Jul 2 2008
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Cultura

Anarquismo: la locura sublime

Juan Manuel Costoya*

La literatura ha reflejado dos imágenes opuestas del anarquismo, la de los pistoleros sediciosos o la de los místicos disciplinados capaces de enfrentarse a fuerzas muy superiores con la única arma de su convicción. ¿Qué tienen en común el incendiario movimiento punkie con el quietismo religioso del último Tosltoi?

 

¿Y los atentados indiscriminados en selectos teatros como el Liceo barcelonés con la obra pedagógica del Francisco Ferrer de la Semana Trágica en la misma ciudad catalana? Aparentemente nada, sin embargo una palabra sobrevuela en la explicación de tan diversas manifestaciones y conflictividades sociales: anarquía.

El diccionario define anarquía como la falta de gobierno en un Estado y por extensión la compara con el desorden, la confusión o la flaqueza en la autoridad pública. Etimológicamente, el término anarquismo procede del griego an-arkós, que significa ausencia de autoridad, aunque, y este matiz es básico, no de reglas.

La novela, un espejo creativo del mundo, se ha visto también influenciada y seducida por la vitalidad emanada de esta doctrina. Los más diversos escritores se han hecho eco de sus doctrinas o las han puesto, de una u otra forma, en la piel de sus personajes.

Joseph Conrad, el capitán de navío de origen polaco que hizo del inglés el lenguaje de sus obras maestras, se valió de los tópicos más siniestros en torno a la anarquía para pergeñar su obra El agente secreto.

Conrad distaba mucho de ser un reaccionario. Y desde luego no era indiferente a la injusticia ni al sufrimiento ajeno. Su célebre El corazón de las tinieblas fue redactado después de su breve y traumática experiencia en el Congo belga. En su propia familia se vivieron las consecuencias trágicas de la política despótica encarnada por la autocracia de los zares rusos secularmente empeñados en poner bajo su bota los países limítrofes y sus gentes.

Marino de intachable hoja de servicios encontró en Inglaterra y en su sistema político un amparo contra la brutalidad medieval que regía los destinos de millones de personas en su sociedad de origen. Gran Bretaña le confió el mando de un navío y le permitió desarrollarse personal y profesionalmente. A partir de aquí su lealtad al sistema parlamentario y social en cuyo vértice se aupaba la monarquía victoriana fue inquebrantable.

La anarquía como concepto filosófico era ajena al escritor polaco quien retrató los ambientes libertarios del Londres de comienzos del XIX en El agente Secreto (novela que dedicó a H.G. Wells) valiéndose de los tópicos que retrataban a los anarquistas como crueles, desharrapados, violentos y al servicio de oscuros y ajenos intereses.

Desde parecido ángulo y en el mismo ambiente, el brumoso y victoriano Londres, Gilbert K. Chesterton (1874-1936) fabula en su obra El Hombre que fue Jueves las sociedades secretas revolucionarias. Fiel a su estilo Chesterton hace de la ironía, el engaño y la paradoja las herramientas recurrentes de un relato que pretende moralizar a sus lectores a la vez que busca su complicidad por medio de la sonrisa.

Otro admirador entusiasta del sistema británico de organización pública fue el portugués Fernando Pessoa. Si obviamos su dedicación a la escritura, con todo lo que ello significa, los parecidos con Conrad empiezan y acaban aquí. Ninguna tormenta tropical exacerbó sus ánimos, ni tampoco ningún puerto asiático con sus exóticas gentes fue cauce para su reflexión. Su inspiración era intimista y selecta, influida por la calma con aromas de estuario, siesta y café en su universo lisboeta.

En 1922 publicó El banquero anarquista, un relato que semeja un monólogo sofista y que algunos críticos despachan como si de una ocurrencia se tratara y otros más exquisitos lo califican de boutade. A Pessoa sólo le interesaba el anarquismo en la medida en que le proporcionase argumentos crematísticos o místicos, elementos muy ligados a alguno de sus numerosos heterónimos.

Acción directa

En ocasiones se ha caricaturizado a los anarquistas como fanáticos que buscaban cambiar el mundo con la ayuda de una pistola en la mano derecha y una enciclopedia en la izquierda.

La acción directa y la cultura que la dote de explicación y sentido han sido uno de los fundamentos más difundidos y en muchas ocasiones peor explicados o directamente tergiversados.

Mezclando vida real y talento narrativo Eduardo Mendoza publicó La verdad sobre el caso Savolta un retrato de la Barcelona de principios del siglo pasado en la que el anarquismo pistolero y el terrorismo patronal copaban portadas de periódicos en medio de una sociedad que mezclaba a partes iguales especulación, miseria y opulencia.

Pablo Neruda vivió como cónsul general de Chile en Madrid la división política del bando republicano en plena ofensiva fascista. En las memorias del Premio Nobel, de declarada filiación comunista, publicadas con el título Confieso que he vivido dedica unas líneas despectivas a un pelotón de asesinos que amparándose en la bandera rojinegra se dedicaban a ejecutar "burgueses" a los que previamente desvalijaban.

El anarquismo ibérico quedó mejor retratado en la obra de un hombre ajeno por nacimiento a la fecunda tradición cultural ibérica: el escritor George Orwell, inglés nacido en la India, combatiente en la Guerra Civil española y militante del POUM, supo discernir entre la propaganda marxista y su finalidad última.

Según su criterio el anarquismo debía de cuidarse mucho, como la realidad se encargó de confirmar, del fascismo y del comunismo, movimientos totalitarios que harían pagar con la vida cualquier discrepancia.

Su obra Homenaje a Cataluña fue un gran reportaje en el que se encontraban las semillas que más tarde germinarían en otros libros más conocidas del autor como 1984 y Rebelión en la granja. Orwell, flaco, magro, durísimo en primer lugar consigo mismo, terminó sus días como había vivido, en una casa destartalada ajeno a honores y componendas interesadas.

Una actitud típicamente anarquista que no desmereció de la tomada en sus años jóvenes cuando hacia guardia en las trincheras del frente de Aragón.

Otro de los mitos del anarquismo durante la Guerra Civil, Buenaventura Durruti, fue la inspiración de la novela-collage El corto verano de la anarquía firmada por Hans Magnus Enzesberger, una obra en la que con la revolución anarquista de fondo se van hilvanando otros recuerdos y testimonios.

Autodidactas

El anarquismo histórico arraigó en sociedades rurales, atrasadas técnicamente, eriales donde una mayoría de seres humanos deambulaba en la superstición al servicio de una exigua minoría formada por caciques, curas, señoritos, alguaciles y capataces.

Fue en este ambiente donde cuajaron las teorías de Kropotkin, Bakunin, Malatesta o Proudhon entre otros. Gracias a una eficaz labor pedagógica, en la que la lectura y el teatro fueron herramientas básicas, aquella masa informe de jornaleros analfabetos adquirió conciencia de su individualidad y su potencial como seres humanos conscientes.

El vegetarianismo y la disciplina sustituyeron al alcohol, el tabaco y el juego, alumbrando un nuevo tipo de ser humano que sorprendió al resto del mundo.

Gerald Brenan, autor entre otras obras de Al sur de Granada, escribió con gran intuición en El laberinto español, un análisis de las circunstancias que llevaron a la Guerra Civil, que la radical aversión de los anarquistas por la Iglesia Católica escondía una suerte de misticismo, la reacción rabiosa de un pueblo intensamente religioso que se siente abandonado y decepcionado.

Otros autores anglosajones, menos perspicaces, simplemente se encogieron de hombros con una superioridad que apenas podía ocultar su desconcierto.

Un clásico de la literatura de viajes, En la Patagonia, de Bruce Chatwin, dedica un apartado a las revoluciones anarquistas patagónicas comandadas por un gallego pelirrojo, de azules ojos miopes y que respondía al nombre de Antonio Soto.

Es muy posible que a Chatwin le asistiera la razón al hablar del maximalismo que envolvía las acciones de Outerelo y Soto en el sur del mundo, sin embargo la falta de crítica hacia los hacendados de origen británico quienes, en su mayoría, explotaban a los pastores como animales de carga, deja al descubierto el clasismo y la parcialidad de su análisis.

Las huelgas patagónicas se saldaron con la traición del ejército y el fusilamiento de centenares de peones rurales, la mayoría en la estancia La Anita, muy cerca de donde hoy bajan del autobús masas de turistas disfrazados de montañeros que se asombran ante la espectacular geografía formada por ventisqueros, picos como agujas graníticas y glaciares.

Con el argumento de las huelgas rurales patagónicas y en medio de prohibiciones judiciales con quema y secuestro de libros de propina, Osvaldo Bayer, periodista, profesor universitario, historiador clasificado por el propio Bruce Chatwin como "izquierdista", publicó un vasto y bien documentado trabajo de investigación que dividido en cuatro tomos y agrupado bajo el título de Patagonia Rebelde, arroja luz de forma brillante y amena sobre uno de los momentos más épicos y siniestros de la trágica historia de la República Argentina.

La Idea

El individualismo, una de las señas de identidad del anarquismo, ha cristalizado en la formación de personalidades homéricas, desmesuradas, hombres y mujeres que cargan con la responsabilidad de dar ejemplo con una vida incuestionablemente puesta al servicio de La Idea.

La autobiografía y la investigación biográfica son la esencia de la que parten, en ocasiones, diferentes novelas. La serie protagonizada por Arsenio Lupin, el "caballero ladrón", firmada por Maurice Leblanc, parte de una vida real, la del anarquista francés Alexander Jacob. La editorial riojana Pepitas de calabaza edita Por qué he robado, una serie de escritos firmados por el propio Jacob y en los que con amenidad y estilo explica la red de "robo científico" puesta en marcha por "los trabajadores de la noche" que actuaban bajo su coordinación.

Sus escritos acerca de las penosas condiciones de vida soportadas en las penitenciarías francesas de la Guayana recuerdan, a su vez, la célebre obra autobiográfica de Henri Charrière, Papillon.

La vida de Lucio Urtubia, el navarro de Cascante, glosada por Bernard Thomas en Ediciones B, responde a idéntico esquema de autoexigencia, la de un albañil refugiado en París, ajeno al glamour de otros exilios, autodidacta en su cultura, que oculta en su casa al histórico Quico Sabaté y quien, como experto en falsificación de moneda y documentos, logra estafar miles de millones de pesetas al First National City Bank.

El médico anarquista Isaac Puente, afincado en la localidad alavesa de Maeztu, y fusilado en 1936, es la figura central de numerosos artículos y de, al menos dos libros, que divulgan su biografía y su militancia, uno de ellos firmado por Francisco Fernández de Mendiola en ediciones Txalaparta y el otro obra conjunta de Miguel Iñiguez y Juan Gómez, editado por Papeles de Zabalanda.

Repasar la trayectoria vital de los anarquistas equivale a sumergirse de lleno en la época histórica que les tocó vivir.

Desde un ángulo periodístico sazonado con gotas literarias que van más allá del gran reportaje Manuel Leguineche escribió El precio del paraíso (Espasa), la fascinante vida de Antonio García Barón, el anarquista aragonés que después de sobrevivir al campo de extermino de Mauthausen, encontró en la cuenca amazónica su Arcadia feliz.

En parecida línea, aunque más especulativa, el periodista y escritor Gregorio Morán, publica en Anagrama Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, título que busca descubrir la personalidad de un ingeniero del siglo XIX, bastardo de la casa de Alba, políglota y culto quien, por causa de una calumnia y después de marcar la cara de un noble en un teatro madrileño, ha de huir a América del Sur en busca de refugio y trabajo.

Una trayectoria luminosa y trágica marcada por su indignación febril ante la injusticia social y por la tuberculosis, epílogo de una vida conducida, hasta el límite, por su congruencia.

La editorial Melusina recupera, por su parte, dos títulos relacionados con el anarquismo: Las memorias de un anarquista en prisión, firmadas por el propio Alexander Berkman y Los entresijos del anarquismo, obra de Flor O’Squarr, una mirada irónica y cargada de intención sobre los activistas de este movimiento en el siglo XIX.

Al margen de los manuales editados para estudiosos del tema, las grandes editoriales no se prodigan en la publicación de los clásicos del movimiento. Contradiciendo esta tendencia Valdemar publica el El único y su propiedad, obra de Max Stirner, un ensayo filosófico que ha servido para justificar las más diversas y contradictorias tendencias libertarias.

 

* Especial para Sur y Sur.

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1 Comentário

Comentarios

  1. Keno Tecon Trolen
    15 octubre 2017 14:21

    Excelente artículo como síntesis de la novela anarquista ,tan solo hecho en falta una mención a Dario Fo