Ene 19 2016
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Cultura

A 60 años de su fallecimiento recuerdan al peruano César Moro, el gran poeta surrealista latinoamericano

Cuando uno piensa en la relación del surrealismo con América latina, varias referencias vienen a la mente: el viaje de Breton a México, el peregrinaje de Artaud a la sierra Taraumaura, la aventura chilena de La mandrágora, la amistad entre Paz y Breton después de la guerra, y César Moro. Y es que resulta difícil pensar en el surrealismo latinoamericano sin recordar a este poeta que siempre se sintió extraño en su Perú natal. Moro es el más claro ejemplo de que en muchas ocasiones la patria se encuentra muy lejos de ese lugar donde el destino nos hizo nacer.

Los nueve años que Moro vivió en París, de 1925 a 1934, marcaron profundamente su vida. Moro sale de Lima hacia Europa a los veintidós años con el deseo de exponer su obra plástica. En 1929, conoce a Breton y participa en las reuniones de los surrealistas. Es la época del Segundo Manifiesto Surrealista, del acercamiento de Breton con el Partido Comunista y por consecuencia de la mezcla del activismo político con los experimentos de la escritura automática. Para Moro este encuentro fue fundamental porque le permitió desarrollar su veta poética y adoptar la lengua francesa como vía de expresión de su poesía. Moro participó activamente en el grupo surrealista antes de la guerra, como Paz lo hizo después. Mientras vivió en Paris, publicó “Renommée de l’amour” en la edición 5-6 de la revista Le Surréalisme au service de la Révolution. También participó en el libro Violette Nozières, en 1933, poco antes de su regreso a Lima. Este homenaje colectivo a la joven parricida era una plaquette que contenía poemas de Breton, de Char, de Éluard, de Moro y Péret entre otros; además de ilustraciones de Dalí, Tanguy, Giacometti y Magritte.

A su regreso a Lima, Moro continuó ligado emocionalmente al grupo. En 1935 expuso algunos dibujos y collages y en 1938 creó junto con Emilio A. Westphalen la revista El uso de la palabra de la cual sólo apareció el primer número. Ese mismo año el artista peruano se exilió por motivos políticos en México donde vivió hasta fines de la década de los 40. Lo que hace de Moro un caso especial en la literatura latinoamericana de su generación es que aún en su regreso a Perú y en su exilio en México siguió escribiendo en francés. Esta condición de doble exilio: el geográfico y el lingüístico hacen de él un poeta de las orillas, del destierro.

En México, Moro organizó con el pintor Wolfgang Paalen la Exposición Internacional del Surrealismo de la cual también escribió el prefacio del catálogo. Colaboró en El Hijo Pródigo y en Dyn, ésta última fundada por Paalen en 1942. Le etapa mexicana es para Moro un período de recogimiento que llevará al extremo a su regreso a Perú.

En 1948 Moro regresó a Lima donde decide vivir entregado a la escritura y a la pintura sin manifestarse públicamente. Durante esos años dio clases de francés en el Colegio Militar Leoncio Prado. En la misma época, un joven que soñaba con ser escritor fue internado en el colegio por órdenes paternas para mitigar sus pretensiones creativas. Ese joven se llamaba Mario Vargas Llosa. Moro fue profesor de Vargas Llosa y más tarde sirvió de modelo a uno de los personajes de La ciudad y los perros. “Era bajito y muy delgado – escribe Vargas Llosa en El pez en el agua-de cabellos claros y escasos y unos ojos azules que miraban el mundo, las gentes, con una lucecita irónica al fondo de las pupilas.”

Este alejamiento de la vida pública también se reflejó en su producción poética. Hasta 1956, año en que muere, sólo había publicado tres poemarios en francés: un libro, Le Château Grisou (1943); y dos plaquettesLettre d’Amour (1944) y Trafalgar Square (1954). Fue el poeta francés André Coyné, amigo y albacea literario de Moro, quien heredó la tarea de editar los diversos libros y poemas sueltos que el poeta peruano había dejado. La muerte de Moro dio origen al reconocimiento paulatino de su obra. Sin embargo, la publicación de sus poemas enfrentaba las reticencias de las editoriales a publicar a un peruano que escribió en francés. En Francia nadie lo editaba porque no era un poeta francés. En Lima tampoco porque había que traducir sus poemas.

Los dos primeros libros de Moro se publicaron gracias a la venta de una serie de pasteles que el poeta había pintado un año antes de su muerte. Con los fondos reunidos Coyné pudo publicar, por un lado, la poesía en castellano de Moro bajo el título de La Tortuga Ecuestre y Otros Poemas (Lima, 1957) y, por otra parte, Amour à Mort et Poèmes 1948-1955 (París, 1957). El libro editado en Francia tuvo una cierta resonancia. Benjamin Péret lo leyó y decidió incluir algunos poemas del autor en una antología del surrealismo que estaba preparando una editorial italiana: La Poesia Surrealista Franchese. También, gracias a Amour à Mort, el crítico Jean-Jaques Lévêque pidió a Coyné pinturas de Moro con el fin de exponerlas en Le soleil dans la tête, una galería de arte parisina. Resultó entonces que el libro que había sido editado gracias a las pinturas del artista peruano ayudó a su vez a que la obra plástica de Moro se expusiera en París.

La edición en español, por su lado, tuvo menos suerte. Por motivos personales, Coyné tuvo que salir del Perú y no pudo sacar los libros de la imprenta. Supo después que el cajón donde iban la mayoría de los ejemplares se extravió. Sólo se salvaron algunos libros que iban destinados a los suscriptores y los pocos que se distribuyeron a las librerías. Este libro fue reeditado años después por Julio Ortega, dentro de una recopilación titulada Palabra de escándalo (1974).
Sin embargo, la edición limeña de La tortuga ecuestre no fue el único libro de Moro que se perdió. André Coyné recuerda que se sintió intrigado al no ver, entre los originales que Moro le había dejado, ninguno de los poemas que éste escribió entre 1930 y 1933. Dándole vueltas al asunto, Coyné recordó que Moro le había comentado alguna vez que Paul Éluard había perdido en un viaje la única copia de su primer cuaderno de poesía. En busca de más información, el poeta francés revisó la correspondencia de Moro. Entre otras cartas encontró una escrita por Éluard en abril de 1932 donde le informa a Moro que está “leyendo y releyendo los admirables poemas del primer cuaderno que usted me ha confiado”1. Por desgracia Éluard perdió el mencionado cuaderno en el mismo viaje en el que le escribió la carta.

Moro fue un poeta surrealista en los dos sentidos de la palabra: primero porque colaboró con el movimiento histórico del grupo de Breton, segundo porque su poesía está atravesada por esta corriente artística, ese surrealismo que Julien Gracq bautizó como “surrealismo sin edad”. Moro eligió una patria íntima, la lengua, donde poder experimentar hasta el último límite las posibilidades de ruptura y de juego poético. Al sentirse desterrado, ajeno de esa Lima a quién al pie de un poema calificó de “horrible” Moro re-crea en su universo un lugar distinto: un sitio personal compuesto de geografías, luces y sueños híbridos, un lugar que decidió compartir con nosotros en sus libros.

POEMAS DE CESAR MOROPERU Cesar moro1

Llamado a los tres reinos

 

Hablo a los tres reinos

Al tigre ante todo

Más susceptible a escucharme

Al coque a la carboncilla

Al viento que no se ubica en ninguno de estos reinos

Para la tierra hará falta una lengua de cieno

Para el agua una lengua ventosa

Para el fuego apretar la poesía en un torno y destrozar el atroz

[cráneo de las iglesias

 

Hablo a los sordos de orejas tumefactas

A los mudos más imbéciles que su silencio impotente

Huyo de los ciegos porque no podrán comprenderme

Todo el drama se desenvuelve en el ojo y lejos del cerebro

 

Hablo de cierto encanto incomprensible

De una costumbre anónima e irreductible

De ciertas lágrimas secas

Que pululan sobre la faz del hombre

Del silencio producido por el gran grito natal

De este instinto de muerte que nos subleva

A nosotros los mejores entre los hombres

 

Cada mañana haciéndose tangible bajo la forma de una medusa

[sangrante en lo más alto del corazón

 

Hablo a mis amigos lejanos cuya imagen confusa

Detrás de un velo de estrépito de cataratas

Me es cara como esperanza inaccesible

Bajo la campana de un buzo

Simplemente en la soledad de un prado

(Traducción: Carlos Estela)

 

Carta de Amor

 

Pienso en las holoturias angustiosas

que a menudo nos rodeaban al acercarse el alba

cuando tus pies más cálidos que nidos

ardían en la noche

con una luz azul y centelleante

 

Pienso en tu cuerpo que hacía del lecho el cielo y las montañas

[supremas

de la única realidad

con sus valles y sus sombras

con la humedad y los mármoles y el agua negra reflejando todas las

[estrellas

en cada ojo

 

¿No era tu sonrisa el bosque resonante de mi infancia

no eras tú el manantial

la piedra desde siglos escogida para reclinar mi cabeza?

Pienso tu rostro

inmóvil brasa de donde parten la vía láctea

y ese pesar inmenso que me vuelve más loco que una araña

[encendida agitada sobre el mar

 

Intratable cuando te recuerdo la voz humana me es odiosa

siempre el rumor vegetal de tus palabras me aísla en la noche total

donde brillas con negrura más negra que la noche

Toda idea de lo negro es débil para expresar la larga ululación de

[negro sobre negro resplandeciendo ardientemente

 

No olvidaré nunca

Pero quién habla de olvido

en la prisión en que tu ausencia me deja

en la soledad en que este poema me abandona

en el destierro en que cada hora me encuentra

 

No despertaré más

No resistiré ya el asalto de las grandes olas

que vienen del paisaje dichoso que tú habitas

Afuera bajo el frío nocturno me paseo

sobre aquella tabla tan alto colocada y de donde se cae de golpe

 

Yerto bajo el terror de sueños sucesivos agitado en el viento

de años de ensueño

advertido de lo que termina por encontrarse muerto

en el umbral de castillos desiertos

en el sitio y a la hora convenidos pero inhallables

en las llanuras fértiles del paroxismo

y del objetivo único

pongo toda mi destreza en deletrear

aquel nombre adorado

siguiendo sus transformaciones alucinantes

Ya una espada atraviesa de lado a lado una bestia

o bien una paloma cae ensangrentada a mis pies

convertidos en roca de coral soporte de despojos

de aves carnívoras

 

Un grito repetido en cada teatro vacío a la hora del espectáculo

[indescriptible

Un hilo de agua danzando ante la cortina de terciopelo rojo

frente a las llamas de las candilejas

Desaparecidos los bancos de la platea

acumulo tesoros de madera muerta y de hojas vivaces de plata

[corrosiva

Ya no se contentan con aplaudir aullando

mil familias momificadas vuelven innoble el paso de una ardilla

 

Decoración amada donde veía equilibrarse una lluvia fina en rápida

[carrera hacia el armiño

de una pelliza abandonada en el calor de un fuego de alba

que intentaba hacer llegar al rey sus quejas

así de par en par abro la ventana sobre las nubes vacías

reclamando a las tinieblas que inunden mi rostro

que borren la tinta indeleble

el horror del sueño

a través de patios abandonados a las pálidas vegetaciones maníacas

 

En vano pido la sed al fuego

en vano hiero las murallas

a lo lejos caen los telones precarios del olvido

exhaustos

ante el paisaje que retuerce la tempestad

 

 

 

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