Ene 24 2012
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CulturaOpinión

Virginia Vidal / Violeta Parra, el canto de todos

Patricia Bravo y Patricia Stambuk, legítimas autoras de Violeta Parra el canto de todos, recuperaron y publicaron este modelo del género testimonial bajo el sello de Editorial Pehuén. Lo escribieron cuando estudiaban periodismo en la Universidad de Chile y participaban en un seminario sobre testimonio en 1970.| VIRGINIA VIDAL.*

 

Para realizarlo, entrevistaron a los familiares y amigos m√°s directos de Violeta. El golpe militar y la prejuiciada minusvaloraci√≥n de tan importante obra, impidi√≥ la publicaci√≥n, aunque circularon versiones parciales sobre todo en el extranjero donde no se les reconoci√≥ el cr√©dito y, por cierto, muchos la usaron apropi√°ndose de un trabajo se√Īero.

 

Cuarenta a√Īos despu√©s, aparece la edici√≥n definitiva que Patricia Bravo alcanz√≥ a revisar y corregir antes de morir. El quedar por primera vez en evidencia su autor√≠a, constituye un hecho irrefutable.

 

En su trabajo, las noveles periodistas demostraron estar muy al día en lo tecnológico, pues usaban grabadora, algo muy poco frecuente en esa época. Patricia Stambuk compró en Punta Arenas una grande, con un manguito incorporado, de buena calidad y en lo práctico, era casi como llevar otra cartera. Este detalle es interesante, porque los testimonios tienen ese valor agregado de conservar el habla de cada informante y ser fidedignos.

 

Por sobre todo, impresiona el respeto de las entrevistadoras para con sus entrevistados. Ellas desaparecen por completo sin intervenir ni conducir las declaraciones y les dejan el protagonismo a los testimoniantes. El resultado es una biografía compuesta con elegancia, de calidad literaria superior, veraz, intensa, carente por completo del embellecimiento del recuerdo.

 

Patricia BravoDe las diversas voces va surgiendo el retrato de Violeta Parra, artista genial; violenta; en constante lucha a palos con el águila de la miseria; incomprendida, tierna, feroz, desorganizada, pero rigurosa en la creación; desordenada, muy al lote, charra de vestimenta, ajena por completo a la moda; decidida a volar y vivir como los pájaros sin someterse a ninguna atadura.
 

 

Muchas humillaciones

 

‚ÄúTuvo que pasar muchas rabias, muchas humillaciones hasta con sus compa√Īeros. Le o√≠an cantar una canci√≥n a lo divino y dec√≠an que estaba cuc√ļ¬Ľ, dice su hermana Hilda.

 

Para Violeta, lo macabro no s√≥lo se desplegaba en el arreglo de los angelitos, pose√≠a un tremendo enganche con la muerte. A su hija Carmen Luisa le advirti√≥: ‚ÄúCuando uno quiere matarse, se mata calladita; yo nunca voy a decirte nada a ti que ma√Īana voy a matarme o que tengo ganas de matarme‚ÄĚ. A H√©ctor Pav√©z le dijo: ‚ÄúHay que morirse. Uno tiene que decidir la muerte ¬°mandarla! No que la muerte venga a uno‚ÄĚ.

 

Margot Loyola acu√Īa una expresi√≥n admirable para definirla: ‚Äúno le gustaba la permanencia‚ÄĚ. Esto que se aplicar√≠a a la renovaci√≥n de sus amores, se extiende a su inquietud constante, a su busca incansable, al desaf√≠o, al reto, a su tenacidad, a la gran aventura.

 

Entra√Īables voces de su madre Clarisa Sandoval, sus hermanos Roberto, Lautaro, Oscar. Fueron sus amigos y la admiraron algunos de los m√°s notables intelectuales de mediados del siglo XX: el fot√≥grafo Sergio Larra√≠n, el director de Proarte, Enrique Bello, Tom√°s Lago ‚ÄĒquien fue director del Museo de Arte Popular Americano‚ÄĒ, el arquitecto Fern√°n Meza.

 

Asombrosa aventura fue su llegada al Museo del Louvre, con la dirección en un papel que llevaba en la mano. La aceptaron, luego la rechazaron. Insistió entre lágrimas. ¡La aceptaron! Y hasta le dieron permiso para trabajar en el mismo Louvre; allí terminó la arpillera del Combate Naval de Iquique. Expuso sesenta y una obras: tapices, máscaras, esculturas en alambre, pinturas en el Pabellón de Marsan que se encuentra en el extremo noroeste del palacio del Louvre (desde 1905, este y los edificios adyacentes se dedican a las artes decorativas).

 

Hasta ella llegaron directores de museos de diversas ciudades europeas; a Roberto Matta le gustó todo y prometió ayudarla; hasta le ofrecieron un palacio italiano para exponer. Ella seguía ofreciendo funciones en el teatro.

 

Las autoras destacan que los instrumentos indispensables de Violeta eran la guitarra, el cuaderno y el l√°piz. Ella escribi√≥ siempre, desde muchachita. Esa escritura, y su crear constante le permitieron superar las injusticias, las hambres e incomprensiones. Escribi√≥ y escribi√≥ toda la ma√Īana el d√≠a que tom√≥ la decisi√≥n inexorable. ¬ŅEsos escritos qu√© se hicieron?

 

Testimonios de los dos maridos

 

Entre sus muchos méritos, el libro contiene los fieles testimonios tanto de Luis Cereceda, primer marido y padre de Angel e Isabel, como de Luis Arce, su segundo marido y padre de Carmen Luisa y Rosita Clara (+1954). No sólo revelan la visión que de Violeta tuvieron esos hombres tan cercanos a ella en momentos determinantes de su vida. Hombres inteligentes y comprometidos, que la amaron, pero imposibilitados de seguirla en su vuelo creador por su calidad de obreros condenados a un trabajo duro, condicionados por su formación.

 

Cereceda destaca algo important√≠simo: ‚ÄúEso s√≠, escrib√≠a mucho, ten√≠a muchos poemas, yo no s√© que habr√° pasado con esas cosas. Para escribir ten√≠a una facilidad tremenda, era una maravilla, mucho m√°s que para tocar la guitarra‚ÄĚ. Y recuerda la menci√≥n honrosa que obtuvo en un concurso literario de Quillota.

 

Luis Cereceda no olvida el primer premio que gan√≥ en un concurso de baile espa√Īol, organizado por los reci√©n venidos en el Winnipeg en 1944. En aquella √©poca, se√Īala, Violeta comienza a dedicarse a la pol√≠tica, junto al PC. Los esposos abren en su propia casa una secretar√≠a para la campa√Īa presidencial de Gonz√°lez Videla y Violeta por iniciativa propia organiza un comit√© de due√Īas de casa.

 

Violeta agarra vuelo, canta en quintas de recreo, se dedica m√°s y m√°s en su oficio y pasi√≥n. Hasta que el marido le dice: ‚ÄúBueno, sigue con tu arte, yo me voy‚Ä̂Ķ

 

Carmen Luisa, su hija menor ‚ÄĒfallecida el 2007‚ÄĒ, declara con desgarradora sinceridad c√≥mo a ella le toc√≥ hasta el final acompa√Īarla en su dolor, su violencia, su depresi√≥n creciente; su intento de suicidio; sentir desde su estado de √°nimo maravilloso hasta su amargura y llanto, su lamento porque ‚Äútodo el mundo la hab√≠a dejado, estaba tan sola, abandonada de los hijos‚ÄĚ. Y algo terrible para una creadora: ‚Äúse le hab√≠a acabado su vena‚ÄĚ.

 

Carmen Luisa constata que el √ļnico lazo de inconmovible afecto y comprensi√≥n se lo proporcion√≥ su hermano Nicanor. Ella sinti√≥ el disparo ese domingo cinco de febrero de 1967 y fue la primera en ver a su madre tirada en el suelo. Resalta que el d√≠a anterior hab√≠a almorzado con su hermano Nicanor, el preocupado por su estado de √°nimo trat√≥ de estimularla indic√°ndole un derrotero: ‚Äú¬ŅPor qu√© no te escrib√≠s una novela, Violeta?‚ÄĚ.

 

Ella desech√≥ la idea:‚ÄĚNo, guachito,‚Ķescr√≠betela vos, mejor, yo estoy muy cansada‚ÄĚ. Y Nicanor tiene patentes esas palabras dichas ‚Äúcon una voz muy rara en ella‚ÄĚ ‚ÄúS√≠, voy a descansar‚Ķvoy a descansar‚ÄĚ, Luego le ofreci√≥: ¬ęTe voy a cantar una canci√≥n. Se llama Un domingo en el cielo¬Ľ.

 

Taller de creación

 

Gastón Soublette, profesor de estética, musicólogo y compositor formado en Francia, la conoció en la Radio Chilena, donde era director de programas. No tardó en establecerse el vínculo y comenzaron a reunirse con Nicanor, con Jorge Millas, poeta, el más importante filósofo chileno, constituyendo un verdadero taller de creación.

 

Este académico e historiador del arte reconoce que gracias a su encuentro con Violeta Parra aprendió la importancia de la tradición popular poética y musical, géneros como el canto a lo divino y a lo humano y el empleo de la décima, forma tan clásica y culta. Además, Soublette realizó algo muy importante al realizar la notación musical de las composiciones de Violeta, notación que ella no conocía, aunque había inventado una especie de registro propio.

 

En cuanto a su voz, muchos dec√≠an que era lo √ļnico que ella no ten√≠a, pero Soublette destaca su ‚Äúvoz convincente, expresiva‚ÄĚ. Lamenta que se hayan re√≠do de ella por su canto a lo divino. Esto es muy importante porque ‚ÄĒaunque √©l no lo dice‚ÄĒ, revela lo transgresor de Violeta, ya que por tradici√≥n, el canto a lo divino solo es interpretado por hombres.

 

Ella quer√≠a darle una suerte de residencia fija a la utop√≠a. En1965, levant√≥ una carpa-pe√Īa en Maip√ļ, que despu√©s traslad√≥ a la comuna de La Reina. La carpa ten√≠a una capacidad para mil personas. All√≠, Violeta decidi√≥ vivir, cantar y recibir a sus amigos. La imaginaba como un gran centro de arte Sobre todo, quer√≠a que llegaran los j√≥venes. Pero no aparecieron y ralearon los amigos. El vecindario la rechaz√≥ por los ruidos. Le cortaron la luz…
 

 

Entrevistada por René Largo Farías en 1966, dijo:
¬†‚ÄúYo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el p√ļblico. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicer√≠a ni pintura ni poes√≠a, as√≠, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el p√ļblico cerquita de m√≠, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma‚ÄĚ.

 

Llegó el 5 de febrero de 1967.

 

El resto no es silencio y a ello contribuyen Patricia Stambuk y Patricia Bravo con su elocuente y luminoso Violeta Parra el canto de todos.

 

* Periodista, escritora.
En la revista Punto Final N¬į 751 (20 de enero al 1¬ļ de marzo de 2012).

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