Sep 25 2013
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Política

Alemania, víctima de su propia disciplina

En el primer semestre de 2014, Grecia asumirá la presidencia de turno de la Unión Europea. Uno de los asuntos que se tratarán será la evaluación de la situación económica de los Estados miembros. Pero hay un país que podría encontrarse en una situación de desequilibrio: Alemania, debido a sus exportaciones.

Una vez pasado el paréntesis de las elecciones, el Gobierno alemán tendrá que enfrentarse a dos importantes desafíos europeos.

El plan complementario de rescate de Grecia no debería plantear grandes dificultades. En cambio, por casualidades del calendario europeo, Grecia ocupará la presidencia de turno de la Unión en el primer semestre de 2014, y el 24 de julio celebrará el cuarenta aniversario del fin de la Dictadura de los Coroneles.

Si bien es cierto que Grecia no cuenta con la credibilidad necesaria para dirigir un proyecto económico para la Unión, su presidencia será política. En Atenas se celebrará una cumbre entre la Unión Europea y los Balcanes Occidentales, denominada “Tesalónica II”. El objetivo es adoptar una declaración política que definirá una fecha límite, “ambiciosa pero realista”, para la finalización del proceso de adhesión de los países de los Balcanes Occidentales a la Unión.

Evidentemente, lo que está en juego es un asunto regional para Grecia: aunque está vinculada al continente europeo, sólo ha empezado a contar con fronteras terrestres con la Unión desde la entrada de Bulgaria. Sigue estando aislada por el sudeste. Con la integración de los Balcanes sería posible reequilibrar Europa y afianzar la transición democrática de estos países. Y Alemania no podrá vacilar en este asunto. Su Gobierno deberá explicar a la población la necesidad de validar este calendario de ampliación de la UE, a pesar de los riesgos económicos que implica.

Un examen en profundidad

El segundo desafío es mucho más inmediato. Desde la introducción del “six-pack” (las seis reglas de refuerzo del Pacto de Estabilidad Europeo) a finales de 2011, existen otros números, como el famoso 3% del producto interior bruto (PIB) de déficit público y el 60% de endeudamiento público del Tratado de Maastricht, o el 0,5% de déficit estructural del pacto presupuestario, que constituyen la dirección tecnocrática de la Unión y más en concreto de la eurozona.

A partir de ahora, cada otoño la Comisión Europea realiza un diagnóstico de los desequilibrios macroeconómicos de los países de la Unión, a partir de una batería de… ¡once indicadores! Para cada uno de estos indicadores se ha definido un rango de valores: si el indicador se encuentra fuera de este rango, se constata un desequilibrio. Pero hablemos con franqueza: estos rangos, al igual que los criterios de Maastricht, no se corresponden con ninguna consideración económica sólida.

Con este primer examen se determina qué países se encuentra en gr euro alemaniadesequilibrio. Posteriormente, si aumentan o se agravan estos desequilibrios, se puede activar un “examen en profundidad”.

En noviembre de 2012, se declaró que trece países de la Unión, entre ellos Francia y Reino Unido, se encontraban en desequilibrio. Pero durante el informe de primavera, durante lo que se denomina el “semestre europeo”, los desequilibrios de estos dos países no se consideraron “excesivos”, al contrario del caso de España. Menos mal. Porque un país con un desequilibrio “excesivo” tiene que adoptar una serie de medidas de corrección propuestas por la Comisión Europea.

Tras dos faltas, puede sufrir una elevada sanción financiera, equivalente al 0,1 % de su PIB. Aún así, a los países con un desequilibrio no excesivo se les insta a seguir las recomendaciones de la Comisión.

Imposible desvirtuar las cifras

Por su parte, Alemania no fue declarada en desequilibrio, pero se escapó por los pelos. Porque uno de los criterios es el saldo de las cuentas corrientes externas: en una media móvil de tres años, esta cifra no puede ser inferior al 4% del PIB, pero tampoco puede superar el PIB en más de un 6%.

Este segundo valor en realidad es una concesión realizada a Alemania, un país con un alto nivel de exportación. Merkel consideraba que la purga impuesta a los países periféricos de Europa mantendría el saldo alemán por debajo del 6%, un valor ya elevado.

De este modo, a Alemania no se le acusaría de ser demasiado competitiva hasta el punto de desestabilizar la Unión y serían los demás a los que se tacharía de no ser lo suficientemente competitivos: ese es precisamente el discurso central de la Comisión desde el inicio de la crisis.

Pero resultó que Alemania exportaba cada vez más. Entonces, se tomó la decisión de “arreglar” las cifras provisionales transmitidas al Eurostat. ¡Milagro! la media móvil calculada por la Comisión en el otoño de 2012 se estableció en… ¡el 5,9%! Por lo tanto, Alemania no se encontraba en desequilibrio económico… Sin embargo, los datos definitivos publicados en la primavera de 2013, registraban una media del 6,1%. Pero era demasiado tarde: el semestre europeo acabó y Alemania ya se encontraba en campaña electoral.

Todo esto demuestra lo absurdo del piloto automático de las cifras: el diagnóstico puede ser distinto una vez que se dispone de los datos finales. ¿Y qué ocurrirá si se sanciona a un país basándose en estadísticas que al final resultan ser erróneas?

Mientras, los excedentes alemanes han seguido aumentando. Es imposible desvirtuar las cifras y se situarán con facilidad entre el 6,4% y el 6,6% del PIB en el periodo de 2010 a 2012. Así, Alemania ha caído presa de su propia trampa y también la Comisión Europea.

La dictadura de las cifras se suponía que permitiría imponer reformas a pesar de la oposición de los pueblos, exponiendo el argumento del buen alumno alemán. Resulta difícil imaginar que los griegos, los franceses o los españoles, a unos meses de las elecciones europeas, estén de acuerdo en aplicar una exención para Alemania.

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