Ene 23 2009
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Cultura

Álvaro Uribe, escritor: “La verdad histórica es prolija, incoherente, arbitraria”

Mario Casasús*

El escritor Álvaro Uribe (México, 1953) recibió el Premio Elena Poniatowska 2008 por Expediente del atentado (Tusquets, 2007), un mosaico de verdades novelísticas organizadas en tres "carpetas", el tema: la agresión contra el dictador Porfirio Díaz en 1897.
“Hay alrededor de 15 voces narrativas en la novela: tantas como tipos de documento. La única voz que eliminé es la mía, la de Álvaro Uribe, para que no hubiera en la novela ningún personaje externo a la época”.

Escritor, filósofo y diplomático mexicano Álvaro Uribe confiesa: “Dios me libre de creerme historiador. Hace exactamente diez años, en 1999, publiqué una biografía literaria titulada Recordatorio de Federico Gamboa. Mi intención es revisar ese libro a la luz de lo que he aprendido desde entonces para crear una nueva edición”. Ínterin, el protagonista de Expediente del atentado (F.G.) está inspirado en un pasaje verídico de los Diarios de Federico Gamboa (1864-1939).

Es autor de: Topos (1980); El cuento de nunca acabar (1981); La audiencia de los pájaros (1986); La linterna de los muertos (Fondo de Cultura Económica, 1988); La lotería de San Jorge (1995); Recordatorio de Federico Gamboa (1999); La otra mitad (1999); Por su nombre (2001); El taller del tiempo (Premio Antonin Artaud 2003); La parte ideal (2006) y Expediente del atentado (Tusquets, 2007).

–Cuidó a detalle la coartada histórica del Expediente: el asesinato de Juan Iriarte Borda (Presidente del Uruguay 1894-1897) y el atentado contra Porfirio Díaz, pero no estoy seguro de la existencia del francés Joseph Ventré y de la nueva misión diplomática de Felipe González del Río (sé que Manuel G. Cosío era el Secretario de Gobernación en 1900). ¿Cómo decidía hasta qué punto apegarse a la verdad histórica? 

–El anarquista Joseph Ventré sí existió y, aunque parezca mentira, sí estaba en México en el mes de septiembre de 1897 en que sucedió el atentado contra Porfirio Díaz. En cambio, Felipe González es un personaje inventado, a partir de dos ministros porfiristas reales: el de Gobernación, Manuel González Cosío, y el de Guerra, Felipe Berriozábal.

"La verdad histórica es prolija, incoherente, arbitraria; la verdad novelística es, o debería ser, sucinta, coherente, racional. Yo me apegué a la historia siempre que no contraviniera a mi idea de la novela".

–En Expediente del atentado encontramos: recortes de periódicos, cartas de amor, notas suicidas, testamentos y averiguaciones previas. ¿Por qué organizó su novela en Carpetas? ¿Cuántas voces narrativas quería?

–La novela es o quiere ser el expediente que está armando uno de sus protagonistas, el escritor F.G., en torno del atentado contra Porfirio Díaz: de ahí la multiplicidad de los “documentos” que la componen; de ahí la organización de esos documentos en carpetas, como las que usan los historiadores o los novelistas para organizar su material.

"Hay alrededor de 15 voces narrativas en la novela: tantas como tipos de “documento”. La única voz que eliminé es la mía, la de Álvaro Uribe, para que no hubiera en la novela ningún personaje externo a la época y al lugar en que transcurre la acción".   

–Si el periodista Álvaro renunció a El Imparcial ¿quién redactó la confesión de Uribe en el capítulo Nadie me preguntó?

–A mí me parece obvio que quien redacta la confesión de Genovevo Uribe es el escritor F.G., que es también quien está armando el expediente del atentado. Pero los lectores tienen la última palabra.

–¿Qué representa Villavicencio? ¿La obediencia debida? ¿O el protagonismo militar en el engranaje político del siglo XIX?

–Yo quisiera que Antonio Villavicencio (y cualquier otro personaje de esta novela o de las anteriores que he escrito) no represente a nadie sino a sí mismo. Es un individuo, que actúa por sus propias razones. Claro que si el lector decide ver en él una encarnación del mal en sentido teológico o de la corrupción a la mexicana o de la obediencia debida, está en su derecho.

–Villavicencio y Genovevo fueron capturados por la presunta responsabilidad del delito de sedición en junio de 1911 –bajo el gobierno de Francisco I. Madero– sin embargo salieron impunes. ¿Pretende denunciar la herencia y mala memoria del sistema de Justicia del siglo XIX?

–Soy novelista, no abogado ni activista político, de manera que no pretendo denunciar sino narrar. Si la narración presenta un estado de cosas criticable, es natural que la presentación sea ya una forma de crítica. Pero eso es ajeno a mi intención primera como narrador. 

–¿Por qué el personaje Federico Gamboa (F.G.) no charló con otros escritores de la época? Le confieso que me hubiera encantado leer en su novela parlamentos de Ignacio Manuel Altamirano (I.M.A.), Amado Nervo (A.N.), Justo Sierra (J.S.) o Joaquín Casasús (J.C.)… 

–Federico Gamboa en su Diario sí da cuenta de sus pláticas con otros escritores. Pero con ninguno de ellos comentó el atentado contra Porfirio Díaz. Incluir un comentario de esa índole, inventado o real, habría equivalido a cometer un crimen novelístico de prolijidad, incoherencia y arbitrariedad.

–Además del Diario de Federico Gamboa y la hemeroteca de El Imparcial. ¿Qué otras fuentes bibliográficas consultó? ¿La biografía de Porfirio Díaz escrita por Bernardo Reyes en 1903? ¿La serie Clío de Enrique Krauze? 

–La lista de mis fuentes es larga e incluye en efecto a Krauze, pero también a Jesús Rábago (Historia del gran crimen, 1897), a Salvador Quevedo y Zubieta (La camada, 1912), a Jacinto Barrera Bassols (El caso Villavicencio, 1997) y, entrañablemente, a mis amigos Francisco Montellanos (C.B. Waite, fotógrafo) y Antonio Saborit (El Mundo Ilustrado de Rafael Reyes Spíndola).

–¿Qué hará con las horas de estudio dedicadas al Porfiriato? ¿Escribirá algún ensayo historiográfico para el Centenario de la Revolución mexicana?

–Dios me libre de creerme historiador. Hace exactamente diez años, en 1999, publiqué una biografía literaria titulada Recordatorio de Federico Gamboa. Mi intención es revisar ese libro a la luz de lo que he aprendido desde entonces para crear una nueva edición.

–Elena Poniatowska recordaba al fundador de Proceso: “Julio es nieto de Hugo Scherer, un banquero alemán que llegó a México a mediados del siglo XIX y se hizo amigo de la alta sociedad porfiriana. Fue invitado de honor en la boda de la hija de Joaquín Casasús con el hijo de Justo Sierra…” (<a href="http://www.jornada.unam.mx/2005/11/30/a07a1cul.php">ver La Jornada 30.11.2005<a/>). La propia Elena es descendiente de “la alta sociedad porfiriana”. ¿No le parece curioso que estemos hablando del Porfiriato y que su novela recibiera el Premio Elena Poniatowska 2008?  

–Para mí es una coincidencia muy afortunada.

–Finalmente, en la historia reciente de Latinoamérica están a la vista los archivos del atentado contra Pinochet. ¿Ha estudiado el Expediente del 7 de septiembre de 1986? ¿Qué otros atentados contra dictadores son de su interés?

–Las novelas, igual que los personajes que presentan y las personas que las escriben, son individuos. Vale decir: son irrepetibles. Yo no soy ni deseo ser un “atentadólogo”.

"De los atentados en general me interesa el hecho casi metafísico de que todos parecen repetir un mismo esquema: primero hay un atentante que es medio loco o medio suicida y está por la fuerza de las cosas al margen de su comunidad, luego el atentante desaparece más o menos violentamente, y al final desaparecen también la o las personas que lo desaparecieron y el expediente mismo de la desaparición. Lo demás es ensayo historiográfico o, en mi caso, novela histórica.

* Periodista.
Publicado originalmente en www.elclarin.cl el jueves 22 de enero de 2009; se reproduce aquí por gentileza del autor
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