Dic 31 2008
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Participación ciudadana

2009, una herida tremenda

Redacción*

En la costa atlántica de América del Sur a esta hora se insinúa el crepúsculo; a orillas del Mar Pacífico –que es la Mar del Sur– golpea fuerte el sol. Palmeras y manglares aguardan la noche en América Central y el Caribe. México resiste. Caminamos hacia días más breves en este Mundo Sur: asunto de solsticios.
En pocas horas los abrazos, la melancolía, la esperanza y los brindis: éste es el nuestro. Nos vemos en 2009.

 

Madre paz

Osvaldo Bayer*

Paz, la palabra inatacable, sagrada, soberana. Todas las banderas de Europa, en sus balcones, llevan la palabra Paz en caracteres blancos. Tendríamos que atrevernos a ponerle Madre Paz, más completa, definitiva. Con mi mujer voy al acto ecuménico de la Plaza de las Mantequeras, en la aldea renana de Linz. Llevamos la bandera que nos regalaron en Italia: los colores del arco iris y en medio la palabra PACE.

En la plaza renana hablan católicos y luteranos. Cantan. Hermoso acto de solidaridad, la emoción carga las voces. Sí, esta vez hay que aplaudir al Papa, con su llamado inequívoco por la paz, si esta vez está en el verdadero espíritu cristiano. Los pastores luteranos no dejan duda de que no quieren bombas sobre Iraq, sería un asesinato en masa, una acción de cobardes y asesinos, propia de mentalidades fascistas que se han mantenido durante décadas y de pronto surgen como perros rabiosos cubiertos por la bandera de las barras y estrellas.

El conocido teólogo Eugen Drewermann dice sobre George W. Bush: "Quien lee el Nuevo Testamento y cree que tiene el deber de hacer una guerra preventiva; quien toma legitimación del Sermón de la Montaña para asesinar cientos de miles de seres humanos no ha entendido al cristianismo o se aleja de él con la bota de las siete leguas. No se puede andar sobre cadáveres cuando se quiere seguir el camino de Cristo".

Luego, define a Estados Unidos con estas cifras: Estados Unidos ha reducido sus gastos para combatir el hambre en el mundo a 1.7 miles de millones de dólares, justo lo que gasta en dos días para lo militar.

No se reza en la Plaza de las Mantequeras de Linz. Pero sí se dan argumentos para la paz. Había un veterano de Stalingrado, 81 años, hace sesenta de la trágica matanza de esa batalla. Tenía aquel joven la edad de la generosidad y de la búsqueda del horizonte de la felicidad: 21 años. En cambio lo mandaron a matar.

Cuenta que cuando estaban atacando una aldea campesina, de pronto salió de una choza de paja y troncos una campesina rusa, con pollera hasta los tobillos. Corría desesperada, llevando a dos niños uno en cada brazo y un tercero que corría a todo lo que le daban sus piernitas agarrado a la pollera de la madre. Pero había orden de matar a todo lo que se movía.

Las balas le entraron por la espalda a la mujer, que quedó tirada en el camino de barro.

Debajo del cuerpo materno uno de los niñitos movía la mano para buscar alimento en el seno de la madre, quería vivir, no se rendía. El anciano ex soldado se reprime para no llorar. "Nos mandaron para eso, para convertirnos en asesinos, para matar la vida. Matamos una madre con nuestras balas. Llevo adentro ese episodio; nunca lo podré vencer." Las mismas balas también le habían matado la alegría para siempre a ese soldado.

Schroeder, el primer ministro alemán –un socialdemócrata con todas las idas y vueltas, su eterno descansar hasta que aclare, sus "sí, sí, pero no"– se ha convertido sin ninguna duda en el gran hombre de la paz. Su discurso ante el Bundestag ha tenido toda la fuerza y la valentía de quien sabe que está enfrentando a la potencia más poderosa de la Tierra. Y que esa potencia no perdona. Sin embargo, se lo vio luminoso como alguien que sabe que se juega el todo por el todo por la palabra paz, nada menos que por la palabra madre paz que ya han empezado a quemar en una hoguera George W. Bush y todos sus generaludos.

El Bundestag vibra. Después de 50 años de decir que sí y doblar las rodillas ante el gran señor del Atlántico, de pronto Schroeder entusiasma a los pacifistas y se ha puesto una corbata lila, el color del eterno movimiento por la paz. "Vamos a llevar al triunfo la iniciativa de la paz –dice– acompañados por el principio Esperanza."

"Debemos armarnos con el Coraje para la paz", termina. Los diputados socialdemócratas y los verdes se ponen de pie y aplauden.

Los alemanes aplauden a la paz, las enseñanzasde la historia. Pero no todos, la oposición de derecha, los democratacristianos lo calificarán a Schroeder de "superambicioso amateur". La derecha que se llama cristiana lo hace por intermedio nada menos que de una mujer, Angela Merkel. Ellos quieren apoyar a George W. Bush hasta el final, por más que cueste millares de muertos.

Kant hubiera salido a pasear contento por su Koenisgberg al saber que los alemanes están con la paz. Así sirven los libros, sirven los pensamientos.

Quedan desarmados los ejércitos, no sirven para nada los ejercicios de tiros ni el tirarse cuerpo a tierra como esclavos y marionetas.

Con la acción iniciada por franceses y alemanes no se favorece al dictador de Iraq. Al contrario, al no agredirlo sino controlarlo, lo que se hace es darle tiempo al pueblo para que se libere del hombre que tantas muertes produjo en las minorías de su país y que busca siempre la guerra con los que cree más débiles.

Miles de hombres, mujeres y niños cubrirán en estos días las calles de Europa para decirle no al guerrero trasatlántico. Sin armas, con banderas con los colores del arcoiris y la palabra paz. Basta de armas a un joven para que mate a otro joven, no a las bombas que destrozan la tierra para siempre, no a la muerte de niños por hambre ni de jóvenes parturientas con el cobarde rayo de la muerte. No a George doble w.

Las ironías de la historia. A sesenta y más años que los alemanes llevaron en sus mochilas la muerte y el racismo, hoy, han aprendido la terrible lección. Cubren las calles con la bandera de la ética y la generosidad: el arco iris atravesado por la palabra. Paz. La Madre Paz.

* Publicado en el diario argentino Página/12 el 15 de febrero de 2003.

"¡Acordaos de Nicosia, no soltéis Famagusta! …" escribió en una novela –El capitán Tormenta– Emilio Salgari hace más de un siglo. Hoy somos todos palestinos.

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