Sep 12 2006
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Cultura

Alvarado Bonilla – EL PATRIOTA OLVIDADO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Siendo muy joven, en el año 1803, ya ejercía el cargo de maestro de primeras letras en Cartago; pero dadas las posibilidades económicas de su familia se traslada en 1807 a Guatemala para realizar estudios de medicina, en la Universidad de San Carlos de aquella ciudad. Ahí encontró al ambiente liberal y de discusión de las ideas  ilustradas, propias de los centros universitarios de la época, que lo llevaron muy pronto a incorporarse dentro de la línea de pensamiento independentista.

Tanta fue su entrega intelectual y política a estos temas, que el 15 de septiembre de 1807, catorce años antes de la proclamación de la Independencia de Guatemala, fue reducido a prisión en la Real Cárcel de la Corte por sus manifiestas actitudes a favor de la libertad y, especialmente, por haber publicado una hoja volante titulada El Hispano-Americano considerada de carácter sedicioso por la autoridades, lo que fue comunicado a las de Costa Rica, por el capitán Antonio González Saravia.

El famoso escrito, según González Saravia, empezaba diciendo: “Infelices e incautos americanos, ya llegó el punto crítico”. Es importante resaltar el hecho de utilizar la palabra americano, que no solo evidencia un sentimiento telúrico claro y definido, que excluyó lo hispánico? sino que también es un llamado a los ciudadanos de toda América, no solo a los costarricenses o centroamericanos.

Concluía el papel escrito por don Pablo Alvarado diciendo, “después será vuestra paz, seguridad, gusto y libertad”; era pues claro el objetivo que perseguía aquel grito libertario del criollo Alvarado que si bien, como lo reconoce el capitán general, su principal crítica era “contra los procedimientos de los franceses, contiene cláusulas que se han graduado de sediciosas”, no lo era menos contra los españoles, a quienes consideraba en buena parte, responsables de los hechos en la península a raíz de la invasión de Napoleón Bonaparte; considerada, precisamente, una de las causas de la independencia hispanoamericana (Cavallini, Ligia, SF, PP. 54-55).

Don Pablo, pasará en la cárcel varios meses, pero recobra su libertad en marzo de 1809. Es significativo que el gobernador de Costa Rica en aquel momento, don Tomás de Acosta, solicitó en abril de ese mismo año al Capitán General del Reino de Guatemala que se le prohíba a don Pablo Alvarado volver a Costa Rica, durante algún tiempo.

Encarcelado y expulsado del territorio donde nació, don Pablo de Alvarado merece un sitio entre los próceres de la independencia hispanoamericana. No solo es uno de los primeros en utilizar este concepto de carácter ideológico y filosófico, sino en proclamar, abiertamente, la conveniencia de una separación con respecto a España.

La independencia de Guatemala de 1821 y los hechos que la antecedieron, encuentran a don Pablo en aquella ciudad, dado que durante aquellos años dedicó más tiempo a su labor literaria y política, que a sus estudios de medicina, los que también logró concluir en 1823.

Activo participante en todos esos acontecimientos, el 22 de septiembre de 1821 envió desde Guatemala dos cartas fundamentales al pueblo de Costa Rica, por medio de los ayuntamientos de San José y Cartago, y un mes después, el 22 de octubre, su manifiesto A los Ciudadanos de Costa Rica, en que sugiere la independencia de España uniéndose a Guatemala o a Colombia, pero sobre todo, insta a los costarricenses a proclamar su libertad. Así argumentaba Alvarado sobre aquellos hechos:

“En efecto, si todos los Xejes, Prelados, Tribunales y Juezes que gobernaban antes, gobernaban en realidad de verdad, más por virtud y fuerza del gobierno Español que por voluntad tácita (y mucho menos expresa) de la soberanía de los Pueblos, debieron cesar en sus funciones en el acto mismo en que se declaró la independencia de este gobierno, y llamar a los Pueblos en masa para restituirles su autoridad, que tenía violentamente prestada, y decirle con claridad: que no eran Juezes ni Xefes ni Prelados, conforme al Pacto Social y á los Derechos de todas las naciones de todos los tiempos y climas; y que eligiesen sus gobernantes, conforme la libertad é igualdad original y propia de todos los Pueblos, para perfecta seguridad y properidad” (Enrique Robert Luján, 1976: 104).

Esta solicitud a los costarricenses la fundamenta en la autoridad moral que le proporcionaban los acontecimientos de 1808 y en su encarcelamiento, en que reconocía nada menos que “yo fui el primero en toda la Monarquía Española que caí en estas cárceles el quince de septiembre de mil ochocientos ocho por la libertad de América” (Op. Ct.P.57).

Además, en su carta del 22 de octubre de 1821, alertó a los costarricenses sobre lo que él considera eran sus derechos políticos y jurídicos, en los que señala que las autoridades españolas no debían ser admitidas en el seno de las reuniones que se estaban produciendo, para decidir la suerte de los provincianos. Sobre el futuro de las provincias que componían el Reino de Guatemala:

“Y es que Guatemala quiere el bien general de las Provincias: que para conseguir este quiere de todas la Provincias formen una Republica o gobierno federativo como el de los Anglo Americanos fundado en los eternos é inconcusos principios de la libertad e   igualdad civil, y seguridad publica y reciproca de todas: que ella renuncia y renunciará para siempre, en el Congreso Supremo que formará con las Provincias, todos los privilegios ruinosos que la concedió el Gobierno Español en razón de Capital: que por consiguiente ella está pronta de ponerse a un mismo nivel con todas las otras Ciudades del Reyno, con tal que la ayuden a organizar un gobierno justo y arreglado a todas las Leyes del Pacto Social y del Cristianismo; que asi como a ella la hizo el Despotismo el instrumento de la tiranía contra las Provincias, así ahora ella quiere trabajar por la felicidad que todas en unirlas a si y libertarlas del ominoso Gobierno Monarquico de Mexico, a que los Europeos tiran las voluntades de estas infelices Provincias para seguirlas arruinando hasta la consumación de los siglos”. (Robert Luján, 1976: 105).

Fue además, quien redactó el primer esbozo de lo que será el Pacto Social Fundamental Interino de la Provincia de Costa Rica o Pacto de Concordia, primera constitución costarricense aprobada el primero de diciembre de mil ochocientos veintiuno.

El veintidos de julio de mil ochocientos veintitrés, la Asamblea Provincial de Costa Rica decidió enviar sus Diputados a la Asamblea Constituyente que se reuniría en Guatemala desde el 24 de junio de aquel año, para lo cual nombró cuatro representantes siendo uno de ellos don Pablo Alvarado; al igual que su hermano José Antonio, sacerdote y cura de Mazatenango, pues era obvio que el hecho de residir ambos en Guatemala facilitaba la representación de Costa Rica; junto con los otros designados, presbíteros, Juan de los Santos Madriz y Luciano Alfaro. Un aspecto importante es que todos esos representantes obedecían a una línea liberal de pensamiento y fueron una combativa minoría en aquella Asamblea; Pablo Alvarado reconoció eran 18 contra 46 “serviles que se componen de imperialistas, realistas, capitalistas (partidarios del predominio de la capital, Guatemala) centralistas y empleo maníacos”, como los calificó acremente.

La Asamblea Constituyente de la República Federal de Centroamérica terminó sus labores el 22 de noviembre de 1824 y se disolvió el 23 de enero del año siguiente; don Pablo pasó a formar parte del Congreso Federal como Diputado, en donde libró fieras luchas con su característica combatividad, por sus principios; dentro de los aspectos a mencionar, fue el haber logrado el reconocimiento del gobierno federal a la incorporación de los territorios del Partido de Nicoya a Costa Rica. La defensa que hizo de los derechos de Costa Rica en el seno del Congreso Federal le atrajo enemistades, sanciones y marginación, que supo llevar con estoicismo y bravura, pero sin echar pie atrás en sus propósitos y principios, tanto que al terminar su gestión, informaba al Jefe de Estado Juan Mora que “He sostenido con tanto ardor los derechos de mi patria, que los serviles me han aborrecido de muerte y han tratado de atemorizarme, avergonzarme, enfurecerme, insultarme, aburrirme, arrojarme del Congreso”.

Dejó su puesto de Diputado en 1827 y en los años siguientes se refugió en Costa Rica y, aparentemente, se dedico al  ejercicio de su profesión de médico; pero lejos de la actividad pública, pues no es sino hasta 1841 que lo volvemos a encontrar en Cartago, reedificando una casa destruida por el terremoto de aquel año. Todo parece indicar que los últimos años de su polémica vida los dedicó a la enseñanza y a la medicina, pues en 1842 en su condición de profesor de cirugía y medicina, dictamina la muerte del General don José Miguel Segovia y prestaba sus servicios en un hospital instalado en Cartago, para atender a los heridos del ejercito de Francisco Morazán.

Posteriormente, en 1849 envió una carta al Presidente José María Castro Madriz en la que le plantea el problema que había en el país, por la ausencia  en el Código General, de todos los temas relativos a los servicios médicos judiciales.

Poco después, hacia el año 1850, fallecería en Cartago El Ciudadano Pablo, precursor y prócer de  la independencia de América.

Bibliografía

R. Fernández Guardia, Cosas y Gentes de Antaño, Editorial Trejos Hermanos, San José, 1936. pp. 7 -17;

E. Robert Luján, Genealogía de Pablo de Alvarado, Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, Imprenta Nacional, San José, Costa Rica, 1979, pp.31-33;

L. Cavallini de Aráuz, Don Pablo Alvarado Bonilla: Prócer de Nuestra Independencia, en: Revista de Costa Rica No.2, Ministerio de Cultura Juventud y Deportes, San José, SF, pp. 53-66.

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foto
* Historiador costarricense.
Publicado también en el periódico costarricense Tribuna Democrática (www.tribunademocratica.com).

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