May 27 2018
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Cultura

Alejandra Méndez Bujonok y sus revolucionarios: Rosa Luxemburgo, José Martí, Adelita, el Che Guevara, Emma Goldman

Poeta y activista cultural, Alejandra Méndez Bujonok, entre otros asuntos, rememora su infancia en su “pueblo chico, infierno grande” y las limitaciones a las que su asma la sometía, así como nos habla de su modo de adoptar a la ciudad de Rosario, desde donde desarrolla diversos emprendimientos.

 — Me informé: así que nacida en la originariamente (1881) Colonia San Cristóbal.

 – Sí, también conocida como “la puerta del norte santafesino”. Mis abuelos paternos formaron parte de esa interesante y dura historia de la zona, porque trabajaron en La Forestal, cuyo casco central se encontraba en la Estancia San Cristóbal, que luego fue vendida a don Cristóbal Murrieta. Allí se conocieron y se casaron. Mi bisabuelo, José Laborde, fue el primer cartero de aquellos lugares; de hecho, figura su nombre en el único libro que existe de la historia oficial de San Cristóbal: su autor es Osvaldo Giussani.

Nací un viernes a la noche. Mis padres, Emilia y Luciano, nacieron en el campo; él, en Aguará Grande, y ella, en la Colonia de Santa Elena; mi madre fue maestra, mi padre, colectivero. Tengo dos hermanos, Roberto, el mayor y Verónica, la menor.

Mi madre es una gran lectora y me permitió los primeros acercamientos a la biblioteca. Casi todos en mi familia se inclinaban al arte. Recuerdo a un tío abuelo que se llamaba Bautista tocando el acordeón en las fiestas; o a mi padre recitando algún verso de Argentino Luna en los fogones que se armaban: “El Malevo”, por ejemplo, lo sé de memoria, aún lo escucho en su voz. Y al final de su existencia, mi padre nos dejó su autobiografía que llamó “Reflejos de mi vida” y que tuve el honor de corregir. Ahora entiendo que era natural la circulación de la palabra artística, que mi relación con la poesía se dio también así, de manera natural.

Con su padre Luciano y su hermana Verónica

Me crié en una ciudad pequeña, donde se podría decir que nos conocíamos todos o casi todos, con lo bueno y lo malo que esto tiene. Hay algo de verdad en eso de “pueblo chico, infierno grande”, aunque también hay un cielo enorme y mucho verde, que hace que el espíritu de una niña de pueblo, sea diferente, sea amplio y simple. Mis amigos de la infancia siguen siendo mis amigos, aquellos mismos niños con los que enfrentábamos el temor desde el jardín de infantes hasta la osadía o las locuras de juventud.

Evoco a las bestias de hierro, durmiendo en las vías, donde jugábamos en sus lomos, en sus adentros, en las largas siestas. Siendo el mismo lugar en que luego nos reuníamos para escuchar bandas de rock. Los trenes: un elemento importante de mi poesía.

Fui una niña curiosa y mis padres me apoyaban siempre, en cada desafío que emprendía: bailé folclore, estudié guitarra y canto. También fui a cerámica y formaba parte del club de niños pintores. Pero padecí una infancia asmática, de internaciones y temporadas de encierro por mi enfermedad: eso desarrolló más aún el interés por las lecturas.

Siempre conservé una inclinación, se podría decir, melancólica, de una pasividad notoria, quizá por el asma, donde alimentaba la contemplación; me recuerdo sentada en la vereda, mirando las estrellas, imaginando seres de otros planetas, mientras mis amiguitos del barrio jugaban a las escondidas o a la mancha. A veces pensaba en ellos y sus mundos, trataba de ver más allá, de comprender sus comportamientos. Sus voces aún me vienen, como dictándome poemas.

Mis roles en los juegos eran bastantes específicos: ideaba el escenario para jugar a la casa, o a las maestras, dirigía los concursos de baile, presentaba a los cantantes, organizaba la comparsa del barrio y la radio. Hasta habíamos armado una orquesta desastrosa que impedía la siesta de los mayores. Coordinaba lo que sucedería, digamos. Les daba a cada uno su papel, sin ser la líder, era naturalmente lo que me salía bien. Es evidente que puede ser un precedente a mis trabajos de gestión, organizadora de eventos y de producción artística.

Los hechos que me marcaron siguen siendo fuente de inspiración para crear, para sacar de ellos lo que se pueda, desde las discusiones de mis padres hasta los accidentes que la vida va poniendo ante los ojos. Un momento doloroso fue uno en donde a mi hermana casi la mata el perro de un vecino, un dogo. De ahí surge “Cicatriz” (poema de mi libro publicado).

Sin dudas, los temores tempranos, las muertes tempranas, calan hondo en cada uno de nosotros. Las muertes de mis abuelas fueron muy significativas. Cuando murió Teresa, mi abuela paterna, yo tenía doce años; tuve la necesidad de escribir una poesía en que la despedía y dejársela en el ataúd; eso fue muy comentado por familiares y amigos, tanto en relación a mi actitud como al escrito. Hay en “Tarde abedul” una poesía que se llama “Caracola”, que la invoca a ella, nuevamente.

Cuando murió Rosa, mi abuela materna, yo tenía veintiséis años; con ese desgarro que trae la pérdida, escribí “Mamoushka” y tiempo después apareció “Aljibe”, otra poesía que de alguna forma la recuerda.

También han muerto algunos amigos, muy jóvenes. Entre lágrimas escribí, a mis dieciocho años, una poesía dedicada a Sebastián, quien se había suicidado. O el poema en el que aparece la noche trágica donde muere otro amigo (“patito”, le decíamos) en un accidente. Y luego, en el 2012, la muerte de mi padre, a mis treinta y tres años. Recién ahora pude escribirlo, hay algo del orden de una voz que está apareciendo a modo de charlas, voces masculinas y cercanas a lo que fue la vida de mi padre, se me imponen y yo las sigo. Es uno de los poemarios que sacaré próximamente: “Charlas con Cuchúa”. Tengo tres libros inéditos, anteriores a este trabajo, que ya veremos, están esperando.

— ¿Y cómo se fue constituyendo la Alejandra lectora?

 – De a poco, casi azarosamente, como suceden las cosas que nos van formando. Cada libro que terminamos son constelaciones futuras, puertas de entradas a nuevos mundos. He leído “La Biblia” ilustrada para niños, por ejemplo, o la colección de la revista “Anteojito” de los clásicos de la literatura universal: “La Ilíada”, “El Quijote de la Mancha”, Antonio Machado, José Martí. Aquellos universos a los que volví una y otra vez con diferentes lecturas. En la adolescencia circulé por los surrealistas, que me dejaban alucinada: Guillaume Apollinaire, Paul Eluard, André Breton, Antonin Artaud, los argentinos Oliverio Girondo, Alejandra Pizarnik, Enrique Molina. Después por la literatura italiana de posguerra, como Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale. O el neorrealismo italiano con Cesare Pavese o Italo Calvino.

También me acerqué al simbolismo con el gran Charles Baudelaire, o Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine. Hasta que llegó el tiempo de la vanguardia latinoamericana con César Vallejo a la cabeza o Vicente Huidobro, luego. Es como que una o un poeta va llamando al otro, otra y así. Violeta Parra, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni (me retrotraigo al recreo del colegio secundario, leyéndolas. La bibliotecaria de la escuela era la escritora Nilda Moráz; ella notó mi interés, me ayudó en la búsqueda, me animó. Le estaré eternamente agradecida.) Hasta que los poetas de nuestro litoral, como Juan L Ortiz, Beatriz Vallejos, Francisco Madariaga, Estela Figueroa, Aldo Oliva, terminaron de constituir mi identidad poética.

Creo que además, mi sangre, mezcla de polacos, rusos, franceses y españoles, me ha permitido una amplitud de registros de lecturas y de intereses. También me ha instado a estudiar e intentar traducir a escritores como Joseph Brodsky, Wislawa Szymborska o Czeslaw Milosz. Como lectores nos vamos constituyendo permanentemente, siempre hay algo por descubrir, algo que nos está esperando y que al conocerlo, nos hará diferentes.

— Leés de todo.

 — Todo lo que puedo. Amo la filosofía y la historia. El género epistolar, las biografías y los diarios íntimos. Las revistas que me interesan, las colecciono; por ejemplo: “Sudestada”, “La Guacha”, “La Buhardilla”, “Diario de Poesía”, los suplementos de cultura de algunos periódicos, en fin, que también los guardo, me sirven como materiales de estudio para mis talleres literarios.

Me entusiasman los poetas contemporáneos, porque además, no en todos los casos, pero en su mayoría, hay un plus que es el de conocerlos, escuchar su voz y si el cosmos acompaña, conversar, tomar vino con ellos. Eso es lo más cercano al paraíso para mí (un paraíso borgeano, claro). Desde los más próximos, con los que comparto más el día a día, como Sonia Scarabelli, Vicky Lovell, Marta Ortíz o Leandro Llull, hasta aquellos compañeros estimados pero que viven más lejos, con los que intercambiamos correo; hoy la tecnología nos da esa posibilidad. Me estimulan los diálogos literarios con Franco Rivero, por ejemplo, o los audios de whats app con amigos del exterior: como Gerardo Grande. Se aprende mucho, el intercambio, sea de la forma que sea, es un gran maestro. También me gusta hablar por teléfono fijo, con aquellos más renegados de la tecno y recibir aún por correo postal, los libros y las cartas de los poetas más románticos. Eso es muy bello.

Vine a estudiar Psicología a Rosario en 1997 y entendí que éste sería mi lugar en el mundo, así que me quedé. A causa de esta carrera, creo que tengo una marcada inclinación de escucha psicoanalítica, aunque me he dado cuenta que esa agudeza de oído metafórico, viene de mucho antes, de la infancia. En lo que contribuyó mi paso por la facultad fue a aumentar la precisión y, claro, el bagaje de lecturas de cultura general, que despiertan para siempre, la curiosidad intelectual.

— Tu lugar en el mundo: rosarina, entonces, por adopción.

— Lo que me hace verla siempre con ojos de viajera, pero no con los de ciertos turistas, de esos pasatistas, sino de aquellos viajeros comprometidos y siempre atentos. A veces, necesito extrañarla un poco, así que me alejo unos días, viajo a otros destinos, para volver al encuentro cual amante fiel.

Convivo con mi pareja, Gabriel, quien también escribe y es fotógrafo, y con mis perritos salchichas, Frida y León. Escribo desde los doce años y desde muy joven empecé a organizar diferentes encuentros en relación a lo literario en Rosario, donde encontré los espacios propicios para desarrollarme. Gracias al poeta Hugo Diz coordiné por primera vez un ciclo de lecturas: “Poesía en los Bares”, auspiciado por la Secretaría de Cultura y Educación de la ciudad de Rosario. Fue la puerta de entrada para seguir gestionando otros. Uno de ellos, “Poetas del Tercer Mundo”, por donde pasaron las primeras ediciones de las trasnoches del Festival Internacional de Poesía de Rosario (2010-2011). Al irme dando a conocer fui invitada a leer en distintos espacios literarios de esta ciudad y de localidades de otras provincias del país, así como también en Uruguay, Chile y Brasil. Y aunque no me fue posible concurrir, me invitaron a Colombia, Cuba, México y España.

Me he formado con poetas como Concepción Bertone: el coordinado por ella fue mi primer taller de poesía. Con Sonia Scarabelli actualmente corrijo mis textos.  Concurrí a clínicas de poesía presenciales que han dictado Damián Ríos, Diana Bellessi, Mario Ortiz, Irene Gruss, Osvaldo Bossi y Alicia Genovese, entre otros. Pero sobre todo me he formado y lo sigo haciendo, de manera autodidacta, con las lecturas de maestros que no tendré el gusto de conocer, y otros que tal vez pueda conocer algún día. Me pasaron cosas mágicas en relación a esto: te cuento: le acerqué un poema mío a Ernesto Cardenal, él me miró a los ojos y me tocó las manos mientras me decía: “Nunca abandones este oficio”. O cuando tuve la oportunidad de charlar con poetas como Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Diana Bellessi, Leopoldo “Teuco” Castilla, Circe Maia, Jorge Leonidas Escudero o Juan Gelman. Para mí eso no tiene precio, es de un valor incalculable, es ser una afortunada.

El arte me atraviesa, no concibo la vida sin el arte. En la actualidad me formo en pintura y hago talleres de canto. Trabajo como directora y guionista de un documental sobre poetas rosarinos, soy la responsable de las lecturas mensuales en la Biblioteca Argentina de Rosario, invitando a poetas de todo el país. Y coordino mis propios talleres literarios. Podría decirte que soy una persona realizada, que amo hacer lo que hago y que no podría no hacerlo. A veces postergo mi obra, para darle lugar a la difusión de la obra de los otros, pero me siento plena en esa tarea. Me levanto cada día pensando en la creación artística y me acuesto dispuesta a soñar con ella, en cualquier área y en cualquier rol.

— Psicología, psicoanálisis, agudeza de oído metafórico, precisión… Y poesía.

Durante mucho tiempo pensé a estas dos pasiones por separado. Creía que no tenían relación y me planteaba esos problemas existenciales, en dónde poner el foco de atención, digamos. Sin embargo, luego lo entendí; la herramienta fundamental en ambas, es la palabra, el trabajo con la palabra. De allí la importancia del oído en el poema y en el diván.

Antonio Machado decía algo muy bello en relación al silencio: “Para conocer es muy importante escuchar, y luego, seguir escuchando”. Creo en esto, que es un más allá de títulos o diplomas. Si se ejerce o no determinada profesión. Lo sabio es aprender y seguir aprendiendo, hagas lo que hagas en tu vida siempre hay algo que te será dado si estás atento y dispuesto.

Además, poseo una paciencia constante, no tengo ningún apuro para nada (eso es muy exasperante para algunas personas); pero no me preocupa el paso del tiempo, o las carreras en ese sentido. Por lo tanto no me preocupa editar desesperadamente; si en algún momento siento que se tiene que editar, lo hago y es una fiesta de verdad, no una obligación.

— Nos adelantaste sobre qué gira uno de tus próximos poemarios. ¿Y los otros tres?

Autorretrato

Es difícil hablar sobre esto, porque los libros de poesía se van armando de manera misteriosa, de la misma manera que vemos nacer un poema. No tengo un tema específico a tratar. Son como piezas de un rompecabezas que van encajando hasta formar la imagen final, y cuando se logra verlo desde arriba, en su totalidad, aparece el sentido o el nombre que puede invocar algo del orden del sentido.

 En “Rapsodia de los descontentos”, que es el más antiguo cronológicamente, hay un tono grave, es como una música dolorida, son poemas escritos en un momento muy duro de mi vida. Tienen así, algunas referencias a la realidad individual que es al mismo tiempo una realidad social. Pero manteniendo algo de la voz de “Tarde abedul”.

Luego vino “Cantos repentinos”, donde pienso y celebro a las mujeres de mi vida. El tono aquí es más armónico y espontáneo. Hay una alegría que se adhiere a la reflexión, como cuando se va silbando por las mañanas. Y con “El gusano en la tanza y otros desvelos” (título provisorio) aparecen pensamientos más extendidos, algo así como trazos de incesantes movimientos en contradicción; es más filosófico, si se quiere, y hay una búsqueda de expansión de los versos, se alargan, la respiración es otra. Y de alguna manera, va dando lugar a la voz que está apareciendo en ese último libro que te comentaba que estoy terminando.

— Guionista y directora de un documental sobre poetas rosarinos. Así, rosarinos: ¿no, santafesinos?…

Sí, rosarinos. En Rosario hay una vastedad de voces y estéticas que han sido formadores de nuevas voces y estéticas. Hay tradición, hay escuelas. Además, cuando se piensa en estos proyectos, se piensa en lo que no hay, en lo que está faltando; y el registro audiovisual en el momento en que nos surgió la idea, brillaba por su ausencia.

Sería interesante, por supuesto, extenderse a Santa Fe o a la región del litoral, pero, en primer lugar, el concepto es otro, y en segundo lugar, en este tipo de trabajos de producción independiente, se complica si no hay suficientes recursos. De hecho, se interrumpió un tiempo, ahora estamos retomando las actividades fílmicas y de edición, para ir dándole forma lentamente: en algún momento verán la luz.

— José Tcherkaski puntualizó en su libro “Rebeldes exquisitos” (Inteatro, editorial del Instituto Nacional del Teatro, Buenos Aires, 2009), que con Alberto Ure (1940-2017) “aprendí a entreleer los textos. A desconfiar de las palabras.” ¿Desconfiás de las palabras?

 No, yo no desconfío de las palabras, desconfío del uso de las palabras, en todo caso. Siempre el texto tiene su intertexto. Estoy de acuerdo con que hay que aprender a leer en entrelíneas, de otro modo no sería posible la poesía. Pero ¿desconfiar de las palabras? No, las palabras son maravillosas, cada una con su peso, con su textura, con su acento, su ritmo, su historia, sus contextos, sus destinos, sus bagajes, sus devenires. Eso sí, hay que adentrarse en ellas, estudiarlas, conocerlas.

— ¿Qué autores del género narrativo te resultan paradigmáticos, y por qué?

— Hay muchos. Un paradigma, para mí, es Virginia Woolf, de impresionante sensibilidad; expone sus ideas de avanzada para su época, con una fuerza desgarrada y desgarradora. Otro paradigma indiscutible es James Joyce, por su revolución absoluta en la lengua. No sólo por sus escenarios o sus procedimientos, sino también por su mirada singular del ser humano. Nunca más se puede ser la misma, luego de su lectura. Doris Lessing, con su gran capacidad de trasmitir de manera exquisita, y desde la experiencia autobiográfica, sus pensamientos pacifistas, feministas, comunistas. Volver a su lectura, resulta necesario siempre.

Y Samuel Beckett. Se puede hablar tanto de este talentoso de originales formas, donde el mundo es mirado desde un nihilismo existencialista que me rompió la cabeza.

— ¿“Consagrar la vida”, “Embargarse por la emoción”, “Ser un predestinado”, “Salvar el pellejo” o “Poner el hombro”?

— Yo diría más que embargarse, embarcarse en la emoción y en el intelecto; agregaría, que indefectiblemente es poner el hombro, a veces más hacia un lado, a veces más hacia el otro, y a veces se conjugan varias aristas armónicamente. Nadie se salva el pellejo con nada, y creer en lo predestinado es un pensamiento mágico que no compro.

— Transcribo una frase de la editorial del nº 8, 2005, de la Revista de Poesía “La Guillotina”, de Buenos Aires: “Trabajar por la poesía es una ardua y no pocas veces ingrata tarea: que lo digan si no los coordinadores de cafés literarios.” ¿Con cuáles aspectos ingratos te fuiste topando?

 Ardua, sí, ingrata no, al menos para mí; de haber resultado una ingrata tarea, hubiera preferido no hacerla, ya que nadie me obligó. Los aspectos más ingratos con los que una puede toparse son aquellos con los que podés chocarte haciendo lo que hagas en la vida. En la organización de eventos literarios: lidiar con los egos, las personalidades, los problemas de cartel (como las vedettes), ciertos conflictos humanos, nada de otro mundo.

Después, tenemos las cuestiones económicas, políticas e institucionales: depende de dónde se realicen las actividades. Siempre se está negociando, pidiendo, esperando cosas para mejorar los espacios en la cultura y tal vez nunca llegan: eso sí es ingrato. Con el tiempo se empieza a entender el juego y vas surfeando un poco mejor esas olas.

— ¿Tendrás algún episodio desopilante o desconcertante del que hayas sido más o menos protagonista y que nos quieras contar?

 – Sí, puedo tener unos cuantos episodios, y de todo tipo, de los que he sido protagonista o testigo. Pero, justamente, una de las cualidades que debe tener una gestora cultural, es el cuidado a sus invitados. Trato de ser lo más discreta posible, por lo tanto, no los contaré. En cuanto a la producción cultural, por ejemplo, algo feo que me pasó y que a varios compañeros míos les ha pasado, es que te roban los proyectos: vos vas con tu carpetita, haciendo todo lo que se debe hacer, y pensando que te van a dar una mano, que les interesa sumar, y en realidad lo cajonean y después un día, si están faltos de ideas: voilà! Lo hacen suyo y le ponen el sellito.

 — “Los cuatro fantásticos” es el título de una película estadounidense dirigida por Josh Trank. ¿A qué cuatro personalidades revolucionarias en algún sentido les cabría semejante calificación, y porqué?…

— Qué difícil, porque respeto mucho a la revolución; para mí, revolucionarios son Juana Azurduy, el Subcomandante Marcos, Camilo Cienfuegos, RosaLuxemburgo, José Martí, Adelita [Adela Velarde Pérez, 1900-1971], el Che Guevara, Emma Goldman. También desde otra connotación de la palabra, puedo ubicar ahí a Mijaíl Bakunin, Sigmund Freud, Karl Marx, Pablo Picasso, en fin, personalidades que rompieron con lo establecido, que se animaron a decir y hacer otra cosa. Si tengo que pensar en los que revolucionaron en la poesía y en mí, desde la poesía, me vienen a la cabeza: Vicente Huidobro, Delmira Agustini, César Vallejo y Alfonsina Storni. Todos de sentir en alto vuelo, todos latinoamericanos, todos idealistas.

Ficha

Alejandra Méndez Bujonok nació el 3 de enero de 1979 en la ciudad de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, la Argentina, y reside en la ciudad de Rosario, en la misma provincia. Ha sido difundido su quehacer en medios electrónicos y en soporte papel, en programas radiales y televisivos. Integra, entre otras, las antologías “Poesía y narrativa actual” (2005), “Cuentos de contadores, un viaje al fondo del océano” (2005), “Fin zona urbana” (2010), “20 años: XX Festival Internacional de Poesía de Rosario” (2012), “Sumergible II” (2013), “Abat-jour. Antología poético-nocturna” (2014), “La juntada” (2015), “Corte al bies” (2016), “Treinta y tantos” (en revista “Luvina” nº 85, Universidad de Guadalajara, México, 2016), “Antología federal de poesía” (2017), “Francotrinadores santafesinos” (2017). Poemario publicado: “Tarde abedul” (1ª edición en 2013 y 2ª edición en 2015).

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1 Comentário

Comentarios

  1. Ana Victoria Lovell
    28 mayo 2018 1:13

    Excelente entrevista a la querida y talentosa Alejandra Mendez.