionales podría verse así como un trasunto de nuestra civilización moderna, tecnificada y masificada; de hecho también podría establecerse algún paralelismo entre el auge de este estilo de interpretación musical y el de los actuales movimientos ecologistas, que también denuncian los males del “progreso” en pro de una vida más natural, la cual, sin embargo, parece ser que no impide hacer uso de los modernos avances de la técnica.

Quizás la posteridad llegue a recordar esta corriente musical historicista asociada a la película francesa Todas las mañanas del mundo, dirigida en 1991 por Alain Corneau, o quizás esta se ha rodado con la intención de que los adeptos a la música antigua la consideren “su” película. Lo indudable es que el director francés (de quien no conocemos otros trabajos) ha sabido recrear, mediante una historia ambientada en el siglo XVII, la mentalidad típica que se atribuye al aficionado actual a este estilo.

El argumento trata la relación entre Marin Marais (1656-1728), violagambista y compositor de la corte francesa de Luis XIV, y el que fuera su maestro, el señor de Sainte-Colombe, un personaje enigmático del que sabemos poco, apenas algunas líneas de referencia en documentos de la época. Aprovechando esa laguna, el escritor Pascal Quignard, apasionado de la música para viola de gamba, escribió una historia original donde se le presenta como devoto jansenista y obsesionado con el recuerdo de su mujer, que murió mientras él tocaba para un amigo agonizante que deseaba irse de este mundo con buen vino y buena música.

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Tras quedar viudo Sainte-Colombe abandona las pompas mundanas y se recluye en su granja, entregado a descubrir los secretos de la viola de gamba, a la que dedica 15 horas diarias de ensayos, y descuidando incluso a sus dos hijas. Cuando ellas se hacen mayores, las instruye en el arte de tocar la viola, y los conciertos del trío se hacen célebres. El mismo rey de Francia manda a Sainte-Colombe un emisario que le anuncia que Su Majestad desea escucharle, pero será despedido altivamente por el ermitaño (“Mi Corte son los peces y los árboles…”), que prefiere su vida rodeado de verdes bosques al palacio del Rey.

En esto se presenta en su casa Marin Marais, mozalbete de 17 años. Le pide ser discípulo suyo, pues ha sido despedido como niño cantor, al haberle mudado la voz, y cree que puede ser un buen violista. El viejo le invita a tocar algo como prueba, y su veredicto será que Marais es técnicamente brillante, pero que la música no es eso. La voz conmovida de Marais conseguirá que Sainte-Colombe le acepte como discípulo, “por vuestro dolor, y no por vuestro arte”.

Las enseñanzas de Sainte-Colombe no versan sobre técnica, o al menos la película no las presenta así, sino sobre el significado de la música. En la naturaleza se encuentra música por todas partes: el sonido del viento es música, el llanto de su hija es música, incluso un hombre orinando produce música; donde no la hay es en las composiciones frívolas y mundanas que divierten a la Corte. La técnica de Marais le merece este veredicto: “Sois un gran equilibrista, pero un músico menor”. Una vez despedido, el joven músico, que ya goza de un empleo en la corte de Luis XIV, continúa escuchando a escondidas a su maestro, mientras este practica a solas en un cobertizo.

Entretanto, la hija mayor de Sainte-Colombe, Madeleine, se había enamorado de Marais, que la dejará embarazada, antes de huir del lugar y casarse con otra. Ella da a luz un niño muerto, y cae en una depresión que le hará terminar en el suicidio. Sin embargo, años después, cuando Sainte-Colombe está ya próximo a morir, y Marais le vuelve a visitar en secreto esperando oír su música, para que no se pierda en el olvido, el antiguo discípulo se presenta ante su maestro y este último no le reprocha las desgracias que acarreó a su familia, lo que parece revelar una mentalidad fatalista y resignada ante las mismas. En su lugar, le da la última lección, revelándole qué es la música: la música es la voz de los que no tienen voz, es la voz por la que se expresan los muertos y los que no han nacido, es la expresión de un misterio no sólo humano.

A este respecto, además de la vida “en contacto con la naturaleza” y de la aceptación de la muerte como parte de la misma, encontramos también otro aspecto que aparece con frecuencia en los movimientos que, de una forma u otra, llaman a oponerse al progreso, y es el coqueteo con diversas formas de irracionalismo y misticismo. Sainte-Colombe, al llegar a dominar los secretos de la viola de gamba, consigue comunicarse con su mujer muerta, que se le aparece habitualmente. Marais, por su parte, que al principio de la película se ve ya mayor y respetado (narrando su juventud en “flash-back” y terminando el relato con lágrimas en los ojos), pero sin poder igualar a su maestro, lo conseguirá al final: el film termina cuando la maestría de Marin Marais con la viola de gamba llega a su punto más alto, al de poder comunicarse con el más allá, pues se le aparece el difunto Sainte-Colombe para declarar que se siente orgulloso de haberle instruido.

Los hechos reales fueron, por supuesto, de otra manera. El Marin Marais histórico sólo tomó clases de Sainte-Colombe durante 6 meses, al cabo de los cuales su maestro le dijo que ya nada más podía enseñarle, pues Marais le superaría, y además añadió que con frecuencia el discípulo supera al maestro, pero que no creía que ningún discípulo de Marais le pudiera superar.

Una de las bazas fundamentales del film es, como no podía ser menos, la música de su banda sonora, interpretada por uno de los “santones” de la corriente historicista, el violagambista catalán Jordi Savall. La base de la misma, lógicamente son las composiciones de Sainte-Colombe y Marais; de este último se aprovecha para incluir su obra más popular, la Sonnerie de Sainte Genèvieve, ensayada por sus discípulos al comienzo de la película. También aparecen sus conocidas variaciones sobre las Folies d’Espagne, pues son lo que toca cuando Sainte-Colombe le pide que improvise sobre esa famosa melodía. Debe destacarse también la escena donde se ve a la orquesta de Versalles interpretando la marcha del Burgués gentilhombre de Lully bajo la dirección de Marais, quien usa como batuta un bastón del mismo tipo del que, según cuentan las crónicas, causó la muerte al propio Lully, al clavárselo en un pie, y provocarle la gangrena.

En toda la música elegida para la película sólo hay un anacronismo (deliberado) y es la interpretación en un supuesto oficio religioso jansenista de la tercera Lección de Tinieblas de Couperin, compuesta medio siglo después de la época en que se narran los hechos, y que podemos escuchar cantada por María Cristina Kiehr y por la señora de Savall, Montserrat Figueras. En la lista de intérpretes aparecen muchos nombres ya míticos de la interpretación barroca, y que forman o formaban entonces equipo con Savall, como Pierre Hantaï (clave), su hermano Jerôme (viola de gamba), Rolf Lislevand (laúd), Christophe Coin (cello) o la orquesta Le Concert des Nations.

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Otros alicientes que ofrece Todas las mañanas del mundo están en la cuidadosa reconstrucción del pasado, aunque una vez más sea un pasado idealizado: en este sentido, destaquemos la preciosa fotografía, inspirada en pintores de la época como Georges de la Tour, o el lenguaje empleado, que también intenta imitar a la literatura del XVII. Por último está el reparto, donde cabe mencionar como Marin Marais en sus años de madurez al famoso actor francés Gérard Depardieu (que aparece demasiado poco como para justificar la cabecera de cartel), su hijo Guillaume como Marais joven, Jean-Pierre Marielle como Sainte-Colombe y Anne Brochet como su hija mayor. A todos ellos el único reproche que les han hecho los músicos profesionales es su escasa idea de cómo se maneja una viola de gamba, con la única excepción de Depardieu Jr. que ha realizado estudios de violonchelo; de todos modos este detalle suele ser el más descuidado en las producciones interpretadas por actores que no sean asimismo músicos.

En resumen, si el que ve Todas las Mañanas del Mundo no atiende a la especial filosofía que transmite la película, puede muy bien aburrirse y considerarla como uno más de los plomizos productos “culturales” de los franceses, que allí tienen invariablemente un éxito asegurado (en el caso que nos ocupa, nada menos que siete premios César) pero que las más de las veces son de difícil exportación. Conviene, sin embargo, ver un poco más lejos, y en ese sentido todo aficionado a la música podrá disfrutar de una película tan cuidadosamente realizada.

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* Reseña tomada de la revista digital Filomúsica, de octubre de 2000.

angelriego@hotmail.com.

Addenda

El guión de la película, del realizador y Pascal Quignard, se construyó sobre la nouvelle homónima del segundo, de la que existe versión en castellano, publicada en Madrid en 2005.

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