Ene 30 2006
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Cultura

UN RELATO: CLEPTOMANÍAS HIGIÉNICAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Desde luego, nunca pensé que podría llegar a leer gratis La Voz Vital, dos días por semana; y no, no era moco de pavo, un euro por dos, dos euros semanales, o sea, ocho mensuales, total: 24 euros que me iba a ahorrar durante los tres meses que habíamos hecho el pacto la ladrona y yo. Bueno lo de los tres meses lo había decidido yo, porque a ella ningún castigo le parecía justo. Pero claro, tres meses había sido, como mínimo, el tiempo que la tía esa se había estado mangando los rollos, tres por lo menos, seguro que alguno más.

Había algo que no era nada normal. Los días lunes y miércoles, yo metía en cada retrete de los servicios de la biblioteca tres rollos, o sea doce en total; los martes y jueves, a primera hora, casi ni hacía falta reponerlos (aún sobraba alguno); pero mira tú, al mediodía en el de las chicas volaban, no sobraba ni uno. Casi siempre tenía que avisarme el bedel para llamarme la atención, Gabriela que hay que reponer el papel higiénico, que los usuarios piden más. Y más ponía yo.

Qué coño hará esta gente con el papel (me preguntaba yo); será que, por casualidad, hay días en que mean y cagan más que otros, que hay gente derrochona que tira y tira del rollo sin acordarse de ninguna campaña de ésas del ayuntamiento, puede que ser que, casualmente, los estudiantes que vienen a la sala de enfrente anden acatarrados y no tengan otro papel con el que sonarse.

Pero, qué va, pasó el tiempo y el asunto no cambiaba; los martes y jueves seguían volando los rollos de las mujeres: alguien se estaba encargando de hacer su propia campaña de reciclaje.

Y ese alguien se llamaba Laura, la misma que me iba a comprar La Voz Vital a partir de entonces.

Qué gracia. Yo que trataba de economizar en periódicos y revistas, consultando toda la prensa de la biblioteca… y ahora no me quedaba otro remedio que comprarle a la limpiadora esa dos por semana. Estaba bajo su férula y , aunque resulte increíble, no podía escapar, me tenía en jaque. ¿Qué harían ustedes, si la fregona de los servicios de una biblioteca pública descubre que te estás llevando los rollos de celulosa de los WC? Nadie se puede imaginar la vergüenza. Antes que ser delatada, es preferible aceptar cualquier chantaje.

Eso fue lo que hice: La Voz Vital hasta el ocho de enero. Encima, ni siquiera era una publicación interesante, un diario que yo podría consultar antes de entregárselo a la menegilda esa; se trataba de un periodicucho provinciano, donde sólo se publicaban cotilleos y sucesos locales, explosiones de gas, accidentes domésticos, hurtos de poca monta… Una basura.

No podía negarme a aceptar el pacto: tenía que ir a Bidebauli los martes y jueves a consultar el Boletín del Estado y en ningún otro lugar de la ciudad se encontraba disponible. Esos eran los únicos días en los que tenía las mañanas libres, así que… ¿Qué excusa, qué explicación podía darle a Gabriela, la lustradora de retretes, cuando llegó a la conclusión de que era yo quien se llevaba los rollos? No me habría entendido. Le podía haber hablado de Rudi la belga, de sus manías… (quizá habría pensado que la única maniática era yo).

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La culpa era de la belga. El sueldo no me llegaba y tuve que realquilar el cuarto vacío a la primera extranjera que vino a la casa: se llamaba Rudi y hablaba flamenco.

Tenía varias cosas desagradables; una de las peores era lo que se metía en el estómago por las noches (el resto del día no sé dónde comería). Cuando yo terminaba de girar la llave de la puerta de entrada (casi a ocho metros de la cocina) ya me llegaba el aroma de sus fritangas —calamares, croquetas, empanadillas, etc.—.

Le tenía dicho que abriera la ventana, o que cerrara la puerta de la cocina, claro, claro, me contestaba (llevaba tiempo en España, pero no sé si en su lista de palabras entraba alguna más, claro, claro). No había manera, al día siguiente lo mismo, y lo mismo al otro. La bolsa de basura para los envases se llenaba hasta los topes todos los días. Sólo era capaz de alimentarse de los congelados Frudesa. ¿Lo peor era tener que aspirar todo ese relente de fritangas a diario?, ¿estar obligada a echar al contenedor de plásticos bolsas y más bolsas repletas de envases de laminillas de merluza o lasaña congelada? No.

Lo más terrible era que la rubia flamenca llegaba a gastar medio rollo de celulosa, cada vez que entraba al cuarto de baño. ¡Más de medio rollo! No me extraña, para limpiarse el esfínter de tanto estiércol yermo, de tanto guano de gluten congelado, de tanta mierda en bote, hace falta eso y mucho más.

Y así se iban consumiendo los rollitos. Por supuesto, Rudi ni tiraba las bolsas a la basura ni jamás reponía el papel. Jamás. ¿Le podía haber dicho algo? Sí, quizá la tenía que haber mandado de paseo desde el principio; pero no lo hice, tampoco le dije nada. Al principio, yo compraba el papel higiénico, y luego, me di cuenta de que habiendo tanta celulosa libre y accesible en la ciudad, para qué seguir gastando un dinero absurdo, para qué seguir contribuyendo a que la belga defecara higiénicamente a mi cuenta.

Podía haberme echo la loca; pensar que los muchachos que estudian en la sala de enfrente de los servicios no rulan bien, qué sé yo, que andaban estresados con lo de los exámenes de septiembre… En fin, total a mí qué. Pero, no, Gabi no es tonta; además no soportaba que Luis, el bedel, anduviera todo el rato detrás de mí, como si yo me tragara el papel o algo así. Llegó un momento en que hasta las provisiones del almacén se estaban agotando: a ver si va a ser una cuadrilla entera, pensé yo.

Al principio, no tenía ninguna pista; pero de algo no cabía la menor duda, las mangadas masivas eran martes y jueves por la mañana. Así que decidí ponerme en guardia.

Hacía lo posible para barrer y lustrar los suelos de las dos plantas (la sala de lectura, el salón de actos, la sala de consulta…) a todo tren. Desde las diez de la mañana, me entregaba en exclusiva al baño de mujeres –entre otras cosas, descubrí que la mayoría de las chicas son bastante guarras, casi ninguna se limpia las manos después de orinar; mirarse, bien que se miran y remiran el culo y eso, pero lo de lavarse parece que les cuesta un esfuerzo enorme–.

Limpiaba el espejo, reponía con calma el jabón, dejaba los lavabos relucientes… Acabé conociendo las caras y los tics de las jovencitas que entraban todos los días. La verdad que mi trabajo de espía no era nada fácil.

El momento clave llegó un mes después. Me di cuenta de que había algunas mujeres que sólo venían martes y jueves –el círculo se empezó a cerrar–. Ninguna de ellas tenía nada especial, yo diría que todas eran muy corrientes (luego supe que Laura no lo era tanto).

¡Ja!, el día en el que vi a una de ésas abrir y cerrar las cuatro puertas blancas de madera del baño y entrar en la cuarta, me dije, ahí está. No había vómitos, ni cagaleras repugnantes en ninguno de los tres restantes para rechazarlos; ¿por qué entonces se quedó en el cuarto retrete? Porque en este último había dos rollos de higiénico enteritos, sin abrir, blancos y hermosos.

Ahí estaba la tarada que se llevaba el papel. Pero no me precipité; tenía que estar convencida (si en la empresa se enteran de que ando acusando a la gente de robar papel y no es así, la que me cae…). Pero, por alguna extraña razón, la ladrona del papel dejó de venir unas dos semanas (estaría enferma, pensé). Regresó a Bidebauli, volvió a las andadas, y ahí estaba Gabi, que no tiene un pelo de tonta.

La mujer que no era ni gorda ni flaca, sin apenas pecho, siempre vestida de negro y con la misma mochila azul a la espalda (donde guardaba el limpia culos), volvió a repetir lo de abrir y cerrar puertas con el mismo resultado: de donde ella salía el papel se evaporizaba.

La parte más complicada fue la de desenmascarar a la mujer de negro. Pero el azar jugó a mi favor. El primer jueves de octubre, mientras estaba en la planta de los baños, tras haber visto salir a la mangui con su mochilita sospechosamente abultada, Luis me llamó para que subiera a la planta de lectura, las mesas del fondo no estaban limpias –el bobo del bedel se creía superior sólo porque no usaba fregona–. Ahí fui yo, y delante de mí, ella. ¡Qué fácil me lo puso! Dejó el arma del crimen sobre una de las mesas inclinadas de cerezo, cogió unas monedas de su cartera y se fue, dejando semi abierta la prueba: ahí estaban los dos rollitos blancos desaparecidos minutos antes.

¡Qué nervio me entró! Lo primero que pensé fue en acusarla —lo cierto es que después de tantas semanas de espionaje, no había decidido que haría con la culpable—. Pero, para qué, no le podrían multar, ni hacerle un juicio ni nada; luego, yo tendría que explicar, dar todos los detalles… Una historia larga. Mejor que su manía papelera quedara entre las dos. Cogí un trozo de papel que había sobre la mesa y le escribí una nota que introduje dentro de la mochila, un trocito de papel que fue a parar junto con los dos rollos del día: la esperaba en los servicios, mejor que viniera, porque sino, se iba enterar todo el mundo.

La tía estaba mucho peor de lo que yo creía. Claro, si alguien se lleva papel de un baño público, cualquiera puede pensar que lo necesita, que no le alcanza la pasta, qué sé yo… Pero no, Laura, la cleptómana (una vecina me dijo que así se llamaba esa enfermedad), no dijo nada a su favor, no me contó ninguna milonga, no pidió perdón, no se inventó ninguna historia rara para que yo entendiera por qué mierda se mangaba el higiénico. Nada.

Cuando a la semana siguiente, entró al servicio de mujeres, donde yo la esperaba días atrás, me miró con una carita de pena y miedo a la vez… Yo le conté todo, la puse verde. Le llegué a decir que casi me despiden por su culpa… No sé ni lo que le dije. Y ella, vestida de negro como siempre (pero aquel día con un bolso gris de lona), sólo abrió la boca para preguntarme si pensaba decírselo a alguien.

No guapa no, la cosa no va a ser tan sencilla, a ver si te crees que me he pasado semanas y semanas espiándote para acabar contando un chisme y ya. No querida Laura, esto se queda entre tú y yo; podría pedirte que repongas el papel tú misma durante el tiempo que te has encargado de pimplártelo. Pero, mira, con eso no gano nada. Vamos a dejar las cosas entre papeles. Hay un periódico muy majo que me gusta a mí mucho, siempre que puedo lo miro aquí, pero ahí está el tonto del bedel para poner cara de culo, así que tengo que seguir dale que dale con la mopa. Cada vez que vengas por aquí, y ya veo que eres muy regular con eso, me vas a traer La Voz Vital, dos por semana, así tres meses.

No dijo nada, sólo respondió que no conocía esa publicación, y sin más, me preguntó dónde quería que lo dejara.

Lo cierto es que al de un mes, empecé a compadecerme de ella. No faltó ni un solo día. Siguió viniendo martes y jueves. Entraba al baño y dejaba el diario sobre un lavabo. Siempre de negro, siempre con la mochila azul, pero ahora más ligerita que antes.

Un día coincidimos; ella salía del WC y yo estaba pasándole el trapo al espejo. Le conté que había visto en el Champion una super oferta de rollos de papel también de la marca Champion: 24 rollitos casi lo mismo que 12 de otra marca: 4 euros. Con eso mis tres hijas y yo tendríamos para un mes entero, le dije. Me miró con la misma cara de pena que el día que la descubrí y empezó a hablarme de una tal Rudi, que si yo supiera… que si tenía que echarla, que si ya no tenía solución. Ese día me preocupó.

Pero en fin, cosas peores se han visto. En mi mismo barrio, los chavales mangan para meterse picos. Así que bueno, por llevarse papel enrollado de una biblioteca tampoco pasa nada grave.

El descubrimiento de Gabriela me impidió seguir abasteciéndome de los buenos rollos de Bidebauli; lo cierto es que fue una pena: era el mejor almacén, siempre había dos o tres papeles por retrete. Blanco, granulado, con su línea de puntos intacta para poder calcular el corte exacto: tres por miccionar y el doble por defecar. Una maravilla. Ya me había tocado llevarme algún rollo de la oficina sin esa línea. Cuando llegaba a casa y me encontraba esos rollos imperfectos, me daba muchísima rabia. Pensaba que podía ser debido a defecto de fábrica o a la venganza de algún obrero mal renumerado; cortar este papel suponía una auténtica chapuza –y encima, siempre se gastaba mucho más de lo necesario–.

La estúpida de la limpieza creía que yo me sumaba a las ofertas de los grandes supermercados; pareciera que en su tiempo libre se dedicaba a recorrérselos todos para conocer al dedillo las últimas ventajas de comprar dos por uno o cuatro por tres. La muy ingenua pensó que no sólo se había ganado gratis su periódico favorito, sino que, además, había contribuido a sanar la obsesión de una cleptómana llamada Laura. Lo que no sabía esa cincuentona es que tuve que vaciar el armario empotrado de la salita de mi casa para vaciarlo y poder seguir metiendo más y más papel que obtenía de otros lugares.

Rudi seguía cenando sus empanadillas grasientas y limpiando su mierda gracias a mis contribuciones celulosas; y yo continué explorando el fondo de los WCs de mi ciudad.

El papel higiénico de la cafetería del boulevard San Nicolás era el mejor: ponían rollos salmón con olor a melocotón, azules, con aroma oceánico… Papeles suaves y perfumados. Pero era raro encontrarse demasiados rollos de repuesto –alguna vez pensé que quizás no fuera la única ladrona de celulosas higiénicas–. Donde siempre encontraba algún rollo de más era en el Bar Sirimiri. El problema era otro; empleaban uno de esos papeles marrones de la marca El Elefante, que era más recomendable como papel de embalaje que como limpiador de esfínteres. Luego estaban los rollos del polideportivo donde iba de vez en cuando: demasiado finos, un papel excesivamente frágil (sobre todo para cagadas hermosas), se solía romper y eso no me gustaba nada.

He de confesar que ningún almacén podía reemplazar al de Bidebauli. En la gran mayoría de los bares les había dado hace tiempo por colocar rollos industriales, rollos que la empresa encargada colocaba. Las posibilidades de llevárselos eran de 0 sobre 0. Recuerdo que una vez entré en el Bar Espartero –donde el miserable del dueño no permitía a los parroquianos leer ningún diario, si querían consultar alguna noticia, la cartelera, etc., él los vendía allí mismo–; él también se había pasado al tamaño industrial inrrobable. Pero aquel día parece que se habían olvidado de encerrarlo y allí estaba el rollo blanco: enterito sobre la tapadera del retrete. Vista la excelente longitud del rollo, le calculé un mes de vida (previsión fallida por culpa de las deyecciones de la flamenca).

Días antes de encontrar la nota en mi mochila azul, el día que fui descubierta, observé que Gabriela pasaba demasiado tiempo en el baño de la biblioteca, miraba y miraba. Alguna vez noté que me clavaba una mirada asesina; incluso se me pasó por la cabeza que me iba a descubrir. Luego pensé que no eran nada más que paranoias; cómo iba nadie a pensar que se llevaban papel higiénico de los servicios.

Pero, ¿quién se iba a imaginar que la empleada de unos servicios de biblioteca llevaba un prontuario de las entradas y salidas de cada mujer?, ¿cómo iba yo a saber que una simple fregona tenía tendencias espías? De cualquier manera, lo último previsible fue el chantaje draconiano que me impuso la muy perra.
No le conté toda la historia de la flamenca, ni que llevaba unos meses con un amante que se masturbaba mientras yo dormía. Un tipo que, una vez descubierto el papel que yo guardaba en un cajón de la mesita de noche (destinado únicamente a limpiar mis mocos), ni siquiera se levantaba a limpiarse al baño, tiraba del rollo y no dejaba ni una gota de semen sin secar; esto venía a suponer un cuarto de rollo por onamismo, otra desgracia más.

Tampoco le confesé a Gabriela que yo sufría bulimia. Una bulimia inevitable por llevarme los rollos sueltos de cada lugar en el que visitaba los servicios. Una sed irrefrenable por seguir ampliando la montaña de papel que almacenaba en el armario verde de mi casa.

Y, por supuesto, no iba a abjurar de mi colección, no iba a apostatar de mi condición de cleptómana higiénica solo por una frustrada fregona espía de excrementos bibliotecarios.

Lo siento, me voy fuera un mes. Así que doy por concluida la entrega. Te he pagado con creces los rollos.

Me dijo Laura antes de la llegada de las Navidades, semanas antes del la fecha pactada.

Estuve toda la mañana desorientada, limpiando los retretes de Bidebauli sin ganas, los espejos…

Cerré la puerta del cuartito donde guardaba todos los productos de limpieza, mis guantes, la mopa…

Justo esa mañana, la empresa de limpieza para la que yo llevaba trabajando veinte años había repuesto con creces el almacén. No sé la cantidad de rollos blancos que habría apilados al fondo. Abrí mi bolso y metí todos los que pude: algo me ahorraría en el súper.

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* Filóloga.
La ilustración de apertura se tomó de http://pepepenas.blogsome.com
El cuadro corresponde a Las tres gracias de Rubens.

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