Jun 19 2008
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OpiniónPolítica

Trichet y el voto de la abuela irlandesa

Rubén Martínez Dalmau* 

Hace un par de años, en un seminario de expertos sobre el fracaso de la Constitución Europea al que fui gentilmente invitado, escuché de un colega –casi amigo- la crudeza del discurso elitista que ha prodigado en la construcción europea, con salvedades, desde sus inicios. “¿A quién se le ocurre convocar un referéndum sobre el Tratado?”, preguntaba indignado el profesor, después de haber despotricado largo y tendido sobre el “no” francés, consciente además como era de que la consulta francesa no era necesaria según la legislación del país vecino. “Yo no dejaría que mi abuela votara sobre el futuro de Europa –continuó el catedrático- ¿Qué va a saber mi abuela sobre Europa?”. Como ya es historia, el último coup de force de Chirac salió torcido, cosas que pasan cuando se pregunta a las abuelas.

Tampoco las abuelas irlandesas se han quedado calladas, y en Irlanda ha vencido la decisión de negar la aprobación del Minitratado, que no era otra cosa que una puerta de atrás para endosar la Constitución Europea a grandes rasgos-. Nadie ha dicho que la democracia tenga que ser aburrida. 

Lo único que le agradecí a mi compañero durante la cena es que hubiera sido sincero con lo que muchos otros pensaban, pero no decían. El colega dio en la diana. ¿Qué saben los ciudadanos de Europa como para tomar decisiones sobre su futuro? La verdad es que conocen bien poco, y desde ese punto de vista es tentador actuar con la honestidad de mi colega. Es un tema de técnicos, déjennos decidir a nosotros, y no se preocupen; están en buenas manos. Las manos de aquellos que, por ejemplo, fueron tan duchos que, siguiendo a pies juntillas el informe realizado por todos los gobernadores de los bancos centrales europeos, decidieron con el Tratado de la Unión Europea (Maastricht, 1992) qué nivel de autonomía debía tener el Banco Central Europeo, actualmente el único banco realmente independiente del mundo. Y que ahora, en plena crisis económica, se lamentan por ello. 

Pero el regaño a los ciudadanos europeos sobre dónde se ubican y qué les supone la Unión no es del todo justo. Si en las clases de la universidad cuesta que los alumnos entiendan la diferencia entre el Consejo de la Unión, el Consejo Europeo y la Comisión Europea, o que comprendan en qué ámbitos el Parlamento Europeo es o no codecisor, o que sepan diferenciar entre una directiva y un reglamento, ¿cómo se le puede exigir este conocimiento al ciudadano de a pie, poco motivado en general por aquello que le es lejano? Los constructores de la Unión Europea que tenemos tuvieron que lidiar con la dinámica europea contra los recelos de los Estados, y vérselas con personajes y voluntades de todo tipo.

Quizás en un momento histórico podía comprenderse el oscurantismo y la lejanía de las instituciones, la complejidad de su creación, el hecho de que las cosas no pudieran disfrutar de toda la transparencia, porque no podía refregarse por la cara de los Estados lo que hoy en día es una obviedad: que una buena parte de las decisiones que nos incumben, y que determinarán nuestro futuro, se toma en instancias europeas. Por ejemplo, la tasa de interés que pagamos por nuestras hipotecas, condicionada directamente por las declaraciones puntuales del señor Trichet. 

Por ejemplo, ¿quién sale beneficiado de la afirmación del Presidente del Banco Central Europeo sobre la posibilidad de que más adelante se suban los tipos de interés? Es obvio: los banqueros. Sin que el Banco Central les haya aumentado una milésima el precio al que les venden el dinero, sorpresiva y, para ellos, agradablemente, le han colocado en bandeja de plata la oportunidad de cobrar más por el dinero que prestaron. Más dinero para las bancos, menos dinero para los hogares, empeñados hasta las cejas en hipotecas hereditarias. ¿Puede el Sr. Trichet ser cuestionado por los Estados u obligado a dimitir? Institucionalmente, no. El Banco Central Europeo, capacitado para imponer sanciones o legislar, y directamente responsable del tipo de interés en la zona euro, es “independiente” de cualquier fórmula institucionalizada de control democrático. 

De todo esto surge una evidencia: que la Unión Europea que los europeos quieren no es la Europa que tenemos. De ahí las sorpresas de los últimos años, en países fundadores del proceso europeo, como Francia y Holanda, que valientemente votaron en contra de lo que los partidos, los representantes, las instituciones y todo el que pasaba por allí les rogaba. Y de ahí el temor ante la victoria de un “no” en el referéndum irlandés, que finalmente se ha producido. Los irlandeses, que tienen la suerte de poseer una de las constituciones más democráticas de Europa –que se lo pregunten a los alemanes, que en cinco décadas han sido incapaces de convocar el referéndum para votar la suya- contaron con la oportunidad de decidir acerca de la Europa que quieren, aunque a todas luces –y no es la primera vez- la campaña institucional ha sido radicalmente a favor de una de las dos opciones. 

El problema de si se vota o no, por suerte, está superado en Irlanda, mal que le pese a muchos y, en particular, a mi colega. La victoria del “no” en el único referéndum convocado (no cabía otra posibilidad, porque el sistema constitucional irlandés lo requiere) ha supuesto un revés casi peor que el fracaso de la Constitución Europea. Aquellos que con evidente miopía ven en la posición negativa del pueblo irlandés hacia el Tratado de Lisboa un sentimiento antieuropeísta tendrían que preguntarse ahora ¿votarían en estos momentos las abuelas de Europa a favor de un banco central europeo independiente, si tuvieran la oportunidad de reconsiderar la decisión? Ojalá el segundo fracaso de la reforma de los tratados sirva para que los europeístas se den cuenta de que el avance democrático del proceso europeo sólo puede realizarse con legitimidad, participación, y también con el visto bueno de las abuelas. 

* Profesor de Derecho Constitucional en la Universitat de Valencia. Autor de La independencia del Banco Central Europeo (Tirant, 2005).

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