Ago 25 2013
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OpiniónPolítica

A 40 años del Golpe de Estado: Lecciones de una dictadura

A fines de la década de los años 80 del siglo XX, Chile y el mundo parecen inaugurar un nuevo tiempo histórico. Por aquellos años, cae el muro de Berlín, poniendo fin a la llamada Guerra Fría. Un cambio macro político destinado a abrir un nuevo curso a la historia de la humanidad. Al mismo tiempo, en Chile, un plebiscito sacaba al dictador Augusto Pinochet de la primera magistratura del país.

1.- Paradoja chilena

Un cambio micro político que significó el inicio de un proceloso camino hacia la restauración democrática, un camino que después de 40 años todavía no termina.

Sin tener plena conciencia de ello, el nuevo escenario nacional, e internacional, nos ofrecía lo que podemos llamar “la paradoja chilena”. Si bien el dictador se retiraba de la Moneda, refugiándose como comandante en jefe de su ejército, había dejado todo “atado, bien atado” para que la institucionalidad dictatorial siguiera presidiendo la política nacional por décadas. Con ello se garantizaba la impunidad de civiles y militares que habían actuado como verdugos, Pinochet el primero. Asimismo, se mantuvo un orden económico tremendamente ventajoso para banqueros e inversionistas criollos y extranjeros. Por último, se estructuró una legislación que dio garantías a los sectores de derecha para preservar mayorías parlamentarias mediante el llamado sistema binominal.

En pocas palabras, mientras el planeta entero enfrentaba una apertura inédita en la historia, preparándose para ingresar en procesos de mundialización, la institucionalidad chilena operó una clausura. Lejos de prepararse para cambios democráticos en la sociedad chilena, las elites locales se aferraron a una constitución heredada de la dictadura, acomodándose a ella. En una sociedad que hasta el presente se estructura casi como un régimen de castas, la constitución de Pinochet cristalizó una democracia oligárquica: clasista, excluyente y anti democrática.

De este modo, la dictadura de Augusto Pinochet fue el instrumento de una clase social para realizar el “trabajo sucio”, descabezando un movimiento popular ascendente a sangre y fuego, sembrando el territorio nacional de cadáveres. La barbarie en que se ha sumido la derecha chilena se prolonga hasta el presente bajo la forma de impunidad para los responsables –civiles y militares- de crímenes de lesa humanidad. Pero también en impedir la expresión democrática de las mayorías ciudadanas y en la represión de amplios sectores de chilenos que reclaman sus derechos, estudiantes, trabajadores.

En la hora presente y superada ya la falsa dicotomía que nos proponía comochile moneda se incendiaúnicos modelos posibles el “socialismo real” de cuño soviético o el “neoliberalismo” de estilo occidental; surge en Chile, como en otros países de la región, la verdadera contradicción histórica y social que nos acompaña desde la independencia: Una democracia oligárquica que legitima la injusticia de los más o una democracia participativa que restituya la soberanía de nuestros pueblos.

2.- Dolores y enseñanzas

Las circunstancias históricas más aberrantes y trágicas han sido también una ocasión propicia para el aprendizaje y la reflexión. El sufrimiento individual y colectivo pareciera ser un acicate que nos muestra el significado de ciertos acontecimientos, más allá de lo intelectual, más allá de la emoción. Ni entender la racionalidad política de una acción militar ni la consternación ante la barbarie parecen suficientes ante tanto dolor y tanta muerte. Para entender cabalmente ciertos acontecimientos se requiere además “comprenderlos en su profundidad”. Esta comprensión está más allá de los conceptos y las emociones e implica una aprehensión que reclama un compromiso integral, pleno de intensidad y radicalidad, una genuina experiencia espiritual.

Desde una perspectiva tal, todo lo acontecido en Chile desde 1973 representa una degradación moral que solo puede avergonzar al género humano. El fatídico golpe de Estado protagonizado por Augusto Pinochet ha significado, ni más ni menos, poner en entredicho la “dignidad humana”, violentando los cuerpos y la vida de hombres y mujeres, muchos de ellos, desaparecidos hasta hoy. Los actos inspirados en el fanatismo homicida, en la codicia y el egoísmo solo multiplican el sufrimiento en víctimas y victimarios. La barbarie pervive cuando sigue impune, pues solo la justicia humana puede redimir parcialmente la ignominia.

chile golpe estadioNingún uniforme es suficiente para ocultar lo que somos. Abusar o asesinar a otro, sea en nombre de cualquier ideología o creencia, es abusar o asesinar a un semejante. Este “saber moral” es aceptado por laicos y creyentes y se inscribe por derecho propio entre los derechos humanos fundamentales: el derecho a la vida. Chile ha debido compartir su tragedia con muchos otros pueblos de la tierra, el momento amargo de su dolorosa degradación. Un dolor que se expresa en miles de torturados, asesinados, desparecidos y en el luto de sus familiares. Un dolor que también se expresa en la vergüenza que ensombrece nuestro país hasta nuestros días, un dolor que se llama impunidad y se llama desigualdad e injusticia.

Las nuevas generaciones de chilenos deben aprender a vivir con las cicatrices de un pasado triste y vergonzante. Sin embargo, por lo mismo, se les impone el desafío de restituir la “dignidad” a la vida en nuestra sociedad. La dimensión profunda de nuestra historia, espiritual si se quiere, nos concierne a todos y atañe a nuestra estatura humana. No se trata de una cuestión etérea, lejana y ajena, la “dignidad” se realiza en la vida concreta de los pueblos donde cada individuo encuentra un lugar para su realización. En el presente, los chilenos estamos llamados a construir nuevos horizontes democráticos, inclusivos, participativos, que conjuguen el crecimiento material con el desarrollo moral, dejando atrás la tristeza y el rencor del siglo precedente.

3.- Fuerzas Armadas: tarea pendientechile golpemilicos reprimen

Democratizar un país consiste en lo fundamental en ajustar las instituciones al amplio tejido social de la nación a la que sirve. En este sentido, se hace indispensable reconfigurar la institucionalidad chilena y eso pasa por una nueva constitución para nuestra república. Este nuevo diseño solo puede emanar de la voluntad soberana de un pueblo, cualquiera sea la forma en que ésta se exprese. Democratizar Chile es poner todas las instituciones de un estado responsable como garantía de una vida digna para hombres, mujeres y niños nacidos en este país, sin importar su condición social, su credo, ideología u origen étnico. En un Chile democrático todos deben encontrar su lugar, sin exclusiones.

En ese Chile democrático corresponde abordar el complejo problema de nuestras fuerzas armadas. Hasta el presente, se trata de un tópico que nadie quiere abordar, es un tabú político que los diversos partidos y figuras eluden, ignorando un aspecto fundamental para el presente y el futuro histórico del país. Plantear el problema de una profunda democratización de las fuerzas armadas es políticamente incorrecto, sin embargo, se trata de una cuestión insoslayable en los años venideros. Esto se explica, en parte, en el hecho evidente de que han sido las instituciones castrenses las que han protagonizado una dictadura atroz que nos avergüenza hasta hoy.

El papel de las fuerzas armadas en un Chile democrático no puede estar disociado del curso histórico del país en su conjunto. La dictadura de Augusto Pinochet y su constitución de facto politizó en extremo a los institutos armados, llegando al grotesco de asegurar a los comandantes en jefe un sillón parlamentario, formando a generaciones de oficiales en doctrinas foráneas y anti patrióticas de “seguridad nacional”, que conciben a los sectores sociales oprimidos como un “enemigo interno”. Esta profunda distorsión de la herencia de nuestros héroes sigue pesando en los cuarteles, convirtiendo a las fuerzas armadas en verdaderos gendarmes de un Estado policial.

El Chile del mañana requiere de unas fuerzas armadas democráticas, garantizando el acceso a sus institutos de todos los jóvenes chilenos sin exclusiones clasistas como acontece en la actualidad. Las instituciones de la defensa nacional requieren recuperar un nuevo sentido de patriotismo, tan profundo como generoso. En tanto instituciones del Estado chileno, no es aceptable que sean convertidas en cotos cerrados donde reina el nepotismo, como una entidad parásita y ajena a los problemas del país. Una democracia robusta no puede desarrollarse mirando al mundo militar como una amenaza presente o futura. Construir una nueva relación con los uniformados en un país democrático es uno de los grandes desafíos de Chile en el presente siglo, una nueva relación que deje atrás la triste historia que ya conocemos.

4.- Lecciones de una dictadura

Suele acontecer en la historia que tras muchas décadas se vuelve en espiral al mismo punto de partida, pero en un nivel cualitativamente distinto. El caso del golpe de Estado en Chile, pareciera confirmar esta sentencia. Al observar las últimas décadas se constata que las razones profundas que llevaron en su momento, a la elección de Salvador Allende y su singular “vía chilena al socialismo” nunca han desaparecido. El fundamento último de la llamada Unidad Popular fue la aspiración de una parte importante de la población de ver realizadas sus aspiraciones de justicia social frente a una democracia oligárquica por definición desigual y excluyente.

Si bien el pasado, el presente y el futuro constituyen categorías temporales, lo cierto es que el imaginario histórico y social se define más bien como una “experiencia histórica”, esto es, como un tiempo vivido. En este sentido, todo “ahora”, tal y como nos enseña Benjamin, actualiza su pasado histórico como un “otrora” un presente diferido que adquiere una nueva significación en una circunstancia actual. Ese “otro ahora” no ha desaparecido de la subjetividad colectiva, está allí cristalizado en recuerdos, testimonios, imágenes, en fin, está inscrito simbólicamente como una posibilidad cierta. No se trata desde luego, de reeditar experiencias históricas sino de reconocer en ella su fundamento histórico y moral.

Desde esta perspectiva, la superación de la Guerra Fría y su falsa oposición entre un socialismo de cuño soviético o un capitalismo al estilo occidental, torna más nítido el carácter histórico político de la fisura latinoamericana. En efecto, en este “ahora” del siglo actual surge con mayor claridad el imperativo de dejar atrás las formas arcaicas de una democracia oligárquica sedimentada desde los albores de nuestra independencia y cuya expresión más reciente es la constitución de facto impuesta por una dictadura militar.

chile allende mitinLa guerra de Augusto ha sido el intento más acabado de refundar un país, afirmando, al mismo tiempo, su tradición oligárquica. Esta empresa, empero, está llegando a su fin. Como señaló el mismo Allende aquel histórico 11 de septiembre de 1973: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Tales palabras adquieren hoy su sentido más pleno y profundo, pues las nuevas generaciones retoman los pasos de un proceso democrático cuyo sentido es el mismo de hace cuarenta años: el anhelo de una mayor justicia social para las mayorías.

Es cierto, otros son los protagonistas, otras las voces. Es cierto, muy diversas las circunstancias del mundo y de nuestro país. Otros los matices de la historia presente, mas los gritos y demandas en las calles nos traen los ecos de ese otrora que reclama su presente. Hay un sutil hilo de seda que atraviesa el tiempo aparente, diríase un mismo espíritu que anima dos épocas separadas por tanto dolor, por tanto silencio. Es la marcha humana de muchedumbres en las calles, hombres, mujeres, niños, construyendo su destino en el océano infinito de tiempo y de historia, su propia historia.

– Álvaro Cuadra es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS, Chile.

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Comentarios

  1. Antonio Casalduero Recuero
    27 agosto 2013 22:09

    Concuerdo en lo sustancial con el articulista, fundamentalmente en sus consecuencias históricas, que arrojó en lo básico una virtual refundación de Chile, el actual, un país clasista, desigual, elitista, discriminador, racista, fatuo, en extremo neoliberal, no obstante, él no menciona en ninguna parte la injerencia externa que tuvo el golpe, la tremenda participación que tuvieron los EE.UU. bajo el gobierno de Richard Nixon y de su secretario Henri Kissinger (todo debidamente acreditado), no señala tampoco las cuantiosas sumas invertidas en el país para la financiación que lo hizo posible, que crearan las condiciones óptimas (no olvidemos que Allende anunciaría un plebiscito ese mismo 11 de septiembre y que el golpe debió adelantarse precisamente por esta causa). Los militares hicieron el trabajo sucio, es cierto que con el poder en sus manos éstos se embelesaron, se autoendiosaron, y mucho costó que se desprendieran de él.
    Las sirenas de alarma en el Depto. de Estado vinieron luego del atentado de septiembre de 1986, cuando por un tris se salvó el dictador, apenas una nimia falla técnica salvó su vida; muy probablemente otra hubiese sido la historia de haber prosperado el intento.
    Hoy a cuarenta años de ese día que trizó a Chile de punta a rabo, aún hay algunos que todavía rasgan vestiduras, aleteando como inocentes e ingenuas palomas de entonces, como el senador fascista Hernán Larraín, el mismo que denunció profesores en la UC, por el que desapareció uno de sus docentes.
    Si estamos inmersos en esta desigualdad bárbara, tanto social como estudiantil, ¿cómo pretenden que los sectores populares no se sientan discriminados y arremetan contra todo lo que signifique “olor a sistema”, empezando por los semáforos?; ellos vencieron la tecnología de las cámaras y se encapucharon, son los actualmente célebres “encapuchados”; hay que examinar sus causas y no sentarse a llorar por sus consecuencias.
    Retomo una idea que me ronda de un tiempo a esta parte: ¿cuándo será el día que un investigador se dedique a analizar cuáles fueron esas condicionantes que hicieron posible que en Chile surgiera un personaje con los rasgos y caracteres, siniestramente únicos y primitivamente singulares, de un Augusto Pinochet? Ojalá que algún sociólogo, algún historiador contemporáneo le hinque el diente a este tema, o quizás, a este dilema.

  2. Marcelo
    28 agosto 2013 0:19

    lo único que les quiero decir es que cuenten la verdad completa..es decir, ¿qué pasaba en la década del 70 con el gobierno desastroso de Allende?…las expropiaciones ilegales y por la fuerza de la UP a los “latifundistas ” para ellos, matando gente y robándole lo que tenían con esfuerzo, se tomaban los sitios donde querían poniendo banderas y estableciendo campamentos, esos mismos campamentos a los que Pinochet les hizo casas decentes, las famosas JAp, en donde el abuso comunista era insoportable, donde se quedaban con lo mejor y les daban lo que querían a las familias, una canasta básica, así se vivía gracias a la política de Allende y sus secuaces..Oiga, cuente la historia completa y no sigan engañando a una juventud hoy que ignora todo, porque no nacieron en esa época, por lo tanto solo repiten lo que se les ha contado, pero uno que lo vivió sabe de qué está hablando…de lo contrario, no publiquen nada..es más sano.

  3. Noé Bastías
    11 septiembre 2013 4:13

    Fueron mil días

    Entonces, poseídos por clasismos megadelirantes redireccionan en septiembre del 73 sus arsenales de conspiración y odios. Es que no podían permitirse prolongar por más tiempo sólo el sabotaje; mil días confabulando resultaron extenuantes; había llegado la hora de “hacer patria, señores”, y no podían permitirse disparos a la bandada. Por esta razón es que la mira es teledirigida esta vez hacia un solo blanco: el Presidente Allende. ¿La razón? Éste representaba la inminente y “terrorífica” amenaza de restituir la dignidad humillada de millones de desheredados y la consiguiente pérdida de la propiedad vitalicia de una teta insoltable y privativa de una casta de privilegiados “sin apellidos mapuches”.
    Fueron mil días, sí. Mil días para un pueblo constructor de sueños; mil días de resistencia moral contra un boicot maquinado por la oligarquía interna y externa; mil días en que los olvidados de Chile, junto a su Presidente, y en ejercicio de un derecho radicalmente humano, se expresan como ciudadanía y opinión pública proclamando al mundo una plegaria insoportable para los polit(e)ólogos burgueses del Opus y la civitas dei: “¡Hágase por fin tu voluntad aquí en la tierra! ¡Tráenos tu reino de justicia e igualdad!” Tal “herejía” no podía, bajo ningún punto de vista, permitirse en esta tierra “orgullosa” de su condición “humanista” y -sobre todo- “cristiana”. Tal “herejía” anunciaba desde las derechas una reacción rabiosa y copiona de la Inquisición.
    Por ello, Augusto -el “ungido”- y sus legiones cayeron no se sabe desde qué cielo como ángeles de la injusticia para arrojar sus clasismos envenenados contra nuestro Presidente y nuestra bandera y para clavar sin misericordia sus sables traidores en la garganta de nuestros derechos fundamentales y de las instituciones de la República, dejando a su paso una estela de lutos, ausencias y soledades que castigan a muchos/as hermanos/as hasta el día de hoy. Y todo ello refrendado por una impunidad “creyente”, hecha con huincha de sastre a la medida… o “en la medida de lo posible” a favor de un puñado de intocables, por cierto “superiores” a unos ciudadanos sin influencias de tercera y cuarta categoría que pagan con cinco años por robar pan para comer.
    Aunque como sacudiéndonos de un largo atontamiento y aunque nos incomode, hemos constatado que… si bien no se materializó el propósito de esos “santos-padres refundadores de la patria” de quedarse para siempre presencialmente, de manera física, al parecer lo han conseguido de un modo distinto: como una legión de guardianes invisibles del modelito darwiniano (re)fundado por ellos a la medida de un sanedrín de asegurados que nos predican “prudencia”… Y al parecer lo han conseguido, pues el régimen de vida y su modelo socio-económico continúa, como nunca antes, al servicio de unos chupeteadores históricos de una teta obesa y eterna, de la que por estos días, no sabemos por qué razón, se escuchan flatitos musicales que cantan algo así como un valiente (…) “no nos acordamos”. Pero nosotros sí nos acordamos: nos quedó esta cicatriz: 11 de septiembre de 1973 y el legado de Allende como conciencia para seguir luchando porque se abran las Grandes Alamedas para la clase trabajadora, para los postergados, para el pueblo.

    Una buena parte de la Iglesia estuvo, moralmente, a la altura de las circunstancias pues tomó parte por las víctimas del golpe del 73, en especial Silva Henríquez. Sin embargo, a la par de ello, y en el seno de la curia, nunca dejó de hacer oír su voz cómplice el catolicismo anti-comunista, reaccionario y golpista. Sólo como un modo de aportar con un téngase presente ante visiones unilateralistas (funcionales al catolicismo golpista que odiaba y odiará por siempre a un Allende “ateo, comunista y masón”), cito:
    “La Conferencia Episcopal emitió en abril de 1978 una ´´Orientaciones Pastorales´´ para 1978 – 1979 – 1980” que tituló ´La conducta Humana´´´. “Hay un párrafo en este documento (…) en que se agradece “el servicio prestado al país por las FF. AA.” El 11 de septiembre de 1973”.*

    *Boye S., Otto, La no-violencia activa, camino para conquistar la democracia, Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, Editorial Aconcagua, 1983, p. 93.

    Noé Bastías
    Profesor de Filosofía