Abr 22 2005
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Cultura

Ana Istarú: la agonía irónica y el sexo que define

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Nació Ana Soto Marín en la capital de Costa Rica hacia 1960; los premios los ha obtenido Ana Istarú (en la foto de apertura, en su obra Los hombres en escabeche), que se expone, quién sabe, para que la otra restaure fuerzas y no empañe la límpida poza de sus acentos. Ambas –que son una sola– crecieron en un hogar donde los libros correteaban sobre las mesas, encima de las mesitas de luz, se escondían quizá debajo de las almohadas, se los llevaban los amigos.

El padre –afirman quienes la conocen– le enseñó a abrir la puertas de la lectura (que para las de la escritura o se tienen llaves o no) y su madre le habría inoculado el virus del teatro. Sea como fuere es actriz, bachiller en Artes Dramáticas con mención en actuación, como consta de sus estudios en la Universidad de Costa Rica.

Antes de recibir el diploma, empero, en 1980 un jurado encontró que merecía el Premio Nacional a la Actriz debutante. Casi dos décadas más tarde, en 1997, obtiene el que la consagra ese año como mejor actriz protagónica. posteriormente recibe el Premio Ancora de Teatro, otorgado por el diario La Nación de San José para el período 1999-2000. La poesía, por su parte, la acuna –es un decir– desde la adolescencia.

fotoAna Istarú –en definitiva el nombre por el que quiere la llamemos– es una de las voces mayores de la poesía costarricense; aquellos que se sirven del género para sus catalogaciones dicen que con Eunice Odio y Carmen Naranjo conforma el “gran trío” de las poetisas costarricenses del siglo XX. Sólo que vivimos el XXI: asuntos de la retórica crítica. Un campesino en la Patagonia señaló hace muchos años que la única diferencia entre varón y hembra era que ellas paren y a ellos duele un poco más. Los habitantes de la Patagonia suelen exagerar cuando abandonan el silencio de sus pampas.

El teatro escrito por Ana Istarú mereció algo más que aplausos en España: los premios María Teresa de León en 1995, que otorgan los directores de teatro españoles, y el Hermanos Machado, Sevilla, en 1999 lo indican así.

La Editorial Costa Rica publicó en 2003 Baby boom en el Paraíso y Hombres en escabeche, dos comedias “picantes y satíricas”. La última obtuvo el segundo de los premios mencionados más arriba. Ambas piezas esconden –y se las arreglan para mostrarlas sin ningún problema– las contradicciones de los discursos sociales contemporáneos en cuanto al rol de la mujer.

En el último Festival de Cartagena (Marzo 2005) pudo verse Caribe cuyo guión escribieron el realizador y Ana Istarú. La película recibió el Premio al Mejor Director en el Festival de Cine Latinoamericano de Trieste, Italia, y ganó el Premio Especial del público a la mejor película en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, en España.

Hasta donde sabemos seis libros –alados, encantados, pero duros, conmovedores e inquietantes– conforman su obra poética. Uno de ellos, La estación de la fiebre, fue traducido y publicado en Francia. No sólo al idioma de los parisinos han sido vertidos los versos de Ana Istarú.

¿Que qué tiene su poesía? Tiene rigor.

Y la escribe una mujer. Los textos de Ana Istarú son privativos de la feminidad, un camino de sanación y un reclamo de silencio. Es la hembra que convoca a sus olvidados espíritus, la que reivindica e invita. Es lawicca puesta a caminar. ¡Y con qué talento!

Primero el relato*.

EL POETA Y EL AEROPUERTO

Cuando se es poeta no se gana, pero se viaja. A los encuentros, congresos y festivales que organizan, en otros sitios, otros poetas. Lo cual es muy agradable y recompensa tantas horas de soledad, desgarramiento y tesón, generalmente mal comprendidos por todos esos otros que, para su infortunio, no son poetas.

Llevan al aeropuerto un pasaporte falso que indica alguna profesión infame: médico, traductor, oficinista, juez, sacamuelas, diseñador gráfico, vendedor de enciclopedias. Nadie sabe que es poeta y por eso en Aduana no le confiscan las hojas de laurel de la corona.

Sube al avión y vuela. Y aterriza y ya es poeta. En tierra hermana, en una sala de desembarque y a plena luz del día, el jovencito que enviaron a buscarlo le confiere por fin su investidura y grita, delante de todos los
mortales: “¡Poeta! ¡Bienvenido, Poeta!” Y el “Poeta”, mal cerrando maletines, abrazado a su visa y sus escasos denarios, sonríe y agradece. Y es feliz.

Al poeta lo instalan en un hotel, en habitación propia si el poeta tiene muchos libros y la organización muchos mecenas, en habitación compartida si el poeta tiene pocos versos y la organización muchas deudas. Y el poeta intima, farrea, adora, comparte el baño y hace un pacto de sangre con el otro poeta. O lo odia a muerte hasta la eternidad, por ruidoso, vano y soberbio, y escupirá llegado el día, no cabe duda, en su tumba.

Al poeta lo premiarán con viáticos, luego de sus lecturas. Pero el último día. No vaya a ser que en viéndose pudiente, se alce antes de tiempo en una borrachera dionisíaca que le impida cumplir con sus obligaciones de poeta.

Si el poeta es poetisa, le preguntarán si quiere que le digan poetisa o poeta. Si el poeta es varón no le preguntarán nada.

Al poeta lo rodean, por fin y congregados, adoradores de la poesía. Viejos, jóvenes, reporteros, (hola, fama, ¿te han dicho que sos linda?), declamadoras de desbordante pecho que se enamoran, además de las cuatro ediciones de sus poemas, del sacerdote con lentes de la Poesía.

Y entre insubstanciales y efímeros amores perpetuos, excesos gastronómicos, etílicos y físicos, el poeta lee por fin sus siete minutos de gloria, y justifica con creces y muchas rimas asonantes la tregua de siete días que le ofrendó el festival. Hay un silencio. Los que escuchan, esa gente que no conoce al poeta y come arepas o insospechables dulces criollos y tiene nombres distintos para llamar a los cereales, quedan absortos. Y todo deja de doler, o dan ganas de llorar, o duele más el aire, pero tiene sentido. Si la poesía que escuchan es Poesía.

Y el poeta deviene durante siete minutos, sobre todo hacia el final, cuando está por concluir, un ángel que tose con olor a tabaco. Y se va. Y se lleva las calles, los nombres, las promesas, los amigos de otros años cinco años más viejos, un arsenal de libros que le parte la clavícula.

El hígado le huele a rayos. Compra el perfume equivocado. Regresa a su país sin entender qué pasa. Y ya en el aeropuerto le devuelven dirección, fechas y apellido. Ni el taxista reconoce en ese hombre los vestigios sacros de su divinidad. Hete aquí otra vez ingeniero o mercachifle, ¡oh, mundo inconstante! No ha de ser muy distinto en un encuentro de geógrafos, ya lo sé.

Pero quién quiere a un geógrafo sin haberle visto la cara. Por eso el poeta escribe, para que alguien lo quiera en otro siglo, cuando nadie recuerde su renquera, su presbicia, sus impuestos escasos y pendientes, su propensión al despilfarro. Cuando en su tumba no sea más que el polvo de sus versos.

Y AHORA SU “ESCRITURA VERTICAL”.

La suavidad del pan

La suavidad del pan que no ha nacido
sostienen sus caderas,
un lomo terso de venado,
la curvatura del melón,
altas mejillas donde escribió
su adiós final la espalda.

Cómo no amar a este varón
sentado en sus dos lunas,
volcado como un río sobre el lecho.
Amo su boca tocada por la abeja,
amo sus higos apretados,
amo esta órbita doblemente dulce:
detenidos ocasos sus dos nalgas,
oh gloria de la esfera, las dos copas
en que lo habrán vertido un día.

Su grávida ternura me devuelve
a las cosas más terrenas.
Los ángulos equinos, el traje circular del universo.
Cómo no amar a este varón tocado
con piel de albaricoque en la cadera.

Ábrete sexo

Ábrete sexo
como una flor que accede,
descorre las aldabas de tu ermita,
deja escapar
al nadador transido,
desiste, no retengas
sus frágiles cabriolas,
ábrete con arrojo,
como un balcón que emerge
y ostenta sobre el aire sus geranios.

Desenfunda,
oh poza de penumbra, tu misterio.
No detengas su viaje al navegante.
No importa que su adiós
te hiera como cierzo,
como rayo de hielo que en la pelvis
aloja sus astillas.

Ábrete sexo,
hazte cascada,
olvida tu tristeza.
Deja partir al niño
que vive en tu entresueño.
Abre gallardamente
tus cálidas compuertas
a este copo de mieles,
a este animal que tiembla
como un jirón de viento,
a este fruto rugoso
que va a hundirse en la luz con arrebato,
a buscar como un ciervo con los ojos cerrados
los pezones del aire, los dos senos del día.

Primer silabario

Papá lee.
Mamá lava.
Papá de estaño
y aceras,
mamá de azúcar
y patio.
Papá sillón,
mamá armario.
Papá ascensor,
matemática,
castigo,
países,
carro.
Mamá cuchara
y remiendo,
mamá de jabón y paño.
Papá vuela
por las calles
con un millón de caballos.
Mamá cubre de alpiste
su pálido mundo de trapo.
Papá lee.
Mamá lava.

Yo voy a romper, mamá,
alfileres y candados.

No soy la doncella sagrada

Tu amor me será hoy
dos veces grato.

No soy, lo has visto,
la doncella sagrada
y ocupo por lo tanto
de tus buenos oficios
para soltar los cascos de la especie
por mi cuerpo.

Imprímeme en la boca
tus aceites marinos
y en la palabra madre
la palabra deseo.

De las doradas ubres

No llores, bestia dulce, trino del hambre.
Mira esta luna atorada entre mis pechos.
Te daré teta, como la madre gata,
con barriga de ensueño, con mamas de franela.

No llores más, cachorro, por tu rosal de leche
y el goterón de nube de mis ubres doradas.

No llores más, ternero de belfos de penumbra.
Te daré teta, como la madre vaca,
con reguerete lácteo, tazón de mansedumbre,
que todo cuanto nutre nunca es vano.

No llores más, oh hambre de la tierra.

———————————-

* El poeta y el aeropuerto está anunciado para publicarse en El Financiero, diario de San José.

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