Abr 17 2013
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OpiniónPolítica

Ahora, todos somos thatcheristas

¬†La avalancha de art√≠culos eleg√≠acos sobre la ex primera ministra brit√°nica Margaret Thatcher publicados despu√©s de su muerte, el 8 de abril, es un buen indicador de c√≥mo todos nos hemos convertido en thatcheristas, sin darnos cuenta.¬†Solamente quienes ya no gozan de sus a√Īos mozos advierten cu√°nto cambi√≥ el mundo y la pol√≠tica su obra de gobierno, a tal punto que ser√≠a correcto llamarla una ¬ęgran revolucionaria¬Ľ.

Para apreciar la dimensi√≥n del cambio, recordemos que inmediatamente despu√©s de la Segunda Guerra Mundial, otros dos grandes acontecimientos tuvieron lugar: el fin del colonialismo y la emergencia del Tercer Mundo, y la formaci√≥n de un poderoso bloque socialista, encabezado por la Uni√≥n Sovi√©tica, pero con reto√Īos en √Āfrica, Am√©rica Latina y Asia; por ejemplo, Angola, Cuba y China.

Ambos acontecimientos tuvieron un efecto aleccionador en los sectores políticos y filosóficos identificados con el capitalismo, ondujeron a la era de la socialdemocracia, e inspiraron el designio de establecer un orden internacional basado en la cooperación y la justicia social.

Esto llevó a que en 1974 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobara por unanimidad un plan de acción para un nuevo sistema de relaciones internacionales que permitiría a los países subdesarrollados regular y controlar las actividades de las corporaciones multinacionales, medidas para reducir la brecha entre el Norte y el Sur y otras disposiciones que hoy serían consideradas como fantasiosas.

Se propiciaba la cooperaci√≥n internacional como fundamento de las relaciones entre los Estados y se convoc√≥ a la cumbre Norte-Sur que se celebr√≥ en Canc√ļn en 1981.

Thatcher asumi√≥ el poder en 1979, y en Canc√ļn conoci√≥ a Ronald Reagan, elegido presidente de Estados Unidos unos meses antes de la cumbre. Fue la primera prueba internacional para Reagan, que soslay√≥ con desagrado cualquier di√°logo sobre cooperaci√≥n internacional.

Instigado y respaldado por Thatcher, simplemente dijo que Estados Unidos se hab√≠a convertido en un gran pa√≠s no gracias a la ayuda, sino mediante el esfuerzo de miles de individuos que construyeron sus ferrocarriles, f√°bricas y talleres. Sostuvo que Washington no contraer√≠a acuerdos internacionales por considerarlos contrarios a sus intereses y enarbol√≥ la f√≥rmula de ¬ęcomercio en vez de ayuda¬Ľ.

A partir de ese momento, la ¬ęrevoluci√≥n de Reagan¬Ľ cambi√≥ el mundo. Se margin√≥ a la ONU y se libr√≥ una implacable campa√Īa contra el concepto de la sociedad y del Estado.

Thatcher declar√≥ gloriosamente: ¬ęLa llamada sociedad no existe. Existen hombres y mujeres de forma individual, y existen las familias¬Ľ.

Reagan se especializ√≥ en dar respuestas simples a cuestiones complejas. ¬ŅLa contaminaci√≥n? ¬ęLos √°rboles contaminan, no las f√°bricas¬Ľ. Thatcher proclam√≥: ¬ęVanaglori√©monos de nuestra desigualdad¬Ľ. Catalogaba a Nelson Mandela de ¬ęterrorista¬Ľ, y m√°s adelante alabar√≠a al dictador Augusto Pinochet como ¬ędefensor de la democracia¬Ľ.

Poco a poco, los dos partidos conservadores, el Republicano estadounidense y el Conservador brit√°nico, sufrieron una metamorfosis antropol√≥gica. Dejaron atr√°s el ¬ęconservadurismo compasivo¬Ľ, y se embelesaron con una ideolog√≠a que exaltaba la riqueza, la aceptaci√≥n de la injusticia como un hecho de la vida, la demonizaci√≥n del Estado y la divinizaci√≥n del mercado, y la convicci√≥n de que la asistencia social, los sindicatos y los dem√°s instrumentos de equidad eran improductivos e innecesarios.

Reagan despidi√≥ a los controladores a√©reos. Thatcher desmantel√≥ los sindicatos de mineros del carb√≥n y proclam√≥: ¬ęMarks y Spencer (la cadena de supermercados) ha derrotado a Marx y Engels¬Ľ. Reagan dej√≥ a Estados Unidos con un pesado d√©ficit y una creciente desigualad. Cuando Thatcher ascendi√≥ al gobierno el nivel de pobreza marcaba nueve por ciento, cuando lo dej√≥ hab√≠a aumentado a 24 por ciento.

Thatcher y Reagan abrieron el camino hacia la legitimaci√≥n de los aspectos menos sociales de los individuos y la pol√≠tica: el ego√≠smo, la ostentaci√≥n del poder y el estatus, y el credo de que los que m√°s ganan son los mejores. El director ejecutivo de JP Morgan, Jamie Dimon, le cerr√≥ la boca a un accionista en un debate dici√©ndole: ¬ęTengo la raz√≥n porque soy m√°s rico que t√ļ¬Ľ.

Este tipo de cultura, desconocida antes de Thatcher y Reagan, ha engendrado los Madoff, los Berlusconi y los Murdoch de nuestros días.

Con el paso del tiempo, la marea ha crecido hasta causar la p√©rdida de identidad de la izquierda, neutralizada por la prolongada campa√Īa hacia un capitalismo desbocado como la √ļnica soluci√≥n.

Thatcher luch√≥ eficazmente para que Gran Breta√Īa obtuviera privilegios especiales en la Comunidad Econ√≥mica Europea, sembrando las semillas que cosecharon los esc√©pticos del euro que ahora condicionan al gobierno de David Cameron.

Sus predecesores John Major y Tony Blair, y el mismo Cameron, emprendieran acciones ­desde la guerra en Iraq hasta la extrema austeridad actual­, que no serían imaginables sin el legado de Thatcher.

El sue√Īo de una Europa unida est√° en serio peligro. No hay solidaridad entre Europa del Norte y Europa del Sur. Los intereses nacionales se est√°n imponiendo sobre los comunitarios, tal como lo est√°n haciendo en el plano mundial. El hecho es que no hay valores comunes capaces de consolidar la cooperaci√≥n internacional.

En la actualidad no disponemos de gobierno internacional, en el sentido real de la palabra. La ONU ha sido confinada a los temas del desarrollo. El mundo no es capaz siquiera de tomar medidas concretas para contrarrestar el cambio clim√°tico, que constituye una amenaza real para la humanidad.

Por el contrario, muchas compa√Ī√≠as esperan con entusiasmo el deshielo del √Ārtico, por las perspectivas que se abrir√≠an para el tr√°nsito y la explotaci√≥n de minerales e hidrocarburos.

Las finanzas están fuera de control y la desigualdad es escandalosa. En 2012, el capital apropiado por los 100 individuos más ricos del mundo creció en 240.000 millones de dólares, una suma que bastaría para resolver los problemas de la pobreza global.

Sin embargo, no se escucha ni una sola voz que pida la redistribución de ese descomunal beneficio. Puesto que esas 100 personas son ya enormemente ricas, no sufrirían demasiado si pagaran un impuesto a las ganancias de 75 por ciento.

Al presidente François Hollande, la tentativa de aplicar esta idea equitativa en Francia, lo ha convertido en objeto de escarnio.

El desastre financiero ha sumido a m√°s de 100 millones en la pobreza. Y, seg√ļn Eurostat, el desempleo entre los j√≥venes europeos lleg√≥ en 2012 a 22,4 por ciento.

¬ŅPor qu√© todo esto se tolera, por qu√© no hay una verdadera reacci√≥n? Porque todos nos hemos vuelto thatcheristas.

*Fundador y presidente emérito de la agencia de noticias IPS (Inter Press Service) y publisher de Other News. 
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