Abr 28 2007
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Economía

Violencia contra la infancia (XVI) – EL TRATO, LOS JUEGOS Y LA COMUNICACIÓN

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La niñez es altamente influyente en este proceso de formación, sobre todo porque en ella experimentamos nuestras primeras emociones que dependiendo la respuesta de nuestro entorno –entiéndase familiar o social–, van consolidando los vínculos afectivos con el pasar del tiempo.

Hay opiniones divididas respecto a la conducta. Algunos dicen que nuestra forma de ser viene desde el nacimiento, otros aseguran que se va formando de acuerdo a las circunstancias que nos rodean. Lo más razonable parece ubicarse un poco entre las dos; si bien es cierto que los genes determinan nuestra fisonomía, no es menos cierto que las experiencias en la vida moldean nuestra personalidad.

Las investigaciones realizadas indican que ciertos traumas sufridos en la niñez inciden en las posibilidades de que las personas puedan cometer alguna infracción a las normas básicas de convivencia; pero más allá de eso hay que preguntarse cómo estas experiencias influyen en su vida cotidiana a lo largo de toda su existencia y hasta dónde el impacto mental de alguna vivencia pasada repercute en el presente y en el futuro.

El comportamiento violento de los niños a menudo tiene su origen en la amenaza constante de los adultos hacia ellos, normalmente la que se produce en sus hogares.

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Un asunto delicado y complejo

De acuerdo con los estudios realizados por UNICEF, el “ciclo de la violencia” no es un concepto sencillo, ni tampoco fácil de entender. No hay duda que experimentar directamente la intimidación o el abandono durante la infancia aumenta considerablemente las posibilidades de mostrar un comportamiento vehemente en etapas posteriores. No obstante, la mayoría de esos niños víctimas no adquieren un comportamiento violento.

Las investigaciones sobre los antecedentes de la violencia no pueden identificar sus causas precisas. Un detallado análisis realizado en Estados Unidos descubrió que los abusos o abandonos cuando se es niño aumentan la posibilidad de arresto durante la adolescencia en un 53%, en un 38% durante la vida adulta y también en un 38% la posibilidad de llevar a cabo un crimen con violencia.

Una reciente pesquisa sobre la procedencia de una amplia muestra de niños que habían delinquido o cometido algún delito grave en el Reino Unido, puso al descubierto que el 72% había sufrido abusos, el 57% una pérdida importante y el 35% había padecido ambos fenómenos. El informe señala que “no todos los niños que experimentan estos fenómenos se vuelven violentos, y no todos los que cometen actos violentos han sufrido estos traumas. Sin embargo los porcentajes son sumamente altos como para merecer la atención y preguntarse como se podría evitar”.

Los estudiosos de esta situación están de acuerdo en manifestar que las actitudes agresivas se forman en el seno de la familia y generalmente durante los primeros años de vida. El mejor indicador de violencia en la edad adulta es una conducta de atropello en la infancia. La mayoría de los factores de riesgo identificados son los mismos que para la delincuencia. Pero la evidencia obtenida a partir de las indagaciones muestra que las formas de disciplinas intimidatorias y humillantes son importantes en el desarrollo de actitudes y acciones de amenazas desde una edad temprana.

La violencia es un problema principalmente masculino; las raíces de este hecho parecen radicar en cuestiones sociales más que en razones biológicas, resaltando la inadecuación de la educación actual de los niños y la promoción de modelos y actitudes del comportamiento masculino absolutamente insensibles en muchas sociedades.

No hay evidencia clara de que existan causas genéticas de la violencia –de acuerdo a las observaciones hechas por UNICEF–, pero puede haber una predisposición en el temperamento del individuo. Las influencias genéticas y sociales están entrelazadas de un modo incomprensible. Desde una edad temprana, el comportamiento de un niño determinará sus relaciones con los demás y el trato que recibirá de sus padres o hermanos, de los otros niños, de sus cuidadores y de sus profesores –aunque no absoluta y exclusivamente–.

El Comité Nacional Australiano sobre la Violencia, aunque reconoce que “los factores biológicos y de la personalidad pueden influir en el individuo hacia la violencia”, afirmo que existe una fuerte evidencia de que “casi en todos los casos un entorno que proporcione cariño y seguridad puede anular tales predisposiciones”.

Un control y una supervisión inadecuados de los niños por parte de los pares y otros adultos pueden crear un potencial para la violencia. La comisión de la Asociación Psicológica Americana para la violencia y la juventud descubrió que:

“Los jóvenes con riesgo de volverse extremadamente violentos y agresivos parecen tener una tendencia a compartir experiencias comunes que les sitúan en una trayectoria hacia la violencia. Estos jóvenes suelen haber experimentado un débil vínculo con sus cuidadores durante la infancia y una educación poco eficaz por parte de sus padres, incluyendo falta de vigilancia, disciplina incoherente, trato muy punitivo o abusivo, y falta total de refuerzos positivos y comportamientos socialmente aceptables. Estos déficit en el desarrollo suelen llevar a una dificultad en el establecimiento de relaciones y unos altos niveles de agresividad”.

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Las privaciones económicas y del entorno son potentes factores de estrés, que en concreto hacen más difícil ser un buen padre. Una serie de comparaciones a nivel internacional sugieren que la violencia es mayor en sociedades con grandes desigualdades sociales y económicas.

Un informe reciente de la Organización Mundial de la Salud, señala:

“Ahora estamos empezando a comprender de que forma contribuyen las desigualdades sociales y económicas a la etiología de la violencia. La pobreza, el paro y la falta de oportunidades reales de empleo pueden fomentar la violencia al generar un sentimiento de frustración, baja autoestima, desesperanza acerca del futuro e inestabilidad familiar.

“El racismo y el sexismo producen desigualdades sociales y económicas y pueden contribuir a la violencia, al privar a ciertos segmentos de la sociedad de oportunidades de éxito en la escuela y en el trabajo. Los pobres de muchas sociedades no tienen las mismas oportunidades de acceso a los sistemas de justicia, salud o educación, dificultando así su escape de las condiciones de pobreza que contribuye a la violencia”.

También influyen otra serie de factores sociales más amplios: la forma en que una sociedad condena la intimidación condiciona los valores y las acciones de los individuos. Por ejemplo en muchas sociedades se apoya el castigo brutal de los niños, hay una ambivalencia sobre la rudeza en el deporte y existe un considerable apetito de imágenes violentas en los medios de comunicación.

Imágenes y juegos

La preocupación sobre los niveles de crueldad interpersonal en las sociedades occidentales ha llevado a platear los efectos de las imágenes violentas que aparecen en los medios de comunicación y entretenimiento –como la televisión, los vídeos y más recientemente las imágenes generadas por la computadora– puedan tener en los niños. La principal preocupación radica en que una exposición continuada de los chicos a estas imágenes puede volverles insensibles a la barbarie y animarles a imitar esos comportamientos crueles.

Una reciente investigación llevada a cabo en Estados Unidos, que analizó 188 estudios realizados durante el periodo 1957-1990 concluyó que: “En general, la mayor parte de los diagnósticos, fuera cual fuera su metodología mostraban que la exposición a la violencia en televisión provocaba un comportamiento cada vez más agresivo, tanto en el momento como con el paso del tiempo”.

Sin embargo, debe subrayarse que estos trabajos fueron rebatidos por otros académicos que señalan defectos en la pesquisa, un examen inadecuado del contexto de la violencia en la televisión y las películas, y una falta de reconocimiento de que a menudo predominan los mensajes socialmente aceptables y la antiviolencia. También existen estudios que, a través de entrevistas directas con niños, rebaten la idea de que estos son particularmente vulnerables a los efectos de los medios de comunicación.

Las Directrices de las Naciones Unidas para la prevención de la delincuencia juvenil, en el párrafo 43, subrayan el amplio papel social y la responsabilidadî de los medios de comunicación:

“Los medios de comunicación en general, la televisión y las películas en particular, deberían reducir el nivel de pornografía, drogas y violencia, y mostrar la cara negativa de la violencia y la explotación. Así como evitar presentaciones degradantes y humillantes, especialmente de niños y mujeres y relaciones interpersonales, y promover los principios de igualdad”.

El desarrollo de la tecnología moderna en materia de comunicación, la televisión por cable o por satélite, las imágenes generadas por la computadora y puestas en la internet, dificultan en gran medida el control por parte de los Estados del contenido de los medios de comunicación disponibles para el público, incluidos los niños. He aquí la importancia del papel de los padres y los educadores. Hay un claro acuerdo sobre la necesidad de concienciar tanto a los niños como a sus representantes y profesores en el entendimiento crítico de los medios de comunicación modernos.

Aquellas personas involucradas deben asegurarse de que actúan de forma responsable y de que existe una indicación clara sobre el contenido de sus productos y los programas que realizan para que los padres puedan guiar y aconsejar de forma adecuada a sus hijos.

En los países donde existe una elevada sensibilidad hacia la violencia, estas consideraciones han llevado a una combinación de una regulación estatal, traducida en códigos para los locutores y exigencia de una clara indicación del nivel de violencia de los programas y productos, clasificación de los vídeos según edad, retransmisión de programas para adultos a ciertas horas, sistemas de quejas y procedimientos para ejecutar la ley, junto a controles voluntarios por parte del sector privado, y educación y respeto a los medios de comunicación en escuelas y para el público en general, incluidos, especialmente los progenitores.

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Juguetes agresivos

Los “juguetes agresivos” definidos como artefactos cuyo propósito es estimular el comportamiento o fantasía relacionados con el daño a otra persona, son igualmente motivo de preocupación, pueden contribuir a insensibilizar a los niños respecto a la violencia y se ha prohibido la fabricación de juguetes de guerra. En España y Alemania no se permite la publicidad relativa a este tipo de productos.

Una resolución del Parlamento Europeo de 1982 instó a los Estados miembros a prohibir la publicidad visual y verbal de los juguetes de guerra, así como la fabricación y venta de réplicas de pistolas y rifles. La producción o comercio de juguetes de guerra debería reducirse progresivamente y reemplazar estos aparatos por aquellos que sean constructivos y que desarrollen la creatividad.

El debate sobre la importancia de la violencia en los medios de comunicación y los juguetes belicosos como factores en el desarrollo de actitudes y acciones agresivas es importante, pero no debe desviar la atención de la cuestión de la violencia experimentada por los niños a manos de los adultos y sus importantes consecuencias sobre su desarrollo.

Prevalencia de lo violento

Actualmente a las sociedades les preocupan los niveles de violencia existentes entre niños y jóvenes. En algunas colectividades estas oleadas de zozobra parecen más responder a determinados ciclos que estar basadas en un incremento real de los casos.

En muy pocos países se han realizado encuestas a gran escala sobre crímenes que incluyeran entrevistas con niños y jóvenes acerca de su comportamiento violento, las cuales proporcionarían seguramente reflexiones más exactas sobre la realidad y, si se repiten a lo largo del tiempo, un indicador acerca de las verdaderas tendencias del comportamiento.

Algunos países han informado de su preocupación creciente por la violencia infantil en las escuelas y otras instituciones, incluyendo la advertencia de que cada vez más niños llevan armas como pistolas y cuchillos. En algunas zonas de los Estados Unidos, los colegios han instalado detectores de metales y guardias de seguridad que patrullan los edificios.

Un aspecto importante del problema es la intimidación, que puede ir desde la burla y el acoso –con frecuencia acoso racial y sexual– hasta graves agresiones corporales. Por suerte, la resolución pacifica de los conflictos ha pasado a formar parte del plan de estudios de muchos sistemas escolares, junto con estrategias anti-intimidación desarrolladas de forma conjunta por estudiantes, profesores y padres.

El profesor noruego, Dan Olweus fue uno de los primeros en evaluar la incidencia de intimidación en las escuelas de su país. Los cuestionarios revelaron que un 15% de los alumnos se veían involucrados en problemas de intimidación/víctima de vez en cuando o con cierta frecuencia, de los cuales un 9% eran víctimas y un 7% agresores. La política anti-intimidación introducida en Noruega a raíz de este estudio ha reducido estos comportamientos en más de un 50%.

Proteger a los niños de la violencia auto infringida, incluido el suicidio y el intento suicidio, forma parte no sólo del artículo 19 de la Convención de los Derechos del Niño, sino también del artículo 6o sobre el derecho a la vida. En los países industrializados se ha registrado un incremento en el índice de suicidios en particular en los hombres jóvenes. Otra causa de preocupación en ciertos países ha sido el elevado índice de autolesiones y suicidio en las instituciones incluyendo, en especial, los organismos penales para delincuentes juveniles.

Se ha sugerido que el número de suicidios registrado de gente joven es inferior al real en algunos países, probablemente para no causar dolor y turbación a los padres y otras personas.

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La protección contra la autolesión se superpone contra el abuso de drogas. Las investigaciones han encontrado una cierta relación entre el suicidio y consumo de narcóticos y sustancias psicotrópicas, incluyendo el alcohol, en personas jóvenes.

Los trastornos de alimentación, como la anorexia nerviosa y la bulimia, representan otra forma de autolesion. Estos trastornos empezaron a estudiarse de forma sistemática durante la década de 1971/80. Una reciente investigación internacional concluyó que no había evidencias claras sobre su aumento. Estos trastornos se producen principalmente entre mujeres jóvenes durante la adolescencia y se relacionan con la riqueza, la prosperidad y el desarrollo económico, factores muchos más comunes en los países industrializados avanzados.

El “ideal femenino de cuerpo delgado, establecido continuamente desde 1960, es un condicionante importante para los trastornos alimenticios”; la difusión de este ideal en los medios de comunicación y una mayor exposición a estos últimos podría haber causado un aumento en dichos trastornos, pero ninguna investigación ha demostrado todavía una relación causal.

Bibliografía consultada

– Boletín UNICEF
– Centro Internacional para el desarrollo del Niño, UNICEF
– Organización Mundial de la Salud.

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Periodista.
El capítulo anterior de esta exhaustiva investigación se encuentra aquí, con enlace a la entrega previa a aquel.

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