Abr 23 2005
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Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

RODEO

La fotografía de Jenaro Prieto pareciera instalar otro orden, muchas imágenes se presentan como un corte sin palabras, estas se resuelven en una mirada fetichista que busca entre la tierra y el cielo la representación del acto de rodeo.

El gesto que enfoca implica la destrucción del espectáculo a partir del detalle; da cuenta de una ajenidad y denuncia cómo muere el rodeo en el interés de la visión que manifiesta.

Lo convierte en un “pasado perpetuo”.

La recurrencia al sombrero, como elemento que se caracteriza por la protección e incluye diferencias de posiciones sociales y situaciones; su casi obsesión por los pies, las botas, las patas de los caballos, muestran un encuentro con lo que es, lo que fue, lo que pudo ser un gesto.

Son desgajos, recortes, pedazos que encubren una realidad diferente de un deseo oculto, parcialidades de una totalidad. Las figuras de la gente son meras imágenes que sustentan sus cuerpos, en este caso sin historia.
A veces se muestran como unidad: un sombrero, una cabeza. Realidad percibida en una mirada lejana, que no encuentra quien la reciba, enfrentándonos a la angustia de lo humano.

No hay mensaje.

Son retratos puros, totales anunciadores de emociones. Fascinaciones diversas que descubren al ser escindido, partido en su eterna búsqueda de completitud.

Soledades
en donde
el espacio
es casi
un cuento.

Pero de repente, casi como un regreso a la magia, todo se convierte en dos: dos pies, dos botas, dos caderas, dos grupas, remitiéndonos al lugar donde se lleva a la amada, al rapto de la cautiva o al compañero caído en desgracia; en definitiva a la posibilidad de ser en la alteridad. Simplemente ser.

Este parece ser el alarido del artista, su búsqueda en la armonía estética, construyendo metáforas sin la intencionalidad de hacerlo.

 

PARÉNTESIS

Mítico, bello, distante como el alba,
caballo blanco de mechones caídos,
amigo de nostalgias y de tiempos de cuento.

Mirada de animal dolido, sometido,
sobrepasado por el hombre en su tristeza,
unicornio cazado.

Como quisiera quitarte las riendas,
abrazarme a tu cuello,
entrelazarme entre tus crenchas
a galope tendido,

relinchando en el aire
fundir nuestras miradas en las estrellas
y desaparecer.

San Juan, otoño de 2003.

 

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Alicia Bruzzoni es antropóloga.

 

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