Nov 24 2006
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Cultura

Un cuento para el fin de semana. – ADRIANA CUMPLE SU SUEÑO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Adriana es hermosa, rubia, delgada, fantástica. No tiene pelos en el cuerpo porque desde pequeña aprendió a quitárselos cuando comenzaban a salir. Cada semana, desde los doce años, se depila con cera caliente. Ya no siente el dolor en su piel, apenas un pellizco que la hace suspirar. Sin embargo, no es una mujer fuerte: puede llorar amargamente ante un grito de su padre o una mala mirada de sus hermanas.

Sabe que es bella y le gusta sentirse así. Su cuerpo es su tesoro más importante. Lava su pelo cada día con shampoo de manzanilla pues sabe que eso aclara y cuida sus rizos. Rizos que nadie sabe que tiene pues todas las mañanas los doma con secadora y una buena pasta alisante.

Adriana se alucina ante el espejo, le gusta verse desnuda y descubrirse perfecta. Sus pechos duros y blancos coronados con un pezón rosado le encantan, aunque no descarta aumentarlos dos tallas en un futuro. Su cintura pequeña, adornada por un “piercing” de rosa en el ombligo, le parece muy sexy, y sus piernas largas, bronceadas y sin mínima señal de celulitis, son su mayor éxito, producto de esfuerzos extremos en el gimnasio.

Adriana compra todas las revistas de moda que caen en sus manos. Ha aprendido mucho en la “Cosmopolitan” de estrategias de seducción y lo último en productos de belleza. Ahí se enteró que todo lo relacionado con olores y fluidos corporales debe sustituirse con productos importados de la más alta calidad.

Su preocupación durante años fue no lograr encontrar un desodorante que eliminara por completo el sudor de sus axilas. Probó todo tipo de antitranspirantes importados y nada; el sudor sigue saliendo, manchando su ropa de gimnasio. Y eso a ella le parece muy desagradable.

Antes sufría inmensamente con la llegada de la menstruación. Odiaba que su ropa interior fina se manchara con la sangre de su cuerpo. No soportaba tener que usar un “Kotex” e imaginar el olor que podría desprenderse de ahí. La idea de usar “Tampax” tampoco la seducía, pues era como ocultar lo inocultable; siempre había que pensar en cambiárselo, en llevar uno limpio en la bolsa. La menstruación la hacía sentirse vulnerable, como cualquier mujer del campo que vive bajo los influjos de la luna y no de la civilización. Era un terrible recordatorio de su pasado animal, de que su cuerpo podría hincharse y perder su hermosa forma para dar cabida a un niño mocoso y seguramente maloliente.

Por eso, cuando descubrió los anticonceptivos su vida cambió para siempre. Leyendo las instrucciones supo que si dejaba de tomar las pastillas seis días, le bajaba la sangre, pero si las tomaba seguidas, un paquete tras otro sin pausa, la menstruación nunca bajaba, podía eliminarla por completo de su vida. Al fin y al cabo, ¿para qué la necesitaba? Los hijos no eran su prioridad y, si algún día lo fueran, le parecería más civilizado y “cool” adoptar, quizá un ucraniano que no contrastara con su color de piel y pelo.

Así que desde hacía algunos meses Adriana ya no compraba “Kotex” ni “Tampax”. Había superado eso.

Sabía que difícilmente había en el mundo otra mujer que hubiera logrado lo que ella, esa higiene encantadora, sus manos siempre impecables, sus pies perfectos sin asomo de callos, hongos, uñas largas o pellejos sueltos.

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Sin embargo, algo le molestaba, algo le impedía ser verdaderamente perfecta, bella, higiénica; algo empañaba su felicidad y asepsia. Algo que no sabía evitar ni esconder, y eran las flatulencias, como ella prefería llamarlo, pues eso de pedos le sonaba vulgar; prefería morir antes que decir esa palabra o reconocerse incapaz de reprimir las salidas de aire.

En su rigurosa dieta había cada vez menos variedad. Había sacado los dulces de su vida hacía mucho tiempo, lo mismo la grasa animal y la mayoría de carbohidratos. Les dijo adiós a las coles y algunos granos como frijoles o garbanzos pues producían gases. Pero nunca podía evitarlos por completo. Probó mil maneras: comer bien sentada, no hablar entre comidas, no tomar agua, café o té. Dejó frutas, luego verduras. Nada funcionaba. Inevitablemente, al menos una vez al día, sentía esa necesidad intensa de relajarse y dejar salir algo de aire por entre su hermoso culo.

El peor momento de martirio en su vida era la hora de defecar. Sentada en el inodoro de su casa, único lugar en el mundo donde podía hacerlo, era inmensamente infeliz. Pensaba que alguien la imaginaba así y se sentía morir. ¿Cómo no habían inventado algo que reprimiera ese vulgar instinto?

Un día, mientras tomaba el sol, le vino una idea. Por supuesto, necesitaba de los alimentos para vivir, pero lo realmente necesario eran las vitaminas y minerales. Lo demás sobraba, pues era lo que salía luego de la digestión. ¿Qué pasaría si en lugar de comer alimentos sólo tomaba lo que su cuerpo necesitaba? Así éste no tendría que deshacerse de nada.

Sin pensarlo dos veces, fue a buscar sus revistas de nutrición.

Leyó sobre un producto nuevo del que ya había escuchado, el Herbalife, un batido sustituto alimenticio que contenía todos los minerales y vitaminas necesarios para su cuerpo. Podía usarse para sustituir el desayuno o la cena. Pero ¿qué pasaría si ella sustituía todas sus comidas por ese maravilloso producto? Habría que probarlo.

Pionera en el mundo de la higiene y la belleza, quizá había descubierto algo novedoso y único. Millones de mujeres le agradecerían ese hallazgo. Quizá habría logrado encontrar la cura ideal, la salida perfecta que la naturaleza le había negado tantas veces.

Empezó entonces su nueva dieta a base de “Herbalife”, no sin antes leer bien todos los ingredientes y nutrientes. Los comparó con la lista que su nutricionista le había dado de sus necesidades energéticas y se auto-recetó.

Los primeros días le fue muy mal. El Herbalife debía tomarse como licuado con leche, pero ésta era fatal para ella, la ponía grave del estómago y la obligaba a ir al baño de una manera estrepitosa y grosera.

Adriana lloraba mucho y no sabía a quién contarle sus penas. Así que siguió investigando y descubrió que el Herbalife también venía en cápsulas que no necesitaban de licuados. Entonces cambió su dieta y empezó a desayunar dos cápsulas, almorzar tres y cenar una.

Al principio su cuerpo se descontroló, comenzó a perder la vista y a veces sentía que se desmayaba. Cada día tenía insoportables dolores de estómago pero al menos, al ir al baño, no salía nada. Eso le dio fuerzas para probar nuevas combinaciones de pastillas energéticas hasta que encontró las perfectas para ella. Seguía desmayándose y estaba cada vez más pálida pero eso no le molestaba; al contrario, le daba un toque enfermizo como de marquesa del siglo XVII.

Así fue como Adriana logró dejar de cagar. Su receta fue un éxito y actualmente es una mujer inmensamente rica que vive de las regalías de su libro: Cómo ser perfecta y no morir en el intento.

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* Publicado en la revista La Cuerda de Guatemala.

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