Ago 16 2009
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Política

Trotsky, el socialismo y la democracia

Guillermo Almeyra*

El 20 de agosto se cumplirán 69 años del asesinato en México de León Trotsky, presidente del soviet de San Petersburgo en 1905 y 1917 y, después, líder de la lucha por la regeneración del partido de Lenin y del Estado nacido de la revolución en la que opuso intransigentemente el combate por la democracia interna y la plena y libre discusión de ideas al totalitarismo burocrático de Stalin, nacido de la fusión entre el partido único monolítico y el Estado, ambos en manos de la burocracia seudosocialista.

Los soviets –o consejos– obreros y campesinos (al igual que los consejos de soldados, que eran campesinos en uniforme) fueron –tanto en Rusia, en sus dos revoluciones, como después de la Primera Guerra Mundial en Alemania, Austria-Hungría o incluso Italia en 1920– una creación directa del sector más decidido, culto y organizado de los trabajadores, no de los partidos. En 1905, en efecto, los bolcheviques, el partido de Lenin, se habían opuesto a los consejos a los que veían como competidores de las organizaciones obreras y campesinas del partido y de los que desconfiaban, creyendo que podrían ser maniobrados por los mencheviques, los anarquistas, los socialrevolucionarios, ya que en los consejos militaban todas las organizaciones socialistas, además de gran cantidad de personas sin partido.

Porque los consejos eran el organismo político de coordinación y discusión pluralista de todas las ideas que circulaban entre los trabajadores. Trotsky, de este modo, presidió en 1905 la organización de la expresión directa de todas las tendencias existentes en el campo de la revolución y, en 1917, volvió a dirigir los soviets o consejos pluralistas y democráticos, en los que los bolcheviques tuvieron que ganar la mayoría y enfrentar sus ideas y propuestas con las otras tendencias obreras, antes mayoritarias. Dicho sea de paso, el gobierno soviético presidido por Lenin no fue el de un partido único ni mucho menos monolítico. En el partido bolchevique había, en efecto, libertad de tendencias y una intensa discusión entre las diversas corrientes en la que Lenin muchas veces quedó en minoría, y en el gobierno, además de los bolcheviques –en cuyo partido confluyeron muchísimos anarquistas– estaban los mencheviques internacionalistas y los socialistas revolucionarios de izquierda.

La concepción de Trotsky fue siempre la de Marx: la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, no de una minoría, una vanguardia autodesignada. El partido es sólo un instrumento, en el mejor de los casos un maestro y un organizador, nunca el remplazante de quienes declara servir. Y la base de la construcción del socialismo es la autogestión, como la expresada en los consejos que cumplen el papel del Estado sin estar integrados en éste porque legislan, controlan, deciden sobre los recursos, todo sobre la base de las asambleas y de la libre discusión entre las diferentes tendencias, organizadas partidariamente o no.

Ya a comienzos del siglo anterior, cuando acompañado por Rosa Luxemburgo discutía contra la idea del partido ultracentralizado, de vanguardia, defendida en 1903 por Lenin, Trotsky había advertido sobre el peligro de que ese tipo de organización anulase la vida interna y favoreciese la dictadura de unos pocos y hasta la de un jefe en el partido.

Sólo en 1923, fracasado su intento de regenerar un partido ya muerto y un sistema soviético en el cual habían desaparecido ya los soviets (consejos) de los años de la revolución y el nombre sólo servía para cubrir los concejos municipales de un partido sin vida interna alguna, Trotsky reivindica la concepción del partido de Lenin. Lo hace porque Stalin y sus secuaces lo acusan de advenedizo, de antileninista y antibolchevique, y la dictadura del aparato inventa un marxismo-leninismo que nada tenía que ver con Marx o con Lenin y que, además, convertía en dogma, en ortodoxia, lo que era un método de análisis revolucionario de la sociedad.

Contra esa invención del trotskismo por la burocracia en el poder, que lo presentaba en oposición al leninismo, Trotsky asume el nombre de bolchevique leninista, la continuidad política de las posiciones de Lenin y, respecto del partido, lucha contra Stalin en nombre del breve periodo de vida del partido triunfante en octubre bajo la dirección de Lenin. Pero en cuanto a los soviets, sigue luchando por revivirlos y hacerlos independientes del Estado supuestamente soviético. Y pugna hasta su muerte para que los consejos –órganos de todos los trabajadores de una empresa o región, sindicalizados o no, miembros o no de algún partido obrero– remplacen a los organismos estatales de mediación, como los sindicatos burocratizados, para ayudar a construir así la independencia política y la conciencia de los trabajadores, y para afirmar su autoconfianza y desarrollar sus capacidades de decisión políticas y administrativas.

Frente a quienes piensan que el socialismo caerá a los trabajadores como un nuevo maná, dispensado desde el partido-Estado, Trotsky aboga en cambio por el socialismo de los consejos, de la autogestión. No sin contradicciones, no sin desvíos momentáneos y excesos administrativos, no sin concesiones incluso a la burocracia que él aborrecía y que le odiaba, pero sí como hilo rojo que marca toda su vida política, que se identifica con toda su vida consciente.

Por eso la burocracia mandó asesinarlo: porque era inasimilable e incorruptible. Por eso también le rendimos homenaje en un momento en que muchos pretenden construir el socialismo fundamentalmente desde arriba, con el aparato estatal, desde el aparato estatal, con los trabajadores actuando apenas como coro.

 

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