Oct 23 2019
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Sociedad

30 aniversario de la Convención Internacional de los Derechos del Niño

Hay que difundirla, hay que proclamar la apremiante necesidad  de su puesta en práctica como prioridad personal y colectiva para hacer frente a los desafíos globales –algunos potencialmente irreversibles- que la deriva neoliberal y su gobernanza plutocrática (G7, G8, G20) ha planteado a la humanidad en su conjunto.

Cada niño es el patrimonio supremo a proteger, a prevenir, a remediar. Sólo si logramos incorporar esta implicación en la “hoja de ruta” del comportamiento cotidiano de todos será posible superar los sombríos vaticinios que se ciernen sobre una ciudadanía mundial que el “gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático) mantiene distraída y atemorizada, con informaciones que en gran medida requieren verificación y que, en lugar de promover “actores muy activos” procuran espectadores impasibles…Imagen relacionada

En lugar de la globalización del compromiso social, se ha globalizado la indiferencia. En lugar de incrementarse la ayuda al desarrollo, se ha alcanzado la más inconcebible y manifiesta insolidaridad.

Hasta hace poco, lo seres humanos no podíamos expresarnos libremente. Pero ahora, gracias a la tecnología digital, la gente ya sabe lo que acontece y puede manifestar su opinión. Y, sobre todo, la mujer se incorpora progresiva y rápidamente, en el plano de total igualdad que le corresponde, al escenario público. Desde el origen de los tiempos, la humanidad ha vivido sometida a un poder absoluto masculino, basado en la razón de la fuerza. “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra).

La inmensa mayoría de los seres humanos nacían, vivían y morían en unos kilómetros cuadrados, y no sabían más que lo acontecía en su entorno inmediato. Eran obedientes, silenciosos, sumisos. Ahora, en pocos años, el panorama se ha modificado sustancialmente, de tal modo que el silencio se convierte en cómplice y delito.  Es inaplazable –porque mañana puede ser tarde- actuar de tal manera que seamos capaces de cambiar “de rumbo y nave”, según la lúcida expresión de José Luis Sampedro.

El inmenso poder mediático hace que una gran proporción de “Nosotros, los pueblos” se halle abducida por temas y espectáculos que la mantienen inactiva, distraída, sin implicación, sin intervenir, sin comprometerse.

Es especialmente inadmisible que las comunidades académica, científica, artística, literaria, intelectual, en suma, sigan sin liderar la movilización popular. En los últimos años, por fortuna, son la mujer y la juventud los que asumen responsablemente las funciones que les corresponden.

No me canso de recordar que todos los días se invierten en armas y gastos militares más de 4000 millones de dólares al tiempo que mueren de hambre y de pobreza extrema miles de personas, la mayoría niñas y niños de uno a cinco años de edad. Pero a los que se guían exclusivamente por el PIB, por el índice de crecimiento económico y no de desarrollo humano, estas noticias no les conmueven.

Por ello, en estos momentos tenemos que añadir que la sustitución de la razón de la fuerza por la fuerza de la  razón, la plena incorporación de la palabra en lugar de los cañones para la solución de los conflictos es insoslayable porque, si se siguen desoyendo estos argumentos, se producirá un deterioro tal en la habitabilidad de la Tierra que ya no podremos garantizar una vida digna a nuestros descendientes, a las generaciones venideras. Esta es hoy la gran responsabilidad, esta es  hoy la gran apelación.

Desde mediados del siglo pasado, la UNESCO ya proclamó que era preciso tener muy en cuenta la relación hombre-biosfera. Y creó un Programa específico sobre esta cuestión, y grandes proyectos internacionales hidrológicos, geológicos y oceanográficos. A principio de la década de los 70, el Club de Roma, con su fundador Aurelio Peccei al frente,  advirtió de la necesidad de “limitar el crecimiento”.

Y en 1979, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos puso de manifiesto que no sólo las emisiones aumentaban a un ritmo inaceptable sino que la recaptura del anhídrido carbónico por parte de los océanos estaba disminuyendo, debido a que los barcos transportadores de petróleo lavaban sus tanques después de la destilación en alta mar, en lugar de utilizar las instalaciones portuarias adecuadas. La reacción fue contraria a la deseable: se constituyó una gran Fundación Exxon-Mobile para demostrar “científicamente” lo contrario…

Oídos sordos. Oídos sordos sobre todo  del Partido Republicano de los Estados Unidos, que nunca ha sido partidario del multilateralismo, cuando los problemas globales no pueden resolverse más que con medidas globales. Hace un siglo, en 1919, impidió que la Liga de Naciones, creada por el presidente demócrata, Woodrow Wilson, fuera eficaz y evitara un nuevo conflicto, porque consiguió -¡qué atroz incoherencia!- que Estados Unidos no formara parte de la misma.

Y así fue posible todo lo que sucedió en el corazón de Europa en los años 20 y 30, los brotes de supremacismo, de fanatismo, de xenofobia… que desembocaron en la segunda guerra mundial.  En los años 80 concluye la “guerra fría”, la carrera armamentista entre las dos superpotencias que había ensombrecido la actuación del excelente diseño multilateral del Presidente Roosevelt, con unas Naciones Unidas dotadas de unas Organizaciones especializadas en las grandes prioridades de la alimentación, la salud, la educación, la ciencia y la cultura, el medioambiente, el desarrollo sostenible… y, especialmente en los niños.

UNICEF, ha sido, sin duda alguna, y seguirá siendo, un gran motor de acción porque para la inmensa mayoría de la gente la palabra “niño” es la que lleva de forma inmediata a la participación, al compromiso personal…

¡Con la excepción del Partido Republicano de los Estados Unidos! Recuerdo cuando en noviembre del año 1989, Jim Grant, el gran gigante de la cooperación internacional y fundador de UNICEF, me invitó –en calidad de Director General de la UNESCO a la sazón- a la solemne firma de la Convención Internacional sobre los  Derechos del Niño. En la Asamblea General de las Naciones Unidas, se reunió “todo el mundo”.

Jim iba y venía saludando a Jefes de Estado, Reyes, Emperadores, Primeros Ministros… Nadie, nadie rehúsa participar en favor de la infancia. De pronto, pálido, consternado,  me indica que el Presidente de los Estados Unidos, George Bush padre, acaba de manifestar que no firmará la Convención. “¡Pero si nos hemos reunido aquí para esto, como usted sabe muy bien…!”. Fuimos muchos los que intentamos persuadir al Presidente, que se mantenía ilógicamente, absurdamente, en contra de firmar la Convención.

Decidimos proponerle que firmara (¡no firmara!) en último lugar, como Presidente del Estado anfitrión, para no dar lugar a un seguimiento de su actitud por parte de otros países que no comprenderían cómo se les  había citado desde el otro lado del mundo para lo que allí estaba ocurriendo…

Cuando  iba a comunicar que no firmaba empezamos a cantar: “We are the world, we are the children”… de tal manera que la mayor parte de asistentes no conocieron la noticia de que los Estados Unidos no habían suscrito la Convención hasta el día siguiente. Y siguen sin haber firmado, a pesar de los esfuerzos de Obama. ¡El único país del mundo que, por influencia del Partido Republicano, no ha suscrito la Convención!

En otoño de 2015, los Acuerdos de París  sobre el Cambio Climático y la adopción por las Naciones Unidas de los Objetivos sobre Desarrollo Sostenible “para el progreso del mundo”, representaron una pausa de esperanza a escala mundial… hasta que, inmediatamente después de su nombramiento, el insólito Presidente Donald Trump anunciara que no pondría en práctica estos acuerdos… y que lo único importante era ¡más dinero para defensa!

Los G7 ratificaron inmediatamente esta petición… pero ninguno se atrevió a decirle al Presidente Trump que debía cumplir los compromisos internacionales refrendados por su antecesor.

Es ahora, pues, apremiante, refundar el  multilateralismo, poner en mano de todos los países y no de seis, siete o veinte la gobernanza mundial. Y hacerlo con urgencia, teniendo en cuenta nuestras responsabilidades intergeneracionales. El 17 de diciembre de 1998, el formidable “Máximo” publicó en “El País” la viñeta que ahora se reproduce. Está claro que debemos procurar invertir los tamaños para alcanzar un gran Pacto Mundial por la Infancia, de acuerdo a las directrices de la Convención.

Sólo en la medida en que pongamos en marcha  un nuevo concepto de seguridad basado en las prioridades antes indicadas de las Naciones Unidas seremos capaces de reconducir  la actual deriva a escala global. Y no me cabe duda alguna de que el mejor aldabonazo es siempre el que lleva la imagen de una niña o de un niño. Esto es lo que el Comité Español de UNICEF ha puesto de manifiesto para conmemorar el 30 aniversario de la proclamación de los Derechos de la Infancia: la reacción popular, ahora ya posible presencial y en el ciberespacio, deberá ser liderada por este convencimiento.

He repetido con frecuencia aquella frase maravillosa de Eduardo Galeano en que una niña, al bajar del autobús de una excursión escolar que le llevaba por primera vez a ver el mar, tiró de la falda de la maestra y le dijo: “Maestra, ayúdeme a mirar”. Ahora son los niños los que deben ayudarnos a mirar a quienes tenemos la responsabilidad de llevar a efecto un cambio radical de la situación actual, de refundar un Sistema multilateral y eliminar todas estas fórmulas inoperantes y tendenciosas, de tal modo que podamos en breve plazo ser “Nosotros, los pueblos” los que, de la mano de los niños, sepamos recorrer iluminados caminos del mañana. 23 de octubre de 2019.

* Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid (1958), ha sido catedrático en diferentes universidades españoles y ha desempeñado numerosos cargos políticos, entre otros el de ministro de Educación y Ciencia (1981-82). Entre 1987 y 1999 fue director general de la Unesco. Actualmente es presidente de la Fundación para una Cultura de Paz. Texto enviado a Other News por la oficina del autor, el 23 de octubre  de 2019.

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